CAPÍTULO 23
tatianna
T atianna no era excesivamente optimista, pero tampoco se consideraba pesimista. Creía en la importancia de sopesar todas las opciones y comprender que, con independencia de cuál escogiera, se produciría un resultado. Y lo mejor era estar preparada para cualquier posible contingencia.
Incluida la de impedir que el mayor de los Maverine matara a su hermano menor.
Después de que Malcolm aterrizara con el dragón en el patio, Blade se apresuró a calmar al animal.
Becky se unió a él y lo ayudó a atar la cesta con la que querían atrapar a los gubres.
Sin embargo, Trystan se había quedado allí plantado, frío como el hielo, con una expresión en el rostro que transmitía ganas de darle un puñetazo a Malcolm para quitarle la sonrisa de la boca.
Por eso Tatianna sabía que tenía que actuar con cautela.
En cuanto las hermanas Sage llegaran para su reunión extraoficial en la cocina, tendría que jugar sus cartas a la perfección.
Alexander Reymundo Kingsley también estaba sentado a la mesa; una imagen extraña según el criterio de cualquiera. Tomó asiento a su lado con vacilación y tamborileó con las uñas sobre la madera mientras miraba de reojo a su amigo rana.
Edwin rompió el hielo con la facilidad habitual, acercándose para revolverle el pelo a Alexander con cariño.
—Me alegro mucho de tenerlo de vuelta, alteza. ¿Verdad que sí, señor Trystan?
El miedo a decepcionar al ogro hizo que todos asintieran con la cabeza.
—¡Tienes buen aspecto, Edwin! — Malcolm sonrió, estrechándole la mano al ogro después de que este le entregara una taza de cerámica con su brebaje—. ¿Has leído algo bueno últimamente?
Edwin le devolvió a Malcolm una afable sonrisa y lo miró con cariño.
—Estoy releyendo uno de mis favoritos de siempre: La sociedad del corsé travieso. Accedí a hacer una lectura conjunta con su hermano.
Trystan se detuvo con la taza a medio camino de la boca, los ojos oscuros fijos en el líquido mientras todos volvían la mirada hacia él.
Evie se había quedado paralizada y boquiabierta en la puerta. Llevaba un vestido que le había regalado Tatianna, de color verde claro y ceñido a la cintura. Se alisó con las manos la falda bordada con motivos florales. Parecía estar a punto de estallar de tanto contener la risa.
Aunque no había necesidad. Las varillas del corsé se encargaban de ello con suficiente eficacia.
Tatianna creía en muchas cosas: en su capacidad para vestir adecuadamente a sus amigas según los colores que les favorecían, en sus habilidades curativas…
; pero, sobre todo, confiaba en sí misma y en sus instintos.
Y había que aceptar el desenlace, fuera cual fuera.
No había forma de saber si sería tan maravilloso como este.
—¿Estás leyendo… una novela subida de tono? — quiso saber Tatianna, tan alegre como se puede estar.
Trystan apretó la mandíbula y señaló a Tatianna con un dedo acusador desde el otro lado de la mesa.
—Estoy leyendo un libro sobre sentimientos complejos y emociones confusas. Es apasionante. — Lo dijo con total serenidad y eso lo hizo aún más divertido.
—¿Ya has llegado al capítulo seis? — inquirió Tatianna juntando las manos, como si estuviera rezando.
Trystan frunció el ceño.
—No.
Evie tosió, atrayendo la atención del resto de la sala hacia ella y la llegada de Lyssa.
—¿Qué pasa en el capítulo seis? — preguntó la niña mientras daba vueltas detrás de su hermana mayor.
—¡Nada! — respondieron al unísono Evie, Tatianna y Edwin.
—Es evidente que algo pasa — murmuró Lyssa entre dientes.
—¡Señorita Sage! La veo muy bien. — Malcolm se levantó de un salto de la mesa y se acercó a Evie con una profunda reverencia. Después la miró de arriba abajo—. ¡Y mi querida… pequeña señorita! Hola a usted también.
Tatianna vio venir el peligro y se acomodó en su asiento. Aquello iba a ser entretenido, como mínimo.
—Malcolm — dijo Trystan sin alzar la voz.
—¿Sí, hermano?
—Vuelve a la mesa antes de que te estrelle la cabeza contra el suelo. — Habló con total naturalidad, clavando la mirada en el rostro enrojecido de Evie.
A Lyssa aquella situación no pareció importarle, excepto por cómo la había llamado.
—No soy ninguna señorita; soy una villana.
Malcolm se rio y le dio una palmada en el hombro a Evie.
—Debe de ser cosa de familia. He visto el maravilloso cartel de se busca cuando venía de camino.
Evie palideció.
Y Tatianna suspiró.
Trystan le dio un puñetazo a Malcolm en plena cara y lo tiró al suelo.
—¡Trystan! — protestó Evie, agarrándolo por el brazo y apartándolo de un tirón.
—¿Me podría enseñar a hacer eso? — le susurró Lyssa al oído.
Trystan dejó a un lado su ira para contemplarla con afecto y asentir, antes de volver a fulminar a su hermano con la mirada. Lyssa ignoró al hombre tendido en el suelo y empezó a dar saltitos de alegría.
Al ver la escena, el corazón de Tatianna se llenó de ternura. El parecido entre las hermanas y el lazo que las unía eran evidentes.
Aquella conversación iba a ser horrible.
Gracias a los dioses, Malcolm se lo tomó con buen humor, como siempre que discutía con Trystan. Más le valía, teniendo en cuenta que solía ser él quien provocaba todas las trifulcas.
—Mis disculpas — dijo levantando la mejilla del suelo—. Pensé que su ascenso era algo bueno. Ya te tocaba tener un rival; te estabas volviendo demasiado creído.
Hay que ser tarugo… Tatianna se frotó los ojos. Que Malcolm siguiera con vida en presencia de Trystan después de tanto tiempo era o bien un milagro, o bien un golpe de suerte que estaba llegando a su fin.
—No es mi rival — espetó Trystan—. Sage, no le hagas caso.
—Pero podría serlo — objetó Evie entrecerrando los ojos. Se estaba tomando la respuesta de Trystan como un insulto a sus capacidades.
A Tatianna le encantaba que esta mujer fuera así.
Trystan miró a Evie con mala cara y entonces se oyó un gruñido ronco proveniente de Alexander.
Había estado presenciando la interacción con una sonrisa bastante amplia.
Seguro que aquella escena le resultaba familiar, pese a haber transcurrido tantos años.
Lo cierto era que él también parecía más mayor que la última vez que lo había visto.
Para él han pasado diez años de tiempo humano. Diez años que no ha podido disfrutar, pensó con una punzada de pena.
—Cómo he echado de menos tus cálidos saludos, hermano — dijo Malcolm mientras Edwin lo ayudaba a ponerse en pie—. ¡Y Alexander! Creía que venía para llorar la muerte de mi padre, pero veo que también hay cosas maravillosas que celebrar.
Alexander respondió a aquellas sinceras palabras… ignorándolas. Se había distraído con un mechón de pelo que le caía sobre la frente. La sensación le resultaba tan desconcertante que agitó los brazos, dispuesto a luchar contra su atacante invisible.
Cuando se dio cuenta de que nadie lo estaba atacando, sonrió tímidamente de cara al resto.
—Ah.
Esa única palabra provocó una oleada de risas, incluso los labios de Trystan se curvaron hacia arriba. Lyssa ladeó la cabeza y dio un paso adelante.
—¿Cómo es que hasta ahora era verde, señor?
—Porque un hechizo le salió rana — añadió Evie con un destello pícaro en los ojos.
Tatianna se dobló de la risa, ocultándose el rostro con las manos.
—Que alguien se lo explique a la niña, por favor. — De lo contrario, nunca iba a dejar de reírse.
Cuando Trystan se agachó a la altura de Lyssa, le comunicó la noticia de la transformación de Reymundo con una dulzura que solo mostraba al hablar con las Sage.
Esa misma dulzura le oprimió el corazón cuando la mano de Clare encontró la suya bajo la mesa. El corazón le dio un vuelco. No existía nadie más capaz de emocionarla tanto ni de robarle el corazón. Solo Clare Maverine y su aversión a la purpurina.
Evie aprovechó ese momento para dar inicio a la reunión.
—Tatianna, ¿has solicitado mi presencia?
El corazón de Tatianna comenzó a latir con fuerza y Clare le apretó la mano.
Tras respirar hondo, se apoyó en la mesa para levantarse, se giró para tomar las manos de Evie y la atrajo hacia el interior de la habitación.
—Mi querida amiga… — Tatianna tragó saliva.
No estaba segura de cuándo los nervios se habían convertido en parte de su umbral emocional—.
Esperaba que consideraras… Bueno… Blade cree que si conseguimos que los huevos del nido de los gubres vuelvan a ser viables, aunque solo sea por unos segundos, quizá podamos atraer a los adultos y recapturarlos.
Evie parpadeó con cara de perplejidad.
—Pero… ¿qué tiene que ver eso conmigo?
—La magia de luz estelar es la más curativa — explicó Clare, y Tatianna le lanzó una mirada que era una mezcla entre un «gracias» y un «por favor, sálvame de esta tortura».
—Pero mi madre ya no tiene magia y… — Evie abrió la boca con la vista clavada en su hermana, que en ese momento estaba sacando terrones de azúcar a escondidas—. Espera, ¿Lyssa? ¿Queréis usar a Lyssa? — La traición en su voz era evidente.
Trystan parecía estupefacto.
—¿Os habéis vuelto locos?
—¿Ahora vas a fingir que no lo sabías? — Evie se volvió hacia él con los ojos vidriosos—. ¿Qué? ¿Os habéis reunido todos sin mí para pensar cuál era la mejor forma de tenderme una emboscada?
Trystan cerró los ojos por un momento antes de recomponerse.
—No, Sage. Yo… Yo nunca te haría eso. — Parecía dolido, y entonces fue Evie quien tuvo que cerrar un instante los ojos.
—Yo quiero hacerlo — murmuró Lyssa, atrayendo la atención de todos hacia ella. Había abandonado la búsqueda de azúcar y ahora, con las manitas cruzadas bajo la barbilla, parecía calmada y seria—. De hecho, ya le he dicho que sí a Blade.
—¡¿Blade te lo ha pedido a ti directamente?! — exclamó Evie. Se notaba que estaba tan herida que a Tatianna se le partió el corazón como si fuera una ramita.
—Me ha dicho que necesito tu permiso. — Lyssa tomó la mano de Evie, tratando de hacerle entender lo que el resto sabía—. Pero me lo ha pedido primero a mí porque es mi magia y yo debería tener voz y voto sobre cómo la uso. Iré con ellos, Evie. Todo va a salir bien, te lo prometo.
Las lágrimas ya no se acumulaban en los ojos de Evie; le resbalaban por la cara.
—Mi misión es velar por tu seguridad. No es mi intención coartarte, pero, por favor, déjame protegerte.
Lyssa parecía tener mucho más de diez años cuando respondió con un aire sabio:
—No puedes protegerme para siempre, Evie.
Aquello era lo más desgarrador de criar a un niño.
Edwin posó una mano suave sobre el brazo de Evie, y a ella le tembló el labio.
—Ya lo sé. Lo sé y… Está bien. Si insistes, iré contigo para…
—No puedes. — Clare se puso de pie, pronunciando las palabras que Tatianna no se atrevía a decir—. No pretendo ser cruel, Evie, pero los carteles de se busca están por todas partes. El reino entero conoce tu rostro. Atraerás demasiada atención.
—No pasa nada. No necesito que vengas conmigo — le aseguró Lyssa, y Tatianna pensó que eso quizá fuera lo más doloroso que Evie había escuchado en su vida.
No obstante, se limitó a dedicarle una sonrisa llorosa a su hermana.
—Por supuesto que no, cariño. — Su voz se quebró al pronunciar la última palabra, aunque su sonrisa se mantuvo firme.
Lyssa frunció el ceño.
—¿Por qué tienes cara de tristeza?
Evie adoptó una actitud más alegre para no preocuparla.
—Lo vas a hacer de maravilla. Lo que pasa es que estoy cansada. Blade te mantendrá a salvo.
—Yo también iré — se ofreció Tatianna, esperando que Evie le lanzara una mirada asesina. Sin embargo, lo único que veía en los ojos de Evie era dolor. Aun así, respondió con un asentimiento triste pero decidido.
—Muy amable de tu parte, Tatianna. Por favor, ven a avisarme en cuanto regreséis, ¿vale? — Evie se inclinó para darle un beso en la mejilla a Lyssa—. Buena suerte — susurró, y se le escapó un sollozo. Un segundo después, Evie ya no estaba.
La reunión en la cocina había sido un éxito rotundo.
Y, aun así, Tatianna se sentía fatal.