CAPÍTULO 33
reymundo
A lexander debía admitir, aunque solo fuera para sí mismo, que ser un anfibio tenía sus ventajas.
No tantas como ser humano, claro está, pero haberlas las había. Por ejemplo, si ocurría algo extraño en la mansión, él siempre era el primero en enterarse. Pasaba desapercibido tan a menudo que había empezado a considerarlo un arte.
Cuando uno era humano, todo el mundo se fijaba en lo que hacías y dónde estabas.
Eso no le venía bien a Alexander. Aunque lo cierto era que poseer un buen par de pulgares funcionales no tenía precio.
—¡Ahí estás, Lyssa! — exclamó Evie con alivio, corriendo hacia su hermana en medio de la oficina vacía—. Pensé que te encontraría en la cocina, pero Edwin me ha dicho que no habías bajado. — Le dio un abrazo a la niña—. Me preocupaba que no hubieras vuelto.
Las manitas de Lyssa apretaron con fuerza a Evie.
—¿Yo? ¡Si eres tú la que ha estado fuera todo el día! ¿Adónde has ido?
—Casi me convierten en caldo y he mosqueado a una giganta. — Evie soltó a su hermana para mirarla con seriedad.
—Odio cuando eso pasa — respondió Lyssa con solemnidad.
—No nos dejes en vilo, pequeña villana. — Trystan las condujo a un rincón iluminado por varias antorchas—. ¿El plan ha surtido efecto? ¿Habéis podido capturar a los gubres?
El rostro de Lyssa pasó de estar alegre y despreocupado a mostrarse cauteloso y esquivo.
Una expresión que, según la experiencia de Alexander, era el preludio de una escena entretenida pero caótica. Sobre todo si incluía la presencia de una de las hermanas Sage.
La expresión de Trystan se suavizó ante el nerviosismo de la niña.
—Si no los hemos capturado, no habrá consecuencias para ti, ni ahora ni nunca.
Lyssa parpadeó, con los ojos muy abiertos, como si ni siquiera se le hubiera ocurrido esa posibilidad.
—Soy consciente. Lo que pasa es que no sé muy bien cómo responder a esa pregunta. Si pudiéramos decirles a los demás que vengan y…
—Espera… — comenzó Evie.
—¡Ay, Reymundo! ¡Vuelves a ser una rana! — interrumpió Lyssa, mirando de un lado a otro, inquieta.
Reymundo saltó hacia una de las cestas con sus cartelitos, cogió la tiza y garabateó una sola palabra que lo resumía todo.
De hecho, era una de sus favoritas.
Putada .
—¡Esos modales! — exclamó Trystan, fulminando a Reymundo con la mirada—. Lyssa, ya está bien. Dinos qué sucede.
Se escuchó el sonido de unos pasos apresurados por el pasillo.
—¿Tú eres la que se ha dejado la puerta abierta y me llamas a mí irresponsable? — se quejaba Tatianna.
—Yo no la he dejado abierta — replicaba Becky—, se ha enganchado en una de tus bufandas absurdamente largas.
—¡Pero si no había ninguna bufanda mía ahí! — respondió Tatianna.
—¡Eso es porque Cassandra se la ha comido! — chilló Becky, y las dos se detuvieron en seco frente a ellos—. Mierda. — Posó la mirada en Lyssa—. Miércoles. He dicho «miércoles».
—Y antes de eso has dicho «mierda» — murmuró Lyssa, entregándole una moneda de oro a Evie.
—¿Quién es Cassandra? — preguntó Malcolm con curiosidad—. Si es una amiga vuestra, espero que sea atractiva.
—Cassandra es un poco joven para ti, Malcolm — dijo Clare al unirse a ellos, con el ceño fruncido y de mal humor.
Su expresión habitual en esos últimos tiempos—.
En fin, os informo de que en esta mansión todo se ha ido al garete mientras estabas fuera.
Espero que lo que sea que estuvieras haciendo mereciera la pena.
Alexander sonrió para sus adentros. Le parecía divertido que Clare tuviera la voluntad de proteger el mismo lugar en el que una vez juró que nunca pondría un pie.
—Hemos ido a por una llave. Una que Benedict necesita para lanzar una maldición que sustituiría la versión actual de Rennedawn por otra en la que yo jamás me convierto en El Villano…
Juzga tú misma si merecía la pena. — Trystan pasó la mano ante la expresión de asombro de Clare—.
¿Has oído algo de lo que he dicho, Clarissa?
—Lo suficiente como para que me den náuseas — murmuró ella frotándose las sienes.
—La mansión parece estar tranquila, Clare. ¿Qué te preocupa? — Evie echó un vistazo alrededor en busca de señales de alboroto.
—¡Todo el mundo al suelo! — gritó Blade mientras una nube de niebla púrpura se extendía y todos se tiraban al suelo. Excepto Alexander, por razones obvias.
Trystan extendió las manos sobre las cabezas de Lyssa y Evie, impidiéndoles ver cómo el vapor púrpura cubría un escritorio y lo derretía.
No, pensó Alexander.
Solo había un animal con tales capacidades, y se suponía que debían estar muy lejos de la Mansión Masacre. No obstante, un leve chillido lo confirmó, y Alexander se quedó con la boca abierta al ver no una, sino dos crías de gubre piando como pájaros.
Y entonces supo que había fracasado.
—¿Dónde está la madre, si se puede saber? — Trystan intentaba hablar con una calma mesurada que, a juzgar por la forma en que se le había tensado el cuerpo, le estaba costando mantener. Ayudó a Lyssa y a Evie a ponerse en pie mientras la niebla púrpura se disipaba.
Lyssa señaló a Becky, y Alexander, a pesar del pánico que lo embargaba, soltó una risa ahogada ante la expresión horrorizada de la mujer.
—No tiene gracia — refunfuñó ella cruzándose de brazos. Después cogió a la cría marrón—. Cassandra es una invitada temporal hasta que llegue su madre. En otras palabras, de momento soy su niñera.
Cassandra se estaba acurrucando felizmente en el pelo de Becky cuando el macho saltó a los brazos de Evie. Ella dio un grito ahogado, como si le acabaran de regalar diamantes.
—Ay, son una monada, ¿no crees? — La tristeza que parecía rondar a Evie últimamente se transformó en una ternura que llenó la habitación.
—Es una de las criaturas más letales que existen, Sage — señaló Trystan con un tono monótono que no encajaba con la forma en que la miraba mientras arrullaba a la cría—. Deberíamos encerrarlos hasta que decidamos cómo proceder.
—Entonces tendrás que encerrarme con ellos — respondió ella con falsa dulzura, balanceando al gubre como si fuera un bebé—. ¿Le habéis puesto nombre al macho?
—Clarke — dijo Lyssa.
Alexander garabateó rápidamente una palabra:
¿Por?
Aquella era una cuestión que Alexander se preguntaba acerca de todos los aspectos de su vida actual.
Lyssa se encogió de hombros.
—Los dos empiezan por C. El caso es que los teníamos en los aposentos de Tatianna, pero se han escapado mientras buscábamos con Gideon.
Evie frunció el ceño.
—¿Qué buscabais?
De pronto apareció Gideon, seguido de Keeley.
—Mira qué bien, los has encontrado. ¿Ya podemos volver a la búsqueda?
Alexander tenía buen ojo para las emociones humanas; el más mínimo gesto podía revelarle la verdad sobre el carácter de una persona. Había perfeccionado esa habilidad desde antes de convertirse en rana, por eso supo de inmediato lo que Gideon iba a decir.
—Tenemos motivos para creer que el segundo ejemplar de La historia de Rennedawn está escondido aquí, en la mansión.
Alexander cerró los ojos, a sabiendas de que con ese descubrimiento… su destino estaba sellado.