Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

lyssa

A lo largo de su vida, Lyssa y su hermana mayor rara vez habían llegado a las manos. Se peleaban, por supuesto, como todas las hermanas. Pero discusiones de verdad, de esas que sacuden los cimientos de la relación, habían tenido menos de cinco.

Supuso que ese día les tocaba la sexta.

Aunque aquella había sido una causa por la que valía la pena rebelarse.

Miró a la izquierda, luego a la derecha.

—Vía libre. ¡Vamos, vamos, vamos! — Agitó el brazo como si fuera un molino de viento y Blade y Tatianna pasaron tambaleándose a su lado, cada uno con un saco en el que se adivinaba el contorno de un huevo, gruñendo por el esfuerzo, hasta que llegaron a los aposentos de la curandera.

Habría sido divertido si no fuese tan peligroso.

No. La verdad es que seguía siendo divertido.

Cuando por fin entraron y cerraron la puerta, Lyssa sintió que era el momento de celebrar.

—¡Lo hemos conseguido! ¡Nadie nos ha visto!

Tatianna se apartó una trenza de la cara; la purpurina que llevaba se mantenía intacta a pesar del esfuerzo. Lyssa tomó nota para más tarde preguntarle cómo lo lograba; ahora había cosas más importantes que atender.

Blade dejó caer el saco al suelo y Tatianna hizo lo propio.

—¿Por qué se mueven tanto? — preguntó la curandera, observando con el ceño fruncido los sacos que se agitaban—. ¿Estamos seguros de que siguen dentro de los huevos? ¿No deberían estar desnutridos o, no sé, menos móviles?

Se empezaron a oír crujidos procedentes del interior de las bolsas, luego vino un silbido y, a continuación, como por arte de magia, el primer saco de yute se desvaneció bajo una pequeña nube de niebla púrpura.

El de al lado lo imitó, y de pronto todos estaban mirando a…

No una, sino dos crías de gubre.

Ninguno más grande que la cesta de la esquina, que aún estaba llena de cartelitos para Reymundo.

El gubre que había traído Tatianna estaba cubierto de escamas iridiscentes y coloridas, tan brillantes y llamativas que atraían la atención de inmediato.

Un macho. El otro gubri era más pequeño, de un marrón apagado: una hembra.

Sus diminutos cuerpos tenían forma de serpiente, con las alas apenas desplegadas tras la eclosión. Escudriñaron la estancia con interés y, cuando vieron que se abría la puerta, ambos emitieron unos chirridos agudos dirigidos a la señorita Erring y a Clare, que entraban en ese momento.

—No están en la mansión — dijo la señorita Erring con voz de pánico—.

Evie y el jefe no están y hemos traído a estas criaturas y…

¿Por qué una está dando saltitos hacia mí?

— La hembra, con sus grandes ojos fijos en el rostro sorprendido de la señorita Erring, se acercaba a ella—.

No. Mala serpiente voladora. ¡Atrás! — Becky hizo un gesto con la mano mientras el animalito piaba de nuevo, saltando sobre su zapato.

Se lo quedó mirando—. ¿Qué diantres está pasando?

Blade tenía una sonrisa de oreja a oreja mientras contemplaba embobado a la mujer y al animal.

—Creo que la pobre piensa que eres su madre.

A Lyssa le encantó ese giro argumental.

Tatianna sonrió con orgullo.

—¡Qué bonito, Rebecka! ¡Enhorabuena!

—¡No soy su madre! — chilló la señorita Erring, y se sobresaltó cuando el animalito que tenía encima del pie soltó un gemido lastimero, intentando sin fuerzas trepar por su pierna.

La mujer se negó a mirar a la cría durante un total de diez segundos antes de ceder—.

¡Ay, está bien! Ven aquí… — refunfuñó, agachándose para coger a la gubre y suspirando cuando la criatura se acurrucó contra su cuello.

Lyssa la miró con asombro.

—Qué suerte…

La señorita Erring respondió poniendo los ojos en blanco.

—Uy, sí. Mi vida es un no parar de experiencias dichosas.

Habían esperado al lado del nido por si aparecían los gubres adultos, pero no se habían presentado y, cuando el primer huevo empezó a agrietarse, seguido poco después por el segundo, Blade insistió en que se marcharan de inmediato, dado que las gubres eran increíblemente protectoras con sus huevos y no sabía cómo reaccionaría la madre si los encontraba con las crías.

Lyssa se sintió un poco culpable, pero ese sentimiento quedó eclipsado por los ojitos del macho, que saltaba hacia Clare.

—¡Qué bonito eres! — le dijo Lyssa con voz melosa mientras Clare lo cogía en brazos. Se inclinó para acariciarle la cabeza. El animal emitió un sonido de satisfacción parecido al ronroneo de un gato.

—¿Por qué los machos tienen escamas de colores y las hembras no? — preguntó Tatianna.

Blade estaba al lado de la mesa donde la curandera preparaba sus medicinas, cortando en trocitos la carne que había encontrado en la despensa de la cocina.

—Los machos deben atraer a una pareja. Las hembras no lo necesitan.

La señorita Erring, Clare y Tatianna gruñeron al unísono. Fue esta última la que protestó en voz alta:

—Que sepas que las hembras humanas no nos ponemos pintalabios ni purpurina para impresionar a un… macho — concluyó con un escalofrío.

Lyssa se rio entre dientes, acercándose más al gubri.

Blade miró a lado y lado, abriendo los brazos y señalando su chaleco de un azul intenso con varias flores amarillas bordadas.

—¿Con quién estás hablando? Porque espero que no sea con el hombre que lleva los pantalones fucsias.

—A mí me gustan tus pantalones — dijo la señorita Erring, y luego pareció avergonzada por su arrebato.

La hembra percibió su angustia y se acurrucó aún más en su cuello, escondiéndose en el pelo—.

Esta cosa es… — comenzó a decir, pero entonces el animal suspiró con un silbidito—.

¿Se ha dormido? — susurró con los ojos muy abiertos, presa del pánico.

—Déjala dormir — la aconsejó Blade—. Solo tenemos unas horas antes de que los gubres descubran que los huevos han desaparecido, y eso siendo generosos.

—Tenemos la luz estelar y a las crías del Destino. Solo nos faltan Evie y Trystan — dijo Becky en voz baja, con cuidado de no despertar a la criatura a pesar de su manifiesta incomodidad con la situación—. Y el libro de Rennedawn.

—Y un batidor — sonrió Lyssa.

La señorita Erring suspiró.

—Tenemos que llevarlo a cabo donde la luz del sol brille sin impedimento — les recordó Clare, dando de comer trocitos de ternera al animal que sostenía en la mano—. Muy bien, pequeñito.

—No nos los vamos a quedar, ¿eh? — la advirtió Tatianna con una expresión juguetona, y se acercó para acariciar la cabecita del animal—. Pero deberíamos ponerles nombre mientras tanto. No quiero seguir llamándolos «Arcoíris» y «Neutra» en mi cabeza.

Los animales emitieron unos resoplidos y la señorita Erring dejó a la cría en el suelo, junto a la que ahora estaba a los pies de Lyssa.

—Esta se llamará Cassandra. — Todos miraron fijamente a la señorita Erring, que puso los ojos en blanco—. ¿Qué? No pienso ponerle un nombre tipo «Culebrilla» o «Chispa» o…

—¿O Fluffy? — concluyó Blade con sarcasmo—. ¿Y si al macho le ponemos un nombre feroz? Como «Peligro», por ejemplo.

La señorita Erring le lanzó una mirada de resignación.

—Podríamos ponérselo… si quisiéramos arruinarle la vida.

La puerta se abrió y todos dieron un respingo, chocando unos con otros para colocarse frente a los gubres.

Apareció el rostro de Gideon.

—Por fin os encuentro. ¿Qué estáis…? En realidad, prefiero no saberlo. Necesito que todos empecéis a registrar la mansión. ¡Ya!

—¿Qué se supone que debemos buscar? — preguntó Lyssa nerviosa, tirando de su falda para tapar el ala que se asomaba por detrás.

Gideon se regocijó en el hecho de poder compartir su conocimiento con ellos.

—Creemos que la copia del libro está escondida aquí. En la Mansión Masacre.