CAPÍTULO 28
gideon
G ideon se encontró de pie frente a un lugar repleto de algunos de los personajes más peligrosos que el mundo había conocido jamás.
Sin embargo, para ser justos, cualquiera que fuera a la biblioteca pública de Rennedawn se habría topado con lo mismo.
Se subió la capucha hasta cubrirse la cabeza y echó un vistazo a la carretera desierta y rodeada de árboles.
No había mucha gente que pudiera reconocerlo, pero no quería correr el riesgo.
Lo habían tildado de caballero desertor y, por lo tanto, era un objetivo para los hombres del rey.
Una vez dentro, se acercó al mostrador y saludó con un gesto cortés a la mujer mayor sentada al otro lado.
Tenía un cabello canoso que se le escapaba de las horquillas y unas anchas gafas sobre la nariz; la intensidad de su mirada lo dejó paralizado.
Entonces recordó que hubo un tiempo en el que la mayoría de las mujeres lo encontraban encantador, así que carraspeó y dijo:
—Buenos días, mi señora. — Hizo una reverencia con una sonrisa y se bajó la capucha—. ¿Cómo se encuentra una hermosa doncella como usted en esta espléndida tarde?
La mujer le dedicó una sonrisa afable y su semblante pasó de amenazador a cordial.
—¡Vaya! Sí que debe de ser complicado lo que buscas si has considerado necesario halagar tanto a una pobre anciana.
Gideon sintió una extraña punzada cerca del corazón.
—Puedo afirmar con sinceridad que pienso todo lo que he dicho, señora.
Había algo muy cálido en el comportamiento de la mujer; su rostro estaba marcado por las experiencias de la vida y lo llevaba con orgullo.
—¿Este es tuyo, Keeley?
—Ni aunque me lo suplicara de rodillas. — La voz de la capitana llegó desde detrás de él y, al oírla, sintió una mezcla entre frustración y alegría. No quería que estuviera allí—. Es mi mozo de cuadra.
¡Hay que ver la audacia de aquella mujer!
Gideon tenía pensada una contestación, pero se le fue de la mente en cuanto la vio.
No había ni rastro de cuero rojo a la vista.
Claro. No iba a llevar su uniforme en público. Tenía que pasar desapercibida.
Aunque el uniforme habría llamado mucho menos la atención.
Llevaba la larga melena de ondas doradas suelta, enmarcándole el rostro con mechones que suavizaban su aspecto, y un vestido de seda con los hombros al descubierto. La prenda no tenía adornos, era de un verde claro, ligera y holgada.
¿Quién infiernos era esa desconocida?
—¿Cómo estás, Mo? — Keeley sonrió acercándose al mostrador—. ¿Estás ocupada hoy?
—Bah, tonterías. Apenas ha habido gente por aquí esta semana, desde que publicaron esas ridículas noticias.
— La mujer se inclinó sobre la silla para darle golpecitos a un anuncio que había sobre el mostrador—.
No hacen más que hablar sobre estupideces de villanos en vez de buscar una cura para el Mal Místico o fomentar una educación mágica más accesible para los pueblos pequeños.
Si es que… Lo único que hacen los que están en el poder es buscar la forma de distraerte para que no te des cuenta de los errores que cometen o esperar a que te olvides si ya te has enterado de alguno.
— Mo se tocó la cabeza con uno de sus largos dedos—. Pero yo no olvido nada.
Gideon entreabrió los labios al ver el cartel de se busca de su hermana. Parecía menos intimidante que los demás; era una representación menos cínica, más propia de Evie.
—A mí esta chica no me parece ninguna amenaza — opinó Gideon a la defensiva, dispuesto a proteger el nombre de su hermana ante aquella desconocida.
Por lo visto, no había necesidad.
Mo soltó un bufido, cogió una pila de libros y se dirigió hacia una escalera, indicándoles con un gesto que la siguieran.
—No, pero es una mujer que se ha salido de la norma. Por tanto, el rey querrá castigarla como corresponde.
—Eso está mal. — Keeley iba recorriendo la biblioteca mientras Gideon la seguía.
Aquel lugar era muy diferente de la biblioteca del palacio.
Gideon la había visitado un total de tres veces, y todas ellas se había sentido como si estuviera sentado en una sala de luto.
Mientras que la del rey era fría y oscura, esta era amplia, estaba rodeada de cristaleras y la luz llegaba a cada rincón.
Había plantas y vegetación de todas las especies y tamaños esparcidas por doquier: cayendo sobre las estanterías, envolviendo los lomos de los libros con capullos de flores…
Las ventanas estaban abiertas y dejaban entrar una brisa que sintió que lo purificaba al acariciarle la cara.
—Así es el mundo — dijo Mo, lanzando a Gideon una mirada suspicaz—. Toma, sujeta esto, chico; tienes cara de estar fuerte. — Le arrojó un libro tan pesado que, cuando Gideon se lanzó a cogerlo, se tambaleó bajo su peso—. Mmm… Tu cara engaña, por lo que veo.
—¿Disculpe? — protestó Gideon, pero Keeley le dio un empujón que le hizo perder el equilibrio para ir a ayudar a Mo con los otros libros, colocándolos con delicadeza.
—Si nos disculpas, Mo — murmuró Keeley—, necesito hablar con mi amigo… Herbert un momento. — Agarró a Gideon por el brazo sano y lo arrastró detrás de las estanterías—. ¡¿Qué estás haciendo?! — masculló.
—¿Herbert, en serio? — preguntó Gideon con mala cara.
Keeley se pasó las manos por el pelo, impaciente.
—¿De verdad crees que el segundo libro va a estar en un lugar tan obvio? Estás poniendo a Mo en peligro al meterla en los asuntos del jefe. ¿Y si te han seguido? Ella es mi única amiga fuera de la mansión y no pienso ponerla en peligro solo porque tú tienes falta de creatividad.
—No tengo falta de creatividad. — Gideon puso los ojos en blanco—. Ni tampoco de sentido común. Si estamos buscando un libro que nadie ha visto desde la creación del reino, ¿no crees que un lugar factible sería el que está dedicado a guardar los libros?
Ella arrugó el entrecejo, pero no dijo nada.
—Tranquila, tómate un momento — añadió él—. Me consta que si te quedas en silencio es porque tengo razón.
—Esta mujer me importa, Gideon — susurró Keeley, con su enfado transformándose en una especie de súplica—. Tanto este lugar como Mo me importan.
Vaya, juego sucio.
Y funcionó, por supuesto.
—Lo siento — se disculpó—. No lo sabía.
—No, soy yo la que lo siente — suspiró ella, agitando las manos como una mariposa atrapada—. Este lugar siempre ha sido un refugio para mí. Cuando te he visto ahí de pie, se me ha venido todo encima y…
—Te has sentido obligada a ponerme el nombre de Herbert.
La cara de Keeley se iluminó al reír. La energía que irradiaba era tan contagiosa que él le devolvió la sonrisa.
—Entonces, ¿no me has seguido hasta aquí? — preguntó ella—. ¿De verdad ha sido una mera coincidencia?
—Solo estaba tratando de descartar los sitios más obvios donde podría estar el libro — respondió.
Ella sonrió con aire tímido y Gideon quedó tan embobado que casi se pone a bailar para librarse de esa sensación.
—Lo cierto es que yo también había pensado en buscar aquí primero.
—¡Ja! — exclamó, pero el sonido quedó amortiguado porque ella le tapó la boca con la mano.
—¡Cállate! Dioses, tendremos que ponerte un tapón en la boca.
Gideon arqueó las cejas y abrió ligeramente los labios bajo su palma. Keeley dio un salto tan brusco que chocó contra la estantería que tenía detrás, tirando uno de los libros que estaba más arriba. El tomo se balanceó antes de caer y le dio tiempo a Gideon de estirar el brazo y agarrarlo.
—Herbert al rescate.
—Eres insoportable — dijo ella poniendo los ojos en blanco.
—¿Keeley? — la llamó Mo—. ¿Estás cometiendo algún tipo de fechoría en mi biblioteca con este apuesto joven?
Gideon sonrió.
—Me considera apuesto.
—Por todos los dioses… — Keeley se alejó a paso airado y el la siguió con un ánimo renovado—. Mo, ¿podrías ayudarnos a encontrar una cosa?
—Es un libro — aclaró Gideon.
—No nos queda ninguno — bromeó Mo mientras los ordenaba. Aquel espacio era amplio, pero no había ni un solo usuario.
Tenía un aire melancólico. Tantas alegrías, tantos lugares que visitar y nadie dispuesto a sumergirse en la aventura. Y todo porque Benedict estaba empeñado en sembrar el miedo.
—¿Qué tipo de libro?
—Es antiguo — explicó Keeley y, sin preguntar, empezó a ayudar a Mo a colocar los libros del carrito por orden alfabético.
—Yo también — replicó la bibliotecaria con un tono de exasperación—. Voy a necesitar que me deis más detalles.
—La cubierta es arcoíris y las páginas tienen los bordes plateados.
Todo el libro posee un diseño muy ornamentado, único en su género.
— Gideon dio todos los detalles que pudo recordar de la única vez que lo había visto en el escritorio de Benedict.
El día en que terminó su carrera laboral en la Guardia Valerosa.
Mo se enderezó, se giró hacia él y se bajó las gafas hasta la punta de la nariz. Su rostro no revelaba ninguna emoción.
—¿El libro de La historia de Rennedawn?
Keeley ahogó un grito.
—¿Lo has visto?
Mo se quedó callada unos segundos.
—En cierto sentido.
—Esa respuesta resulta inquietante. — Gideon se rio entre dientes.
—Ambos sabéis tan bien como yo que ese libro se encuentra en el Palacio Radiante, en manos del rey Benedict — añadió Mo entrecerrando los ojos hacia Gideon.
—Por supuesto. — Tras terminar de colocar todos los libros del carrito en las estanterías, Keeley se sentó en un sofá cercano y Mo se unió a ella.
Fue una acción natural. Natural en el sentido de que se movían como quienes han compartido mucho tiempo—.
Yo lo sé, pero Herbert es nuevo en Rennedawn. Viene del reino del sur.
—Ah, sí, la tierra de los lirios. — Mo sonrió.
—De los mejores que existen — respondió Gideon jovialmente—. Es que tengo mucha curiosidad. Circulan varios rumores sobre que la magia se desvanece y que hay una nueva villana suelta; es como un melodrama de los que se ven en el teatro.
—Tu reino también tiene una profecía que genera bastante dilema. ¿Esa no te despierta curiosidad? — Mo frunció los labios.
¿Cómo? Será mejor que me guarde este dato para más adelante.
—Nos preguntábamos, Mo…, ¿podría ser que se hubiera hecho alguna copia?
Imagino que los creadores querían que la gente estuviera al tanto de a qué se enfrentaba.
— Keeley estaba siendo cautelosa, pero Gideon notaba que había confianza entre ellas, algo que la capitana parecía desesperada por mantener.
Mo les dedicó una mirada lastimera.
—Ay, cielo, lamento decirte que no tenemos ninguna copia de La historia de Rennedawn en esta biblioteca. — Soltó una risa irónica—. Apenas hay fondos para comprar velas. Hemos tenido que empezar a cerrar cuando anochece.
Keeley no pareció sorprendida ante aquella revelación.
—Te he traído una caja de velas de casa. Odio pensar que te quedas aquí dentro a solas y a oscuras.
—Me gusta estar a oscuras. — Mo se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la falda con una sonrisa alegre—. Me prepara para la muerte.
Gideon se atragantó y le sobrevino un ataque de tos.
—¿Por qué dices cosas tan morbosas? — preguntó Keeley con una sonrisa exasperada mientras se ponía de pie también.
—Porque es liberador mirar a los ojos a lo que te da miedo y echarte unas buenas risas. — Mo le dio una palmadita en la mano.
—Eres un caso digno de estudio. — Keeley se inclinó y le dio un beso en la mejilla a su amiga—. Deberíamos irnos ya; Herbert está deseando volver a los establos. Le chifla recoger el estiércol de los caballos — susurró en tono burlón.
—No me sorprende — dijo Mo, mirándolo con astucia por encima de las gafas—.
Verás… — comenzó, y luego—: No debería decirlo, pero…
— La anciana les lanzó a ambos una mirada significativa—.
Si bien es cierto que no hay ejemplares de ese libro en esta biblioteca, sí que hay un cuento de cuando yo era joven. Quizá os resulte de alguna utilidad.
—¿Qué quieres decir? — preguntó Keeley.
—Había un palacio antes del que hay ahora. — Mo hablaba con la vista perdida; parecía preocupada—. Uno en medio del bosque de Hickory. Donde el primer rey se sentó en el trono.
—No lo sabía. — Keeley frunció el ceño.
—No podías saberlo — contestó Mo—. El padre de Benedict eliminó del reino cualquier texto relacionado con él. Dijo que el único palacio que los ciudadanos debían conocer era el Radiante. Sin embargo, es posible que al antiguo aún le quede algo de magia. Quizá valga la pena echarle un vistazo.
Keeley se inclinó hacia ella, embelesada por aquella historia.
—¿Sabes dónde está? — Mo soltó una risa sombría.
—¿Alguno de vosotros ha oído hablar de la Mansión Masacre?