Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

EVIE

—¡¿A quién se le ocurre acercarse así por detrás?! — gritó Evie, acompañando cada palabra con un manotazo en el brazo de Raphael Fortis.

—¡Ha sido idea suya! — espetó este señalando a Roland y Marv, quienes la saludaron con la mano amablemente.

—Yo les he dicho que era una mala idea, señorita Sage — se excusó Marv frotándose el pelo revuelto.

El hermano mayor de Rebecka Erring tuvo la decencia de parecer culpable, si bien de mala gana, mientras Evie intentaba recuperar el control de su cuerpo.

—Te pido disculpas — dijo Raphael, inclinándose para hacer una reverencia caballeresca.

Ella se quedó mirándolo.

—No pienso devolverte la reverencia.

Roland tosió.

Raphael tenía un aspecto diferente al de la última vez que Evie lo había visto. Más triste. Más abatido. Entendía esa sensación.

—Tienes muy mal aspecto — opinó Evie.

—Qué amable por tu parte. — Raphael se encogió de hombros—. No dormimos anoche. Hemos cabalgado sin parar hasta llegar aquí.

A Evie se le escapó un hipo. Miró a Marvin y luego a Roland.

—Pues ellos tienen buen aspecto.

A Marv se le hinchó el pecho.

—Gracias, señorita Sage.

—Marv, te recomiendo que seas más exigente con los cumplidos. — Le dio el consejo con una buena dosis de cautela. Su instinto la tentaba a mostrarse amistosa con el guardia de la puerta principal que los había traicionado.

Fue entonces cuando recordó el motivo por el que habían dejado marchar a Marv.

—Espera, ¿el veneno…?

Roland suspiró.

—Bajo control, pero no curado. — Desvió la vista hacia Marv con una mirada intensa y le tomó la mano con un sutil roce de pulgar mientras sus ojos se suavizaban—. Todavía.

Marv se sonrojó y Evie se permitió deleitarse ante aquella escena.

Raphael, por su parte, no estaba de humor para el romanticismo.

Tenía las oscuras cejas fruncidas y los labios apretados.

—Evie, algo terrible está a punto de suceder. Teníamos que avisarte.

—¿Seguro? — preguntó ella conteniendo una sonrisa—. Me encantan las sorpresas.

Roland jugueteó con sus gafas, con evidente nerviosismo en su tono.

—No puede esperar, Evie.

—Bueno, debe de ser grave si os habéis tomado la molestia de venir hasta aquí. — Percibió pánico en los movimientos del hombre, también en el vaivén de sus ojos—. ¿Cómo habéis sabido dónde encontrarme?

Raphael se quitó el casco, se echó el pelo hacia atrás, sacó un pergamino doblado del bolsillo y se lo entregó.

—Mi madre ha enviado esto a las personas que están bajo nuestra protección.

S e busca: viva o muerta

la verdadera villana

E vie Sage

robo de magia

asesinato

traición

Esta vez, cuando Evie miró la ilustración que acompañaba el texto, no encontró muchas diferencias entre ella y esa mujer.

—Va a necesitar un pergamino más largo si sigo acumulando méritos — dijo con una sonrisa, ignorando las náuseas que sentía. Se había tomado un montón de ginebra; era normal tener el estómago revuelto.

La ginebra era capaz de hacer cosas maravillosas y horribles a la par.

—Hay una red clandestina de fieles a la corona que trabajan con Benedict, y están pasando información sobre ti.

— Raphael le subió la capucha de la capa que llevaba con un gesto fraternal que le hizo echar de menos a Gideon—.

Saben que te estás escondiendo en Villa Corazón. No es seguro quedarte aquí.

Ya ningún lugar era seguro, y menos ahora que su cuerpo se había vuelto extraño e impredecible.

—¿Y por qué me contáis esto? ¿Porque sois unas buenísimas personas y ya está? — Su pregunta escéptica no era necesariamente justa. Los hermanos de Rebecka no tenían la culpa de las transgresiones de su madre.

—Cree lo que quieras sobre nuestros motivos, pero esa es la verdad.

Mi madre ha estado cultivando más flores de la memoria con el propósito de dárselas a Benedict, y ya no muestra ningún reparo en su intención de perjudicar a la hija de Nura Sage.

Eso… eso no está bien. El objetivo de nuestra familia, los Fortis, debería ser proteger al pueblo contra la corrupción y luchar por aquellos que no son capaces de hacerlo por sí mismos.

— Raphael emitió un suspiro apenado. Su semblante abatido era un reflejo de la batalla moral que estaba librando en sus adentros—. Qué bajo hemos caído.

Evie conocía bien ese sentimiento, así que posó una mano sobre el brazo de Raphael en un gesto de consuelo.

—No todos los miembros de la familia estáis participando en la caída — dijo con voz débil.

La brisa, el vaivén del río y la sensación del agua contra sus tobillos le hicieron bajar la borrachera más rápido que varias tazas del brebaje de Edwin. Dioses, cómo echaba de menos ese brebaje. Cómo echaba de menos todo lo de la mansión. Y a quienes la habitaban.

—¡Aléjate de mi prima! — La proclama, aguda y con las palabras arrastradas, llegó al tiempo que blandía una…

—¡Por todos los infiernos, Helena! ¡Suelta la botella de ginebra, la vas a desperdiciar!

— Evie le arrebató la botella de alcohol recién comprada de las manos, al tiempo que observaba que Raphael se había puesto a cuatro patas para esquivar el ataque—.

Toma. — Le dio una de sus chanclas—. Dale sin miedo.

Sin embargo, Helena se había quedado inmóvil, con la mano aún en alto, lista para asestarle un golpe al hombre que creía que estaba haciéndole daño a Evie. Y eso a ella la conmovía demasiado como para preocuparse de que su prima pudiera matarlo.

—Qué poco decoro — refunfuñó Raphael, levantándose y sacudiéndose la suciedad de la camisa—. Una botella de ginebra como arma, gritando como una loca…

Cuando levantó la cabeza, vio a Helena haciendo girar la chancla de Evie con el dedo, observando al hijo de los Fortis con el interés que un gato le presta a un canario.

Se quedó paralizado, como si estuviera procesando varias cosas a la vez.

—Adelante, señor — dijo Helena con una sonrisa burlona, devolviéndole la chancla a Evie sin apartar la mirada—. Me encantan las críticas hacia mi personaje. Espero que le publiquen la suya.

—No tendría suficiente espacio en la página — replicó Raphael entre dientes, enderezando la espalda hasta quedar completamente erguido.

—Ya, apuesto a que le dices eso a todas las chicas.

— Helena se rio con un sonido similar al de unas campanas, el tipo de señal que precedía a la batalla.

A pesar de ir borracha perdida, Helena se las arregló para hacer una amplia reverencia, extendiendo la falda a su alrededor—.

Me llamo Helena, dirijo el Teatro de las Tierras Muertas. Y tú eres…

Raphael retrocedió boquiabierto.

—El Teatro de las Tierras Muertas. ¿Tú diriges el teatro?

Helena se colocó al lado de Evie, que observaba su interacción con gran interés. De hecho, le habría gustado tener a mano algodón de azúcar y palomitas.

—¿Has oído hablar de él? — le preguntó a Raphael.

Él cerró los ojos con fuerza antes de susurrar:

—Es donde Benedict tiene a sus espías.

Helena dio un paso atrás, tambaleándose.

—Eso es imposible. Ninguno de mis empleados querría siquiera respirar el mismo aire que Benedict.

—Piensa lo que quieras, pero tu teatro es peligroso. Para ti, para Evie y para cualquiera que ponga un pie ahí. — Raphael se mostraba hosco aunque firme en su convicción. Tanto que a Evie se le cayó el corazón a los pies.

Los actores. ¿Y si alguien resultaba herido por su culpa?

—No — susurró, y echó a correr hacia el teatro—. No. No. Por favor, no. — Sus piernas se movían a toda velocidad, con Helena y Raphael detrás gritándole que se detuviera, pero apenas los oía. Se le había helado la sangre. Empujó las puertas del edificio con el corazón aún desbocado.

Su respiración era el único sonido dentro de la sala vacía. Al menos suponía que así estaba, vacía, aunque no había suficiente luz para estar segura; el único rincón con iluminación directa era el escenario.

—¿Hola?

Hay que ser boba. ¿Y si alguien te responde?

La puerta se cerró de golpe y ella dio un grito.

No había emitido uno igual desde que los chicos de su clase empezaron a esconderse en los rincones oscuros para saltar y asustarla. Sin embargo, en esos tiempos el miedo acababa disipándose porque, a la luz, esos chicos eran inofensivos. Estaba a salvo.

Aquí, en cambio, no tenía ni idea de lo que acechaba en la oscuridad.

Se giró lentamente, con la esperanza de ver a Helena y a Raphael. Incluso Marv habría sido bienvenido antes que estar sola en aquel inquietante teatro.

Un saco de arena se estrelló sobre el escenario con un ruido sordo que hizo que ella ahogara un grito. Un segundo después, al lado del saco cayó una cuerda desenrollada.

—No es por nada — dijo con voz tranquila—, pero esto que estás haciendo es muy siniestro por tu parte.

Caminando por el largo pasillo se fue acercando a los escalones del escenario, buscando cualquier cosa que pudiera servir de arma.

De pronto, se escuchó el débil sonido de una risa inundando el espacio, como si fuera la de un fantasma.

—Si eres un fantasma, te puedo recomendar otras personas a las que acechar. ¿Conoces a Griffin Sage?

Fue entonces cuando un cuerpo inerte se estampó con un ruido sordo y repugnante a unos diez centímetros de donde ella estaba.

—¡Dioses! — A Evie se le llenaron los ojos de lágrimas.

Se llevó los dedos a los labios y la otra mano al corazón—.

Ay, no. Fritz. ¿Fritz? No. No. No… — Se agachó junto al hombre, le puso una mano en la mejilla para girarle la cara hacia ella y tuvo náuseas al verle el rostro.

Lo habían mutilado. Le faltaba un ojo, además de varios dedos.

Evie había trabajado para El Villano de Rennedawn el tiempo suficiente como para identificar los signos de tortura. Aquello era un caso extremo.

Ahí había algo personal.

Cogió el trozo de pergamino que estaba clavado en el pecho del hombre. Fritz apenas se movía; estaba dando sus últimas bocanadas de aire. Un miedo cerval se apoderó de sus entrañas. Otro cartel de se busca .

En este se leía:

Mujer malvada

la verdadera villana

última atrocidad:

incendiar el teatro de las tierras muertas

Y entonces…

Evie percibió un olor a humo.