Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

gideon

G ideon Sage soñaba despierto a menudo. Aunque en los últimos tiempos la mayoría de sus ensoñaciones eran escenarios totalmente irreales protagonizados por una capitana de cabello dorado, nariz chata y labios rosados como pétalos.

Las pesadillas solían ser mucho más realistas, sobre todo la que estaba viviendo en ese momento, en la que se habían llevado a su hermana pequeña delante de sus narices y él no había sido capaz de impedirlo.

—¡Lyssa! — gritó Gideon—. Lyssa, ¿dónde estás? — Dobló otra esquina de la torre más alta de la mansión. Se oía el rugir de la tormenta, el retumbar de los truenos y los aullidos del viento.

Y entonces empezó otra pesadilla.

Dio un paso atrás, a punto de dejar caer la antorcha que sostenía en la mano.

Era una pesadilla; tenía que serlo. Porque no concebía ninguna otra razón por la que uno de sus superiores de la Guardia Valerosa pudiera estar allí, frente a él. El hombre mostraba un aspecto más pálido y demacrado, pero igual de perverso.

—Gideon — dijo el capitán Lucius con un tono burlesco. Empuñaba un cuchillo que se parecía demasiado al que solía utilizar para amedrentar a los reclutas recién llegados cuando se quejaban por las heridas o la fatiga.

Hay cosas que nunca cambian.

Su antiguo capitán se abalanzó sobre él y le rajó el brazo con un movimiento brusco.

Gideon emitió un aullido de dolor, pero logró recomponerse lo suficiente como para esquivar la siguiente embestida y estrellar a Lucius contra la pared.

Sin embargo, eso solo le dio un instante de ventaja antes de que otro individuo lo atacara agarrándolo del cuello y tirando de él hasta lanzarlo al suelo. Vio aparecer otra cara conocida.

El capitán Damon. Más conocido entre sus reclutas como el capitán Demonio.

Mira qué bien. Ahora tenía claro que iba a morir.

Dioses, ¿de verdad iba a abandonar este mundo sin haber vuelto a besar a Keeley? ¿Sin haberle confesado lo que realmente sentía?

O peor aún: ¿sin haber llegado a averiguar de dónde venía ese dichoso aroma a limón?

Pues no.

Porque, al parecer, sus pensamientos la habían invocado. Keeley apareció como un faro de luz dorada, lanzándose hacia el capitán Demonio y arrojándolo contra la pared.

—¡Gideon! ¡Levántate! — chilló Keeley mientras aquel bruto la empujaba. Acto seguido, le dio un fuerte golpe en la cara y ella cayó.

Algo salvaje despertó en el interior de Gideon Sage.

Sin dejar de mirar el cuerpo de Keeley, que yacía desplomado en el suelo, agarró al capitán por el cuello y le empezó a asestar un puñetazo tras otro hasta que le brotó sangre de la nariz, y luego le dio tal patada en el pecho que le hizo perder el equilibrio y estrellarse contra la vidriera, precipitándose hacia el vacío.

La lluvia entró a raudales, empapando a Gideon y también a Keeley, que se puso en pie frotándose la mejilla.

Un segundo después volvía a estar metida de lleno en la refriega.

—¡Apártate! — gritó, y Gideon saltó a un lado, desde donde contempló cómo arrastraba por el pelo a Lucius, el hombre que había hecho temblar a la mayoría de los reclutas de la Guardia Valerosa, hasta que quedó acorralado y a punta de cuchillo.

Ella le dedicó un sonrisa tan siniestra que Gideon sintió cosquillas en la entrepierna.

No es momento de tener esta reacción, idiota.

Para cuando recobró la compostura, ella ya había acabado con la vida del capitán Lucius, dejando en ridículo las habilidades de Gideon. Al verla triunfante sobre el cadáver, volvió a sentir cositas.

¿Quién iba a pensar que la maldad podía ser tan irresistible?

Gideon trató de recuperar la calma.

—Bien hecho, capitana. Quizá te convendría tomarte un descanso. Yo estaría encantado de ayudar a quitarte la sangre del pelo.

No obstante, su comentario quedó sin respuesta. Keeley se apoyó contra la pared con la cabeza gacha.

—No hemos terminado.

—Desde luego que no — respondió Gideon, extendiendo la mano con cautela para acariciarle el brazo en un intento de devolver algo de calor a la frialdad de su voz—. Me temo que tú y yo no habremos terminado hasta que uno de los dos muera.

Mientras Keeley se frotaba el pecho con una mano, su mirada se perdió en la lejanía. Sus ojos dorados reflejaban pena.

—Lyssa está a salvo. Está con tu hermana.

Gideon echó la cabeza hacia atrás y se golpeó contra la pared, pero apenas lo notó debido al alivio que le recorría las venas.

—Supongo que ahora vienen las malas noticias, ¿no?

—¿Consideras «malas noticias» que todos los prisioneros de las mazmorras estén sueltos por la mansión?

—Espera, ¿Maverine tenía a esos dos en las mazmorras? — Se quedó boquiabierto—. Será posible…

—¿Te molesta que los encarcelase?

—Me molesta que ahora me tenga que caer muy bien por haberlos capturado — soltó Gideon con solemnidad antes de esbozar una amplia sonrisa, con la esperanza de que ella lo recompensara arqueando una ceja.

Sin embargo, esta vez Keeley decidió sorprenderlo.

Dio dos largas zancadas… y lo besó.

Él se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, pero los cerró cuando el beso se volvió más apasionado. Los labios de ella se movían contra los suyos con una seguridad que estaba convencido de que nunca volvería a experimentar.

Cuando Keeley se apartó, Gideon le examinó el rostro, el brillo de sus ojos, la pícara curvatura de los labios.

Esto era mucho mejor que arquear una ceja.

Al oír el sonido metálico del acero chocando contra acero al final del pasillo, Keeley se giró en dirección a la pelea y limpió su arma con la ropa del capitán muerto. Cuando Gideon gritó su nombre, ella lo ignoró.

Pero, un instante después, la voz de la capitana resonó por el pasillo y se clavó en el alma de Gideon al decir:

—Para que conste, eso ha sido a propósito.

Un rayo volvió a caer con estrépito y se desató el caos. Aun así, Gideon solo podía sonreír. Se llevó una mano a la boca antes de salir corriendo en dirección al peligro. A la muerte. A ella.