Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

EVIE

E vie no podía dejar de mirar esa cosa.

Y con «cosa» se refería a la enorme olla que había en medio de la habitación.

—Sage…, ¿qué te ronda por la cabeza? — dijo Trystan con voz grave.

—¿Crees que Greta debe de tener fijada una visita mensual con el dentista? — Se sentía aturdida.

Algo comprensible teniendo en cuenta que se enfrentaba a la amenaza de acabar cocida viva.

—Creo que, si fuera posible comerse su casa, nos resultaría mucho más fácil salir de aquí. — Con un gruñido, cogió un taburete y lo lanzó contra la pared—. ¿Cómo es posible que eso no haya hecho ni una abolladura?

Ella arqueó una ceja, sintiéndose increíblemente divertida.

—Las paredes están hechas de galleta de jengibre que ha estado en contacto con el aire mucho tiempo. Tienes suerte de que no se haya abollado el taburete.

La puerta traqueteó y el corazón de Evie dio un vuelco. Casi se le olvida que llevaba una daga en la cintura, que poseía magia mortífera en algún lugar de su interior y que había un hombre corpulento frente a ella.

—¿Qué te pasa? — Trystan la miraba a ella en vez de a la puerta, que vibraba violentamente por culpa de los puños de Greta—. No sueles ser tan… susceptible.

—No soy…

—¡Abrid la puerta!

Evie soltó un chillido y se aferró a la camisa de Trystan con todas sus fuerzas. Luego dio un respingo cuando él le posó una mano en la cintura.

—Vale, es posible que esté un poco susceptible.

— Cuando levantó la vista, él seguía observándola fijamente, como si lo que le estuviera pasando a ella en ese momento fuese mucho más importante que la mujer que golpeaba la puerta para poder asarlos como si fueran la cena de Navidad—. La idea de que me coman me aterroriza.

Los ojos oscuros de Trystan se oscurecieron todavía más, como si su mente hubiera interpretado esa frase de otra forma. Aun así, dijo:

—Los dos sabemos que eres muy especial, cariño, pero me temo que tener ese miedo es de lo más habitual.

—No digas esa palabra o me va a dar un patatús — lo advirtió.

Se suponía que debía resultarle incómodo que él la tratara con romanticismo y cercanía. Desde que lo había conocido, ese hombre había sido la represión y la contención personificadas, una persona decidida a no mostrar emociones.

Sin embargo, ahora esa férrea determinación tenía un único objetivo: ella.

Y Evie ni siquiera era capaz de disfrutarlo.

Se acercó a ella y le dio un beso en la cabeza.

Bueno, un poco quizá sí.

—Si tuviera que escoger con quién quiero que me conviertan en caldo, tú serías mi primera opción.

— Aquella afirmación era solo una parte diminuta de todo lo que le habría gustado decirle a Trystan, pero él sabía entender sus bromas tal y como le salían.

También sabía cuál era su mayor temor: que, si dejaba que las cosas siguieran su curso y se arriesgaban, podía acabar haciéndole daño al hombre que amaba.

No solo eso. Estaba destinada a hacerle daño al hombre que amaba.

—No me gusta el caldo — repuso él.

—Sí, lo recuerdo. Y me parece absurdo. — Se dio unos golpecitos en la sien—. No se puede detestar el caldo. La mayoría de las veces solo es agua con carne y verduras.

Él se quedó pensativo.

—Ablanda la comida. No me gusta que la comida esté pastosa.

—Te has comido un trozo de pastel esta mañana — lo acusó.

—Eso es cremoso, no pastoso — la corrigió él, mirándola como si fuera ella la que estuviese diciendo tonterías. Pero entonces levantó la cabeza de golpe—. Espera. ¡El caldo!

—Y el caldo es líquido, sí — musitó, observando con irritación cómo él se subía al taburete al lado de la gigantesca olla.

Trystan se arremangó y se asomó por el borde.

—Está hirviendo. Quizá funcione.

—¿Qué?

—Si volcamos la olla, la galleta se ablandará por el calor de la ebullición, por muy rancia que esté. — Empezó a balancear la olla justo a la vez que Evie se daba cuenta de algo alarmante.

Los golpes habían cesado.

Porque la puerta estaba abierta.

Greta estaba allí de pie, con el pelo rubio revuelto por el esfuerzo de dar golpes y su precioso rostro marcado por el ceño fruncido. Y lo único que dijo fue:

—¡¿Cómo que no te gusta el caldo?!

Evie dejó a un lado el terror para mostrarse comprensiva.

—Increíble, ¿verdad?

—¡Sage, apártate!

No esperó a que le explicara por qué, simplemente se lanzó hacia la pared.

Lo siguiente que vio fue una cuerda romperse, la olla volcándose y el caldo hirviendo que se precipitaba en dirección a Greta.

La mujer gritó y salió corriendo de la habitación, huyendo del líquido.

Este llegó a salpicarle un tobillo a Evie antes de que Trystan la levantara y la sostuviera en sus brazos como a una novia al cruzar el umbral.

Estaban tan apretados el uno contra el otro que sintió los latidos de su corazón y cómo se le tensaban los músculos.

Sus ojos se encontraron y él la abrazó con más fuerza, dedicándole una mirada pícara en vez de una de pavor.

—Resulta interesante que las situaciones peligrosas nos acerquen en vez de separarnos, tal y como declaró la criatura del porvenir — dijo él.

—No es interesante. Es enfermizo y ligeramente cruel.

—Eso, o que la criatura del porvenir es una mentirosa — se empeñó, con un rugido que le brotaba del pecho y una cierta alegría bailando en sus ojos oscuros.

—Quiero creer que es así — susurró ella—. Lo deseo con todas mis fuerzas. Créeme que sí. No… no quiero tener miedo. — En ese momento sintió que se le desbordaban las emociones. Un sentimiento de tristeza le quebró la voz al pronunciar la última palabra.

Él la miró con una seguridad que ella no creía haber tenido jamás acerca de ninguna cuestión.

—No pasa nada si tienes miedo. Yo… estaré aquí.

Tras darle un suave beso en la mejilla y luego en la punta de la nariz, levantó la vista para ver el daño que había causado el caldo. Para su desgracia, las paredes permanecían en su sitio. No se habían ablandado ni desmoronado lo más mínimo.

—Vaya. Qué decepción.

—¡Ay, no! — La voz de Greta los sobresaltó—. ¡Ha sido un momento muy tierno! — exclamó secándose los ojos con lo que parecía ser una galleta cubierta de canela.

Ambos se quedaron mudos por un segundo, pero la boca de Evie no tardó en sobreponerse.

—¡Pues que sepas que nosotros no estaremos nada tiernos aunque nos cocines!

Greta se quedó mirándola a ella y al resto de la habitación con cara de confusión. Hasta que, de repente, cayó en la cuenta de algo.

—¿Pensabais que os iba a cocinar?

Igual se habían precipitado llegando a esa conclusión, ¿no?

—¿No era ese…? — comenzó Evie, frunciendo los labios—. ¿No era ese tu plan?

—¡¿A quién se le ocurre algo tan grotesco?! — Greta parecía genuinamente horrorizada.

—Tener una olla en la que caben personas enteras no ayuda — repuso Evie señalando el objeto con un gesto.

—¡Es de Fi! — espetó Greta.

—¿Quién es Fi? — preguntó Trystan, incrédulo.

Entonces, el suelo tembló y, sin previo aviso, el techo se desprendió de la casa. Trystan la dejó en el suelo y la puso a su espalda.

—La que posee una magia mortífera soy yo, no sé si te acuerdas — refunfuñó.

—Me acuerdo — se limitó a responder él.

—Esa soy yo. — La giganta llamada Fi los miró con curiosidad.

—¿Te llamas Fi? — preguntó Trystan con recelo.

Evie sintió una punzada de satisfacción, de esas que se sienten cuando se demuestra que uno tiene razón.

—¿De ahí lo de «Fi Fa Fo Fum»?

Fi habló desde las alturas con evidente desagrado.

—Estaba intentando presentarme después de que irrumpierais en mi propiedad, incluso os he despejado el camino de piedras. ¿Y qué me ofrecéis vosotros a cambio? ¡Gritos de terror! Tus invitados han sido muy groseros, Greta.

—Esto no habría pasado si me hubieras dejado preguntar quién era Fi Fa Fo Fum — murmuró Evie.

—Justo en eso estaba pensando, gracias — espetó Trystan—. ¡Casi nos pisas! — acusó a la giganta.

—¿Seguro? — preguntó Fi—. ¿No será que tengo los pies grandes y tú has hecho una suposición un tanto descabellada?

Evie se había quedado boquiabierta y no podía apartar la vista de Fi, ni siquiera para darle un golpecito en el hombro a Trystan.

—Creo que es la segunda opción. Deberías disculparte.

—¡Tú pensaste que Greta nos iba a cocer vivos! — la acusó Trystan.

—¡Había una olla gigante! ¿Para qué otra cosa iba a ser si no?

—Para dar de comer a una giganta — intervino Greta, agitando una cuchara bastante grande—. Soy la chef personal de Fi.

Uf. Menudo alivio. Y qué vergüenza.

—Supongo que mi cena se ha echado a perder, ¿verdad, Greta? — refunfuñó Fi, recolocando con cuidado el tejado sobre la casa. Sin mediar palabra, los dos siguieron a Greta al exterior.

Sintiéndose más que un poco tonta, Evie agachó la cabeza como una niña a la que han sorprendido pintando la pared.

Respiró hondo, inhalando el aire nocturno.

Efectivamente, se había hecho de noche. Los cielos cerca de Kaliora, el reino del este, eran más despejados gracias a la distancia del bullicio de la capital y de los pueblos más concurridos.

Las estrellas brillaban sobre sus cabezas.

Su madre podía estar allí arriba. Quizá ese era el lugar al que había huido, de vuelta entre las estrellas para poder observar la vida de Evie sin formar parte de ella. O tal vez no le interesaba lo más mínimo observarla.

Greta estaba proponiendo alternativas para la cena cuando Evie volvió a prestar atención a la conversación.

En el peor momento posible.

—Estaban teniendo una discusión de pareja.

—No somos pareja — objetó Evie.

Al mismo tiempo que Trystan replicaba:

—No era una discusión. — Él la miró unos segundos con los ojos entrecerrados y una expresión de pura maldad que le provocó un escalofrío—. ¿Cómo definirías lo que es ser una pareja, Sage?

—Si te lo tiene que definir, es que probablemente no lo sois — intervino Fi, y Trystan desvió la vista hacia el cielo.

—Voy a ir al grano antes de que mi frágil orgullo reciba otro revés — dijo—. Estamos aquí porque venimos a buscar un artefacto. Una llave, para ser más concretos.

—Por supuesto. Igual que todos los que vienen a la frontera de Kaliora. Todo el mundo viene a pedir lo mismo — Fi sonrió con lástima—, pero nadie ha sido capaz de quitármela.

—Nosotros queremos intentarlo. ¿Qué hay que hacer? — preguntó Evie sin pensárselo dos veces. Su intención era que la giganta les mostrara al menos dónde estaba la llave para después idear una forma de robarla.

Ya pensaba como una villana.

Notó con alivio que el nudo del pecho había desaparecido y solo sentía satisfacción.

—Es sencillo. — Fi sonrió complacida, y la satisfacción de Evie salió corriendo por patas—. Solo tenéis que quitarme la llave de la mano.

—Me da la sensación de que no va a ser tan fácil — le murmuró Evie a Trystan.

—Pero sin que yo me agache.

—Ajá, eso tiene más sentido. — Evie se pellizcó las sienes y suspiró cuando Fi sacó la llave.

Era un objeto discreto, pintado de blanco, con detalles que no lograba distinguir desde tan abajo—.

¿Crees que subir al tejado de Greta se consideraría hacer trampa?

— le preguntó a Trystan, pero, fuera cual fuese su respuesta, quedó interrumpida por un destello de luz.

O más bien un destello de algo que resplandecía gracias a la luz de la luna, y que había aterrizado justo en la palma de Fi.

¿Una estrella fugaz?

No, no era una estrella.

—¡Cógela, Reymundo! — gritó Malcolm desde entre los árboles, con la mano extendida como si acabara de lanzar una pelota.

O, más bien…, una rana.

Alexander Reymundo Kingsley, en todo su esplendor, cogió la llave con la boca y saltó antes de que los dedos de Fi se cerraran. Aterrizó sobre el caballo como si nada. Evie se preguntó cómo algo tan pequeño y verde podía mantener un aire tan galante.

—¡Habéis hecho trampa! — rugió Fi, dando una patada que hizo temblar el suelo.

—Es hora de irse. — Trystan agarró la mano de Evie y echó a correr hacia Malcolm, que parecía agotado. Montaron sobre el caballo y se marcharon al galope, con la voz de Fi resonando detrás de ellos.

Siguieron cabalgando hacia su hogar. Hacia su familia.

Todo había salido exactamente como debía.

Lo cual provocó que a Evie se le revolviera el estómago.

Porque eso solía significar que pronto sucedería alguna desgracia.