CAPÍTULO 35
EVIE
–A penas se parece a mí — refunfuñó Trystan, apoyándose contra el elegante escritorio negro de su despacho.
Habían estado buscando por la mansión hasta medianoche.
Al no tener éxito, Trystan les había ordenado a todos que se fueran a la cama durante al menos las siguientes doce horas antes de reunirse de nuevo en su despacho.
Evie se había dejado caer sobre su hombro, agotada.
Tenía un recuerdo difuso del momento en el que la llevó en brazos hasta la cama, susurrándole palabras dulces al oído. Le había parecido un sueño.
Sin embargo, se había despertado aquella mañana arropada en su cama, con Lyssa al lado y su magia flotando sobre ella.
Había saludado a la niebla con la mano.
Esta le había devuelto el saludo.
Y, quizá por primera vez desde que era suya, la había mirado con cariño y había sonreído.
Ahora, con el sol de media mañana iluminando el espacio de la oficina, había un nuevo vigor en el aire.
Las dos crías de gubre habían traído alegría y esperanza a todo el mundo.
Además, ellos habían conseguido la llave antes que Benedict.
Al analizarla de cerca, descubrieron que era blanca y que estaba cubierta de diminutas flores de todos los colores, con un delicado lazo en la parte superior, formando un intrincado diseño que parecía haber sido creado con sumo cuidado.
Pensó que así debía de ser todo lo que creaban los dioses de la magia.
Se rio para sus adentros, acariciando la falda de satén donde la había escondido: una tela blanca y brillante que caía en románticos pliegues desde la cintura hasta el suelo.
La hacía sentir guapa y fuerte, e increíblemente afortunada por haberse despertado lo bastante temprano como para presenciar aquello.
El hallazgo de Clare y Tatianna.
—Discrepo. — Alexander esbozó una sonrisa burlona.
La camisa blanca que llevaba estaba limpia y planchada, y su aspecto era un poco más pulido que el del día anterior.
El corte de pelo que se había hecho él mismo parecía haberse igualado y se había afeitado, aunque manteniendo parte de la barba—.
Es… — las palabras se le atascaron; aún tenía la voz ronca.
Se frotó la garganta con una mueca y terminó la frase—: clavado a ti.
Evie se rio.
—Señor del mal, ¿estás seguro de que ese no eres tú?
—¡Por supuesto que no! — espetó Trystan, agitando las manos.
De «por supuesto» nada. El retrato apoyado contra la pared del despacho de Trystan era su viva imagen. Excepto que ese hombre tenía una amplia sonrisa en el rostro, como si reír fuera algo habitual en él, y mostraba un hoyuelo a cada lado de la cara.
Sin embargo, la mayor diferencia de todas era que…
Ese hombre llevaba una corona.
—Por los dioses, Trystan. ¿Este es…? — comenzó Evie.
—El primer rey de Rennedawn — explicó Clare, señalando el pequeño grabado de la parte inferior—. Julius Benedict Martin i.
—¿Martin? — Evie frunció el ceño, confundida—. ¿Es…? No será ese el apellido de Benedict, ¿no? — Miró a su alrededor y vio a Tatianna aguantándose la risa—. No fastidies. ¡¿Lo es?!
—Sage, me parece un apellido de lo más normal — quiso razonar Trystan.
Una decisión para nada acertada, teniendo en cuenta que el nuevo objetivo vital de Evie era ser totalmente irracional.
—Pero ¿tú de qué lado estás? — le preguntó ella, cruzando los brazos y tamborileando con los dedos mientras le lanzaba una mirada de reproche fingido.
Él la contempló sin comprender.
—Del lado de la lógica.
—Pff, qué aburrido — respondió ella con naturalidad antes de acercarse para apoyarse junto a él, sonriendo a Alexander, quien le devolvió una sonrisa pícara—. ¿Decís que lo habéis encontrado en uno de los sótanos donde almacenamos cosas? ¿Cómo es que nadie lo había visto antes?
—Estaba escondido debajo de algo con purpurina. — Tatianna dejó de reírse un momento para dar esta noticia con una serenidad cómica—. Trystan jamás lo habría tocado.
—¿Esto es lo que había bajo ese trapo? — Trystan se puso de pie, recuperando rápidamente la compostura y aclarándose la garganta—. Un pequeño descuido. Yo mismo registré esas habitaciones muchas veces con Reymundo y nunca encontramos nada digno de mención.
Fue un gesto sutil, casi imperceptible, pero Evie habría jurado que vio una breve expresión de incomodidad en el rostro de Reymundo.
—Entonces, ¿este es un antepasado tuyo? — preguntó Evie, mirando fijamente a aquel hombre que tenía el aspecto exacto que debía tener un rey: majestuoso, fuerte y amable.
Justo lo que Trystan habría sido.
Si tú nunca hubieras nacido.
Ah, fantástico. Su mente ya estaba tardando en sumirla en una espiral de pensamientos negativos ese día.
—Eso parece — murmuró Trystan, sacándola de su ensimismamiento—. Tenemos que seguir buscando, así que dejad de reíros y poneos manos a la obra.
Clare continuaba observando, o más bien escrutando el cuadro.
—¿Qué? — espetó Trystan—. ¿Por qué lo miras así?
—Definitivamente, tu cabeza es más grande — dijo dándose golpecitos en la barbilla.
—No está a escala — afirmó Trystan, exasperado, frotándose el puente de la nariz—. ¿Podrías ir a hacer algo que no sea menospreciar el tamaño de mi cabeza, por favor?
—No pretendía menospreciarlo, solo era una observación — contestó Clare con una sonrisa y dándole una palmadita en el brazo a su hermano. Luego salió de la habitación con Tatianna siguiéndola de cerca—. ¡Te avisaremos si encontramos algo digno de mención!
Reymundo se quedó y Evie se alegró de que así fuera.
—¿Cómo estás, Rey…, eh…, Alexander?
Él se rio entre dientes y se encogió de hombros.
—Sigo siendo yo — respondió mirando hacia arriba, pensativo—. Solo que más alto.
Alexander Reymundo Kingsley seguía siendo, sin duda, él mismo.
Todavía era capaz de iluminar una estancia con un par de palabras.
Evie sonrió y dio un paso adelante para abrazarlo.
—Vaya — dijo unos segundos después mientras se apartaba—. Estás muy musculado para ser alguien que acaba de convertirse en humano.
—Es lo que tiene haber estado tanto tiempo dando saltos por ahí. — Él le devolvió la sonrisa.
Trystan parecía complacido ante la escena: dos personas importantes para él haciendo buenas migas. Para Evie fue como una fusión, como si por fin pudiera permitirse formar parte de aquello.
—No creo que sigas queriendo que te acurruque contra mi mejilla como en los viejos tiempos. A menos que…
—No, no quiere — se apresuró a afirmar Trystan.
Alexander se rio y sus ojos se desviaron hacia otro lugar durante un instante. Un lugar que parecía… triste.
—Debería ir a ver qué encuentro por ahí — masculló. Entonces señaló a Trystan y le guiñó un ojo a Evie en tono juguetón—. Y… él sí que quiere.
Salió de la oficina con paso chulesco y Trystan sonrió de nuevo, negando con la cabeza.
—Sé que aún sigue convirtiéndose en rana de vez en cuando y no es lo ideal, pero me alegro mucho de volver a verlo.
Evie echó un último vistazo al antepasado de Trystan y se quedó paralizada. Porque ese era Trystan. Siempre había sido amable, protector y justo, aunque no lo demostrara.
En el fondo, siempre había sido un príncipe.
El del cuadro incluso tenía un cáliz de cerámica en la mano y estaba sentado en…
—Eso es… ¿es la mesa de la cocina? — preguntó Evie, escudriñando el fondo del retrato—. ¡Trystan, es la cocina de la mansión!
—Cierto. Lo es. — Él también observó la pintura arrugando el ceño—. ¿Te parece relevante?
Evie dio un paso al frente, con el cuerpo tembloroso, a punto de explotar de nervios.
—No, pero esto sí. — Señaló la vidriera pintada detrás del rey. La misma que veía todos los días. En la que habían encontrado la profecía escrita al entrar en contacto con la luz del sol. Un sol brillante que iluminaba… la nada.
Solo un trozo de césped.
—Trystan — dijo Evie con asombro—, mira.
Efectivamente, no había ningún libro de La historia de Rennedawn en la vidriera.
Porque estaba sobre la encimera de enfrente.