Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

trystan

D urante mucho tiempo, Trystan Maverine no confiaba en nadie. Observaba los movimientos de quienes lo rodeaban, esperando que alguien lo traicionase. Cualquiera podía ser una amenaza. Cualquiera podía dar un paso en falso. Sin embargo, no aplicaba esos mismos principios a los dulces de repostería.

Aunque, a juzgar por la expresión del rostro de Sage, temía que tal vez tuviera que empezar a hacerlo.

—¿Qué pasa? — murmuró en voz baja.

—Deberíamos irnos.

—¿Por qué?

—Ay, no, no os vayáis todavía — interrumpió su anfitriona con voz esperanzada—. Me llamo Greta. Y nunca tengo invitados. — Le puso una mano en el hombro a Trystan, sonriendo.

—¿Quizá porque tienes a una giganta enfadada como recepcionista? — sugirió Sage con una tosquedad poco habitual en ella. Tirando bruscamente del brazo de Trystan, añadió—: Lo siento, pero de veras que no podemos quedarnos.

En cuanto Sage tocó el pomo de la puerta, algo la hizo gritar de dolor.

Trystan le agarró la mano y vio que tenía una quemadura.

—¿Qué es esto?

Greta cruzó los brazos, frunciendo el ceño.

—¿Por qué rechazáis mi generosidad?

—Porque provoca ampollas — respondió Sage con total seriedad—. Ahora abre la puerta.

—Me temo que no puedo. — Greta se echó el pelo rubio por encima del hombro. Por lo visto se había rendido en su misión de aparentar hospitalidad—. ¿Qué vas a hacer, Villana? — Era la primera vez que Trystan oía esa palabra dirigida a Evangelina.

Y a Evangelina no pareció molestarle lo más mínimo. De hecho, sonrió y lo miró apoyándose la otra mano en el pecho.

—Nadie me había llamado así hasta ahora.

—La primera vez nunca se olvida — asintió Trystan con serenidad.

—¿Crees que puedes ir por ahí haciendo lo que te plazca sin que eso tenga consecuencias? — continuó Greta—. ¿Te parece bonito arrastrar a este pobre hombre contigo en contra de su voluntad?

—¿Te has reunido con la voz que oigo en mi cabeza? — preguntó Sage con una curiosidad genuina que casi hizo que a Trystan se le escapara una carcajada.

—Yo diría que mi voluntad está bastante conforme con que me arrastre — interrumpió.

Se le estaba acabando la paciencia y se le empezaba a hinchar la vena del cuello—.

Te agradeceríamos que nos abrieras la puerta — dijo educadamente, haciendo una pausa para inclinarse hacia la pared y olfatear—.

Y que nos dieras tu receta de las galletas de jengibre.

—Y del glaseado también — susurró Sage por la comisura de los labios.

—No os dejaré marchar hasta asegurarme de que estáis a salvo.

El buen humor de Trystan se agotó en ese preciso instante.

—Mira, no sé qué panfletos sensacionalistas habrás leído, pero el rey Benedict es un mentiroso y un maestro de la manipulación. No deberías dejarte convencer por sus patrañas. — Se cruzó de brazos. Lo tranquilizaba ver que Sage parecía haber recuperado su pasión por que la pintaran de peligrosa.

Gracias a los dioses.

—De lo contrario, quizá tengamos que decorar la entrada de nuestra casa con tu cabeza — añadió Sage con un tono dócil.

Trystan se dio una palmada en la frente.

Greta se puso las manos en las caderas, escéptica.

—¿Y qué hay de ti? Si ella es La Villana, ¿en qué crees que te convierte eso?

Trystan curvó los labios y respondió con una mezcla entre satisfacción y amenaza:

—Su guardaespaldas.

Sintió la mirada de Sage clavada en él.

—Cuando cuente tres, sígueme por el pasillo — le susurró ella.

—¿Cuando cuentes…?

Pero, en vez de contar, se limitó a gritar:

—¡Tres!

Su vida alcanzaba nuevas cotas de surrealismo por momentos.

Sage salió corriendo hacia el pasillo y él la siguió de cerca.

Porque cómo no iba a hacerlo.

Ella abrió la última puerta con la clara esperanza de que fuera una salida trasera, y él la cerró con pestillo después de pasar. Luego se quedó mirando la puerta, sin poder creer que apenas diez minutos antes estuviera montado a caballo.

Ahora estaba encerrado en una casa hecha de dulces.

Pensó que, si así era como iba a morir, al menos moriría rodeado de lo que más amaba.

Sage… y azúcar.

—Trystan…

—A ver, ¿qué ocurre ahora? — gruñó—. ¿No hay ventanas?

Cuando echó un vistazo al resto de la habitación, se dio cuenta de que, efectivamente, no había ventanas, pero eso no era lo que había llamado la atención de Sage.

Era la gran olla en medio de la estancia, colocada sobre un fuego.

Sage se llevó un dedo a la barbilla y llegó a la misma conclusión que él.

—Creo que puedo adivinar uno de los ingredientes de las galletas de jengibre.

Maravilloso. Greta, la señora de las galletas, iba a cocinarlos vivos.