CAPÍTULO 21
trystan
L a noche transcurrió sin que corriera más sangre.
Para disgusto de Trystan.
—Por fin se ha quedado dormida — dijo Sage al salir de la habitación donde se encontraba Lyssa, frotándose los ojos. Trystan notó que tenía las ojeras marcadas—. Aunque para conseguirlo he tenido que pedirle a Blade que me cediera su nueva mascota.
—¿Te refieres al lord que Winnifred ha transformado en caracol por accidente?
—Ahora se llama Florencio y es el nuevo mejor amigo de Lyssa — explicó Evie con una sonrisita—. Lo ha arropado con el pétalo de una flor.
Él soltó una mezcla entre risa y suspiro.
—Me parece totalmente razonable. Al igual que la idea de que tú también duermas un poco. Empezando ahora — ordenó, sonando mucho más enfadado de lo que pretendía.
—¿Y qué hay de ti? — repuso ella entrecerrando los ojos. La niebla gris se cernió sobre sus hombros, lista para abalanzarse sobre él. Era extraño contemplar esa magia desde fuera, aunque no desagradable. Estaba donde debía estar.
El amanecer se alzaba sobre el horizonte y la lluvia seguía cayendo sin cesar, si bien los truenos habían amainado.
Trystan había escoltado a un Roland agradecido y a un Marvin aún enfermo a través del bosque de espinas para que abandonaran la finca flanqueados por varios miembros de la Guardia Malévola.
Se habían marchado con la promesa de regresar en cuanto Roland encontrara una cura con las plantas mágicas de la propiedad de la familia Fortis.
Aquello podía acabar o muy bien o muy mal.
Estaba ansioso por averiguarlo. Igual que estaba ansioso por ver si la aprendiz de hechicera que en ese momento se hallaba sentada con las piernas cruzadas en el caminito del patio tenía éxito en su labor de reparar las cerraduras mágicas de las mazmorras.
Si bien es verdad que iba más lenta que el lord recién convertido en caracol. Que Florencio, vaya.
Winnifred llevaba casi toda la noche trabajando en ello, tras haberse ausentado unas horas para esconderse del ruido y el caos.
Los demás habían logrado atrapar a los prisioneros más peligrosos.
Bueno, a aquellos que habían sobrevivido a la Guardia Malévola.
El número era reducido, y Trystan estaba agradecido de que así fuera.
No podía permitirse perder a más trabajadores.
Ni podía ni quería.
La balanza ya se había inclinado demasiado a favor de Benedict, y con los nuevos carteles de se busca de Sage, era probable que el resto del reino se pusiera aún más en su contra.
Sus únicos aliados — aparte de aquellos a los que había contratado o coaccionado— eran unos réprobos en toda regla, y la idea de que uno de ellos se acercara a menos de metro y medio de Evangelina o Lyssa, o de cualquiera de las personas que le importaban…
—No estamos hablando de mis hábitos de sueño — replicó él con brusquedad—. Hablamos de los tuyos, y, según mis cálculos, no has dormido una noche entera desde hace al menos una semana, si no un mes. Vete a la cama.
Sabía que estaba demasiado alterado para mantener aquella conversación, pero era incapaz de callarse.
Ella le presionó un dedo contra el pecho, provocándole un pinchazo, y le dedicó una mirada desafiante.
Vio que tenía la respiración agitada por la ira y la parte superior de los pechos le subía y bajaba.
Fijarse en eso lo dejó sin aliento e incapaz de formular un pensamiento racional.
Si no fuera porque acababa de recuperar la pizca de humanidad que le quedaba, la habría inmovilizado contra el pilar que tenían al lado, le habría rasgado el vestido hasta exponer sus pechos al aire nocturno y habría procedido a calentárselos pasándole la…
—Disculpa, ¿acaso nuestra conversación te está impidiendo devorarme los pechos con los ojos?
—Un poco — admitió él, y emitió un gruñido al notar una patada en la espinilla—. ¿Por qué me haces preguntas si no quieres saber la respuesta? Te das cuenta de que no tiene sentido, ¿no?
—No le diga eso — soltó Winnifred, y Trystan dio un respingo. Se había olvidado de que la chica estaba allí, aún concentrada en los cerrojos—. Ahora mismo está pensando en cuál sería la forma más fácil de matarlo.
Se puso rojo al ver que Sage lo contemplaba con los ojos entrecerrados. Al cruzar las miradas, ella se encogió de hombros sin remordimiento alguno.
—Creo que optaría por el veneno — dijo al fin—, pero aquí el experto eres tú. ¿Cortándote una arteria? ¿Quizá asfixiándote?
—La asfixia y el veneno son más limpios si temes ensuciarte las manos. — Enfatizó la palabra para provocarla, y ella mordió el anzuelo.
—Es mucho decir viniendo de un hombre que hasta hace dos segundos no era capaz de admitir que tenía sentimientos; mucho menos románticos. — Esa exageración solo sirvió para acabar de sacarlo de sus casillas, pero su capacidad de autocontrol era mejor que la de ella.
—Pues sí, tienes razón. Reprimí mis emociones cuando no me convenían. — Aguardó a que ella bajara la guardia y su mirada se suavizara para atacar—: Aunque al menos yo nunca he fingido ser feliz cuando no lo era; creo que eso es peor.
A Evie se le dilataron las fosas nasales y se le oscurecieron los ojos por la ira que se manifestaba también en la niebla que se cernía a su alrededor, a la espera de recibir órdenes.
Él estaba dispuesto a enfrentarse a esa magia con tal de llegar a ella, pero entonces dio un paso al frente para acercarse más y el enfado de Evie se transformó, pasando de una mirada cautelosa a una más confiada.
Esa mujer nunca dejaba de intentarlo. Incluso cuando afirmaba rendirse, su fuerza vital iba por libre, y la niebla oscura que le envolvía las muñecas potenciaba aún más esa cualidad.
Cuando Trystan poseía la magia, había aprendido a vivir con el miedo y la incertidumbre de no saber si se enfrentaría a una situación que escapara a su control.
Era algo intrínseco en él, igual que la oscuridad de su melena o la rectitud de su nariz.
Algo que para él era natural resultaba desagradable para el mundo y, por tanto, lo rechazaban y lo condenaban al ostracismo.
Aquello le había dolido más de lo que era capaz de admitir.
Por eso ahora prefería que esa misma magia lo arrollara antes que dejar que ella percibiera un mínimo atisbo de vacilación.
No le daba ningún miedo.
Se había consumido.
Estaba dispuesto a permitir que esa magia le robara y magullara el alma antes que darle la espalda a la mujer que amaba. Se postraría de rodillas o escalaría las torres más altas de una fortaleza encantada, si era necesario.
—No te tengo miedo, Sage.
—¡Yo sí! — exclamó Winnifred, pasando al siguiente grupo de candados.
—¡Gracias, Winnifred! — respondió Trystan con una sonrisa que sabía que era más de depredador que de otra cosa.
—Qué poco ha durado lo de no fingir que eres feliz — dijo Sage con una sonrisita y dándole un empujón, pero entonces él le agarró las manos y se las llevó al pecho.
Sintió un tierno cosquilleo en el punto donde se rozaban.
Resultaba tan abrumador que exhaló un suspiro.
Aun así, al tocarla se imaginó cómo sería que en ese momento ella le desabrochara el cinturón y se arrodillara para…
—Trystan Maverine está excitado — afirmó Winnifred desde detrás de Evie.
Después cerró los labios al darse cuenta de lo que había dicho y añadió con los ojos muy abiertos—: Lo siento.
— Aunque la disculpa vino seguida de una corrección que no mostraba el más mínimo arrepentimiento—: De hecho, los dos lo estáis.
¿Puedo irme? — Su tono sugería que sus observaciones eran genuinamente inocentes.
Además de bochornosas.
Las mejillas de Sage se tiñeron de un rojo escarlata. De pronto, el sonido de una conversación que se acercaba indicó la presencia de más público indeseado.
—Señorita Erring, ¿usted no debería estar en la cama? — preguntó Trystan—. ¿Qué es esto?
Becky había salido de detrás de una columna, junto con Tatianna y Clare. Era evidente que habían vivido días mejores. Se las veía cansadas, hastiadas del mundo y con una necesidad imperiosa de dormir ocho horas seguidas. Cosa que probablemente no pasaría.
—Hemos pensado en organizar un desayuno en el exterior — explicó ella, balanceando una cesta entre los dedos.
—En el exterior… — Trystan dejó la frase en el aire, frunciendo el ceño en dirección a Sage, que sonreía avergonzada mientras retrocedía con cuidado—. ¡Se lo has contado! Será posible…
Sage levantó las manos.
—Tu aversión hacia la palabra «pícnic» no es ninguna novedad.
—No es aversión — refunfuñó él—, es una cuestión de mera preferencia por…
No, guarda el mantel. En cuanto Winnifred termine con los cerrojos, nos iremos todos a dormir y descansar.
Hoy tenemos que atrapar a los gubres y empezar a planear cómo vamos a robar el libro de…
— Los dedos de Sage le rozaron los labios al meterle una galleta en la boca.
Él la miró fijamente a los ojos hasta sonrojarla y obligarla a bajar la mano.
Estaba decidido a no agarrársela.
Observarla con nostalgia desde luego era una opción menos patética.
—Cállate y cómete la galleta, señor del mal — dijo entonces. A continuación, le dio un mordisco a una fresa y se relamió los labios. Él apretó los puños y respiró hondo, no fuera a ser que Winnifred adivinara adónde se habían ido sus pensamientos otra vez—. El desayuno en el exterior ha comenzado.
—¿Dónde está la rana? — murmuró Winnifred. La curiosidad parecía ser lo único que contrastaba con su comportamiento tímido y apocado. Se preguntó si su cautela era innata o si se la habían inculcado, como a Trystan.
Aquella había sido una labor de su despreciable madre.
Tatianna se rio tapándose la boca con la mano y con una mirada tensa.
—Ya que ha salido el tema…, tenemos algunas… novedades, Trystan.
—Pero pueden esperar hasta que hayamos comido — se apresuró a añadir Clare.
—Este cerrojo era el último — dijo Winnifred, levantándose para sacudirse el polvo de la falda.
Las sombras moradas bajo los ojos le contrastaban con la piel—.
No estoy segura de si va a funcionar lo que he hecho, tendremos que probarlos.
Y no hay garantía de que aguanten si otra ola de decadencia afecta a la mansión.
Trystan se puso de pie y le tendió la mano para estrechársela.
—Gracias.
Winnifred se quedó desconcertada por el gesto — se notaba por cómo había abierto los ojos—, pero se la estrechó de todos modos y preguntó en voz baja:
—Señor, ¿va a considerar el favor que le pedí?
—Me encargaré de poner en marcha los preparativos. — Trystan trató de mostrarse amable mientras le ofrecía una galleta—. Le recomiendo que primero descanse unas horas y luego veremos si sigue queriendo regresar a casa de mi madre.
Aquello sacó a Clare de su aturdimiento.
—Espera, ¿qué? ¿Por qué demonios querrías volver a ese sitio?
—Porque es mi lugar de trabajo — respondió Winnifred avergonzada, mirando de un lado a otro.
A esa mujer le habían enseñado a sentirse cómoda en situaciones que no lo eran, y estaba claro que el mejor lugar para experimentar la incomodidad era allá donde viviera su madre—.
La señora Maverine acaba de perder a su marido, con quien llevaba treinta años casada.
Le debo mucho, se ha hecho cargo de mí durante todo este tiempo y necesitará ayuda con el funeral.
—Esa mujer hizo que encarcelaran a tu madre por un delito que no cometió. Un amor de persona, desde luego — rezongó Tatianna con sarcasmo, apartándose la espesa melena de la cara atándola con su lazo rosita favorito.
Winnifred se puso tensa, apretó los labios y frunció el ceño, con una mezcla de frustración y confusión.
—Arthur Maverine fue la única persona que me trató con amabilidad desde que empecé a trabajar para ellos. Me gustaría presentarle mis respetos y ayudar con el funeral. Amara solo me lo permitirá si sigo trabajando para ella, de eso estoy segura.
Tatianna se calmó, dado que era experta en saber cuándo parar.
—Lo siento. Está claro que tu experiencia con ella va más allá de mi entendimiento. Mi intención no era juzgarte a ti, sino a ella. Te pido perdón.
Al parecer, Winnifred respondía a las disculpas igual que Trystan: con incomodidad. Asintió, se giró para recoger su reluciente varita y se la guardó en el costado.
—Probad la primera cerradura que he hecho. Es la que lleva más tiempo con el encantamiento. — Luego se dio la vuelta para marcharse.
Trystan vio un movimiento por el rabillo del ojo, cerca de por donde Winnifred acababa de pasar para meterse bajo la sombra del voladizo. La muchacha se asustó y soltó un grito. Al sobresaltarse, un rayo de magia salió disparado de la varita e impactó contra el tejado.
Este empezó a desmoronarse.
Justo encima de Winnifred.
Un chillido rompió el amanecer y todos corrieron hacia ella para salvarla, pero lo que había sido la causa de ese movimiento difuso se les adelantó: una criatura verde se lanzó en picado hacia Winnifred, esquivando las piedras que caían.
Lo que vino después fue una ilusión óptica. Tenía que serlo. Porque, cuando la losa de piedra estaba a punto de alcanzarla, apareció una luz intensa y el techo se detuvo antes de impactar. No había sido cosa de la hechicera.
Tampoco de Reymundo la rana.
Sino de un humano que estaba allí, sosteniendo la losa con ambas manos mientras la luz verde centelleante se desvanecía, revelando quién la había detenido.
No. No era Reymundo la rana.
Era Alexander Reymundo Kingsley.
El humano.