CAPÍTULO 42
gideon
Una agonizante semana después…
T rystan Maverine ya no tenía aspecto ni de príncipe ni de villano.
Gideon jamás lo había visto con la barba tan descuidada.
Llevaba el pelo revuelto, con los mechones constantemente cayéndole sobre los ojos.
Unos ojos oscuros y vacíos. Su despacho se había vuelto gélido y lúgubre.
Ese día había unas pocas velas alumbrando la estancia mientras las primeras luces del alba apenas se asomaban por el horizonte.
No había suficiente iluminación para leer, pero allí estaba Maverine de todos modos, hojeando La sociedad del corsé travieso como si contuviera secretos aún por desvelar.
No, Trystan Maverine ya no parecía El Villano.
Se había convertido más bien en un ermitaño, aunque con una cierta tendencia a arrojar personas por la ventana.
El mal humor del hombre había comenzado en el momento en que la hermana de Gideon había desaparecido entre los árboles. Se manifestaba en breves ataques de ira en los que cualquier empleado que lo sacara de quicio corría el riesgo de salir volando. Literalmente.
—¿Piensa quedarse ahí de pie lo que queda de año, señor Sage, o va a decirme qué coño quiere? — No estaba gritando. Trystan Maverine no necesitaba recurrir a esas tácticas; resultaba aún más inquietante lo tranquilo que se había vuelto.
Gideon carraspeó.
—Le he traído La historia de Rennedawn para cuando termine con su… lectura actual.
El hombre entrecerró esos ojos vacíos y torció el gesto. Se le notaba descontento. Malo para Gideon. Muy malo.
—Le he pedido a Lyssa que me lo trajera — masculló Trystan.
Para una persona racional que apreciara su vida, ese sería el momento de salir pitando. Sin embargo, a Gideon lo corroía la culpa y la preocupación por su hermana, y eso no le dejaba mucho margen para preocuparse por tener tacto.
—¿De verdad cree que está en condiciones de presentarse ante cualquiera de mis hermanas ahora mismo?
Ya se estaba agachando antes de terminar la frase, dado que sabía que le lanzaría algún objeto a la cabeza. Por suerte, al menos, fue el libro de tapa blanda que estaba leyendo.
Gideon soltó un silbido, tratando de parecer imperturbable, se acercó al escritorio del hombre y dejó el libro de Rennedawn.
—No sé qué quiere encontrar en un libro vacío.
Maverine se puso de pie antes de que Gideon pudiera retroceder.
—No está vacío. Solo es selectivo con cómo y cuándo comparte su contenido. La profecía…
—¡Por todos los dioses! — se lamentó Gideon—. Estoy harto de esta profecía que parece perseguirnos como un nubarrón y que les tiene agarrados por el cuello a usted y a mi hermana. ¡Son solo palabras! ¿Qué importancia tienen ahora que Evie se ha ido y nadie sabe dónde está?
Excepto Gideon.
Él sí sabía dónde estaba.
Sin embargo, no se lo dijo a Maverine, ni siquiera cuando lo sujetó por el cuello con el puño en alto.
Keeley eligió ese momento para abrir las puertas y lo detuvo antes de que lo hundiera en el rostro de Gideon.
—Por tentador que sea, señor, debo interrumpirlo.
Tengo las novedades que me pidió. — La capitana lo miró con una leve sonrisa y una punzada de dolor atravesó las entrañas de Gideon—.
La Guardia Malévola ha colocado trampas por todo el perímetro de la mansión.
Un solo paso en falso y los valerosos saltarán por los aires.
—Muy bien. ¿Y ha podido localizar a Joseph el Erudito?
Keeley suspiró y se echó la larga trenza hacia atrás antes de posarse una mano a la altura del corazón.
—Hay algunas pistas, pero nada concreto todavía. El hombre es muy difícil de encontrar. Dijo que era un conocido de Edwin; ¿y si le preguntamos a él?
—No — respondió Maverine de inmediato—. Dejemos a Edwin al margen de este tema.
Keeley parecía dispuesta a discutir, pero se mordió la lengua.
—Sí, señor.
Gideon habló a pesar de saber que era mejor callarse. Como siempre que abría la boca, vaya.
—¿Por qué estáis buscando a Joseph el Erudito? ¿No es el que tiene fama de ermitaño?
—Necesito que examine esto. — Maverine se sacó una daga del cinturón y la dejó sobre el escritorio. Era la que le habían clavado. La daga de Evie—. Y quiero que me diga por qué la herida se curó nada más extraer el arma.
Gideon se había estado preguntando lo mismo. Y por qué la daga parecía más roma que antes. Sin vida. Pero Gideon no conseguía preocuparse por la daga que Evie había dejado atrás. Solo por Evie.
—¿Y luego qué? El libro no nos ha aclarado nada y nos hemos quedado sin villanos para la profecía. ¿Cuál es su plan, alteza?
—Te doy cinco segundos para que salgas por la puerta antes de obligarte a hacerlo por la ventana — advirtió Maverine, golpeando la mesa con tanta fuerza que el libro se abrió.
Y entonces las hojas se empezaron a pasar solas.
—Hay palabras — murmuró Keeley, señalando el texto que se iba formando lentamente en una de las páginas.
Fue Maverine quien las leyó en voz alta:
Todo lo que viene va,
todo lo que se una, unido permanecerá.
Allá donde el amor nace y el sol brilla imperturbado
un solo contacto arreglará el entramado y abrirá el candado.
—¿Es necesario que en este libro todos los versos vayan con rimas absurdas e infantiles? — Keeley se frotó las sienes—. Resulta inquietante.
Blade asomó la cabeza con una expresión de alerta que los dejó a todos expectantes.
—¿Estáis leyendo Mi amor, mi sol aquí dentro?
—No — dijo Maverine, cerrando el libro y guardándolo en un armario con llave. Hizo una pausa y luego se giró, molesto—. ¿Nos estabas espiando?
Blade soltó una risita nerviosa y empujó un lado de la doble puerta para revelar a Rebecka, Tatianna y Clare agachadas. Al abrirse la otra mitad apareció Reymundo sonriendo con aire culpable.
Blade habló en nombre de todos:
—Hemos optado por llamarlo «vigilar» para que Rebecka no tuviera un ataque de nervios.
—Es que eso es lo que estábamos haciendo — musitó Rebecka a la defensiva.
—¿Qué es eso que has dicho? — preguntó Gideon, aún pensando en el título—. ¿Mi amor, mi sol?
Blade pareció sorprendido.
—Ah, es un cuento ilustrado para niños. El jefe acaba de leer un fragmento, ¿no? «El sol brilla imperturbado». Por eso me sonó ese verso de la profecía que también habla del sol. A mi padre le encantaba leérmelo, era su preferido.
—Keeley — dijo Maverine, y ella se puso alerta antes incluso de que terminara de darle la orden—, encuéntralo.
—Sé justo dónde buscar — respondió ella.
—Iré contigo — se ofreció Gideon.
Keeley se tensó pero asintió, y acto seguido se dirigió hacia la puerta. Estaban a mitad de las escaleras cuando le preguntó:
—¿Por qué vienes conmigo, Gideon?
Él se detuvo unos escalones por encima de ella, sorprendido al ver que se giraba para mirarlo fijamente a los ojos, buscando motivos ocultos.
No tenía ninguno. Así que le confesó la verdad.
—Solo quiero, eh…, estar contigo, si… si te parece bien.
Ella frunció los labios, pero Gideon alcanzó a ver que era para reprimir una sonrisa.
—Supongo que no hay problema.
La siguió cual sabueso siguiendo el rastro de una pista.
—Intenta contener tu entusiasmo — dijo con sarcasmo.
—Haré lo que pueda — respondió ella, pero él notó que estaba sonriendo al decirlo—. ¿Vas a contarle lo de Evie? — le preguntó entonces con cautela.
Gideon tragó saliva.
Su hermana estaba ahí fuera. Sufriendo más de lo que nadie pudiera imaginar.