CAPÍTULO 25
evie
E vie había pasado por varias crisis de identidad a lo largo de su vida.
Sin embargo, a pesar de todas ellas, seguía siendo impulsiva e imprudente y siempre acababa metiéndose en líos.
Se encontraba jugando con los dedos en una habitación de los pisos más altos de la mansión. Desde la primera vez que la vio, supuso que en su día habría sido un salón de baile, con extravagantes lámparas de araña y telas cubriendo las paredes.
Ahora estaba desmantelada, iluminada únicamente por la luz del sol poniente que atravesaba las ventanas. Una suave brisa se colaba por la que Evie había logrado entreabrir.
Va a venir. No te dejará sola ante la magia. Aunque esté enfadado contigo por haberle respondido mal y haber dado por hecho que había actuado a tus espaldas con los demás para utilizar a Lyssa, vendrá.
No eres mala persona. No eres mala persona. Se lo repitió hasta que dejó de costarle respirar y su ritmo cardíaco se ralentizó, pero volvió a acelerarse cuando escuchó una voz junto a su oído.
—Es demasiado fácil acercarse a ti sin que te des cuenta.
—Y tú eres demasiado alto para ser sigiloso. Es como querer esconder un gigante debajo de una seta. — Evie puso los ojos en blanco y se giró, pero se le cortó la respiración cuando la rodeó con los brazos.
Los ojos oscuros de Trystan estaban cargados de compasión.
—Tu madre está a salvo, le he proporcionado uno de mis mejores caballos y he enviado a dos Guardias Malévolos para que la escolten hasta su destino. — Se lo dijo en voz baja, observando atentamente su rostro en busca de una reacción que ella no estaba dispuesta a mostrar.
No eres el único capaz de enterrar y esconder sus emociones como si fuera una muñeca siniestra.
—Yo también puedo ser siniestra — soltó, olvidando que no había pronunciado la frase anterior en voz alta. Normalmente, cuando hacía eso, la gente la miraba de forma extraña.
Sin embargo, a Trystan no pareció importarle. Se limitó a asentir, recorriéndole el rostro con los ojos como una caricia.
—Nunca he dudado de que así fuera, Sage. Te he visto reír hablando de lenguas cortadas.
—Perdón por intentar hacer el papeleo más llevadero. — Puso los ojos en blanco, conteniendo una sonrisa—. ¿Estás enfadado conmigo por lo de antes? — añadió con cautela.
—Lo he estado durante unos diez minutos. He batido mi propio récord.
Se había acercado sin que ella se diera cuenta, bajando la mirada para observarle los labios.
Eso hacía que le resultara mucho más complicado articular frases coherentes.
—Siento haber respondido de esa manera. No te lo merecías, es que me sentía…
—Herida.
Herida.
Justo en el clavo.
—Podrías hacer una gira por el reino con ese truco de leer la mente. Ganarías una fortuna. — Intentó reírse, pero le salió un sonido ahogado cuando él se inclinó más hacia ella y el aroma a canela le inundó la nariz.
—¿Estás lista, Evangelina?
Estaba lista desde la última vez en el bosque. Revivió la sensación de tenerlo encima, como si fuera una trepidante obra de teatro que le hacía sudar las palmas de las manos y le aceleraba el corazón.
¡Responde con normalidad, Evie!
—¿Para qué? — preguntó ella humedeciéndose los labios mientras los ojos de él seguían el movimiento como si fuera lo más interesante que hubiera visto jamás.
—Para convertirte en una villana. — Se dirigió hacia la vieja mesa que había en la esquina y la arrastró hasta colocarla delante de ella con una sonrisa que delataba que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—¿A qué ha venido esa invasión de mi espacio personal? ¿Ha sido un intento de llevarme a la cama?
—En realidad, no necesito ninguna cama para lo que quiero hacerte — murmuró en voz baja y grave.
Evie tardó unos buenos treinta segundos en recuperar la compostura.
—¿Sage? Me has pedido que te diera clases. ¿Te va bien empezar hoy o mejor esperamos al año que viene? — Señaló la mesa—. Venga, usa tu magia para rodearla y luego intenta encontrar los puntos por donde dañarla.
—¿Mi necesidad de disculparme cuando choco con objetos inanimados te ha dado la impresión de que los considero una amenaza?
—Es solo para practicar la técnica. — Suspiró, exasperado—. Se me habría dado fatal ser profesor. Hay que tener una paciencia…
—¿Qué asignatura habrías enseñado? — preguntó ella en tono burlón, de pie ante la mesa—. ¿Iniciación a la técnica de decapitación?
—Sage — contestó él de una manera que la hizo sonrojar. Ella carraspeó, levantó las manos y le pidió muy educadamente a la magia que envolviera la mesa.
No hubo movimiento.
—Ordénaselo. Tú la controlas.
—Pero forma parte de mí. — Frunció el ceño—. Y yo odio que me den órdenes.
Notó un cosquilleo en los dedos y una sensación de frescor que fue como un bálsamo para su corazón y su alma. La oscuridad empezó a esparcirse lentamente, recorriendo el suelo hasta rodear la mesa.
—¡Ja! — exclamó Evie, dando un salto y girándose hacia Trystan tan deprisa que la trenza le golpeó el hombro—. ¿Lo has visto?
Él la observó con una expresión extraña mientras se remangaba la camisa hasta los codos, dejando a la vista unos antebrazos musculosos cubiertos de un ligero vello.
—Muy bien, ahora házmelo a mí.
Ella frunció la nariz, mirándole los antebrazos con lascivia, como si fuera un personaje de La sociedad del corsé travieso.
—¿En qué sentido?
—Sage.
—Está bien, está bien… — refunfuñó. Cerró los ojos y respiró hondo.
—El objetivo es inmovilizarme y después la niebla encontrará mis puntos débiles. Con el tiempo he aprendido que el rojo significa dolor leve; el amarillo, una fractura pasada que puedes aprovechar; el azul incapacita, pero cuidado con confundirlo con el negro.
—¿Por qué? ¿Qué hace el negro? — preguntó ella, sintiéndose menos segura ahora que la niebla se arrastraba hacia él.
—Se suele ubicar en la yugular y en las arterias principales. Un solo golpe acaba con la vida de esa persona.
—¿Estás seguro de que practicar contigo es buena idea? — inquirió ella, deteniendo la magia justo antes de que lo tocara.
—Confío en ti. — Lo dijo con seguridad, como si fuera un hecho objetivo y no una auténtica sacudida para el sentido de la identidad de Evie.
Porque ahí radicaba el problema.
Ella no confiaba en sí misma.
La niebla retrocedió y ella apretó los ojos con fuerza, inundada por la vergüenza.
—Me aterra hacerte daño. Por favor, no me obligues.
—No se me ocurriría obligarte a hacer nada — dijo él entre risas—. Tendría que llevar varios días muerto para intentar semejante estupidez.
Alexander Reymundo Kingsley llamó a la puerta en ese momento, mirándose los nudillos como si fueran instrumentos milagrosos.
—Hola. — Hablaba con un tono ligeramente más claro que el del día anterior. Acompañó el saludo con un movimiento de mano y una dulce sonrisa—. Lionel. — Señaló hacia la puerta, frotándose la garganta.
—¿Ha llegado Lionel? — preguntó ella.
Alexander cerró los ojos y asintió con alivio.
—Así es.
Evie no estaba segura de cómo esperaba que fuera su voz, pero le había sorprendido el tono grave y agradable que tenía, como la miel que se echa en el té.
—Maravilloso — dijo Trystan—. Lionel y Malcolm en un mismo día. ¿Qué he hecho para merecer tal compañía?
Evie parpadeó.
—Matar a… muchísima gente.
—Ah, cierto.
Le costaba creer que, a pesar de la partida de su madre, no sintiera que el universo se le iba a caer encima. Ahora su mundo se sostenía por sí solo, con o sin Nura. Con o sin su padre.
En medio de toda la situación, Evie cayó en la cuenta de que se había criado a sí misma desde que era pequeña, dándose órdenes aquí y allá y deseando que hubiera alguien que le explicara ciertas cosas.
Aun así, había logrado aprenderlas y se las había transmitido a Lyssa, que era más valiente que todos ellos juntos.
Evie había aprendido a arreglárselas sola.
La magia se agitó en su interior de camino a la oficina.