CAPÍTULO 16
trystan
–N o hace falta que me lo cuentes si te resulta demasiado doloroso, Edwin. Sage va a enviar un cuervo a por Lionel — le dijo Trystan al ogro a la mañana siguiente, aceptando con gratitud una taza de brebaje.
Mientras se sentaba a la mesa, dejó que el aroma y el calor calmaran el terror paralizante que había sentido la noche anterior al ver a Sage a punto de precipitarse por el borde del parapeto.
No le había hecho gracia la idea de alejarse de ella, pero necesitaban recabar información sobre esa supuesta maldición y Lionel era el principal Maestro de las Maldiciones del reino.
Aunque todo lo que tenía de bueno lo tenía de pesado.
Sin embargo, había cedido a contactarlo ante la insistencia de Evie.
Aún se le revolvía el estómago al recordar su rostro inexpresivo. Un paso más y… la luz plateada de la criatura del porvenir la habría envuelto. Dioses.
Estar enamorado le sentaba fatal.
Edwin cambió el peso de pierna, incómodo, y eso lo devolvió al presente.
—No es eso, señor Trystan. No me molesta en absoluto pensar en Joseph. Éramos muy buenos amigos antes de que él abandonara el reino para continuar con sus investigaciones.
Ya, claro. Seguro que el ogro con el que Edwin había convivido durante cinco años no era más que su amigo.
Trystan nunca le había preguntado por lo ocurrido entre ellos para que Joseph se marchara con tantas prisas y no regresara jamás a su pequeño pueblo de pescadores.
Ese ogro era un erudito brillante en todas las magias, un curandero de la esencia por derecho propio, aunque no ejercía y era imposible localizarlo.
Siempre estaba en movimiento, nunca se había llegado a asentar en ningún lado.
En cierto modo, igual que Edwin.
Sí. «Amigos». Trystan empezaba a detestar la falsedad de esa palabra, pero no pensaba discutir sobre el tema con Edwin.
Y mucho menos iba a juzgarlo. Él tenía al amor de su vida al alcance de la mano y no se le ocurría ninguna forma viable de estar juntos, ninguna manera de convencerla de que no la iba a abandonar, con o sin maldición.
—Veamos… — Edwin se rascó la barbilla mientras tomaba asiento frente a él, trayendo consigo un pastel de nueces que olía de maravilla—.
Supongo que fue hace unos quince años. Es difícil estar seguro con lo rápido que pasan.
— Le dedicó una sonrisa amable a Trystan, cortó una porción grande y la colocó en el plato pequeño que tenía delante.
Una lluvia ligera repiqueteaba contra la ventana cuando prosiguió—: Joseph fue el primer ogro que conocí después de dejar la escuela de cocina, y era un genio.
Un erudito en todo lo relacionado con Rennedawn y el continente mágico.
Atractivo como el mismísimo rey de los infiernos…
Edwin se quedó a media frase y sus mejillas azules se tiñeron de un color índigo.
—Le pido disculpas, señor Trystan. Eso no viene al caso.
—En absoluto. Es muy pertinente para mi visualización de los hechos. Continúe — respondió Trystan con severidad, luchando con todas sus fuerzas por no permitir que sus labios esbozaran una sonrisa.
Edwin habló mientras iba comiendo tarta.
—Era de lo más perspicaz con sus teorías sobre la historia de Rennedawn.
Había muchos escépticos por aquel entonces.
Recordará que nadie se tomaba en serio la hipótesis sobre el inminente ajuste de cuentas antes de que el mal místico comenzara a arrasar la tierra y la magia del reino empezara a desvanecerse…
— Edwin negó con la cabeza, cruzándose de manos—.
Por supuesto que se acuerda. ¿Por dónde iba?
—Las teorías — sugirió Trystan, dando un sorbo vigorizante al líquido sin la dulzura habitual, cortesía de Sage.
—No recuerdo que hablara nunca de maldiciones sobre la tierra, pero sí que solía decir que, cuando la profecía de La historia de Rennedawn se acercara a su fin, una ola de magia llegaría por el Mar Lila.
«Y cuando las tornas se giren, todo volverá a ser como antes», decía la profecía.
Maravilloso. Esto era lo que hacía falta. Casi se había relajado.
—¿Hay que ir a por una concha del Mar Lila, entonces? — La voz de Gideon Sage anunció su llegada—. ¿Me ha llamado?
—Siéntese, Gideon — murmuró Trystan con una rabia irracional—. Tengo un trabajo para usted.
—Una perspectiva aterradora, Maverine. — Gideon se estremeció cuando Trystan se puso de pie, lo agarró del hombro y lo empujó hacia abajo para que se sentara en la silla—. ¿De qué se trata?
—Su hermana.
Gideon se rio entre dientes, tapándose la boca con la mano.
—Muy previsible, cada vez se le da mejor eso de ser un príncipe.
Edwin se frotó los ojos con una mano. Trystan respondió dándole una patada a la silla de Gideon, haciendo que el hombre se golpeara contra la mesa.
—Mañana por la mañana, Becky y Blade habrán terminado de construir la trampa para capturar a los gubres. Cuando consigan su cometido, tendremos que acelerar el cumplimiento de la profecía para evitar que…
Hizo una pausa. La maldición era una amenaza, pero no algo definitivo. Quizá era más sensato compartir esa información con el menor número de personas posible con el fin de no causar una oleada de pánico.
No obstante, debían darse prisa.
—Para evitar que Benedict haga alguna imprudencia antes — concluyó.
Gideon había recuperado la compostura y ahora se acercaba al caldero con el ceño fruncido. Levantó el cucharón y vertió líquido en una de las tazas vacías. Exhaló un suspiro, miró fijamente la mezcla y luego se la tragó entera con un par de sorbos y una mueca de amargura.
—Me parece muy bien. Solo hay un problema. No sabemos cómo cumplir la profecía.
Lyssa eligió ese momento para entrar en la cocina.
—¿Y si ponen todos los ingredientes de la profecía en un cuenco y los mezclan como si fueran la masa de un pastel?
Trystan estaba convencido de que aquella niña era un genio, a pesar de que esa sugerencia pudiera despistar.
—Me temo que eso no funcionaría, pequeña villana.
—¿Y si prueban a batirlos? — Lyssa asintió y se dirigió a un cajón—. Yo suelo hacerlo con un tenedor.
El pulso de Trystan se aceleró, olvidándose de las profecías.
—Eso sería un sacrilegio para la repostería.
Lyssa lo ignoró, abrió el cajón de los utensilios y Trystan se puso de pie, balbuceando:
—¡Con un tenedor no se puede conseguir la ligereza que precisa un pastel, Lyssa! Qué despropósito…
—¿No estábamos hablando del fin de Rennedawn? — preguntó Gideon con una media sonrisa, y luego se puso serio cuando Lyssa se acercó a él—. ¿No te parece que eso sí es un despropósito?
Trystan era capaz de discernir las injusticias y las amenazas a la decencia de los despropósitos, y no por ello era menos malvado.
—Me está sacando de quicio — refunfuñó mientras sustituía en silencio el tenedor que Lyssa sostenía en la mano por un batidor, ignorando la cara de desagrado de la niña—. Necesito que averigüe cómo activar la profecía… o cómo acabar con ella, supongo. No tengo claro cómo va.
—Se nota que es su primera vez rompiendo una profecía, ¿eh? — bromeó Gideon.
—No será la primera que rompo un cráneo — gruñó Trystan, y entonces se acordó de que Lyssa estaba ahí. Lo miraba con los ojos muy abiertos y la boca formando un pequeño círculo.
—¿Puede hacerlo con los puños? — susurró la niña con un tono que se parecía demasiado a la admiración para su gusto—. ¿O tiene que usar un objeto contundente?
—Hay que ver qué cosas le enseña, Maverine.
— Gideon le dio una palmada en la espalda y él contuvo el impulso de romperle la mano.
Una pena, con las ganas que le tenía—. A ver, es una profecía típica de cuento.
Seguramente se deba cumplir en un día que tenga algún tipo de significado para el reino.
—¿La víspera del Día de los Muertos? Faltan dos meses — susurró Trystan. Eso era lo que había decretado la criatura del porvenir. Le sorprendía que Benedict y ella hubiesen querido darles esa esperanza, aunque supuso que se debía a lo seguros que estaban de que los vencerían.
Mejor así. Trystan estaba igual de convencido de que sus enemigos fracasarían.
Puede que Trystan estuviera destinado a ser la ruina de Evangelina, pero su amor sobreviviría a cualquier contratiempo. Pasaría por encima del cadáver en descomposición de Benedict. Aquel pensamiento lo tranquilizó.
—¿Una festividad? ¿No cree que eso es demasiado obvio? — preguntó Gideon arqueando las cejas.
—Es una fecha cargada de significado y coincide con la línea temporal que sugirió la criatura del porvenir — repuso Trystan con desdén, puesto que estaba convencido de que apuntaba hacia el camino correcto.
—Mi Joseph siempre decía que en Rennedawn los momentos del día en que la magia es más poderosa vienen de tres en tres.
Al amanecer, temprano; cuando el sol alcanza su punto más álgido, al mediodía; y cuando tiñe Rennedawn de oro, al atardecer.
— Edwin acarició la cabeza de Lyssa y la subió a un taburete bajo para que pudiera batir la reluciente masa morada de galletas que acababa de preparar.
—Se están olvidando de la pregunta más importante — dijo la niña como quien no quiere la cosa, sin dejar de prestar atención al bol que tenía delante—. «Donde la luz del sol brille sin impedimentos». ¿Alguno de ustedes sabe dónde es eso?
—¿Acaso usted sí? — preguntó Trystan en voz baja, con solo una pizca de esperanza.
Lyssa puso los ojos en blanco.
—Quién sabe, al parecer ni siquiera sé cómo batir.
Aumentó la velocidad del movimiento y Trystan dio un paso atrás por su propia seguridad.
Ese comentario le iba a traer consecuencias.
—Todas las respuestas se encuentran en el libro de La historia de Rennedawn — señaló Edwin tras un momento de silencio colectivo. Todos sabían lo que había que hacer. Y no había tiempo que perder—. Estará entre sus páginas.
Gideon hizo una mueca, probablemente porque sabía lo que le esperaba.
—Ya no podemos seguir adelante sin el libro.
No. No podían.
—Me temo que necesitaremos su magia protectora.
Puede bloquear cualquier protección que el rey haya puesto para custodiarlo, y conoce el palacio al dedillo.
No puedo enviar a más gente de la Guardia Malévola.
Es demasiado arriesgado. — Trystan cerró los ojos con fuerza, decidido a no sentir preocupación ni remordimiento por poner al hermano de Evie en una situación tan peligrosa.
—Partiré al amanecer. — Gideon tenía los hombros tensos y la barbilla en alto, como un hombre a punto de emprender una misión con tantas posibilidades de fracasar como de tener éxito.
—No hace falta que emprendas el viaje solo — le ofreció Trystan sin mucho convencimiento. Ambos sabían que era mejor que Gideon no fuera acompañado—. Veré si puedo conseguir a un guardia que te acompañe hasta el castillo, al menos.
—Soy el único que sabe dónde está el despacho de Benedict — le recordó Gideon—. Y se lo debo… a ella.
No hacía falta aclarar a quién se refería.
La lluvia golpeaba ahora con más fuerza contra las ventanas. El vitral reconstruido de La historia de Rennedawn se burlaba de ellos desde la distancia. Un trueno retumbó contra el cristal y Lyssa se pegó a Trystan.
—Lord Trystan, tengo… miedo.
—Solo es una tormenta, Lyssa — la tranquilizó.
Sin embargo, él también notaba esa sensación de inquietud en la espalda, una especie de advertencia indeseada de que algo se estaba gestando.
Otro relámpago, seguido de un trueno que hizo temblar la mansión.
—¡Infiernos!
Las velas se apagaron, sumiendo la habitación en una oscuridad total y absoluta.
A Trystan le temblaban las manos, la sangre le rugía en los oídos y sentía como si mil agujas diminutas le subieran por la cabeza ante el terror paralizante que creía haber vencido. Sin embargo, al oír el grito de Lyssa, se olvidó por completo del miedo y de todo lo demás.
—¡Lyssa! ¡Edwin! — bramó—. ¡Lyssa!
Un chirrido, luego el resplandor de una cerilla que prendía una antorcha en las manos de Edwin. La habitación se iluminó y reveló a un Gideon con cara de agotamiento y a un ogro azul con el rostro frenético.
Sin embargo, para sorpresa de Trystan, no había nadie más en la cocina. Solo un batidor abandonado, que seguía balanceándose en el suelo.
—Joder… — susurró Trystan, y salió corriendo hacia el pasillo.
Pero estaba vacío.
Y no había ni rastro de Lyssa.