Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

EVIE

E vie debería haber sabido que acabarían besándose.

Y, en el fondo, tenía que admitir que quizá lo sabía.

Por eso se había apartado a un rincón, lejos de miradas indiscretas, lejos de la pesada puerta de la cámara de tortura.

Los labios de Trystan se posaron sobre los suyos a un ritmo casi frenético que la dejó desesperada y sin aliento.

Se aferró a sus hombros, pegándose a él hasta que la levantó en brazos y la empujó contra la pared.

Tiró levemente de su pelo rizado, aprovechando esa nueva posición para darle besitos fervientes en el cuello.

—No puedes hacer esto cada vez que discutimos — susurró ella. Aunque en realidad deseaba todo lo contrario.

—Está bien. — Trystan alzó la cabeza con una mirada indomable y ni rastro de su compostura habitual; estaba completamente rendido ante ella—. Podemos omitir la parte de discutir y pasar directos a esto.

Ella se rio. Unos segundos atrás quería estrangularlo y ahora estaba a horcajadas sobre él, agarrándose a su cuello como si le fuera la vida en ello.

—No estoy acostumbrada a que seas tú el insistente. ¿Qué te ocurre, señor del mal? ¿Qué hay de la política antifraternización de la oficina?

—La he quemado.

Esbozó esa sonrisa secreta que reservaba solo para ella y el hoyuelo que se le formó en la mejilla atacó el sistema nervioso y el corazón de Evie sin piedad.

—Porque me he enamorado de la mujer más exasperante que he conocido jamás. — Otro beso en los labios, en las mejillas, en cada uno de los párpados.

—Debe de ser una persona horrible. — Evie soltó otra risa entrecortada, sintiendo que un calor se extendía por su cuerpo justo cuando los labios de Trystan se encontraban con la parte superior de sus pechos, empujados hacia arriba por las varillas del corpiño.

Levantó la cabeza para mirarla a los ojos con un brillo de asombro.

—Es mi persona favorita.

Ella frunció el ceño al sentir un peso en el pecho.

—Tú también eres mi persona favorita.

Y, como si no pudieran soportar ni un segundo más sin estar unidos, sus labios se encontraron de nuevo. Trystan deslizó la mano por su pierna, se coló bajo la falda y se acercó hasta rozarla justo ahí. Ella jadeó, sintiendo que le faltaba el aliento.

—No creía que fuera posible — murmuró incrédulo—. No sabía que podía arder tanto de deseo. — La bajó con cuidado hasta que volvió a pisar el suelo, y Evie sintió decepción al ver que el momento llegaba a su fin.

Pero se equivocaba.

Lo supo al verlo arrodillarse.

—¿Qué estás haciendo? — susurró Evie, echando un vistazo al pasillo para asegurarse de que no hubiera nadie. Esa parte de las mazmorras solo la frecuentaban Trystan y los prisioneros, pero no había ninguna puerta, solo la pared que sobresalía para ocultarlos.

Él esbozó una sonrisa burlona, arqueando una ceja.

—Capítulo seis.

Ella se mordió los labios para contener una risita histérica. El ansia la invadía mientras él le levantaba la falda hasta la cintura y la agarraba por el muslo para colocarse una de sus piernas sobre el hombro.

—No tienes por qué…

Pero entonces su boca entró en contacto con ella, provocándole una sensación tan abrumadora que se le escapó un gemido.

Enredó los dedos en su cabello y él la recompensó dándole más, despertando partes de ella que ardían cada vez con más intensidad, hasta que tuvo que taparse la boca con una mano para poder gritar a gusto.

Se dejó llevar por aquellas sensaciones y sintió una felicidad tan pura que se le nubló la mente.

Hasta que no le quedó más remedio que volver a la realidad.

Trystan le bajó la falda y se colocó de forma que la espalda de ella quedaba contra su pecho. Después le dio varios besos de adoración en la coronilla.

—Creo que nunca había visto nada más bello que lo que acabo de ver.

Ella percibía la intensidad con la que la deseaba por el bulto que notaba en la espalda. Se giró con una mirada interrogativa.

—Perdón, ¿quieres que…?

—Quiero que te quedes en mis brazos. Que me dejes abrazarte. — Se rio entre dientes contra su cabeza—. Te horrorizaría saber la de veces que me he imaginado haciéndote eso.

Ella levantó la cabeza con una expresión desconfiada.

—No es verdad.

—La primera vez que te sentaste encima de mi escritorio, tuve que dar varias vueltas por el despacho hasta que conseguí borrar esa imagen de mi mente.

—Tiene que ser una broma — exclamó, sintiendo una mezcla entre diversión y embriaguez, una euforia que la inundaba y apartaba todo lo demás.

Él respondió con total seriedad:

—Yo no bromeo.

Ella se rio y él ahogó el sonido con otro beso.

—Es gracioso — murmuró ella.

—¿Qué te parece gracioso, torbellino?

—Siempre pensé que tú serías la cucharita pequeña.

—Será broma.

Ella bajó la voz varias octavas para aportar dramatismo y dijo:

—Yo no bromeo. — Y entonces se acordó de una cosa—: Así que has leído el capítulo seis.

Él carraspeó, con una expresión casi avergonzada, a pesar de ser un hombre tan estoico.

—Tenía curiosidad… y por una buena razón.

—¿Qué demonios te llevó a leer La sociedad del corsé travieso? — preguntó con curiosidad ante aquella confesión tan extraña.

—Edwin me dijo que era tu libro preferido.

Se giró para mirarlo.

—El día que estabas en tu estudio-biblioteca…

Trystan se pasó una mano por el pelo, mostrándose incómodo ante la proximidad que ella le transmitía con ese gesto.

—Estaba buscando el ejemplar de Edwin, sí. No soy muy propenso al romanticismo, así que pensé que podría ayudarme a… conquistarte, por así decirlo.

Sus ojos ardían, y recompensó su bondad con el más leve roce de sus labios contra los de él, saboreándolo como si fuera la última vez.

Pasaron unos instantes de complicidad entre ellos y el momento se tornó perfecto.

—Sé que hay mucha incertidumbre — dijo Trystan—. Sé que todavía te estás adaptando, pero ¿me darías la oportunidad de demostrarte que podemos ser felices juntos… sin que el mundo se venga abajo?

Evie se sintió vulnerable y sensible cuando asintió con la cabeza, rodeándole el cuello con los brazos.

—Me encantaría.

Tenía razón; aún había mucha incertidumbre, pero en ese instante solo eran Evie y Trystan.

Y así seguiría siendo mientras el destino lo permitiera.