CAPÍTULO 43
EVIE
—¡D esde el principio, chicos! ¡Estrenamos dentro de tres días! ¡Va siendo hora de escoger si os ponéis las pilas u os largáis de mi escenario!
Si hubiera que describir a la prima de Evie, Helena, con una palabra, esta sería «aterradora».
Los actores correteaban como hormigas obreras por el amplio escenario ante el más mínimo indicio de su descontento y se sobresaltaban cada vez que daba órdenes a gritos, excepto los hombres que controlaban el acceso de la entrada trasera.
—Debería haberme quedado en tu casa. Esto me parece arriesgado — insistió Evie, con la vergüenza y la culpa oprimiéndole el pecho y estrujándole los pulmones hasta dejarla sin aire.
Ay, dioses, la había cagado.
—No seas ridícula. — Helena se echó la espesa melena oscura hacia atrás y jugueteó con el zafiro que llevaba colgado del cuello—.
Villa Corazón es abiertamente contraria al rey Benedict.
Estamos en el límite entre dos reinos, ese hombre no tiene potestad para dar órdenes en nuestro territorio. Aquí nadie te delatará.
Helena se dio una palmada en la frente cuando Fritz, el que un tiempo atrás había secuestrado a Evie durante su primera visita a Villa Corazón, se trabó con el texto en el escenario.
Era descabellado, pero, al recordar la escapada en la que estuvo a punto de morir con Trystan en las mazmorras del teatro, le pareció que aquellos tiempos eran más felices y sencillos.
Trystan. Había sobrevivido a la herida que ella le había provocado, al menos físicamente.
Su corazón le susurraba que él la perdonaría, que lo entendería.
Siempre había estado a su lado en los momentos difíciles.
Este solo iba a ser uno más en la lista.
Y más ahora que por fin habían decidido estar juntos.
Y justo después casi le apuñalo el corazón.
No había necesidad de prender fuego a su vida. Ya estaba en llamas.
Al igual que la desastrosa obra que estaba presenciando.
Otros dos hombres a los que reconoció iban vestidos para algún tipo de espectáculo de terror, con un maquillaje sangriento que pasaba a un segundo plano frente a sus sonrisas radiantes.
—¡Hola, señorita Sage! — la saludó uno de los matones más corpulentos.
Ella ladeó la cabeza. Estaba bastante segura de que era el mismo hombre que la había amordazado durante su primera visita.
Se dispuso a saludarlo con su habitual amabilidad, porque lo cierto era que aquella experiencia no había sido ni mucho menos lo peor que le habían hecho en las últimas semanas.
Sin embargo, antes de que pudiera devolver el gesto, uno de los otros actores/secuestradores le dio un codazo en el estómago al hombre.
—¡Ey! Se supone que nadie debe saber que está aquí, cabeza de chorlito.
—¡Ya lo sé! ¡Por eso no he dicho su nombre de pila!
—Estoy rodeada de bufones. — Helena gimió con las manos en la cara, sin molestarse en evitar que los dos hombres se enzarzaran en una pelea a puñetazos.
—¿Deberíamos intervenir?
—Se supone que los hombres de esta obra deben parecer recién salidos de la batalla, así que, según cómo lo mires, esto es una forma de ahorrarle tiempo al Departamento de Maquillaje.
— Su prima suspiró mientras miraba hacia los rincones grises del teatro y repasaba las paredes.
Aún quedaba color, la magia todavía estaba presente, pero se desvanecía día a día.
Evie no llevaba ni una semana allí y ya había comprobado cómo una de las manchas sombrías se extendía por la pared como una telaraña.
La has cagado, Evie.
—Los he abandonado, Helena — dijo Evie en voz baja, sintiendo que se le encogía el corazón y que el estómago se le llenaba de piedras. El aire fresco que entraba por las ventanas abiertas le daba en la nuca y le enfriaba el sudor—. No soy mejor que mi madre.
—Evie — Helena la miró con gesto serio—, enviaste una nota detallada a Gideon con instrucciones para todas las situaciones posibles después de que llegara la misiva informando del estado de Trystan, y luego intercambiaste varias más con él para saber cómo evolucionaba.
Llevas fuera siete días. La tía Nura desapareció durante diez años.
Evie se estremeció y sintió que la magia oscura se alzaba en su interior, pero fue reprimida casi al instante gracias al hechizo de bloqueo que le habían lanzado las criaturas del puente al acceder al pueblo.
—Eso no quita que he sido una cobarde — susurró, porque era cierto. Se había rendido.
—Creo que te has ganado unos días de cobardía, prima.
— Helena comenzó a recorrer el teatro, marcando cosas en su portapapeles, inspeccionando el equipo de seguridad.
Evie la siguió como hacía cuando eran niñas—.
Estás pasando por un cambio de carrera y de rumbo bastante radical.
De asistente a villana en cuestión de meses.
Estoy segura de que te incluirán en la lista de personas más influyentes del Heraldo Feérico. — Helena se rio.
Evie entrecerró los ojos y arrugó la nariz.
—Vaya, muy graciosa — murmuró secamente, y le dio un codazo cuando su prima resopló como respuesta.
—A ver, ¿qué más da si te están tachando de ser la perdición del reino?
Eres una mujer en posesión de un gran poder a la que unos hombres inseguros están intentando quitarse de en medio.
Sé que estás traumatizada y eso, pero lo cierto es que no eres especial.
Este tipo de situación se da a todas horas.
—Ah, claro — Evie hizo un gesto con la mano—, puede pasarle a todo el mundo un viernes cualquiera.
Helena chasqueó los dedos con una sonrisa.
—¡Exacto! Ah, quería preguntarte: ¿les tienes mucho aprecio a tus dedos?
Evie miró de izquierda a derecha.
—¿Esto es el preámbulo de un chiste verde? ¿Dónde están Douglas y su cuaderno? — No había ni rastro del hombre que solía mirarla mal ni tampoco de la libretita en la que siempre estaba escribiendo cosas. Una pena…, estaba en racha.
—No, es que estaba pensando que, a juzgar por lo que ofrecen por tu cabeza, quizá nos darían una suma sustancial por una parte del cuerpo que no vayas a echar de menos.
Evie puso cara de indignación.
—Helena, eso es repugnante.
Su prima respondió solemnemente:
—También lo es la inflación.
—¡Helena! ¡Ha llegado el nuevo equipo de seguridad! — gritó Fritz desde abajo, luciendo dos moratones en la cara de los que parecía bastante satisfecho.
—¡Déjalos pasar, Fritz! ¡Llévate a alguien contigo! — ordenó Helena—. Y que todo el mundo se tome un descanso de cinco minutos, ¿vale? — Los artistas salieron agradecidos por el lado izquierdo del escenario.
—Si se supone que se puede confiar en todo el pueblo, ¿para qué necesitáis seguridad?
Helena se alejó con un giro acompañado de un movimiento de su vestido dorado mientras pasaba un dedo enguantado por uno de los reposabrazos.
—Es para proteger a los artistas. Nos aseguramos de que nadie entre con ningún tipo de arma. En el pasado hemos tenido ciertos episodios con el público. Considero que es más conveniente evitar que ocurra que tener que castigarlos después.
—Pero ¿eso no cuesta mucho dinero? — susurró Evie.
Helena se encogió de hombros. Una vulnerabilidad poco habitual en ella se reflejó en su rostro durante un instante antes de que volviera a esbozar su sonrisa indulgente.
—Por muy despiadada que pueda llegar a ser, no vendería mi alma por una simple moneda. Si sobra dinero suficiente para contratar seguridad, entonces la pagamos. Esta vez nos ha sobrado. Sin más.
Evie se preguntó por qué la gente de su vida era incapaz de aceptar elogios por un acto de bondad. Ella no los necesitaba por ser amable, pero siempre era agradable que alguien reconociera la bondad que uno decidía ofrecer a los demás.
El sol también brillaba aunque no lo elogiaran, si bien a Evie le gustaba creer que lo hacía con más ganas cuando ella lo alababa. Era un pensamiento que la hacía feliz. Últimamente iba escasa de esos.
Aquello estaba acabando con su espíritu.
Ella antes no era así. Ni ahora. Nunca había sido el tipo de persona que se revuelca en su propia miseria y permite que el dolor empañe la alegría de la vida.
Quizá ese era el problema. ¿Cuántas veces podía una recuperarse de una traición sin que eso afectara a su forma de ser?
—Me sorprende que mi madre no pasara por aquí antes que yo — dijo Evie con la voz apagada. El rechazo de su progenitora la decepcionaba, aunque no la sorprendía.
Metió los dedos en los bolsillos del vestido que le había prestado Helena. Le quedaba un poco grande por la zona del pecho, pero su prima tenía gustos caros y la suave seda azul se ajustaba a sus curvas enfatizando su figura femenina.
—Yo no la habría aceptado de vuelta. Y me ofende que pienses que sí — protestó Helena frunciendo el ceño—. Quizá vuelva con mi padre. Aunque eso sería un desastre.
—Él la entregaría — coincidió Evie, sabiendo que su tío era un ferviente seguidor del rey corrupto. Era fácil ignorar las maldades que cometía cuando eran otros quienes las sufrían, pero eso no las hacía menos reales.
Helena se puso seria y dejó el portapapeles sobre una silla vacía.
—Mi padre es un inconsciente que no está dispuesto a aprender. Esas dos cosas juntas son muy peligrosas. Esperemos que tu madre sea lo suficientemente inteligente como para darse cuenta.
Un alboroto en la entrada trasera del teatro atrajo la atención de ambas.
El corazón de Evie se aceleró al instante.
¿Era él? ¿Había venido a por ella? Y qué contradicción, esa esperanza que se agitaba en su pecho, porque llevaba días intentando desesperadamente sacarse de la cabeza la imagen de él encorvado en el suelo, herido por su culpa.
Evie creía que había ciertas cosas que una persona nunca en la vida debía ver. Ese dolor y ese miedo en los ojos de Trystan habían desencadenado una premonición aterradora. Una vida en la que eran enemigos, enemigos de verdad, sin nada más en común que el odio que se profesaban.
Por algún motivo, eso no le parecía propicio para una relación sana a largo plazo.
Y, sin embargo, a pesar de todas las razones por las que sabía que no debía, lo deseaba con tantas ganas que le partió el corazón comprobar que no era él.
¡No seas una hipócrita de mierda, Evie!
Mejor sé una arpía de mierda. Es más divertido y duele menos.
Los nuevos guardias entraron para relevar a los que estaban junto a las puertas, todos con la cabeza gacha en señal de respeto hacia Helena. Eso hizo sonreír a Evie.
—Al final será verdad que eres la reina de este castillo, ¿eh?
Helena se dio un golpecito en la frente.
—Y, sin embargo, aquí estoy, sin corona. — Se rieron, y la habitual sonrisa burlona de Helena tomó una apariencia genuinamente feliz—. ¿Te apetece beber algo? — Señaló el escenario vacío con la cabeza y, unos instantes después, estaban ahí sentadas, con Helena llenando la copa de Evie de ginebra.
Las luces del escenario estaban encendidas y el sol a punto de ponerse.
Evie era consciente de que tenía que irse a casa; solo los dioses sabían cómo se sentiría Lyssa tras perder a su madre y a su hermana con pocos días de diferencia.
Pero, por el momento, decidió permitirse disfrutar del sencillo placer de tomar algo con su prima.
Dio otro trago generoso. El calor le bajó hasta el estómago y se le relajó el cuerpo mientras se balanceaba hacia atrás, apoyándose en las manos.
—Helena — dijo, y luego dio otro sorbo antes de servirse torpemente una segunda copa—, ¿tú crees en el amor verdadero?
—Claro.
—Esa es una respuesta demasiado corta para una pregunta tan seria. — Evie agitó un dedo ante la cara de su prima.
Helena apartó la cabeza, pero Evie alcanzó a ver la leve sonrisa en sus labios cuando respondió:
—Por supuesto que sí, tonta; no soy tan cínica. Al menos de momento. Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Cuándo? — inquirió Evie con recelo.
—No contigo y Maverine — contestó Helena con total seriedad, agitando las manos y echándose a reír a carcajadas al ver la cara de Evie—. ¡Es broma! Por todos los dioses, qué aburrida eres cuando tienes una crisis de identidad.
—Siento que el hecho de que mi vida sea un desastre no te resulte entretenido. ¿Qué podría hacer para remediarlo? — preguntó Evie con sarcasmo.
—No lo sé. Da saltos a la pata coja o algo así.
Evie se puso de pie y dio diez saltos, con la ginebra acumulándose en su estómago y haciéndola sentir acalorada y lánguida.
Helena aplaudió y agitó la botella vacía con un bufido de incredulidad.
—Los duendecillos invisibles se han bebido toda la ginebra.
—¡Voy a por más! ¿Dónde hay? — Se giró, haciéndose sombra con la mano sobre los ojos para poder mirar en dirección a la luz.
—Hay un carrito a la vuelta de la esquina. — Helena le lanzó a Evie su monedero y se levantó de un salto para arreglar un elemento del decorado que estaba fuera de lugar.
Evie bajó tambaleándose las escaleras del escenario y se dirigió hacia la parte trasera del teatro, donde se encontraban los tres guardias de seguridad, estoicos e inmóviles.
—Perdón. — Evie frenó al llegar hasta ellos—. ¿Podrían apartarse? Tengo que hacer un recado rápido.
—Permítanos acompañarla, señorita — dijo uno de los guardias en voz baja, con la cabeza gacha. La voz le resultó familiar.
Aquello hizo saltar la alarma y, aunque ya no podía distinguir entre un peligro real y una simple sospecha, sabía que era mejor ser precavida.
—Ay, gracias, pero no será necesario. Voy justo a la vuelta de la esquina y prefiero ir sola. — Dio su respuesta con los hombros erguidos, mirándolos de frente, dejándoles claro que no se sentía intimidada.
¡Soy vuestra perdición!
Y no lo digo yo, lo dice incluso una profecía.
El guardia asintió con rigidez y se hizo a un lado para dejarla pasar.
Estuvo en tensión hasta que salió al exterior; los bonitos colores del cielo y el aire fresco de la tarde le provocaron un agradable escalofrío en los brazos, y el alcohol intensificó el efecto.
De repente, sintió que se le quitaba un peso de encima mientras caminaba en silencio por la orilla del río de Villa Corazón.
Los aldeanos regresaban a casa con sus familias y la mayoría ni siquiera la miró.
La mayoría, pero no todos.
Porque, aunque Evie iba como una cuba, el entrenamiento con El Villano de Rennedawn no había sido en vano. La paz se desvaneció cuando se dio cuenta de que la estaban siguiendo.
Pasó de largo el carrito que vendía alcohol y dio varios giros a la derecha hasta dar una vuelta completa a la plaza. Aquella presencia seguía acechándola, y no tenía magia con la que protegerse. Había dejado atrás su daga. Clavada en el pecho de Trystan.
Torció por otra calle, esta desierta.
El factor sorpresa jugaba a su favor y Evie no era muy partidaria de las sutilezas, así que, en un momento dado, se giró con un grito y dio un puñetazo, que impactó contra un músculo duro.
Se oyó un gruñido antes de que la levantaran del suelo.
Cuando vio el rostro del hombre, lo único que pudo hacer fue…
Chillar.