CAPÍTULO 34
clare
–¿N unca lo ha revisado nadie? Trystan tiene más de cien trabajadores ¿y ninguno ha venido nunca a limpiar aquí abajo?
— refunfuñó Clare mientras bajaban al sótano, donde al parecer se guardaban todo tipo de trastos.
En un momento dado, tropezó con una alfombra enrollada y se agarró a la pared para no caer.
Tatianna no se tropezaba con las cosas, se limitaba a deslizarse entre ellas, casi como si flotara con su larga falda de tul.
—Ya sabes que Trystan no es muy sentimental. Nunca lo ha considerado necesario.
—Pero me sorprende que ni siquiera se molestara en hacer que lo limpiaran para ganar espacio de almacenamiento — insistió Clare, y acto seguido se tropezó con un retrato.
Tatianna la atrajo hacia sí para evitar que cayera.
Sus rostros quedaron a apenas unos centímetros de distancia y Clare percibió un aroma dulce en el aliento de la curandera.
Bajó la vista hacia el cuadro y vio que se trataba de un retrato desgastado…
de su familia. Se había pintado hacía unos quince años.
Trystan y Malcolm se abrazaban, sonriendo.
El semblante de su madre, como de costumbre, estaba tenso y mostraba descontento, y Clare estrechaba felizmente a… Arthur.
—¿Estás bien? — se interesó Tatianna en voz baja, y su rostro ocupó todo el campo de visión de Clare—. Te lo pregunto de verdad.
Clare sentía el peso del dolor cerniéndose sobre ella la mayor parte de los días. La rodeaba hasta que no le quedaba más remedio que sumirse en él por completo. Sin embargo, ese día no se podían permitir el lujo de malgastar tiempo en eso.
—Estoy todo lo bien que se puede estar pocos días después de perder a tu padre. — Al menos había respondido a la pregunta con cierta honestidad.
Tatianna frunció los labios.
—Hay algo que quiero que sepas… — Tragó saliva, dando un paso atrás, y Clare se acercó inconscientemente, como si sus corazones estuvieran unidos—. No he cambiado de opinión sobre lo de volver a intentarlo.
Clare se quedó sin saber qué decir. Ella creía que esa posibilidad había sido descartada en el mismo momento en que se descubrió que llevaba tiempo escribiéndose con Amara Maverine, confiando en su madre a pesar de que no debería haberlo hecho. Y ahora su padre estaba muerto.
Después de todo lo ocurrido…, que Tatianna le dijera eso era demasiado bueno para ser verdad.
—Me parece ver libros por aquí — murmuró Clare, pasando por encima de varias baratijas y subiéndose a unas sillas cubiertas de polvo—.
¿Puedes sostener la antorcha mientras echo un vistazo?
— preguntó, y se puso a rebuscar entre los tomos.
Algunos libros los reconocía, otros no, pero ninguno era el que buscaban.
La luz que la alumbraba delataba la presencia de Tatianna.
—¿No vas a contestar nada sobre lo que acabo de decir? Ya sé que no es el mejor momento, pero…
Clare soltó una risa seca.
—Nunca es el mejor momento, Tati. La primera vez que te pedí matrimonio, estábamos en medio de una discusión.
Cuando Clare levantó la vista, Tatianna estaba sonriendo con esa expresión que le hacía temblar las rodillas y le aceleraba el corazón.
—Pero nos lo pasamos bien reconciliándonos, ¿no crees?
Clare sintió que se sonrojaba y un cosquilleo le subió por la nuca ante aquel recuerdo. Cómo despejaron la mesa frenéticamente, la falda de Tatianna rasgada, Clare arrodillándose…
—Ya veo que sí te acuerdas — dijo Tatianna con aire de suficiencia mientras se ponía a rebuscar en las estanterías, apartando cajas llenas de objetos que no eran libros.
—No podría olvidar ese día aunque quisiera. Fui tan feliz… — murmuró Clare, dejando otro libro sobre una pila que iba en aumento—. Aquí no está. ¿Ves algún libro por ahí?
—Clare. — Tatianna la agarró del brazo con una mirada suplicante en sus ojos marrones.
Ella entreabrió los labios y notó que se le empezaba a nublar la vista.
—Es que no quiero dar nada por sentado ni hacerte sentir que, solo porque mi padre haya muerto, tienes que…
Tatianna posó un dedo sobre los labios de Clare y respondió con ternura:
—Clare, la única razón por la que quiero estar contigo es porque te amo con todo mi corazón. Siempre has sido lo más importante para mí. Y creo que ambas lo sabemos desde el instante en que nos conocimos, ¿me equivoco?
Las lágrimas brotaron, seguidas de un sollozo. Clare se secó los ojos.
—No, no te equivocas. Es que he estado tan…, bueno, ya sabes. — Se rio y se le escapó un hipo.
Tatianna también se rio; colocó la antorcha en el soporte de la pared para liberarse las manos y acariciar las mejillas de Clare.
—Yo también he estado muy «ya sabes». Las dos lo hemos estado.
Pero hemos encontrado el camino de vuelta.
Así que, a partir de ahora, cuando las cosas se pongan difíciles, algo que las dos sabemos que ocurrirá, en lugar de marcharnos, quiero que nos quedemos y lo arreglemos. Es lo que mis padres siempre han hecho.
—Eso es porque ellos son normales — alegó Clare entre risas—. Entonces, ¿debo entender que volvemos a estar prometidas?
Tatianna sonrió.
—Ah, no. Eso no va a pasar hasta que reciba la propuesta más romántica de la historia de la humanidad.
—Estupendo, para nada siento una gran presión ahora, ¿eh? — bromeó Clare con un suspiro.
Tatianna sonrió, le levantó la barbilla y la besó. Al principio fue un beso suave, cargado de la dulzura propia de dos personas que se llevan queriendo casi toda la vida. Habían cambiado, habían madurado, se habían separado y ahora volvían a estar juntas.
Pero luego fue a más: los labios de Tatianna bajando por su cuello, la mano de Clare levantándole la falda; cada vez más desesperadas por acercarse.
Manos acariciando y corazones latiendo al unísono a medida que cada roce se volvía más íntimo.
Clare jadeó al sentir los dedos de Tatianna subiéndole por el muslo, hasta que la tocó en un punto que hizo que se aferrara a sus hombros.
Un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar la risa sensual de Tatianna.
—Sigues siendo tan sensible… — susurró, seguido de un beso firme que se fue intensificando hasta derivar en gemidos y sensaciones que llevaron a Clare al borde del abismo.
—Tati…
—Déjate llevar, cariño — la instó Tatianna, y eso hizo.
La euforia de estar en brazos de quien mejor la conocía, en quien confiaba y depositaba toda su fe, la abrumó hasta dejarla lánguida y dócil.
Después fue ella la que le subió la falda de tul rosa a la curandera y, con sus labios y su lengua expertos, le demostró lo segura que estaba de que lo suyo iba a funcionar.
Se vieron envueltas en una neblina de pasión que las dejó jadeando y felizmente satisfechas, abrazadas contra la pared en la que se habían apoyado.
Clare se sentía a punto de estallar por el alivio. Resultaba abrumador saber que ya no estaba sola, que Tati volvía a ser suya. Se acercó a uno de los cachivaches olvidados para no dejarse llevar por la emoción.
—¿De verdad todo esto son solo recuerdos abandonados por el rey que vivió aquí antes de que se construyera el Palacio Radiante? — preguntó cogiendo una figurita de un cisne con un sombrero de copa—. ¿Por qué alguien en su sano juicio dejaría todo esto atrás?
—Está claro que a Benedict le falta imaginación — dijo Tatianna, acariciando una tela con purpurina que colgaba de la pared—. ¡Mira! Un mantel perfecto para mi mesa de exploración.
—¿Y si alguien a quien estás tratando lo mancha de sangre? — preguntó Clare.
—Pues tendré que matarlo, obviamente. — Tatianna sonrió, tirando del mantel para descolgarlo y sosteniéndolo en alto.
Clare también sonrió… hasta que vio lo que había detrás.