Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 22
31%

CAPÍTULO 22

reymundo

C omo humano, sentía el sol diferente.

Los rayos le rozaban la piel desnuda y su cuerpo transformado cobró vida; de repente, era mucho más grande que segundos atrás.

Más grande y más fuerte. Miró a la mujer asustada que tenía delante y esta le devolvió la mirada, pero después bajó la vista y la volvió a subir entreabriendo los labios y poniendo cara de espanto.

Notó que sus mejillas también adquirían el color de las amapolas… o de la sangre.

Alexander se dio cuenta de que muchas cosas habían cambiado en él desde la última vez que había sido completamente humano.

La caballerosidad y el orgullo de haber salvado a una muchacha guapa ya no estaban presentes.

En su lugar, había un sentimiento de vacío y tal vez un poco de alivio de que la joven hechicera no hubiera acabado aplastada.

Aunque la encontraba bastante grosera. E insufriblemente observadora.

Nota mental: no salvar a damiselas que hayan intentado eliminarte con una escoba.

Con un quejido que pretendía ser un grito, llevó al límite todos los músculos que había olvidado que poseía y empujó el trozo de lo que supuso que era una sección podrida del techo hasta que se estrelló contra el suelo y se deshizo en mil pedazos.

Muy apropiado, ya que el mundo tal y como lo conocían parecía estar haciendo lo mismo.

—¿Alexander? — dijo Trystan Maverine, su mejor amigo, su compañero de fechorías, el que lo había mantenido a salvo y cuerdo a lo largo de los años, un príncipe por derecho propio.

Había pronunciado su nombre como quien llama a un espíritu que vaga por el mundo porque le quedaron asuntos pendientes, como quien habla ante una tumba.

Alexander Reymundo Kingsley aún no estaba muerto, aunque, sin duda, sí tenía asuntos pendientes.

—Que me lleven los infiernos… — se lamentó Clare con desesperación, tapándose la cara con las manos, tal y como solía hacer de niña cuando alguna tarea le resultaba demasiado complicada.

Alexander quería responder. Se moría de ganas.

Quería decir todas esas frases largas que no había podido pronunciar en los últimos años, todas esas ocurrencias que no había podido transmitir, todas esas réplicas ingeniosas que rayaban lo criminal y que no había podido expresar.

Sin embargo, sus cuerdas vocales estaban tan atrofiadas como los músculos de sus brazos y, dado que la adrenalina ya se había desvanecido, no podía hablar… ni mantenerse en pie.

Winnifred, por otro lado, sí podía hablar. Y, a juzgar por los improperios y los gestos que hacía con las manos, era evidente que no estaba muy contenta con la situación.

Quizá fuera porque había estado a punto de morir aplastada por el techo.

O porque Alexander estaba de pie sobre ella… desnudo.

Fuera como fuese, a él no le gustaba la idea de estar en cueros encima de una mujer que no se lo hubiera pedido con entusiasmo, así que se dejó caer de costado, extendido como una estrella de mar magullada.

Porque eso era lo que debía hacer un dichoso caballero.

—¡Por todos los dioses! — La melodiosa voz de Tatianna resonó como un himno mientras una mancha rosa se abalanzaba sobre él—. Mírame. — Le puso las manos en las mejillas y empezaron a resplandecer en busca de algo que indicara que su cuerpo humano había sufrido algún daño.

¿Acaso no la estaba mirando ya?

No, principito de pacotilla, sigues mirando a la hechicera que odia a las ranas.

Ups. ¿Se había quedado mirándola embobado?

Ahora tienes cejas. Úsalas, zoquete.

La intensidad de las emociones que sentía parecía haber alcanzado unas proporciones inconmensurables.

Todo era demasiado grande, demasiado brillante, demasiado ruidoso.

Se tapó los oídos con las manos y el sol le obligó a cerrar los ojos.

Entonces sintió algo suave cubriéndolo y murmullos de voces que reconocía.

Evie Sage susurró:

—¿Se ha desmayado?

Clare tosió y preguntó con cautela:

—¿Está muerto?

—¡Por los dioses, Clare! ¿Cómo que si está muerto? — espetó Trystan.

—¡Es una pregunta lógica! ¡Se ha quedado inmóvil!

La respuesta desafiante de Clare le dio a Alexander el impulso que necesitaba para hacer un esfuerzo considerable y abrir los ojos.

Para su sorpresa, ya no estaba tumbado en el suelo del patio de la Mansión Masacre, sino que tenía la cabeza apoyada en un cojín.

Tanta comodidad no le resultaba familiar, pero el rostro que se cernía sobre él era lo bastante reconocible como para devolverle el ceño fruncido.

Winnifred dio un respingo cuando sus miradas se cruzaron, como si quisiera salir corriendo.

Alexander se incorporó agarrándose las costillas y vio a Trystan de pie en la esquina, observándolo con atención. También estaba Evie con una expresión que reflejaba una batalla interior, alternando la mirada entre Trystan y él mismo con la expectación propia de una niña en el circo.

De repente, Trystan empezó a andar hacia él y a Alexander le pareció mal no estar de pie.

Para una vez que podía encontrarse con su mejor amigo a la misma altura y en igualdad de condiciones…

Al levantarse, notó las piernas más firmes.

Mientras estaba inconsciente, alguien le había enfundado unos pantalones y una camisa blanca holgada que le cubrían su alta figura.

Alta.

Tenía una figura alta.

Quién lo iba a decir.

Cuando se encontraron cara a cara, Trystan sacudió la cabeza con asombro.

—¿Cómo?

No estaba claro qué era lo que había pasado, qué había cambiado dentro de Alexander para ser capaz de apuntar a Winnifred Erodina y pronunciar su primera palabra en una década.

Le salió ronca y áspera, con tanta dificultad que casi no logró pronunciarla. Pero sí.

—Ella.

Winnifred parpadeó y lo miró como si la hubiera acusado de robar comida a los huérfanos.

—¿Yo? — Se señaló a sí misma, sorprendida. Desgraciadamente, su confusión resultaba entrañable. Luego agitó las manos como si eso fuera a cambiar aquella revelación—. No es verdad, lo que hice no funcionó.

—Lo encontré así hace dos días — soltó Clare en una confesión apresurada.

—¿Disculpa? — contestó Trystan, con un tono sereno pero amenazante.

—¡Seguro que todo tiene una explicación razonable! — intervino Evie para calmarlo.

Clare esbozó una mueca.

—No creí que fueras a soportar la noticia.

Evie suspiró e hizo un saludo militar.

—Estás sola en esto, soldado.

Alexander negó con la cabeza, agarrando a Trystan por el hombro y mirándolo con pesar. No obstante, su amigo nunca había sido especialmente hábil con las emociones.

Por eso le sorprendió tanto que fuese Trystan quien lo abrazara primero.

Alexander se quedó paralizado. La sensación de que lo abrazaran le resultaba tan desconocida que casi se le había olvidado qué hacer con los brazos. Aun así, fue capaz de devolverle el gesto.

—¡Ay! — Evie dio unos saltitos—. Qué momento más tierno… Creo que voy a llorar.

—No — repuso Trystan con tono seco, separándose de Alexander y señalándola con expresión conminatoria—. No quiero lidiar con más angustia emocional hoy.

—¿Así es como me llamas ahora? — preguntó Evie con cara neutra—. Podría considerarse mi mayor logro. Que alguien de la realeza me haya nombrado… — Se detuvo y se volvió hacia él arqueando una ceja—. Perdón. ¿La palabra «realeza» te molesta?

—Pues sí, me molesta — respondió Trystan con tono seco, y luego se dirigió a Clare—. No me puedo creer que me lo ocultaras.

Esta dio un paso adelante con la cabeza gacha por la vergüenza.

—Puedo explicarlo.

Y entonces relató que Alexander se le había acercado, que se había pasado el día deambulando por la mansión, desapareciendo y reapareciendo, a menudo sin pantalones, y que a ratos se transformaba de nuevo en rana sin previo aviso.

—¿Cuál es el denominador común? ¿Qué es lo que hace que se vuelva a transformar? — preguntó Tatianna.

—Es él mismo. Es culpa suya — susurró Winnifred, y Alexander se giró tan rápido para mirarla que ella se tambaleó hacia atrás. Pensó que debía dejar de darle esos sustos a la pobre chica, pero algo le decía que en realidad no se sentía intimidada por él en absoluto.

—Qué bien — dijo Alexander con voz ronca. Sentía como si se le clavaran una docena de cuchillos en la garganta con cada sílaba—. ¿Por qué?

Winnifred se retorció las manos.

—No lo sé, solo sé que es así. Es como si alguien me susurrara respuestas al oído, pero suelen ser vagas y un poco…

— Se calló al darse cuenta de que todos la miraban y se encogió como una flor marchita—.

Simplemente tengo la sensación de que el motivo por el cual te transformas yace en ti — murmuró.

Alexander también tenía una sensación. Era una mezcla entre perplejidad y aprecio.

—No le diremos a nadie que se ha transformado — ordenó Trystan con una autoridad bien merecida, y aquellas palabras enderezaron a casi todos los presentes. Todos menos Evie, que actuaba como si la orden la hubiera dado una mosca zumbando por la sala—. ¿Algo que añadir?

—Razón de más para traer a Lionel lo antes posible — dijo Evie.

—¿Y después qué? ¿Pedimos también que nos envíen una plaga a la mansión? — refunfuñó Trystan.

—Lionel es el Maestro de las Maldiciones con mayor renombre de Rennedawn — señaló Evie—. Sus respuestas serán más concluyentes que nuestras conjeturas lanzadas al aire.

—Me temo que, si Lionel se acerca a menos de tres metros de este sitio, será a él a quien lanzaré por los aires — repuso Trystan.

Evie se encogió de hombros.

—Hazlo si quieres, pero espera a que hayamos acabado de hablar con él.

Trystan abrió la boca con asombro.

—Eso es un poco despiadado.

Evie hizo un mohín.

—¿Solo un poco?

Para Reymundo resultaba surrealista ver a esos dos enfrentarse desde su misma altura, después de haber pasado lo que parecía una eternidad observándolos a ras del suelo. Tatianna finalmente intervino:

—Mantendremos lo de Alexander en secreto hasta que hayamos desentrañado el resto de la profecía. — Le entregó una pócima—. Para el dolor muscular.

Alexander la aceptó de buen grado y se la bebió de un trago con una mueca de asco. Mejor que las moscas, pero por poco.

En ese momento, Blade irrumpió en la escena tan bruscamente que todos dieron un respingo, incluido Alexander, que no había dado uno — sin contar los saltos con los que se movía siendo una rana— en mucho tiempo.

El domador de dragones jadeaba, doblado y con las manos en las rodillas, mientras lanzaba una súplica alarmada.

—Estaba colocándole la silla de montar a Fluffy fuera del bosque de espinas y un hombre… se ha subido al lomo y… — Blade se agarró el corazón como si alguien se lo hubiera arrancado—. Ese malnacido se ha llevado al pobre animal. ¡Ayudadme!

—¿Quién haría algo así? — preguntó Winnifred en voz baja, frunciendo los labios. Alexander se fijó en eso último, aunque no entendía por qué era digno de mención.

Clare esbozó una amplia sonrisa cuando dicho hombre pasó volando junto al mantel de pícnic.

—No es otro que el mejor de los hermanos Maverine.

Trystan exhaló antes de lanzarse en dirección al dragón, gritando a pleno pulmón:

—¡Malcolm! ¡Bájate ahora mismo de ese dragón!