Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 41
52%

CAPÍTULO 41

EVIE

—¡M alcolm! — gritó Clare—. ¡¿Qué habéis hecho?! — Se volvió hacia Evie, y esta se quedó callada.

Habían ideado el plan a toda prisa, pero la situación lo precisaba.

Cuando la seda que había escapado de las mazmorras sustituyó la figura de Malcolm con una flecha atravesándole la piel negra, la voz de Clare se quebró.

—Ay, dioses. ¿No es él? ¿No es él?

—No he tenido oportunidad de explicaros el plan a todos antes de venir a recibirlos.

— Evie esbozó una mueca de arrepentimiento, dado que se sentía culpable por haber estado a punto de provocarle un infarto a Clare—.

Hace unas horas llegó una misiva de Malcolm; Keeley la encontró en la pila de correspondencia.

Él y Winnifred están a salvo en casa de tu madre.

Reymundo cerró los ojos y dejó caer los hombros, y Clare hizo lo mismo.

Evie chasqueó la lengua.

—Buen intento, caballeros. Háganme un favor y entréguenle un mensaje a Benedict de mi parte.

Asústalos, instó a su magia.

Una niebla oscura le rodeó los pies, como un gato rozándole los tobillos, olfateándola, antes de ir a por los caballeros.

—Vayan y díganle a Benedict que, dondequiera que esté ese cobarde, le faltará tierra para correr cuando volvamos a encontrarnos.

Díganle que su sufrimiento está asegurado y que más vale que los dioses amparen a quienquiera que ose interponerse en mi camino.

— Vio aparecer los puntos vitales de los caballeros con los diferentes colores, el más oscuro a la altura de la yugular.

Podía matarlos a todos; solo tenía que dar la orden.

La magia se encargaría del resto.

Pero no.

Liberó a los guardias y respiró hondo cuando uno de ellos se arrastró alejándose de ella, emitiendo un sonido que debería haber conmovido a su compasivo corazón. Y así fue. La bondad por la que se había regido toda su vida gritaba y suplicaba que tuviera clemencia.

Decidió ignorarla.

Y ordenó a la magia que los atacara sin llegar a matarlos. Todos los hombres cayeron al suelo a la vez.

—¡Díganle al rey que he sido yo quien ha hecho esto! — bramó, sintiéndose pletórica. Era como si alguien se hubiera apoderado de ella. Una persona a quien no conocía.

Y esa persona estaba satisfecha: satisfecha de que la temieran, de que la odiaran. Satisfecha de ser… La Villana.

—Puede decírmelo usted, si quiere.

Aquella voz familiar la agarró por sorpresa y su magia salió disparada en todas direcciones, despojando de color a los árboles cercanos y tiñendo la hierba de gris.

La voz de la bondad y la razón en su cabeza le suplicaba que se detuviera, que sofocara la ira, el miedo, la violencia que se apoderaba de ella.

Pero incluso las almas más optimistas podían marchitarse en la oscuridad.

—Benedict — dijo con odio, avanzando con paso firme mientras su vestido se rasgaba por culpa de las ramas caídas. El rey estaba montado a lomos de su caballo, rodeado de hombres que le eran ciegamente leales y que ejecutaban sus órdenes sin cuestionarlas.

Evie desenvainó la daga.

Benedict sonrió.

—Eso es, señorita Sage. Permítase ser quien realmente es.

Algo no iba bien. Benedict parecía demasiado tranquilo para ser alguien a quien le faltaba uno de los libros de Rennedawn, dos crías de gubre y el ancla de la maldición.

¿Habían pasado algo por alto?

De repente, la daga vibró en su mano y la cicatriz del hombro le provocó un cosquilleo desagradable y una mueca de dolor. Quería que la sensación desapareciera, pero no hizo más que intensificarse hasta que sintió el hombro en llamas y la daga se volvió casi incontrolable.

—Las dagas mágicas son una auténtica maravilla — dijo Benedict—. Mas hay que tener cuidado; a veces tienen vida propia.

Evie agarró la empuñadura con el corazón latiéndole con fuerza y ahogándose por el miedo. Su magia respondió a la llamada y acudió al encuentro de la daga mientras esta seguía brillando.

—Evangelina. — Trystan se colocó a su lado para apoyarla en aquel enfrentamiento con Benedict—. Déjame ayudarte.

—Trystan, aléjate — suplicó, luchando contra los movimientos de la daga y contra un impulso demasiado atroz como para comprenderlo siquiera.

Sentía como si sus manos no le pertenecieran.

No eran las suyas. No podían serlo. La tenue voz en su cabeza gritaba desesperadamente, tratando de levantar las manos, más arriba, más arriba…

Pero esas manos agarraron la daga… y apuñalaron a Trystan Maverine en el hombro, justo por encima del corazón.

Una expresión de estupor se dibujó en el rostro de Trystan mientras una pesadilla se desplegaba en la mente de Evie. Una pesadilla. Sí, era una pesadilla. Tenía que serlo.

Trystan cayó de rodillas al suelo. Despierta. Por favor, Evie, despierta.

—No he sido… — comenzó a decir ella—. No sé… cómo ha pasado…

—¡Apártate! — le gritó Clare, y Evie retrocedió un paso, sin desviar la mirada de Trystan. Él se aferraba a la daga clavada en el hombro. Sangre. Estaba sangrando.

Lo he hecho sangrar.

Si esa parte bondadosa de sí misma no se hubiera resistido, ¿lo habría apuñalado en el corazón?

—Qué pena — sonrió Benedict, y luego espoleó al caballo para que emprendiera la marcha al galope por el bosque. En cuestión de segundos, él y sus hombres se habían esfumado.

Y Evie se dio cuenta de una verdad que la había perseguido desde pequeña.

La vida no estaba hecha para la gente buena.

El espíritu de Evie había sido maltratado, desgarrado, magullado, despedazado y puesto a prueba.

Tanto dolor y tanta tristeza eran demasiado para que su cuerpo lo soportara.

Había demasiado ruido y cada roce del viento en la piel le escocía.

Llegó a semejante grado de agonía que se agarró la cabeza y gritó.

Algo se rompió.

O quizá muchas cosas. Lo único que oía era a sí misma haciéndose añicos.

Todas las veces que había cedido de una forma u otra por las personas a las que amaba, el tiempo que había dedicado a hacerse prescindible…

Y, aun así, su padre la había repudiado, su hermano se había alejado y ahora su madre también se había ido.

No se habían quedado.

Y jamás iban a quedarse, ni ellos ni nadie.

Excepto, quizá, él.

Y ahora le había hecho daño.

Su alarido se intensificó y, a través de la neblina, pudo oír a varias personas gritando su nombre.

Cuando abrió los ojos, descubrió la devastación que había causado. Aquella era la prueba de que, efectivamente, ella era la perdición del reino.

Los árboles. Ay, dioses, los árboles.

Muchos derribados. Otros reducidos a virutas, el resto completamente despojados de color, de magia. Los había destruido todos.

—No… — logró articular con la voz entrecortada, girando en círculos sin encontrar nada intacto. La niebla seguía buscando un objetivo, ansiando volcar su dolor en alguna parte. No podía contenerla.

—Trystan… — Dio un paso adelante, pero Clare la detuvo con una mano.

—No te acerques — le ordenó, y los ojos doloridos de Trystan fulminaron a su hermana. La apartó a un lado para poder mirar a Evie a la cara.

—Sage, no… — Frunció el ceño, sacudió la cabeza y esbozó una mueca de dolor mientras se ponía en pie sin soltarse el hombro.

Pero ella ya se había dado la vuelta.

E hizo lo único que se había jurado que nunca haría.

Huyó.

Lejos de él. Lejos de todos ellos. Lejos de la familia que había creado.

No pensaba detenerse, aun sabiendo que la única persona a la que jamás podría dejar atrás por muy lejos que huyera…

Era ella misma.