CAPÍTULO 45
lyssa
De vuelta en la oficina…
L yssa Sage se había quedado sola, con un caracol y un ogro como compañía. Ellos dos eran los únicos rayos de esperanza en ese día tan nefasto.
—¡Eche el caldo, Edwin! — ordenó Lyssa, y Edwin respondió volcando una taza grande llena de un líquido marrón sobre la masa de galletas.
—Señorita Lyssa — comenzó a decir Edwin.
Parecía cauteloso. Últimamente, todos se mostraban cautelosos con ella; la vida era más incierta que cuando solo estaban Evie y ella.
Tenía más sustancia, sí, pero a cambio de vivir en un constante caos.
Además, Lyssa se había dado cuenta de que ya no era una vida segura.
Para nadie—. Si alguna vez le apetece hablar de algo que le ronda por la cabeza, que sepa que soy un oyente fantástico.
— Se llevó las manos a las orejas—. Sería una pena desperdiciar dos orejotes así de grandes.
¡Yo de usted me contaría sus problemas cuanto antes!
Florencio, el caracol, estaba mordisqueando otra flor, aparentemente imperturbable ante la atención que Lyssa dirigía a la jaula.
Al verlo le entraban un poquito de ganas de tener una vida igual de sencilla que la suya.
Pero solo un poquito.
Pese a que le gustaba fantasear, no era tonta.
Y sus sentimientos eran demasiado grandes para caber en un caparazón tan pequeño.
Apretó los labios y rodeó con los brazos la barriga de Edwin.
—Estoy muy preocupada por Evie y tengo miedo de que no vuelva a casa. ¿Y si está herida? Estoy triste y asustada. Pero sobre todo triste. — A Lyssa nunca le había costado expresar lo que sentía, por muy incómodo o doloroso que fuera.
Edwin se agachó para abrazarla. Después se separó para acariciarle la cabeza.
—Tienes derecho a estar triste, pequeña.
—Lo sé. — Se sorbió los mocos, frotándose la nariz de una manera algo impropia para una señorita.
Hacer pucheros con la nariz moqueando probablemente fuese en contra de todas las reglas para ser un buen villano, pero le habían enseñado a seguir otras normas en la vida además de esas, y nunca olvidaría a su primera maestra—.
Evie siempre me dice que llorar es la forma en que nuestro cuerpo se despide del dolor — dijo frotándose los ojos—.
Pero no siento que se esté yendo. Nada está ayudando.
Nada puede arreglar la situación de mi hermana.
Edwin puso cara de preocupación.
—No siempre es nuestra responsabilidad arreglar las cosas malas.
—Entonces, ¿de quién es responsabilidad? — preguntó Lyssa con un hilo de voz.
—Me temo que, a menudo, el tiempo es la única respuesta a los peores dolores. Pero, mientras, podemos encontrar momentos de alegría que nos ayuden a seguir adelante. Y, tarde o temprano, el dolor se convierte en una simple molestia y la molestia se transforma en un recuerdo.
Qué pensamiento tan aterrador. Limitarse a esperar a que las cosas mejoren, sin saber realmente si pasará.
Si bien era cierto que a Lyssa nunca le había costado confiar en que un rasguño en la rodilla siempre se acababa curando, y que una palabra malintencionada dejaba de doler cuando se contrarrestaba con suficientes palabras amables.
Pero ¿la muerte? ¿La traición? ¿La pérdida?
Un trueno sacudió la cristalera de la cocina, ahora para siempre alterada. El resplandor del sol ya no iluminaba el libro, sino un campo de hierba vacío. Al menos la ventana aún hacía su función de mantener a raya la lluvia.
—Edwin, esto no ha sido buena idea. ¿Por qué me ha dejado hacer galletas de ternera para los gubris? — Lyssa frunció el ceño, dubitativa ante aquella masa con un olor repulsivo.
—Porque usted, señorita Lyssa — respondió Edwin con cariño—, me recuerda a un niño con el que pasé mucho tiempo en mi panadería.
Él también tenía buen corazón; también quería ayudar en todo lo que pudiera…
— La mirada de Edwin se suavizó y comenzó a amasar la repugnante masa de galletas de carne para después formar bolas circulares y colocarlas en la bandeja—.
Sabía lo importantes que eran los actos de bondad para ayudar a la gente.
Más importantes incluso que las palabras.
Lyssa frunció el ceño.
—Las palabras también son importantes, Edwin.
Edwin reflexionó, con la mirada pensativa.
—Tiene razón, señorita Lyssa. Las palabras son importantes; le permiten a uno mantener la esperanza mientras espera a que llegue esa ayuda.
Volvieron a su tarea, amasando en silencio, y poco después las galletas estaban listas para hornear.
Esperaron en un silencio aún mayor hasta que terminaron de cocerse y luego las llevaron juntos a los aposentos de la curandera, ahora reconvertidos en corral, donde encontraron a Blade jugando a la pelota con los animalitos.
Ambos piaron emocionados y corrieron hacia la puerta cuando Lyssa entró.
En la habitación también había… ¿otro ogro?
Sus manos azules se cernían sobre las crías, proyectando una luz multicolor y brillante con la que iba recorriendo sus cuerpecitos con una mirada severa de concentración.
—Hola, Blade. Les hemos traído galletas — dijo Edwin.
La tormenta había amainado, pero seguía cayendo llovizna.
El ogro azul se giró al oír su voz. Al verlo, Edwin se tambaleó, y con él la bandeja. Se le habría caído si la señorita Erring no se hubiera apresurado desde la esquina para ayudarlo a estabilizarse.
—¿Te encuentras bien, Edwin? — preguntó la señorita Erring con preocupación.
—Hola, Edwin. — El otro ogro tenía el pelo de color índigo, largo y recogido en la nuca. Vestía de manera formal y en sus relucientes botas se reflejaba su capa recién planchada, que llevaba sobre una camisa y unos pantalones, ambas prendas de buena calidad.
Lyssa miró de reojo a Edwin, que se había quedado mudo y paralizado.
—Edwin — susurró Lyssa—, salude.
—Saludo — soltó Edwin, y Lyssa se tapó la boca con la mano para que no se le escapara la risa—. Es decir…, hola, Joseph.
El otro ogro, Joseph, bajó lentamente las manos, pero la luz que cubría a las criaturas no cesó. Permaneció sobre ellas como un escudo, una armadura contra el mundo.
—Me sorprendió recibir la noticia de que tu villano me estaba buscando. Admito que no pude resistirme a la oportunidad de verte.
Blade entreabrió los labios mientras asentía.
—Me alegra tanto estar presenciando esto.
La señorita Erring lo mandó callar.
—Ahora están descansando — les explicó Joseph—. Solo les he brindado algo de protección para sus almas inocentes.
Entraron Tatianna y Clare, ambas con grandes cubos de agua en las manos, y chocaron entre sí al ver a Joseph, derramando la mitad en el suelo.
—¿Señor Joseph? — balbuceó Tatianna con la boca abierta.
Clare se llevó las manos a la boca y las dos echaron a gritar, corrieron hacia el ogro y se abalanzaron sobre él.
—¡Mirad lo que tenemos aquí! — rio Joseph—. ¡Cómo habéis crecido!
—¿Os conocéis todos? — preguntó Lyssa, sintiéndose un poco agitada.
Tatianna se cogió del brazo de Joseph y lo acompañó hasta uno de los sillones acolchados.
—Joseph vivía en nuestro pueblo, se dedicaba a estudiar unas ruinas junto al mar. Era una maravilla. No me puedo creer que hayas venido. Trystan estaba convencido de que sería imposible hacerte llegar el mensaje. ¿Os habéis visto ya?
—Me ha acompañado hasta aquí, pero se ha marchado poco después. Parecía tener algo de prisa. — Los ojos violetas de Joseph se volvieron hacia la puerta—. ¿Alexander?
Reymundo había entrado con una sonrisa tan amplia que Lyssa no pudo evitar sonreír también.
—Hola — murmuró.
—Me alegra saber que los rumores de que vivías como un anfibio eran falsos. — Joseph lo atrajo hacia sí y le dio una palmada en la espalda.
—Dame unas horas — bromeó Reymundo con una expresión a medio camino entre una sonrisa y una mueca de dolor.
—Me sorprende. — Edwin recuperó la voz—. Me sorprende que Trystan se marchara con tanta prisa si necesitaba tus servicios.
Joseph se encogió de hombros.
—He podido contarle todo lo que precisaba saber bastante rápido. Llevo más tiempo como erudito de la magia del que todos vosotros, los humanos, lleváis vivos. — Se rio entre dientes.
Reymundo arrugó el entrecejo.
—¿Qué le has contado? — Su voz era más estable, pero seguía sonando ronca.
Joseph miró fijamente a Edwin.
—Tú ya lo sabes… ¿verdad? Yo siempre lo sospeché.
Edwin se tensó y negó con la cabeza.
—¿A qué te refieres? — preguntó Lyssa.
La expresión de Joseph se volvió seria.
—Trystan es un curandero de la esencia.