CAPÍTULO 29
EVIE
–¿T odo bien por ahí? — preguntó Malcolm mientras acercaba su caballo al de ella.
El sol de mediodía calentaba de forma inusual para esa época del año. Evie notaba cómo le quemaba la piel de los brazos, pero no hacía nada para evitarlo.
Trystan cabalgaba delante, murmurando algo con Reymundo, quien, teniendo en cuenta las circunstancias, se mantenía bastante bien a lomos del caballo. Al comentario de Trystan le siguió una risa y Evie volvió a tener esa sensación de que no le gustaba quedarse al margen de las cosas.
—Por supuesto — respondió Evie con un tono alegre—. ¿Por qué lo preguntas?
—Estás envuelta en una niebla oscura que, literalmente, se cierne sobre tu cabeza, así que he pensado que era conveniente saber cómo estabas. — Malcolm levantó la vista y Evie se dio cuenta de que tenía razón; la niebla se arremolinaba en torno a su cabeza, jugueteando con sus rizos.
Miró a Malcolm a los ojos.
—¿De qué niebla hablas?
—¿Qué? ¿Tú no…? Ah, me estás tomando el pelo. Maravilloso. En el fondo me alegro. — Le dedicó una sonrisa triste—. Te noto diferente de la última vez que te vi.
Continuaron galopando mientras Evie asimilaba esas palabras, tratando de encontrar una respuesta.
—¿Más apagada? — concluyó, a sabiendas de que últimamente se había rendido demasiado a su tristeza y desesperación.
—No. — Malcolm frunció el ceño—. Para nada. Iba a decir que pareces más… tú misma, si es que eso tiene sentido.
—No lo tiene — intervino Alexander Reymundo Kingsley, y luego se rio con su voz grave de barítono.
—Bella — murmuró Trystan, contemplándola de reojo—. Eso es lo que ves, Malcolm. A una mujer bella.
Malcolm le lanzó a Evie una mirada cómplice.
—¿Es eso cierto?
—Sí — afirmó Trystan, sin dejar lugar a discusión y arrastrando el corazón de ella tras de sí.
A medida que avanzaban, los árboles se hacían cada vez más escasos, dando paso a matorrales y a alguna que otra casita o jardín.
Su caballo resolló nervioso y ella le susurró para calmarlo.
Se oyó otro resoplido hasta que, de pronto, el caballo de Evie se alzó sobre sus patas traseras, provocando que ella cayera y se estrellara contra el suelo.
Justo al lado del zapato más grande que había visto jamás.
—¿Qué…? ¿Un gigante? — Abrió mucho los ojos y, cuando el zapato se elevó, todos los músculos de su cuerpo reaccionaron de la forma más inútil que se pueda imaginar.
Se quedó paralizada.
Hasta que alguien la agarró de los codos y la levantó.
—Ponte de pie. Ya — dijo Trystan con tono seco, sin emoción alguna, mientras la apartaba del camino y echaba a correr, arrastrándola consigo.
—¿Y Malcolm y Reymundo?
—Sus caballos se han asustado y han salido disparados en dirección contraria.
—Ojalá el mío hubiera hecho lo mismo — se quejó, apoyándose en Trystan mientras seguían corriendo, hasta que finalmente se refugiaron detrás de un gran árbol.
El suelo tembló cuando el gigante, bueno, no, la giganta dio otro paso, gritando a pleno pulmón:
—¡FI FA FO FUM! — Llevaba un vestido de gala tan grande que serviría de tienda de campaña para humanos.
Era precioso, al igual que el cabello oscuro y sedoso que le colgaba por la espalda.
Su rostro era más difícil de distinguir, probablemente porque se encontraba a unos dos kilómetros al norte de donde estaba Evie.
—Es una giganta — murmuró señalando hacia arriba desde donde se habían escondido.
—Y eso es una roca — respondió Trystan con total seriedad—. ¿Te importa si jugamos al veoveo en otro momento?
—¡Tu actitud no ayuda! Puede que ella sea a quien estamos buscando.
—No lo sabremos si nos pisa antes de poder preguntárselo — replicó Trystan.
—¡FI FA FO FUM! — retumbó de nuevo la giganta, arrancando piedras y tierra.
—¿Quién es «Fi Fa Fo Fum»? — preguntó Evie, y soltó un chillido cuando vio que el pie aterrizaba justo al lado de una casita.
Trystan se pellizcó el puente de la nariz y luego murmuró:
—¿Por qué no se lo preguntas?
La giganta cogió una roca enorme y la lanzó con tanta fuerza que derribó varios árboles cercanos a los suyos.
—Ay, Dios mío. Quizá deberíamos esperar cinco minutos.
Trystan la miró con recelo.
—¿Crees que la furia de una giganta se aplacará en cuestión de cinco minutos?
Evie parpadeó.
—Normalmente mis crisis de rabia duran cuatro.
—¡Sage! — gimió Trystan, y luego dio un respingo cuando la puerta de una casa situada al borde del bosque se abrió de golpe. Una mujer hermosa apareció en la entrada, con una larga y ondulada melena rubia recogida con una sencilla cinta.
—¡Eh, vosotros dos! ¡Venid, rápido!
No hubo tiempo para pensar, solo para correr en busca de refugio.
Cuando su salvadora cerró la puerta tras ellos, los ojos azules de la mujer se suavizaron.
—Ay, pobrecitos. No os preocupéis: mi casa tiene un encantamiento que sirve para calmar los nervios crispados. Parece que a los dos os hace falta. ¿Os preparo un té y quizá algo para picar? — Había unas galletas con trocitos de chocolate enfriándose sobre una rejilla, recién salidas del horno.
Trystan cogió una, encogiéndose de hombros cuando Evie lo miró, y levantando luego una ceja al ver que ella intentaba transmitirle algo en silencio.
Evie notaba una sensación de inquietud en lo más profundo de su vientre. Su instinto le decía que habría sido mejor enfrentarse a la giganta que entrar ahí.
Sin embargo, no había forma de explicar por qué se sentía así.
Sobre todo porque estaban en una casa… hecha de dulces.