Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

blade

–¿S olo quieres que sople? — preguntó Rebecka, sin darse cuenta de que había puesto las manos en actitud protectora sobre la pequeña bestia que se acurrucaba alrededor de su cuello como un hurón.

El gesto iba acorde a como Blade siempre había sabido que era ella.

Le resultaba incomprensible que alguien pudiera considerar fría a Rebecka Erring.

Esta mujer era pura ternura.

Y le preocupaban esos animalitos, más difíciles de dominar que Fluffy, a los que habían llevado a la cocina sin perder tiempo para comprobar si funcionaba la supuesta forma de obtener el libro.

—Clarke también puede hacerlo. — Blade tiró del arnés, tratando de evitar que el macho derritiera la mesa de la cocina. Y la mano izquierda de Gideon Sage.

—¡Ay! — Gideon retiró la mano de golpe—. Eve, el aliento de estas criaturas derrite las cosas. ¿Es prudente usarlo sobre la ventana? Solo tendremos una oportunidad.

Alexander Reymundo Kingsley carraspeó. Se había transformado en rana al menos tres veces ese día antes de volver a ser humano, y Blade no pudo evitar compadecerse del pobre desgraciado por tener una vida tan frustrante.

—¿Y Winnifred? — preguntó con voz ronca.

—No es una opción. — Trystan negó con la cabeza.

—¿Por qué? — quiso saber Keeley cruzándose de brazos.

—Porque ya se ha ido. Le he pedido a Malcolm que la acompañe a casa de mi madre; quiere regresar a su puesto.

Blade se fijó en la mirada horrorizada de Evie, la decepción en la de Trystan y la…, bueno, no tenía ni idea de lo que sentía Reymundo, pero, a juzgar por la dureza de su expresión…, no era nada agradable.

—No pretendo juzgarla… — comenzó Evie.

Rebecka la interrumpió:

—Yo sí. ¿No se supone que su madre es una desgraciada, señor?

Evie le dio una palmadita en el hombro a Rebecka y le dedicó un gesto de complicidad con la cabeza. Blade tosió para disimular la risa, tuvo que taparse la boca y casi se le escapa el gubre.

El jefe, por su parte, no parecía molesto en absoluto.

—El funeral de mi padre es dentro de dos semanas. Winnifred pensó que sería un detalle ayudar a Amara con los preparativos.

—Quizá para entonces se haya cumplido la profecía y ya seas el dueño de Rennedawn para siempre — reflexionó Gideon—. Si es que esto funciona, claro.

Blade asintió, perdido en sus pensamientos mientras le daba una golosina a Clarke. Rebecka suspiró.

—Le das demasiadas golosinas; si lo consientes tanto se volverá insoportable.

Por desgracia, los animales parecían aprender rápido. Al oír la palabra «golosinas», Clarke saltó de los brazos de Blade y fue corriendo hacia Rebecka con sus patitas torpes.

—No. Ni hablar, baja ahora mismo.

El animal gorjeó al llegar a la altura de su cintura, mirándola con unos ojos grandotes que suplicaban cariño. Esa técnica Blade también se la sabía.

—Aish, está bien. Ven aquí. — Ella cogió al animal, formando una estampa similar a un cuadro que el padre de Blade tenía colgado en casa.

—Rebecka, te adoran — le dijo con afecto.

Ella le lanzó la misma mirada fulminante que usaba con los becarios cuando se desmadraban.

Era su preferida.

—Qué suerte la mía — murmuró con sequedad, pero él se fijó en que sostenía a las criaturas con la mayor delicadeza—. Vosotros dos, ¿cómo sabéis que Calvin Warsen no pretende engañarnos para destruir la ventana?

—No sabía que teníamos a los gubres — señaló el jefe apoyando una mano en la cintura. Había algo raro en él. Parecía extrañamente… desaliñado.

—Benedict quería a las crías de los gubres para algo relacionado con la profecía, pero puede que esa no fuera la única razón — apuntó Evie, y Blade se dio cuenta de que ella también tenía un aspecto desaliñado. Llevaba los rizos sueltos y revueltos, y el vestido ligeramente arrugado.

—Entonces…, ¿cómo decís que ha ido el interrogatorio? — preguntó Blade ladeando la cabeza para observar sus reacciones—. ¿Habéis conseguido llegar hasta el fondo de la cuestión?

Evie se sonrojó y Trystan se quedó quieto como una estatua.

—Se ha mostrado bastante cooperativo — respondió Evie con la voz un tono más agudo de lo habitual mientras examinaba la ventana con admirable concentración.

—¿Quién? ¿Calvin o Trystan? — Blade sonrió y Rebecka ahogó un grito.

—Te voy a descuartizar — gruñó Trystan—. Y no te he dado permiso para que me tutees y me llames por mi nombre de pila.

—Somos amigos. Ya no puedo llamarte «jefe», y ¿cómo quieres que me dirija a ti si no es por tu nombre?

—Prueba con «mi asesino» — refunfuñó él.

Edwin rellenó las tazas de brebaje con el ceño fruncido.

—¿Y a quién vamos a asesinar hoy?

Lyssa eligió ese instante para unirse a ellos, así que la charla sobre asesinatos cesó en el acto.

—Démosles a Clarke y a Cassandra su momento, ¿os parece? — instó Rebecka—. Antes de que conviertan mi pelo en un nido.

Blade se le acercó con un guiño y ella le regaló una de sus modestas sonrisas. Él cogió a ambos animales por la barriga con sumo cuidado y los colocó sobre la encimera, mirando hacia la ventana.

—¿Existe alguna palabra que debamos decir para ordenárselo? — preguntó Gideon.

—¿Por favor? — adivinó Blade.

Las crías se limitaron a gorjear y tambalearse por la encimera, tirando al suelo unos cuantos cálices de cerámica con su torpeza. Intentaron acercarse a Rebecka, pero ambos se detuvieron cuando señaló con el dedo hacia la ventana.

—Ahora.

Los animalitos dieron saltos de emoción por haber recibido la atención de Rebecka. Una vez más, Blade entendía perfectamente esa sensación.

—¿Alguna otra idea?

Reymundo había estado observando en silencio, escudriñándolos tanto a ellos como a la ventana.

—¿Y si la rompemos?

Blade era consciente de que sus percepciones sobre los demás no siempre eran acertadas, por lo que no estaba seguro de por qué percibía algo siniestro en aquella sugerencia.

—Eso no es menos arriesgado que la posibilidad de derretirla — respondió Trystan, sin darle importancia a la insinuación de Reymundo.

—Tengo una idea — intervino Lyssa con voz tranquila—. ¿Me dejáis probar una cosa?

Blade pensó que el hecho de que Trystan le hiciera un gesto de afirmación sin pensárselo dos veces decía mucho tanto de la inteligencia de Lyssa como de la fe que él depositaba en ella.

La niña se acercó a los animales, cerró los ojos y…

comenzó a brillar. Blade aguantó la respiración, igual que todos los demás cuando vieron cómo colocaba las manitas sobre el lomo de las criaturas.

Unas grandes bocanadas de humo púrpura salieron de sus bocas, rozaron las paredes, derritieron ladrillos y piedras y cubrieron la ventana.

Entonces, una luz que brillaba más que la de Lyssa emitió un destello y todos gritaron. Blade cogió a la niña en brazos y se acercó a Rebecka, que se tapaba los ojos con las manos. Un silbido como una ráfaga de viento atravesó la habitación y luego… se hizo la calma.

El humo púrpura se disipó, la luz se atenuó y la ventana… seguía intacta.

Pero el libro de La historia de Rennedawn ya no estaba bajo el sol resplandeciente.

Estaba en manos de Evie Sage.