Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 17
25%

CAPÍTULO 17

evie

–¡¿D ónde está mi hermana?! — gritó Evie, con el pánico subiéndole por la garganta mientras empujaba a Gideon, quien la había encontrado en una de las altas torres desde las que se lanzaban los cuervos.

Ahora corría por el pasillo, con la tenue luz de las velas parpadeando al son de otro trueno.

—¡Lyssa! — gritó ella, temblando y con los ojos llorosos. Sentía que tenía que moverse, hacer algo—. ¿Dónde está?

Gideon salió disparado de la esquina, con el pelo revuelto, los ojos muy abiertos y el pecho agitado.

—¿Estás segura de que ha desaparecido? Quizá se ha asustado cuando se ha ido la luz y ha salido corriendo.

Un dolor agudo la atravesó y la niebla oscura se desprendió de sus dedos en volutas de humo, rodeándole las piernas.

Una parte se acercó para darle una palmadita en la espalda en señal de consuelo, pero ella se limitó a observarla boquiabierta antes de negar con la cabeza y lanzar a Gideon una mirada de pura desdicha.

—Lyssa no le tiene miedo a la oscuridad.

Gideon exhaló un suspiro y atravesó la niebla negra para darle un abrazo a Evie.

—La encontraremos, Eve. Todo irá bien; ya no estás sola en esto, te lo prometo.

Le escocían los ojos, pero le devolvió el abrazo y se dejó reconfortar por el calor que solo un hermano es capaz de transmitir.

—Gracias, Gideon. Siento haberte hablado mal. Bueno, en realidad no lo siento, pero me alegro de que estés aquí.

Gideon la apartó con una risita y un carraspeo.

—Ay, hermanita. Si me hablas mal es porque me lo merezco, te lo aseguro. Vale, a lo que íbamos. ¿Has mirado ya en la oficina?

—Y en nuestros aposentos. — Evie sorbió por la nariz, frotándose los ojos, tratando de aclarar los pensamientos para poder sacar su parte racional. No le serviría de nada a Lyssa si no podía mantener la cabeza fría.

O como mínimo un poco menos confusa.

—Alguien se la ha llevado, lo presiento. Está en algún lugar asustada ¡y yo ni siquiera estaba presente! Estaba…

—Estabas enviando una carta después de haber estado a punto de caer por un precipicio, literalmente. No has hecho nada malo — los interrumpió Trystan con una expresión severa—. He ido a ver a Marv. Sigue encadenado a una silla en los aposentos de Tatianna. Roland ha confirmado que no se ha movido.

Gideon enarcó las cejas sorprendido.

—¿Qué hace Roland ahí dentro con Marv?

—Creo que lo llaman cortejar — respondió Trystan con tal seriedad que Evie sintió cómo se le aliviaba la presión en el pecho—. A ver, un momento. — Se sacó un libro del bolsillo de la capa y pasó las páginas tan rápido que Evie casi no llegó a ver de qué obra se trataba.

Pero cuando lo vio…

—Sí. En la página diez, la autora… — comenzó Trystan.

Evie gritó como si alguien le hubiera dado un golpe con un atizador al rojo vivo.

—¿Estás…? — Lo miró boquiabierta mientras él la observaba, perplejo—. ¿Estás leyendo La sociedad del corsé travieso?

Si no estuviera tan preocupada por Lyssa, se habría desmayado de la impresión. Trystan parecía perturbado por su asombro y se acercó un poco más el libro, como si ella fuera a intentar arrebatárselo.

Aquella era una imagen tan absurda que rozaba lo cómico.

—Lo considero un estudio muy interesante sobre el comportamiento humano. Y las descripciones son de lo más enriquecedoras.

Evie conocía La sociedad del corsé travieso lo suficientemente bien como para saber con qué tipo de «descripciones» se iba a encontrar cuando llegara al capítulo seis. Soltó un alarido espantoso y se retorció las manos.

—Cuando encontremos a Lyssa tendré tiempo de que me explote el cerebro pensando en esto. De momento pon aquí un pañuelo para marcar la página.

Trystan la miró horrorizado.

—Siempre uso marcapáginas de verdad. Soy un villano, no un delincuente. ¿Acaso tú no haces lo mismo?

Evie suspiró y volvió a gritar el nombre de Lyssa, registrando un armario tras otro en el pasillo, todos vacíos.

—Estaba hablando en sentido figurado, pero no, yo no uso marcapáginas; doblo las esquinas.

Trystan entrecerró los ojos.

—Ahora sí que veo que eres la perdición del reino. Me retracto.

—¡Trystan! — Evie le dio una palmada en el brazo, tratando de recordar ese momento para cuando encontraran a su hermana y pudiera disfrutarlo de verdad.

La magia parecía ahora tener voluntad propia.

Empujó ligeramente a Trystan y este se tropezó y se estampó contra la pared—.

¡No! Ups. Lo siento. — Se tapó la boca al ver que le salía sangre de la nariz—. ¡Ay, dioses!

—No te preocupes. — Él sonrió con aire burlón y se sacó un pañuelo del mismo color que la falda que ella llevaba ese día—. Ha sido un buen golpe.

Gideon los había estado siguiendo en silencio, fingiendo no escuchar mientras también iba buscando. En un momento dado, dijo:

—Voy a echar un vistazo a la planta de arriba. Venid a buscarme si la encontráis.

Cuando Evie por fin consiguió tener el miedo bajo control, se encontraron con varios miembros de la Guardia Malévola a las puertas de la mazmorra, murmurando.

—¿Qué sucede? — Se acercó a ellos y todos se pusieron firmes ante aquella pregunta, contemplándola como si fuera ella quien les firmaba la nómina.

Estaba bastante segura de que aquello era una ofensa a la jerarquía de la empresa, pero, cuando miró de reojo a Trystan, lo único que distinguió fue orgullo en sus ojos. Le hizo un gesto caballeroso con la cabeza, como animándola a continuar.

—Señorita Sage — Min, una guardia a la que conocía bien, dio un paso al frente—, estamos en un punto muerto.

—¿De qué tipo? — quiso saber ella, preguntándose por qué todos seguían lanzando miradas preocupadas hacia aquella puerta.

Min tragó saliva.

—Habíamos asegurado todos los puntos de salida de las mazmorras por si acaso fallaban los cerrojos mágicos y los prisioneros quedaban en libertad, pero ha caído un rayo muy fuerte que ha debido de activar algo porque… ya no es un supuesto. Definitivamente, los cerrojos han fallado.

Trystan se aferró a la espada que llevaba en la cintura y su mirada oscura se volvió letal.

—¿Dónde están los otros guardias, los que estaban apostados dentro?

Otro Guardia Malévolo dio un paso al frente, con el yelmo en las manos y una expresión desolada.

—Justo estábamos hablando de eso, señor.

—¿Qué hay que discutir? ¡Abran la maldita puerta! — Trystan se puso rojo y una vena del cuello se le hinchó por el estrés.

—No es tan sencillo. — Keeley apareció un poco desaliñada, pero tan tranquila como de costumbre—. Si abrimos esas puertas, no tenemos ni idea de lo que habrá al otro lado. Necesitamos una estrategia para asegurarnos de que no escape ninguno de los…

—¡Evie! — La voz al otro lado se escuchaba amortiguada por el grosor de la puerta de madera, pero esta la reconoció al instante.

—¡Lyssa! — gritó, golpeando la puerta hasta que le dolieron las manos.

—¡Evie, ayúdame! ¡Tengo miedo!

Ay, dioses. Ay, dioses.

A Evie se le revolvió el estómago. El corazón le latía con tanta fuerza que soltó un chillido para que dejara de destrozarle el pecho. No pensaba perder a su hermana. De ninguna manera.

—¡Abre, por favor!

Keeley empezó a hablar, pero las palabras se amortiguaron cuando la niebla la rodeó, bloqueando a los demás. Todos se apartaron, aunque oyó a Keeley gritar:

—¡Espere! Tenemos que asegurarnos de que nadie…

Demasiado tarde. Su magia brilló, embistiendo la puerta con tanta potencia que la sintió en su cuerpo como un ariete. La madera se resquebrajó ante la fuerza, partiéndose por la mitad antes de derrumbarse, revelando quién estaba al otro lado.

No era Lyssa.

La magia le oprimió el pecho y el miedo se apoderó de ella cuando vio lo que tenían delante.

Un conejito.

Un conejito… obscenamente adorable.

—Ay, dioses… — murmuró Evie, dando un paso cauteloso al frente mientras oía murmullos alarmados a sus espaldas, procedentes de los Guardias Malévolos.

Las lágrimas se le acumularon en los ojos mientras contemplaba al animal, con el horror apoderándose de su parte más racional—. ¿Lyssa? — preguntó con la voz quebrada.

—¿Sí? — susurró Lyssa desde detrás de ella.

Detrás. No desde el interior de las mazmorras. Y ni por asomo cerca del conejito. Así que, como era de esperar, Evie soltó un grito, tropezó con su falda y cayó de culo.

—¡Lyssa! Por los dioses, ¿dónde te habías metido? ¿Por qué te has escapado?

—¡He visto a Reymundo! — dijo su hermana mirando de un lado a otro, con los ojos muy abiertos al darse cuenta del alboroto que había causado—. O al menos eso me ha parecido. Lo he perseguido hasta abajo, pero no he podido alcanzarlo.

Evie no tuvo tiempo de regañarla porque Trystan se arrodilló en el suelo y le dio un abrazo a su hermana pequeña, acariciándole la nuca mientras susurraba:

—Gracias a los dioses que está bien.

La cara de Lyssa se asomaba por encima de su hombro. Tenía los ojos muy abiertos y miró a Evie moviendo los labios, sin llegar a decir en voz alta: «¿Qué está pasando?».

Evie agitó los brazos como diciendo: «¡No lo sé!».

—Príncipe Trystan, ¿temía que me hubiera convertido en ese conejito? — preguntó Lyssa, con las palabras ligeramente amortiguadas por la intensidad del abrazo.

Él se estremeció ante el título que Lyssa acababa de otorgarle, pero su rostro se mantuvo sereno y aliviado.

—Me gustaría instaurar una nueva regla para el manual del buen villano: los villanos no se convierten en animales. Bajo ningún concepto — proclamó con tono severo y apuntándola con el índice. Evie se sintió tan feliz que tuvo que agarrarse a la pared para no caer.

Lyssa se rio y asintió; luego se volvió para mirar la puerta abierta y frunció el ceño.

—Sigue ahí.

Evie se giró y vio que, efectivamente, el conejito seguía allí sentado, con la nariz moviéndose de una forma que no parecía del todo natural.

—Juraría que… que sonaba como tu voz.

—¡Señor, es la seda! — Keeley puso cara de alarma mientras gritaba, desenvainaba su espada y corría hacia el conejo.

De repente, este se transformó en un gran monstruo. Aparecieron tentáculos en todas direcciones que arremetieron contra los Guardias Malévolos y los estrellaron contra las paredes.

Evie agarró a Lyssa y Trystan agarró a Evie, sujetándola por la cintura y llevándolas con rapidez hacia la pared, donde se precipitaron al suelo de rodillas.

—¿Qué… — empezó a gritar Evie mientras un tentáculo se alzaba sobre ella. Rodó hacia un lado, aferrándose a Lyssa como si le fuera la vida en ello—… cojones es una seda?

—¡Es un mito! — bramó Trystan, esquivando el golpe de otro tentáculo negro.

—¡Ah, por supuesto! — chilló Evie, pegándose a la pared para evitar que la alcanzara y empujando a Lyssa fuera de peligro—. Dile eso al conejito con tentáculos, ¿quieres?

Algo tiró de la parte trasera de su vestido.

Cayó rodando hasta acabar en los brazos de Trystan.

Habría sido romántico si no fuera porque, un instante después, otro tentáculo les dio de lleno.

Evie sintió el golpe como si le hubieran lanzado un ladrillo a la espalda.

Se quedó sin aire y cayó al suelo, al lado de Trystan.

Un chillido inhumano rasgó el aire.

—¡Se nos escapa! — gritó Keeley—. ¡Tras ella!

El resto de los Guardias Malévolos siguieron a su capitana a toda prisa, dejándolos a los tres solos en el pasillo abandonado.

—Las sedas tienen la capacidad de transformarse en cualquier cosa o persona con la que hayan entrado en contacto. — Trystan la ayudó a ponerse de pie antes de acercarse a Lyssa y levantarla con cuidado—. Solo son peligrosas si no tienes buen ojo para detectar un fraude.

—O si se convierten en un pulpo asesino — añadió Lyssa con total seriedad.

—Correcto. — Trystan la elogió sin darse cuenta, como si aquello fuera ya algo cotidiano.

Si Evie no se hubiera enamorado ya de aquel hombre diez veces, quizá lo habría hecho de nuevo en ese momento.

Un ruido sordo la detuvo. No era un trueno ni la criatura que acababa de escapar por el pasillo. No, provenía del interior de las mazmorras.

Eran pasos. Muchos. Muchísimos pasos.

—Los prisioneros. — Evie se dirigió hacia el hueco que había dejado al derrumbar la puerta, buscando una forma de cerrarlo—. No, van a…

—Es hora de irse, Sage. — Trystan la cogió en brazos y echó a correr, con Lyssa al lado siguiéndoles el ritmo.

—¿Qué pasa? — jadeó Lyssa—. ¿Adónde vamos?

—A sus aposentos — dijo Trystan—. Y va a quedarse ahí encerrada hasta mañana, ¿me ha oído? Nada de volver a escaparse.

Lyssa asintió con solemnidad.

Mientras corrían, Trystan no soltó a Evie en ningún momento. Era como si temiera que, si la dejaba en el suelo, ella echaría a correr en dirección contraria. A Evie le pareció bien, puesto que eso le proporcionaba una vista perfecta de su apuesto rostro, desprovisto de emoción.

—Las cerraduras han fallado — confirmó Trystan—. Estamos a punto de encontrarnos con muchas personas sueltas por la mansión. — Se encogió de hombros y luego añadió algo que haría que la mayoría de los mortales temblaran de miedo—: Y todas me quieren muerto.