Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

reymundo

C uando el bosque de espinas se abrió, ambos bandos alzaron las armas.

—Buenas tardes, caballeros. ¿Se han desviado del camino sin querer? — Trystan sonaba indiferente.

Alexander sabía que eso significaba que alguien estaba a punto de recibir una puñalada.

Evie estaba a su lado, manteniendo la fachada de valentía a pesar de lo mucho que él sabía que estaba sufriendo por dentro.

Deberían haber quemado el libro cuando tuvieron oportunidad.

—Pensamos que quizá estaríais dispuesto a hacer un intercambio — dijo uno de los caballeros. Con el yelmo en la mano, parecía un hombre como cualquier otro. Uno que probablemente volvía a casa por la noche con su familia, que tenía una vida.

Ese era el problema de los hombres que servían a reyes corruptos. Eran expertos en ocultar sus corazones podridos bajo una armadura plateada.

—El intercambio es por mi hermano, supongo, ¿no? ¿Y qué es lo que queréis a cambio? — preguntó Trystan.

Alexander notó que se estremecía cuando arrastraron a Malcolm y lo tiraron al suelo con varias espadas apuntándole a la espalda.

—Queremos a Evangelina Sage.

Trystan soltó un sonido gutural e hizo ademán de lanzarse hacia el hombre, pero Evie ya se había interpuesto ante él con una dulce sonrisa.

—Chicos, me siento halagada, de veras, pero ya tengo pareja.

Trystan giró la cabeza tan rápido que a Alexander le sorprendió que no se le rompiera el cuello.

—¿Tienes pareja?

La sonrisa de Evie vaciló.

—Bueno…, sí. Si quieres estar conmigo, claro, o…, eh, supongo que eso implicaría oficializarlo y no lo hemos hablado, así que no tienes por qué…

—Sí, quiero — la interrumpió Trystan con brusquedad—. Quiero estar… contigo.

—¡Esto es ridículo! — espetó uno de los caballeros—. La vida de su hermano está en peligro, señor.

La voz de Alexander sonó ronca y fría como el hielo cuando dijo:

—Dadles un momento.

—Malcolm, ¿dónde está Winnifred? — preguntó Evie preocupada.

Alexander estiró la cabeza y escudriñó a la multitud, pero no había ni rastro de la tímida hechicera. ¿Por qué le inquietaba tanto que así fuera?

—No lo sé. Debe de haber escapado — respondió Malcolm, y soltó un grito cuando uno de los guardias le plantó un pie sobre la espalda—. Por favor, Trystan, ayúdame.

—Os puedo ofrecer oro — dijo Trystan—, suficiente para que podáis huir de Benedict.

—Benedict es el único que mantiene unido este reino — replicó el caballero más cercano a Malcolm—. No me importa el oro. Me importa mi honor.

Alexander arqueó una ceja.

—Entonces, ¿por qué eres… un Guardia Valeroso?

—¡Basta ya! — rugió el que parecía estar al mando—. ¿Cuál es su decisión?

—Me entrego — dijo Evie dando un paso al frente, y todos los que estaban en su bando protestaron—. Pero, por favor, soltadlo. — Sorbió por la nariz como si estuviera llorando, y esa acción a Alexander le resultó tan incongruente con lo que sabía de Evie que empezó a sospechar.

Los caballeros ayudaron a Malcolm a ponerse de pie y entonces Evie gritó:

—¡Ahora, Keeley!

Una flecha surcó el aire.

Y se clavó justo en el corazón de Malcolm.