CAPÍTULO 27
trystan
H abían cambiado muchas cosas en la vida de Trystan en los últimos meses, pero si algo se había mantenido inmutable era su odio hacia Lionel.
Al menos en ese aspecto había sido coherente.
—Sin duda es humano. — Lionel se frotó la barbilla antes de sonreír a Alexander Reymundo Kingsley.
—He solicitado tus servicios en la mansión al menos una docena de veces, nunca has aparecido, y, la primera vez que lo haces, ¿ese es tu diagnóstico?
— espetó Trystan. Había pedido a todos los empleados que despejaran la zona común de la oficina, de forma que estaban solos—.
Yo también sé hacer observaciones obvias.
—No supiste ver que tu asistente estaba enamorada de ti hasta seis meses después de conocerla — señaló Lionel.
—Eso no era nada obvio — se quejó Sage, tirando de la cinta con la que se había atado la trenza para poder juguetear con sus rizos.
Gideon se había sentado en uno de los escritorios vacíos, con las botas apoyadas sobre la superficie, e iba dando sorbos de una copa de ron. O más bien se la estaba bebiendo de dos tragos.
—Eve, podrías haberlo golpeado con un cartel que dijera «Te quiero» y aun así no se habría dado cuenta.
—Gracias por tu aportación, Gideon — dijo su hermana con una dulzura exagerada.
Gideon levantó la copa.
—A tu servicio.
—¿Dónde está esa hechicera? Me gustaría conocerla — interrumpió Lionel, mirando a Alexander con un aire reflexivo—. Parece que tu maldición solo se ha roto a medias. Este tipo de maldiciones únicamente se revierten por completo si se encarga la persona que las lanzó.
Alexander puso mala cara y se apartó el pelo de los ojos.
—Es una estatua de piedra — objetó Trystan.
Gideon chasqueó la lengua.
—Venga, Maverine, esa no es forma de hablar de una dama.
Trystan se quedó mirándolo un instante antes de dirigirse a Sage.
—¿Te enfadarías si matara a tu hermano?
Evie se lo pensó.
—Probablemente.
—¿Probablemente? — se quejó Gideon.
—¿Hola? — logró decir Alexander, haciendo una mueca de dolor mientras pronunciaba unas cuantas palabras más—: Volvamos a mí, por favor.
—Mis disculpas, alteza — dijo Lionel, haciendo una reverencia cortés—. Si quiere saber mi opinión, creo que seguirá convirtiéndose en rana de forma aleatoria. Necesita a la hechicera original; su hija, en esencia, resulta inútil.
Alexander se levantó de la silla tan rápido que esta se volcó hacia atrás, pero no pareció importarle. Se limitó a mirar a Lionel con una ferocidad sorprendente antes de pronunciar tres palabras muy amenazantes.
—No. Es. Inútil.
Lionel pareció más que complacido ante aquella reacción.
—Humano después de tantos años. Menudo alivio debe de ser para usted.
Alexander ignoró el comentario, se giró para recoger la silla y volver a colocarla con cuidado en el suelo. Luego le hizo un gesto a Gideon para que le sirviera una copa de ron a él también.
—Probablemente sería un alivio mayor si pudieras decirnos un método tangible para revertir la transformación de forma permanente — dijo Malcolm mientras entraba en la oficina con una bandeja de pastelitos—.
Edwin me ha dicho que trajera algo para picar, y además estaba aburrido y me apetecía escuchar de qué hablabais.
Gideon soltó un silbido.
—Ya somos dos. — Lo remató levantando el pulgar.
—Esta combinación de personas es un auténtico suplicio — refunfuñó Trystan, sumamente contrariado porque todos aquellos aspectos fastidiosos de su vida estuvieran convergiendo—. Entonces, lo que quieres decir es que no puedes ayudarnos, ¿me equivoco, Lionel?
—Más o menos. Siempre queda que le den un beso de amor verdadero.
Alexander hizo una mueca de asco.
—¿Te estás ofreciendo? — preguntó con voz ronca.
Lionel se rio entre dientes.
—Me alegra ver que su sentido del humor sigue intacto, alteza.
¡Y mírala! — Lionel se acercó a Evie. Y Trystan se acercó al cuchillo que había en la bandeja de los pasteles—.
Tan encantadora como siempre, señorita Sage.
— Lionel inclinó la mejilla hacia ella—.
¡Un beso! ¡Rápido, antes de que me convierta en rana!
Sage sonrió mientras ponía los ojos en blanco. Se besó la yema de los dedos y los presionó contra la mejilla de Lionel.
—Toma, bobalicón.
—Vaya, eso ha sido muy ingenioso. Deberías intentarlo — le susurró Malcolm a su hermano entre risas.
Trystan respondió a la broma dándole una colleja.
—Lionel…, por casualidad no habrás oído hablar sobre un segundo libro de La historia de Rennedawn , ¿verdad? — preguntó Sage con un tono de curiosidad tan comedido que ni siquiera Trystan habría adivinado que trataba de sonsacarle algo.
Lionel no tuvo ninguna reacción remarcable, se limitó a dedicarle una sonrisa.
—Qué pregunta más curiosa. ¿No es un mito lo de la segunda copia?
—Sí, por supuesto. — Sage soltó una risita—. Es que he pensado que, si hubiera algo de cierto en ese rumor, un hombre de su calibre lo sabría. — Batió las pestañas varias veces y Trystan sintió que la bilis le subía por la garganta.
Lionel mordió el anzuelo, pero parecía plenamente consciente de que le estaban tomando el pelo, a juzgar por el brillo de sus ojos.
—Se dice que un libro era para el destino y otro para el porvenir.
Los dioses mágicos les cedieron el mando después de trasladarse a otro mundo.
O al menos eso es lo que cuentan las leyendas.
El libro del porvenir se entregó al primer rey de Rennedawn, y el del destino se escondió para que estuviera a salvo.
—¿Dónde? — inquirió Gideon con demasiado entusiasmo.
Lionel se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe. La ubicación se mantuvo en secreto. En cualquier caso, pronto dejará de tener relevancia.
—¿Por qué? — indagó Trystan con cautela.
—El rey Benedict está colaborando con el porvenir para reescribir la historia y devolverla a su forma original.
—La criatura del porvenir — lo corrigió Sage con una risa nerviosa— no es una emisaria de los dioses mágicos.
Lionel la miró con curiosidad.
—Son lo mismo.
Ah.
Mierda.
Por dentro, Sage estaba entrando en pánico. Sus rizos rebotaban mientras movía la barbilla. Su mirada salvaje era un indicio de la inminente explosión.
—Sí. Por supuesto. — Atravesó la habitación a toda velocidad, le arrebató la copa de ron a Gideon y se la terminó de un trago—. Gracias. Sírveme más.
—Eve, ¿seguro que…?
—Sírveme una copa, Gideon — espetó dando un golpe con el vaso sobre la mesa.
Gideon ya se la estaba sirviendo antes de que el cristal tocara la madera.
—Dime que hay una forma de impedir que reescriban la historia — inquirió Trystan en voz baja—. Pagaré lo que sea.
Lionel silbó.
—Te haré un favor de profesional a profesional y te diré que nunca ofrezcas algo semejante. A nadie. En esta ocasión, no hace falta que me des nada. Algunas maldiciones, como la de Su Alteza, son pequeñas… Y no me refiero al tamaño del animal en que lo convierten, claro — añadió jovialmente.
Alexander puso los ojos en blanco.
—Muérete.
Con una risita ahogada y una gota de ron que le resbalaba por el labio, acaparando toda la atención de Trystan, Sage repuso:
—No estamos hablando de una maldición cualquiera, Lionel. Esto cambiaría la esencia de Rennedawn tal y como lo conocemos.
Lionel se encogió de hombros.
—Una maldición de tal magnitud necesita un ancla.
—¿Como un barco? — preguntó Gideon.
—Algo inmune a la maldición. Algo que pueda utilizarse para deshacerla de ser necesario. Una forma de desbloquearla, por así decirlo.
—¿Cómo se desbloquea una maldición?
Lionel sonrió.
—Con una llave.
—Esa respuesta no me sirve — repuso Trystan con tono seco, cruzando los brazos—. Venga, suéltalo, ¿qué tipo de llave usaría Benedict como ancla?
Lionel puso los ojos en blanco y los mechones azules de su melena reflejaron la luz mientras se paseaba junto a la ventana.
—A nadie le gusta que lo reprendan por tener inclinación al dramatismo, Villano.
Trystan estaba perdiendo los estribos.
—Y a nadie le gusta tenerte como invitado en casa, Lionel. ¿Dónde está la puta llave?
Un pastelito apareció delante de su cara, y la expresión severa de Sage detrás de él lo dejó clavado en el sitio.
—Come — le ordenó.
Todas las miradas de la sala se posaron en ellos, pero a Trystan no le importó lo más mínimo.
Levantó la mano para agarrarla de la muñeca, acercándola hacia él, y vio que se le cortaba la respiración y se le sonrojaban las mejillas.
Dio un gran bocado y la soltó con la misma rapidez con que la había cogido.
—Por los dioses, sois de lo más empalagosos. — Lionel frunció los labios con asco.
Gideon se había tapado los ojos con las manos.
—No quiero mirar. ¿Han terminado ya?
Alexander se limitó a sonreír, levantando la copa como si brindara por Trystan antes de dar un par de sorbos.
—Cuando se creó Rennedawn, se fabricaron varios anclajes. Varias llaves — explicó Lionel como si estuviera hablando con niños en edad escolar—. Esas cosas brillantes que hacen un ruido metálico al chocar entre sí.
Malcolm se rio entre dientes, pero se calló cuando Trystan le lanzó una mirada fulminante.
Lionel continuó.
—La llave en cuestión se le confió a la familia real para que la custodiaran, hasta que, unas cuantas generaciones atrás, el rey de la época la perdió en una apuesta.
—¿Con quién se había apostado la llave? — insistió Sage.
Lionel sonrió.
—Con un gigante. Los encontraréis en la frontera con el reino oriental. Si conseguís convencerlos para que os la entreguen, detendréis cualquier daño que Benedict pueda causar antes incluso de que empiece.
—Si tú sabes que existe esta opción — intervino Malcolm—, ¿cuáles son las posibilidades de que Benedict no se haya enterado también?
Maldita sea.
—Tenemos que irnos. Ahora — sentenció Trystan.
—¿Tenemos? — Malcolm frunció el ceño.
—Sí. Ando escaso de gente que me saque de quicio para este viaje, así que tú servirás — contestó bruscamente—. Gideon, necesito que empieces a buscar el segundo libro. De lo contrario, tendrás que ir al Palacio Radiante.
Sage silbó, dándole una palmada en la espalda a su hermano.
—Menuda suerte.
A Gideon no le hizo gracia.
—Muy amable, hermanita.
Sage le pellizcó la mejilla.
—A tu servicio.
—¿Y yo qué? — preguntó Alexander en voz baja, claramente incómodo, frotándose la garganta de nuevo.
Trystan suspiró.
—Detesto tener que dejarte aquí solo, Reymundo, pero no tenemos ninguna garantía de que no volverás a convertirte en rana. No sé si es buena idea estar indefenso y a la intemperie cuando eso ocurra.
Reymundo pareció agradecido por su preocupación.
—Iré. — Le dio una palmada en la espalda a su amigo. Aún le costaba asimilar que fuera capaz de hacerlo.
Ya solo faltaba el último obstáculo.
—Sage, a ti también te necesitaremos — le dijo Trystan con sinceridad—. Sé que preferirías esperar a que Lyssa regresara, pero tu magia nos resultará imprescindible.
Ella bajó la mirada y pareció recuperar el aplomo antes de volver a mirarlo, esta vez con una mezcla de asombro y desamparo. La diversión se reflejó en su rostro cuando respondió:
—Ya me habías convencido con lo de «te necesitaremos».
Lionel intervino:
—¿Y yo qué debo hacer?
Trystan condujo al grupo hacia la puerta para dirigirse a los establos.
—Salir de mi casa y, por las tierras muertas, hazme el favor de no volver.