CAPÍTULO 19
becky
–E ra un hombre y se ha convertido en una rana. — Becky repitió las palabras en voz alta, dado que aún no terminaba de creérselas.
—Lo sé, mi querida Rebecka — respondió Blade pasándole el brazo por los hombros y sujetándola en actitud protectora mientras subían con calma las escaleras hacia la oficina. Aprovechó la oportunidad para acariciarla.
—Estás impaciente, ¿verdad? — observó ella, avergonzada de que su voz sonara entrecortada.
—¿Por tenerte entre mis brazos? Por supuesto. — Él la miró con expresión de desconcierto, como si aquella respuesta fuera igual de obvia que afirmar que el sol calienta.
Se puso roja y reprimió una sonrisa hasta que no pudo más y se le escapó. Blade, por su parte, la contempló como si le hubiera dado un regalo que él no estaba preparado para aceptar.
—Vaya, eso no tiene precio. — Los ojos ámbar del adiestrador de dragones se oscurecieron ligeramente cuando posó la mirada en los labios de Becky. No salió de su ensimismamiento hasta que ella carraspeó, aunque se arrepintió de que el momento terminara.
Pero es que tenía que terminar.
—¿Crees que Tatianna y Clare ya lo habrán encontrado?
—Ha adoptado forma de rana — respondió Blade, cogiendo un candelabro para iluminar el espacio inquietantemente vacío—.
Puede que nos lleve toda la noche localizarlo.
Quizá deberíamos esperar antes de decírselo al jefe.
Al parecer, Clare opina que es lo mejor.
Además, ¿qué vamos a decir? «Adivine qué, señor.
¡Hemos encontrado a Reymundo! ¡Pero en versión humano!
Aunque ya no lo es… ¿Qué dice, señor?». — Blade hizo una pausa exagerada—.
«¿Sigue siendo humano, Gushiken?». — Imitó tan bien la voz del jefe que Becky tuvo que morderse la lengua para reprimir la risa—.
«No, señor. Qué suposición tan descabellada.
Ahora es una rana y se ha perdido». — Remarcó la última palabra con un movimiento de mano—.
Otra vez. Sí, se ha perdido otra vez. En fin…
No tenemos un buen historial en lo que al rastreo de ranitas se refiere, Rebecka.
¿Por qué no dejamos que Clare se encargue?
—Debo recordarte que a quien le debemos lealtad no es a Clare — murmuró Rebecka, mirando a su alrededor en busca de cualquier indicio de vida—. Y, cuando el jefe se entere, porque tarde o temprano se va a enterar, seremos los primeros a los que castigue por habérselo ocultado.
Blade empezó a discutir, pero, al abrir la puerta del despacho del jefe, una gran masa lo embistió con tanta fuerza que salió volando por los aires y cayó al suelo hecho un ovillo.
Rebecka ahogó un grito y se apresuró a ayudarlo, aunque solo tuvo un instante para reaccionar antes de que unas manos ásperas la empujaran contra la pared.
—Vaya, vaya, vaya, si es la pequeña Rebecka Fortis. — Un brazo enorme le estrujó la garganta y se encontró cara a cara con un rostro que había visto por primera vez hacía años, cuando la magia de su familia la eligió a ella como heredera.
—Hola, Walter — logró decir con desdén hacia ese hombre de su antigua vida—. ¿No te apetece masticar un par de hojas de menta? Te apesta el aliento.
Respiró aliviada al dejar de notar presión contra la garganta. Se frotó el cuello mientras se giraba y se encontró con que Blade había levantado a lord Walter Loring por las solapas y lo estaba sacudiendo.
—Walter — Blade esbozó una sonrisa aterradora—, ¿cree en la vida después de la muerte?
El hombre se retorcía y gruñía, tratando de zafarse, pero claramente Blade lo superaba en fuerza y juventud.
—¡No, sucio bastardo! — espetó.
—¡Pues yo sí! — repuso Blade con tono afable—. Así que ¿qué le parece si lo mato y me confirma quién de los dos tiene razón? A menos que Rebecka tenga alguna objeción. — La miró con cara de esperar que no fuera el caso—. No es pariente tuyo, ¿verdad?
—Por los dioses, ¿ese es lord Walter? — Roland, el hermano mayor de Becky, eligió justo ese momento para aparecer recolocándose las gafas.
—En efecto — confirmó ella con indiferencia—, pero ya lo tenemos controlado. — Entrecerró los ojos al mirar a su hermano—. ¿Dónde has estado?
Si bien Roland no estaba hecho para el engaño, tampoco acababa de fiarse de alguien que aún vivía con la manipuladora de su madre.
—Intentaba ayudar con el antídoto para Marvin. Tengo quemaduras de la planta térmica que lo demuestran. — Levantó las manos para mostrar las líneas rojas e inflamadas que le cruzaban las palmas—. Por si acaso no te fías.
—Solo estoy siendo precavida. — Rebecka le lanzó la mirada que solía dirigir a todos sus hermanos. Esa que decía: no provoques una batalla si no estás dispuesto a afrontar una guerra.
—Por supuesto. — Roland juntó las manos con nerviosismo—. Escucha, Bex, sé que aún no confías en mí y que esto es pedir demasiado, pero sería mucho más fácil tratar a Marvin en la Fortaleza Fortis. Allí hay muchas más hierbas y plantas mágicas.
Rebecka sintió que se le erizaba el vello, sin embargo, Roland nunca había sido un buen mentiroso, con lo cual, sí decía aquello, era porque realmente lo creía, y llegó a la conclusión de que lo mejor era dejarlo hacer.
Y esperar no arrepentirse.
—Se lo comentaré al jefe, pero estoy de acuerdo contigo, por desgracia. Aun así, tendrás que llevarte a dos miembros de la Guardia Malévola para que informen de tus progresos.
Roland parecía complacido por la confianza que acababa de depositar en él, tanto que probablemente habría aceptado ir con cien guardias de habérselo exigido.
—No te defraudaré.
—Más te vale. — Le sonrió a su hermano, pero los ojos de este se desviaron hacia el hombre que en ese momento forcejeaba bajo el peso de Blade.
—Bueno, ¿y qué hace aquí el viejo Walter? — Roland contempló al hombre con más curiosidad que espanto. Un efecto secundario de la Mansión Masacre.
—Lleva casi un año encarcelado en nuestras mazmorras — le explicó Becky—, después de que intentara asesinarme de camino al trabajo el otoño pasado.
Blade bajó la cabeza bruscamente hacia el hombre que tenía debajo y la actitud amistosa tan característica en él se esfumó por completo.
—Vaya, ¿es eso verdad?
—Blade, deja de restregarle la nariz por el suelo; acaban de barnizarlo. — Rebecka se frotó las sienes—. Y sí, es cierto. Sospecho que fue por rencor, dado que rechacé su propuesta.
—¿De matrimonio? ¿Este hombre te pidió matrimonio? — preguntó Blade con el rostro torcido por el asco—. ¿Se cree usted un mago, lord Walter?
—¡Mocoso! ¡Soy de sangre noble, miembro del consejo privado del rey! ¡Tendría suerte de casarse con un hombre de mi calibre!
Rebecka entrecerró los ojos y sacó un cuchillo de entre sus faldas para apuntarle al cuello.
—¿Desde cuándo eres miembro del consejo del rey? — Cuando aquel miserable empezó a temblar, la ira se acumuló en su interior junto con todas las demás emociones que ya no le apetecía reprimir.
—Desde poco antes de venir a matarte — gimió Walter.
Soltó un grito cuando ella presionó el cuchillo lo suficiente como para hacerle sangrar—.
Be-Benedict me ofreció un puesto entre sus consejeros si lograba que me capturaran.
Se suponía que me iba a liberar después de que encontrara…
— Se quedó a media frase y apretó los labios con fuerza.
—¿De que encontraras qué? — exigió saber Rebecka, a punto de clavarle el cuchillo.
Walter se estremeció, gruñó, pero no se derrumbó; en su mirada se reflejaba un miedo a algo más que a la muerte.
—Nada, se suponía que me iba a liberar después y punto — susurró.
Rebecka alzó el cuchillo, observando con satisfacción cómo Walter se cubría el rostro, suplicando por su miserable vida.
Sin embargo, a ella le encantaba jactarse de su superioridad moral y quería aferrarse a ella mientras pudiera. Lanzó el cuchillo al suelo y, cuando Walter abrió los ojos, Rebecka puso los suyos en blanco.
—Roland, mételo en el armario de cartografía hasta que hayamos comprobado que las mazmorras son seguras. Creo que a El Villano le interesará hacer otra ronda de interrogatorios.
Blade se inclinó desconcertado y susurró:
—¿A El Villano o a La Villana?
Ella le dio un codazo en el pecho.
Roland levantó a Walter y lo arrastró por el pasillo hasta donde le había indicado. Puso la mano en el pomo y abrió la puerta.
Alguien ahogó un grito y se escuchó un sonido acompañado de un polvo centelleante que se esparció sobre los dos hombres que estaban allí de pie.
Cuando la brillante niebla se disipó, solo quedaba Roland, que miraba desconcertado lo que había al otro lado de la puerta del armario de cartografía.
—Rebecka, creo que tenéis a una hechicera en el armario.
Con el corazón a mil, Rebecka corrió hacia él seguida de cerca por Blade, y se detuvo en seco al descubrir a la joven presa del pánico.
Winnifred Erodina, la hija de la hechicera que había lanzado la maldición de Reymundo, estaba sentada en el suelo, con el vestido que le habían prestado extendido a su alrededor y los mechones castaños de su melena flotando como si soplara un viento invisible.
Parecía bastante tranquila, considerando las circunstancias.
Más que nada porque acababa de convertir a lord Walter… en un caracol.