Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

trystan

C uando Trystan se convirtió en El Villano, pocas cosas le proporcionaban placer. La Mansión Masacre pasó a ser su refugio, donde acudía a lamerse las heridas, recomponerse y entrenar para alzarse hasta convertirse en una fuerza que Benedict no pudiera ignorar.

Y lo había conseguido.

A lo largo de los años, Benedict había enviado a la Guardia Valerosa, a asesinos a sueldo y a mercenarios para capturarlo. También para matarlo. Todos habían fracasado.

Eso le producía placer.

Giró la llave en la cerradura, pero no abrió la puerta. En su lugar, bajó la mirada hacia Sage, fijándose en su bonito vestido blanco y sus rizos sujetos con una peineta del mismo color que parecía una paloma; un marcado contraste con el rojo escarlata de sus labios.

Se fijó también en que había enderezado los hombros en cuanto habían empezado a bajar a las mazmorras.

—¿Por qué no te encargas tú esta vez? — dijo sin pensar—. Eres perfectamente capaz.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—No, no es… necesario. Me limitaré a observar.

—No, de eso nada. No te lo permitiré.

—¿Que no me lo permitirás?

Sabía que eso la enfurecería, ya contaba con ello. Se esforzó por mantener el rostro impasible.

—Tú no me tienes que permitir ni dejar de permitir nada — continuó—. Soy capaz de tomar mis propias decisiones.

—¿De verdad? — la desafió Trystan, acorralándola contra la pared—.

Porque siempre que tengo que torturar a alguien quieres acompañarme.

Diría que a veces incluso tienes ganas de que se dé la oportunidad.

¿Y ahora me dices que prefieres limitarte a observar?

¿De verdad tomas tus propias decisiones?

¿O más bien te dejas influir por el miedo?

Los iris de Evie parecían dos llamas azules mientras lo miraba. Él, en cambio, mantenía una sonrisa burlona en la cara, como el canalla que era.

—¿Serías tan amable de decirme de qué tengo miedo? — preguntó ella.

—De que, sea cual sea tu papel en esta historia, nunca serás suficiente.

El poder de la magia lo arrolló con tanta violencia que perdió el equilibrio. A Sage se le formaron lágrimas de rabia, pero las ahuyentó parpadeando, dejando que esa chispa que había en su interior saliera a la superficie.

—Que te jodan.

Ahí estás, torbellino.

Giró la llave de la gran puerta de madera y allá que fue. Nada más entrar, Evie desenvainó la daga.

Era inquietantemente excitante.

—Buenos días, Calvin. — Saludó al hijo de Otto Warsen con amabilidad. Eso le dio un toque más inquietante aún.

Y más excitante.

Hay que joderse…

—¿Qué quieres, furcia? — Calvin estaba bastante más débil que la última vez que lo habían visto.

Probablemente porque Trystan le había roto ambas rótulas.

—Yo no quiero nada — respondió Trystan con calma—, pero puede que mi compañera tenga algunas preguntas.

—No te estaba llamando «furcia» a ti, imbécil — espetó Calvin.

Trystan sintió cómo una fría rabia afloraba a la superficie.

—Qué raro. Porque espero que no la estuvieras llamando «furcia» a ella.

Calvin se estremeció y negó con la cabeza.

—¿Qué quieres saber?

—Cuando te descubrí en la cocina y me atacaste, estabas intentando desmontar la ventana. Pensé que era porque no querías que encontráramos la profecía al exponerla a la luz del sol…, pero no era por eso, ¿verdad?

Calvin se rio echando la cabeza hacia atrás.

—Ese pobre idiota estaba tan seguro de que nunca lo descubriríais…

—¿Quién? ¿Benedict? — preguntó Sage mientras la magia oscura empezaba a emerger de sus dedos y se acumulaba en el suelo.

Calvin la miró fijamente, con el rostro impenetrable.

—Claro.

—Gracias por cooperar. Quizá pronto podamos hacer algo con esas cadenas. — Le dedicó una sonrisa, pero a Trystan le pareció que aquello era irrazonable.

—En cuanto me libere de estas cadenas, señorita Sage, la voy a ahorcar con mis propias manos — espetó Calvin con desdén.

La sonrisa de Sage se ensanchó.

—Nadie ha dicho que fueras a seguir vivo para entonces. ¿O sí?

El hombre se quedó de piedra. Y Trystan también.

Joder, se le daba excepcionalmente bien aquello.

—¿Cómo llegó el segundo libro de La historia de Rennedawn a formar parte de la ventana y cómo lo deshacemos? — preguntó ella sin rodeos, jugando con la punta de la daga mientras caminaba de un lado a otro.

—No lo sé.

—Claro que lo sabe, señor Warsen. ¿De qué otra forma iba a retirarlo?

—Con el culo. — Le lanzó una mirada maliciosa.

—Esa habría sido una escena muy desagradable. — Sage puso los ojos en blanco y suspiró con una expresión lastimera que parecía sincera—. Calvin, voy a ser muy clara contigo. Primero, porque no tenemos mucho tiempo, y segundo, porque me caes fatal.

Calvin entreabrió los labios y miró a Trystan como diciendo: «¿Esto te parece normal?».

Él se limitó a cruzar los brazos y sonrió con aire burlón.

—¿Qué ibas a usar para sacar el libro? Y te recomiendo encarecidamente que no me respondas con un insulto. A menos que desees que este interrogatorio termine antes de tiempo.

Calvin levantó la vista. Con las manos temblorosas, sacudió la cabeza. Era como si algo se rompiera en ese momento.

—Quiero que un curandero me mire las rodillas.

—Hecho — accedió Evie antes de que Trystan pudiera objetar.

—Veneno de gubre — sonrió Calvin—. Criaturas del Destino para el ejemplar del Destino de La historia de Rennedawn . Se selló con el veneno y eso mismo lo liberará. Si es que consigues reu­nirlo, claro. A mí solo me enviaron para quitarlo antes de que os dierais cuenta del valor que tenía.

Resultaba interesante que Sage hubiera sido la única capaz de ver el valor de esa ventana desde el principio. Se había pasado horas y horas contemplándola. Muy propio de ella eso de encontrar valor en cosas que otros pasarían por alto.

Como lo había encontrado en Trystan, por ejemplo.

Él sonrió.

Y Calvin le devolvió la sonrisa porque supuso que esa información no les serviría de nada.

Sage no cejó en su empeño.

—Estoy convencida de que podemos obtener el veneno de las dos crías que tenemos arriba — comentó como quien no quiere la cosa, y después le dio una palmadita en la mejilla al hombre mientras la expresión de este pasaba de la suficiencia al desconcierto—.

Gracias, Calvin. Nos has sido de gran ayuda.

Mandaré a alguien a que te examine las rodillas.

Las necesitarás para cuando te toque suplicar por tu vida.

—Eh… ¿Qué?

La pregunta temerosa de Calvin se quedó en el aire, dado que Sage se giró hacia Trystan entrecerrando los ojos y murmuró:

—¿Podríamos hablar fuera un segundo?

Acto seguido, salió por la puerta sin mirar atrás, y Trystan la contempló a ella y luego a Calvin.

—Por curiosidad… ¿cuánto tardaron en romperse las rótulas?

—¡Al instante! — gritó Calvin.

—Excelente. — Trystan cerró la puerta después de salir y echó el candado, a sabiendas de a qué se iba a enfrentar.

—No tienes derecho. — La voz de Sage provenía de una esquina a la penumbra.

Solo había una antorcha encima de su cabeza que proyectaba un resplandor sobre su rostro—.

No tienes derecho a decirme que tengo miedo.

¡Por supuesto que lo tengo! He tenido miedo toda mi vida, ¡y tengo derecho a que así sea!

Porque nunca me ha impedido hacer lo que debía.

—Te he preguntado si tu miedo te controlaba — murmuró sin apartar la mirada de sus mejillas, donde se iba intensificando el rubor a medida que se le aceleraba la respiración—. Y no lo hace. Nunca te ha controlado.

Ella parpadeó.

—Tú…

Trystan hizo un gesto con la mano hacia la puerta cerrada.

—Lo has hecho con miedo, pero lo importante es que lo has hecho. Y así lo haces todo desde que te conocí.

—No me gusta que me manipulen. — Lo señaló con el dedo.

Él le agarró la mano, mirándola con reverencia, intentando con todas sus fuerzas soltarla, pero sin conseguirlo. En lugar de eso, cerró los ojos y posó los labios en el centro de su palma. No se la soltó ni al apartar la cara para hablar.

—No me gusta que te rindas.

A ella le faltaba el aliento cuando susurró:

—No me…

—Sí. — De repente lo invadió la ira y contuvo las ganas de agarrarla por los hombros y sacudirla hasta que entrara en razón—. Fuiste tú quien me dijo que somos nosotros los que decidimos quiénes somos. Ni la magia, ni el destino, ni el porvenir, ni nadie. Tú y yo. Nosotros decidimos.

Ella cerró los ojos, con las pestañas húmedas por las lágrimas que intentaba contener.

—Tú no lo entiendes. Cada vez que pienso que puedo confiar en alguien, cada vez que creo que voy a ser feliz, pasa algo que lo echa todo a perder. Siempre. Y todas las veces me levanto y sigo adelante.

Cuando sus ojos se encontraron con los de él, estaban tan serios, tan llenos de angustia, que eso lo destrozó.

—Pero si te ocurriera algo a ti, y más si ese algo fuera culpa mía, no podría seguir adelante. Sería incapaz.

—Porque quieres estar conmigo — afirmó él, sin darle opción a eludir esa verdad.

—¡Por supuesto que quiero! — Ella levantó las manos y puso cara de indignación—.

Pero nada de esto tiene que ver con lo mucho que te deseo, te quiero o te necesito a mi lado.

No guarda relación con el hecho de que piense en ti desde que me despierto hasta que me voy a dormir.

Incluso en los momentos en los que la tristeza me invade y siento que no lo voy a poder soportar, sigo queriendo estar contigo.

Ella inspiró y espiró, y él vio los engranajes de su preciosa mente dando vueltas y vueltas. Vio cómo se levantaba el muro.

—Pero… — quiso seguir ella.

Y entonces la besó.