CAPÍTULO 39
EVIE
E vie siempre creyó que su imaginación podía llevarla a lugares increíbles. Lugares mágicos donde todo era posible y ella podía ser quien quisiera.
Sin embargo, la imaginación es un arma de doble filo, pues, igual que uno es capaz de imaginar cosas bellas y maravillosas con perfecta claridad, también lo es de imaginar… lo peor.
—No sabremos lo que hay dentro hasta que lo abramos. — Trystan posó su enorme mano en la espalda de Evie, como instándola a hacer los honores.
—¿Por qué crees que aún no lo he abierto? — replicó ella, sin apartar la vista del pesado tomo que yacía sobre la encimera de la cocina.
Tras la aparición del libro, Trystan había considerado que lo más seguro era abrirlo allí mismo. No demorarlo. No dar la posibilidad de que se perdiera. Hacerlo y quitárselo de encima.
Y quería que fuera ella quien lo abriera.
—Es igual que el otro — se maravilló Gideon—, salvo que los bordes son un poco diferentes. Las páginas del de Benedict eran plateadas.
Y las de este eran de distintos tonos que se entremezclaban formando un juego de luces relucientes.
—¿Cómo sé lo que tengo que buscar? — preguntó Evie.
Becky respondió en un tono tajante pero amable:
—Es un libro mágico, Evie. Deja que él te diga qué buscar.
Evie no quiso aguardar ni un segundo más y abrió el libro antes de que nadie tuviera tiempo de discutírselo. Dio un paso atrás, esperando… Bueno, no estaba segura de qué esperaban que pasara, pero, desde luego, esperaban que pasara algo.
Sin embargo, no ocurrió nada.
—Qué decepción. — Keeley se acercó a la encimera y se inclinó para ver qué ponía en la primera página.
Evie se sintió a la vez alarmada y aliviada al ver que estaba en blanco.
—¿Todo esto ha sido un truco? — preguntó Becky mientras impedía que Cassandra mordiera a su hermano.
—Quizá no todas estén en blanco — dijo Lyssa.
—Pasa la página — le susurró Trystan al oído, y ella dejó que el sonido la calmara, con su presencia a modo de escudo.
Posó una mano temblorosa sobre las hojas desgastadas, arrugadas y manchadas por el paso del tiempo. Pasó la página… y su mundo se fue al infierno.
El libro comenzó a pasar las hojas solo mientras expulsaba un humo iridiscente, hasta que se detuvo en una página concreta. Entonces aparecieron unas palabras escritas en el aire, por encima de todos ellos.
Es deber del curandero de la esencia liberar al alma de todo dolor y destruir la fuente de la enfermedad de Rennedawn, darle un nombre.
Las páginas se revolvieron hasta llegar a una con una imagen que a Evie le cortó la respiración.
Porque allí, grabados en blanco y negro, en un libro más antiguo que el tiempo, había un rostro y un nombre.
Y ambos eran los de Evie.
Nadie abrió la boca. Supuso que porque nadie era capaz de decir nada. ¿Qué iban a decir? Un libro mágico acababa de llamarla «enfermedad». Y había afirmado que era deber de los curanderos de la esencia librar al mundo de su presencia.
—¡Tryst! — gritó Clare, que había entrado corriendo a la habitación—. ¡Venid todos, rápido!
—¿Qué pasa, Clare? — preguntó Trystan con un tono brusco.
—La Guardia Valerosa ha vuelto y exige reunirse contigo… y con la Mujer Malvada.
—Estamos a salvo dentro de los límites del bosque de espinas — le aseguró Trystan.
La cara de preocupación de Clare fue lo único que pudo sacar a Evie de su desolación.
—No todos — replicó.
A Evie se le formó un nudo en el estómago.
Todas las miradas se dirigieron hacia Clare mientras decía:
—Tienen a Malcolm.