Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

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–¡ N o sé en qué estaba pensando Lyssa! — espetó Evie mientras le clavaba la daga a otro Guardia Valeroso que había doblado la esquina del pasillo emitiendo un grito de guerra.

Intentaba ignorar el sonido de la carne húmeda al ser cortada. Ya sabía que la muerte no era algo glamuroso, pero deseaba que fuera también un poco menos asquerosa. De ser así, quizá no le habría importado tanto matar.

—¿Te refieres al lanzarse a una situación peligrosa sin pensar antes en su bienestar? — Trystan agarró al hombre que trataba de alcanzarla y le rompió el cuello—. Vaya, debe de ser frustrante, ¿verdad? — El sarcasmo era evidente en su tono y en su expresión.

—Yo sí que pienso en mi bienestar — objetó ella.

Trystan la fulminó con la mirada y después le rompió el cuello a otro guardia.

—¿Cuándo?

Ella reflexionó, ladeando la cabeza.

—Cuando consumo lácteos.

—¡Sage!

—¡Vale! Soy irresponsable con mi bienestar y es algo que viene de familia. ¿Qué quieres, una medalla? — Puso los ojos en blanco mientras clavaba la daga en el hombro de un caballero.

—Quiero que… — Trystan agarró a otro por el gaznate, dejándolo inconsciente de un golpe con el codo. Luego alzó la mirada y exclamó—: ¡A tus espaldas!

Ella jadeó al sentir que la levantaban por detrás y la lanzaban contra la pared con brusquedad.

Un dolor le recorrió el hombro sobre el que había caído y, por un instante, perdió la visión.

Lo único que oyó en ese momento fue un grito de rabia inhumano.

Cuando abrió los ojos, solo veía unos puños golpeando un cuerpo con ensañamiento, y luego quietud.

—Evangelina — murmuró la voz de Trystan. Aproximó los labios a su cabello mientras ella respiraba con dificultad—. ¿Te has dado en la cabeza?

—En el hombro, pero estoy bien, solo un poco magullada. ¿Crees que falta mucho para que acabemos con esta gente? — Hizo una pausa al ver lo que él tenía en la mano—. ¿Lo que llevas ahí es un globo ocular?

—No quería que lo pisaras — respondió con voz ronca.

Gideon dobló la esquina en ese momento, aparentemente ileso. Los miró con el ceño fruncido y luego se fijó en el globo ocular.

—Maverine, en general, las mujeres prefieren flores.

—Yo no. — Keeley le dedicó una media sonrisa al aparecer a su lado.

—Dame ese globo ocular — exigió Gideon, y acabó apartándose de un salto cuando Trystan se lo lanzó.

—Informa, Keeley — dijo Trystan mientras agarraba a Evie por la cintura para ayudarla a ponerse de pie.

—El perímetro este se encuentra despejado. Hay varios guardias apostados en la entrada de las mazmorras y por todo el edificio. La oficina ha sido evacuada sin heridos graves. Sin embargo, la seda ha escapado volando tras convertirse en un cuervo.

Gideon tocó el brazo de Evie.

—¿Y Lyssa?

—A salvo en nuestros aposentos. Y castigada sin salir durante los próximos veinte años — refunfuñó Evie.

—Iré a ver cómo está — se ofreció Gideon—. Capitana, ¿te importaría acompañarme?

Keeley puso los ojos en blanco, pero Evie notó una leve sonrisa en su boca mientras los dos se dirigían a ver a Lyssa. De repente, otro cuerpo se estrelló contra Evie.

—¡Tatianna! — Su amiga parecía un poco aturdida y confundida—. ¿Estás bien?

—Está bien — respondió Clare—. Solo un poco conmocionada. Nos hemos topado con unos cuantos prisioneros fugados de camino hacia aquí.

Tatianna asintió, pero sin mirarla a los ojos.

—Ha sido un día horrible. Debería ir a ver cómo está Marv y cómo le va a Roland. Así que… — Miró a Trystan como si quisiera decir algo y luego le dirigió la misma mirada a Evie—. Creo que es hora de irme a la cama. ¿Clare?

Clare apartó la vista del suelo.

—¿Sí?

—¿Vienes conmigo? — preguntó Tatianna tendiéndole la mano. Era evidente que ahí se estaba produciendo una conversación silenciosa—. La Guardia Malévola tiene la situación bajo control. Continuaremos con nuestra labor mañana.

Clare tragó saliva con los ojos vidriosos, pero tomó la mano de Tatianna y las dos emprendieron el camino juntas hacia los aposentos de la curandera.

—¿Has visto eso? — susurró Evie juntando las manos y cruzándolas bajo la barbilla—. Diría que la relación entre ellas por fin está avanzando.

—Eso parece… — murmuró Trystan, acercándose con naturalidad para limpiarle un poco de sangre de la mejilla con el pulgar—. Aunque ocultan algo.

—Ay, tú siempre tan pesimista. ¿Y si solo quieren un poco de paz y tranquilidad?

Trystan miró a su alrededor arqueando una ceja.

—Entonces han elegido el lugar incorrecto para vivir.

—¡Pero si la mansión es de lo más apacible! — exclamó Evie con fingida inocencia.

—Lo fue en su día — reflexionó Trystan, con la mirada perdida en un recuerdo—. Antes de que llegaras tú. Antes de que llegara el resto de la gente. Detestaba tanta tranquilidad.

Esas palabras reconfortaron tanto a Evie que temió que su corazón no pudiera soportarlo y se dio la vuelta para que su rostro no delatara lo que sentía. Fue entonces cuando se percató de lo que había en el suelo, entre los prisioneros inconscientes.

—¿Alguien… se ha quitado los pantalones en medio del pasillo? — preguntó recogiendo la prenda e inclinando la cabeza—. ¿Hay algún hombre corriendo desnudo por ahí?

Una duendecilla que pasaba volando por allí se detuvo.

—Lleva sucediendo todo el día, señorita Sage. — Y luego se alejó de la misma forma antes de que pudiera preguntarle nada.

Trystan se recolocó unos mechones de pelo.

—¿Ves? Tranquilísima. — Frunció el ceño cuando ella le entregó los pantalones—. Hay algo duro en el bolsillo.

—Yo también me alarmé la primera vez que me pasó, pero te prometo que es normal — bromeó Evie con una sonrisa. Dio un paso atrás cuando él se volvió para mirarla con el rostro tenso mientras sacaba el objeto del bolsillo—. ¿Qué es?

Trystan se lo mostró con aire preocupado y a ella le dio un vuelco el corazón al descubrir de qué se trataba.

Era la corona de Reymundo.