Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

becky

–N o entiendo por qué me hacéis el vacío cuando todos estabais de acuerdo con ese planteamiento.

Incluida tú, enana. — Blade le dio un codazo suave a Lyssa sin soltar las riendas.

Mientras, Fluffy se elevaba por encima de las nubes, fuera del alcance de la vista de la Guardia Valerosa o de cualquier partidario del rey Benedict.

—Porque te dije que no lo hicieras — espetó Becky, incapaz de mirarlo sin que se le disparara la tensión arterial—.

¡Sabía que Evie no lo aprobaría y lo planeaste a sus espaldas!

Usaste lo que te conté en su contra. ¿Cómo te atreves?

— Estaba furiosa. Blade la observaba fijamente—. ¿Qué, mejor esto que el silencio?

—¿Vas a pensar que estoy loco si te digo que sí? — respondió Blade con seriedad.

Ella gruñó inclinando la cabeza hacia el sol, suplicando ayuda a los dioses para no empujar al vacío a ese hombre del que, por alguna razón, estaba enamorada.

—Para ser justos, Rebecka, fui yo quien impulsó la idea — intervino Tatianna.

—Ah, no te preocupes, también estoy enfadada contigo — resopló ella cruzando los brazos.

—¡Estupendo! — respondió Tatianna alegremente, apoyando la cabeza en el hombro de Clare.

—¿Conmigo también lo estás? — preguntó Lyssa con curiosidad—. ¿Y con Florencio? — Levantó el frasco transparente con lord Walter dentro, y Rebecka gimió.

—Pues sí. Me importaban mucho menos las cosas antes de tu llegada. Ahora mírame. — Ahí estaba, desesperada y preocupada por una niña de diez años—. Y, Lyssa, no puedes seguir llamando «Florencio» a un lord del reino.

¿Qué clase de locura se estaba apoderando de su mundo?

—Pero ya no es un lord; es un caracol. — Lyssa le acarició el brazo mientras se lo explicaba, aunque se apartó rápidamente cuando un gruñido sordo salió de la garganta de Becky—. Ay, ay, ay…

El aterrizaje fue lo más silencioso posible teniendo en cuenta las particularidades de Fluffy, y el hermoso animal metió su enorme cabeza bajo el cuello de Becky cuando ella desmontó.

—No estoy enfadada contigo, no te preocupes. — Le acarició el hocico escamoso con cariño, algo que siempre había sentido por los dragones.

Y, al parecer, también por sus adiestradores.

El dragón resopló, como diciendo: «Obviamente. Yo nunca he roto un plato».

—Voy a bajar la jaula y la fijaré a esos ganchos que he colocado allí esta mañana. — Blade los señaló para que Becky mirara. Al verlos, quedó impresionada por el ingenio.

Tras el descubrimiento de los huevos durante el vuelo improvisado con el gubre, Becky y Blade se lo habían confiado a la Guardia Malévola.

Habían debatido sobre las ventajas de trasladar los huevos a un lugar más conveniente, como la mansión.

Sin embargo, al final decidieron que ya habían jugado bastante con la naturaleza.

Además, Rebecka estaba segura de que la madre recordaría dónde había dejado a sus crías.

—¿Cómo sabré qué debo hacer para que los huevos sean viables? — preguntó Lyssa, mirando fijamente el nido que tenían delante.

—No tengo ni idea — contestó Blade, y la ira de Becky se reavivó.

—La has traído hasta aquí. Más te vale tener alguna idea, o te espera un paseo de vuelta a la mansión largo y tedioso. — Becky entrecerró los ojos, pero su enfado solo parecía divertir a Blade. Era como si lo estuviera disfrutando—. Me estás provocando a propósito.

—Es que me lo pones en bandeja — respondió Blade, riéndose cuando ella lo empujó refunfuñando.

Después, Becky se colocó detrás de las ramas del gran roble. Su misión consistía en estar preparada para agarrar a Lyssa antes de que se cerrara la jaula, no fuera a ser que quedara atrapada con aquellas furiosas criaturas cuyo aliento podía derretir el metal.

Evie nunca habría aceptado el plan si lo hubiese sabido. Eso la enfureció aún más, sobre todo al pensar en cómo se sentiría si alguien le hiciera eso a su hermano pequeño. Furiosa. Resentida. Asustada.

Becky había trabajado para un villano durante los últimos años de su vida; no era ajena al concepto de los sacrificios necesarios. Pero eso no evitaba que los odiara con toda su alma.

—Lyssa, la magia estelar es complicada de explicar — intervino Tatianna, llevando a la niña hacia el nido abandonado y arrodillándose a su lado—. Se dice que es un don concedido por las propias estrellas. Es muy muy rara.

—¿Cuántos tipos de magia hay? — preguntó Lyssa, contemplando los huevos con asombro.

—Muchos — respondió Clare, sentándose al otro lado de la niña—. Magia curativa, mortífera, protectora, voladora… La lista es interminable. Pero toda magia es impulsada a mostrarse gracias a una misma fuerza.

—El trauma. — Blade chasqueó la lengua, ajustando la silla de montar de Fluffy y animando al animal a esconderse tras los matorrales para camuflarse entre los árboles, lejos de la vista de los gubres.

—Un acontecimiento traumático, sí. Pero no todo el mundo posee magia. Solo se despierta en aquellos que la llevan dentro, para protegerlos. — Tatianna extendió las manos, que emitieron un resplandor amarillo, y Rebecka se preguntó, una vez más, si ella no debería usar también las suyas.

Lo cierto era que no había necesidad. Las plantas le respondían de la misma manera que a Renna Fortis, su madre, y que a su abuela antes de ella.

No era un poder útil en combate ni capaz de curar.

Era un tipo de magia que se aprovechaba mejor en la fortaleza de la familia Fortis. O para el disfrute individual.

Sin embargo, Rebecka encontraba el mismo grado de satisfacción ordenando por colores los archivos de la oficina.

Aun así, la magia vibraba en su interior, recordándole que estaba ahí, esperando.

—Cuando quiero usar mi magia, debo pensar en algo agradable, algo que me haga sentir segura. Así es como curo a los demás — dijo Tatianna.

—Y yo pienso en la risa. En esa que no puedes detener aunque lo intentes. Así es como impregno las tintas y otros objetos mágicos — explicó Clare con una sonrisa—. Y lo que va a invocar tu magia estelar, pequeña, es algo que solo tú sabes dónde buscar.

Lyssa frunció el ceño. Paró de juguetear con los dedos para extenderlos sobre los huevos.

—Creo que ya sé en qué pensar.

—Bueno, la mayoría no lo consigue a la primera — la tranquilizó Tatianna—. Puede llevarte días, tenemos tiempo antes de que…

Las manos de Lyssa emitieron una luz blanca plateada. Las mantuvo sobre los huevos con expresión de satisfacción.

—Pues nada. Al parecer, el resto del mundo es un inepto comparado con ella — concluyó Clare sentándose en el suelo—. Si eres capaz de emitir la magia, piensa en la cantidad de cosas que podrás hacer con la luz estelar: curar, crear…

—Brillar — murmuró Lyssa entre dientes.

—Por supuesto, eso es lo más importante — susurró Blade mirando a Becky, quien se rio, olvidándose de que estaba enfadada.

Al recordarlo, recuperó la expresión seria.

—Me he reído porque eres un bufón.

—Me aseguraré de seguir siéndolo si esa es mi recompensa — repuso él guiñándole el ojo.

—Blade, se supone que debes estar vigilando por si se acercan los gubres. — Tatianna señaló un claro con vistas despejadas al cielo—. Ponte a ello, chico dragón.

Blade se rio sin perder el buen humor y dio media vuelta para montar guardia.

En ese momento, Rebecka se dio cuenta de que si algo salía mal… No. Nada iba a salir mal. Todo iba a ir bien.

Aun así, por si acaso… agarró a Blade del hombro para girarlo y le plantó un beso firme en los labios.

—Ve con cuidado y no te mueras — le dijo—. O me enfadaré mucho contigo.

La sonrisa en el rostro del adiestrador de dragones brillaba tanto como las manos de Lyssa. Le hizo un saludo militar como respuesta y volvió a darse la vuelta.

Los dos huevos seguían reluciendo bajo las manos de Lyssa, hasta que empezaron a rodar de un lado a otro dentro del nido, chocando entre sí. Las descoloridas escamas arcoíris que los cubrían se parecían a la piel del gubre macho.

Durante varios minutos, prestaron atención por si se oía el sonido de unas alas.

—¿Cuánto tiempo creéis que va a costar esto? — preguntó Lyssa al cabo de un rato.

—¿Acaso tienes otros planes que atender? — respondió Becky desde el otro lado del roble.

—Sí, es martes. Lord Trystan y yo merendamos juntos los martes. — La niña hablaba muy en serio, y Rebecka se rio de nuevo.

Era evidente que reír ya no le resultaba tan desagradable como antaño.

—Es posible que nos lleve varias horas, Lyssa, pero nos marcharemos en cuanto anochezca. Y, si estás cansada o te sientes insegura, volveremos enseguida y lo intentaremos otra vez mañana — ofreció Tatianna con amabilidad.

Se produjo otro silencio y las manos de Lyssa brillaron aún más.

Y entonces…

Se escuchó un crac.