CAPÍTULO 24
gideon
–¿Q ué estás haciendo, soldadito valeroso? — La voz de Keeley le resultaba plácida, y más en su estado actual: sudoroso, con el torso al aire, un poco sucio.
Justo como le gustaría estar si ella le dedicara sus atenciones, en lugar de por culpa del trabajo físico.
Gideon le lanzó una mirada de reojo, intentando parecer indiferente, como si estuviera tan absorto en su labor que apenas notara su presencia.
Era todo una farsa, por supuesto. Su presencia era lo que más notaba.
No la tarea que tenía ante sí ni la ansiedad en torno al inminente vuelo de su hermana pequeña con Fluffy.
Debía mantenerse concentrado para terminar antes de que regresaran. Tatianna, Clare y Blade no iban a permitir que le pasara nada malo a Lyssa. Y Rebecka Erring también iba con ellas, lo que, en su opinión, significaba que los únicos en peligro serían los que se interpusieran en su camino.
—¡Mierda! — gruñó Gideon, dejando caer un trozo de madera junto al carro. Se agarró el hombro y le lanzó una mirada fulminante a la Capitana Catástrofe—. Pues partiéndome el brazo en dos, por lo visto.
Keeley se quedó mirando su herida, obligándolo a flexionar el bíceps — o instándole a hacerlo—, pero con eso solo consiguió que le sangrara más. Al parecer, su vanidad tenía un precio.
La capitana dio un paso adelante y rozó los bordes de la herida con los dedos.
—Lo siento — dijo en voz baja—. ¿Estás bien?
Gideon se quedó boquiabierto.
—Creo que me he dado un golpe en la cabeza.
Keeley se asustó.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—No lo sé, es que me ha parecido oír que me pedías disculpas. Debo de estar delirando.
Ella soltó un suspiro de frustración que a Gideon le encantó.
—Estoy intentando ayudarte, pero, como siempre, me lo estás poniendo difícil.
Ven aquí y siéntate. — Sin más preámbulos, Keeley arrastró a Gideon por el brazo ileso y lo obligó a sentarse sobre las piedras del patio trasero.
Después sacó herramientas para coserle la herida.
El sol comenzaba a ponerse en el horizonte: el momento ideal para atraer la atención de los gubres, al amparo de la noche.
Gideon se estaba matando a trabajar como castigo autoinfligido por los errores que había cometido con…, bueno, con todo. Tenía la sensación de que, desde su regreso, había estado haciendo lo posible por compensar su ausencia y las decisiones egoístas y erróneas que había tomado.
Por desgracia, el arrepentimiento no aliviaba la culpa. De hecho, avivaba la llama y la hacía insoportable.
Al igual que Keeley echándole un líquido transparente que escocía de lo lindo.
—¡Por todos los demonios, capitana! — Intentó apartar el brazo, pero ella ya estaba secando la herida con un pañuelo limpio, preparando aguja e hilo para cerrar aquel corte tan feo—. Estás disfrutando — la acusó. Ella curvó los labios rosados para formar una sonrisa.
—Sí — admitió sin remordimientos, tirando del hilo con cuidado, tan concentrada en su tarea que Gideon tuvo la oportunidad de contemplar su rostro despejado.
Su nariz respingona apuntaba siempre hacia arriba, acompañada de unos labios carnosos y unos hoyuelos que eran el lugar perfecto para depositar un beso.
Entrecerró los ojos con recelo.
—Estás siendo más amable conmigo de lo habitual.
Ella soltó una carcajada.
—Acabo de decir que disfruto haciéndote daño, ¿cómo puedes considerar eso amable?
—Porque has sonreído — respondió Gideon con naturalidad. No quería asustarla con un cumplido demasiado intenso.
Aun así, se asustó. Levantó la cabeza de golpe mientras el sol poniente convertía su cabello color miel en un destello de mechones dorados.
—Gideon… — Su nombre pronunciado por Keeley sonaba indecente. Le estaba costando contenerse, pero era consciente de que iba sucio, olía a sudor y no se hallaba en condiciones de seducir a nadie—. ¿Crees que…? — comenzó ella con cautela.
¿Que si creía qué?
¿Que debería besarlo de nuevo?
¿Casarse con él?
¿Tirarle una piedra a la cabeza?
¿Echarle alcohol en las heridas hasta el fin de sus días?
La respuesta era sí a todo, siempre y cuando ella siguiera diciendo su nombre así.
Por desgracia — o por suerte—, se iba a quedar con la duda, porque en ese momento una figura se adentró en el bosque de espinas, con una falda vaporosa arrastrándose tras ella mientras inclinaba el cuerpo desgarbado para intentar escapar.
El pasatiempo favorito de su madre.
—Si me disculpa, capitana — murmuró Gideon.
Con largas zancadas, alcanzó a su madre en un abrir y cerrar de ojos. La mujer se había quedado en el linde, incapaz de adentrarse en aquel muro de espinas.
—Madre. — La palabra estaba tan cargada de intensidad que no le habría extrañado que saltara una chispa. Sin embargo, solo consiguió detener a Nura en seco.
Gideon vio que sus hombros se tensaban. Estaba de espaldas a él, con una bolsa colgada de la cintura, vistiendo unas botas robustas y una capa larga. Era el atuendo de alguien que se disponía a darse a la fuga.
A huir.
—Vuelve a la mansión, Gideon — dijo su madre con una voz y un tono mucho más duros de los que solía usar—. Por favor, no hagas que sea más complicado.
El corazón le latía tan fuerte que no le habría extrañado que ella lo oyese.
Entonces se giró despacio hasta que él vio la frialdad en sus ojos marrones, normalmente amables; la determinación en un rostro que conocía de toda la vida.
Era imposible que fuera capaz de hacerles eso. Tenía que estar equivocado.
—No te vas a ir. — Gideon deseó con todas sus fuerzas que aquella afirmación fuese cierta, negándose a formularla como una pregunta, negándose a facilitarle las cosas—. No… Por los dioses, madre, no puedes irte.
Aquella firme determinación no se desvaneció, pero sí que fue como si la cubriera un brillo. Un brillo que Nura se sacudió parpadeando.
—Tú no lo entiendes…
—¿Qué es lo que no entiendo? — Gideon se rio con incredulidad, sintiendo cómo aumentaba su ira—. Le dijiste que te quedarías, que estarías a su lado. ¡Yo te defendí! No puedes volver a hacer esto. ¡No es justo!
No podía pronunciar el nombre de Evie, aunque no era necesario. Su madre sabía perfectamente quién sufriría más en su ausencia, quién sentiría el dolor con mayor intensidad.
Eso hizo que Gideon la odiara, solo por un momento, lo suficiente para seguir luchando.
—No te lo permitiré.
Nura negó con la cabeza, sonriendo con tristeza.
—¿Qué vas a hacer, arrastrarme a la fuerza? ¿Atarme? ¿Encadenarme? Porque eso es lo que tendrías que hacer para impedirlo. Eso es lo que haría falta para que me quedara.
Aquello ya era crueldad; una crueldad más profunda y despiadada que cualquiera de las viles maldades que Benedict, un hombre perverso pero sin artificios, había llevado a cabo hasta la fecha. Su madre estaba tomando una decisión que Gideon no podía soportar.
—Al menos no seas cobarde. Ten respeto por tu hija y despídete. Enfréntate a ella.
Nura se agarró la cabeza en un intento por alejar aquellas palabras o quizá por retener sus pensamientos, quién sabe.
—Quería hacerlo, tenía intención, pero hay algunos errores que no se pueden deshacer. Solo dile… dile que lo siento. Dile que la quiero mucho y que desearía… Ay, cómo desearía haberlo hecho todo de otra manera.
—Qué gracioso — espetó Gideon con dureza—. Creo que lo único que Evie ha deseado en esta vida ha sido tener una madre presente.
Nura se estremeció, agarrándose el estómago, y desvió la mirada con los ojos muy abiertos hacia algo detrás de él.
—Evangelina — susurró con voz quebrada.
En efecto, su hermana había aparecido de repente a su lado, con el rostro surcado por lágrimas y los ojos enrojecidos por la pena… o por la ira.
—Vete. — Evie esbozó una media sonrisa y señaló con la mano hacia el bosque—.
Trystan, ¿te importaría acompañar a mi madre a la salida?
— Como si lo hubiera invocado, Maverine apareció a su espalda—.
¿Necesitas un caballo o ya has organizado otro método de transporte?
— preguntó Evie con educación, incluso con dulzura. Resultaba…
Francamente aterrador.
La firme determinación de Nura se ablandó al dar un paso adelante, con las manos extendidas, suplicante.
—Te quiero, mi dulce niña. Te quiero más de lo que imaginas. Pero hay cosas que no vas a lograr entender hasta que no seas madre.
Evie la miró con lástima, levantó la barbilla y, con el porte de una reina, dijo:
—Me convertí en madre el día que te fuiste.
— Dio un paso hacia Nura, luego otro, y otro más, hasta que apenas quedaba un palmo entre ellas—.
Puedo decirte con la mayor certeza que, por muy difícil que se haya vuelto mi vida, por muchos obstáculos mentales que tenga que sortear, por muy incierto que sea el futuro — sonrió con la mirada perdida—, yo jamás la abandonaría.
—Hay otro libro — susurró Nura agarrándose los brazos y frotándolos para calmarse.
—¿Qué? — murmuró Evie.
Gideon dio un paso adelante para oír mejor a su madre, dado que estaba seguro de que no la había escuchado bien la primera vez.
—El libro original de La historia de Rennedawn se escribió con tinta mágica. Tinta azul, concretamente.
Evie ahogó un grito y retrocedió tambaleándose. Se sobresaltó al toparse con Maverine, que se había acercado a ella en silencio.
—¿El mismo tipo de tinta que papá le compró a Clare?
Nura asintió.
—Así es.
Keeley, que había estado observando desde la distancia, intervino.
—¿Qué importancia tiene con qué tinta se escribió?
—Si utilizas tinta azul imbuida de magia, una sola gota del mismo frasco es capaz de copiar cualquier cosa escrita con esa tinta. Tanto en el pasado como en el presente y el futuro — explicó Evie con voz hueca.
—Así que tiene que haber otro libro. Una copia — concluyó Maverine, con el rostro impasible, las cejas fruncidas y la mandíbula tensa.
El hombre parecía listo para la batalla, aunque no dejaba de lanzar miradas a Evie—.
Señora Sage, supongo que usted no sabrá dónde está, ¿verdad?
— No lo preguntó de malas maneras, aunque tampoco con un tono amable.
Fue más bien profesional. Diplomático. Como un príncipe.
Por todos los infiernos, en teoría algún día Maverine podría ser… rey.
—Os lo diría si pudiera. — Nura se encogió, exhalando lentamente—. Pero no puedo.
—No quieres — murmuró Evie, negando con la cabeza—. No vas a decírnoslo.
—No, hasibsi, eso no es cierto — protestó Nura—. Yo quiero contároslo. Es solo que… no puedo decir más. Lo siento mucho.
—No te preocupes, madre. No hace falta que te disculpes. — La voz de Evie era suave y su rostro impasible. En sus ojos no se percibía ni un ápice de emoción—. De todas formas, ya no me creo tus disculpas.
Nura asintió, mordiéndose el labio.
—Trystan…, ¿podrías ayudarme a salir? — Señaló hacia el bosque de espinas.
Maverine dio un paso al frente y le ofreció el brazo con un gesto galante pero frío.
—Señor del mal — lo llamó Evie, y Maverine se detuvo, como si su voz fuera una orden que debía obedecer—, cuando vuelvas, me gustaría hablar contigo sobre mi magia.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Con qué propósito?
—Creo que es hora de que empiece mi entrenamiento.
—¿Para qué? — preguntó Gideon con recelo.
—Para convertirme en La Villana que siempre he estado destinada a ser. — Evie le dedicó a su madre una última sonrisa de despedida—. No soy capaz de arreglar un mundo roto, mamá. En realidad, ese era tu trabajo.
Y entonces Nura Sage hizo lo que siempre hacía.
Se marchó.