Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

evie

L a ira era un sentimiento desagradable. Irradiaba desde debajo de la piel, abrasando tanto el cuerpo como la mente. Sin embargo, durante las últimas horas, Evie se había deleitado en esa sensación, sentada sola en su dormitorio con nada más que una niebla oscura y una daga como compañía.

La magia se agitaba sobre ella, tomando la forma de una nube de tormenta.

—Muy graciosa — murmuró girándose sobre un costado.

La habitación estaba vacía, y la única luz provenía del fuego que uno de los becarios había venido a encenderle.

Aun así, la niebla se retorció hasta situarse frente a su rostro—.

¡Déjame en paz! — gruñó rodando hacia el otro lado.

Cedió a la frustración cuando vio que volvía a aparecer frente a ella.

La cicatriz del hombro le palpitaba, arrancándola en contra de su voluntad del entumecimiento que anidaba en su interior, brillando con una luz iridiscente lo suficientemente potente como para que pudiera verla.

—¿Qué diantres…? — Se incorporó, pero entonces la niebla rodeó la herida y la sobresaltó. Los colores de una y otra se fundieron y la inundó una sensación de alivio que no comprendía. Era cálida. La hacía sentir segura.

La daga en la mesita de noche también comenzó a brillar, temblando como si intentara encontrar dónde residía el otro fragmento de magia. Después de que Otto Warsen la hubiese despedido y atacado con una daga imbuida de magia, a Evie nunca se le había ocurrido preguntar qué tipo de magia era.

Quizá debería haberlo hecho.

Porque en el momento en que la niebla oscura tocó el resplandeciente abanico de colores de su hombro, esta cobró… consciencia.

No. No. Eso son imaginaciones tuyas. Como aquella vez que pensaste que las uvas arrugadas del racimo se ofenderían si no te las comías junto con las demás.

Pero la idea se volvió mucho más difícil de negar cuando la magia se arremolinó alrededor de su cabello, levantándolo y estirándolo en diferentes direcciones.

—¡Basta ya!

La niebla se agitó como si se estuviera… ¿riendo? Era eso o que sus alucinaciones empeoraban por momentos. Ambas cosas eran perfectamente posibles. Intentó que regresara a ella, suplicándole que se metiera en su piel, pero esta se resistía. De pronto sintió una dolorosa sacudida en el corazón.

—¡Para, por favor!

Ante aquella súplica, la niebla volvió a ella de golpe, desapareciendo bajo su piel en una colisión abrupta que la hizo tambalearse contra el cabecero y darse un fuerte cabezazo.

—¡Por todos los infiernos! — gritó cayendo de la cama y poniéndose de rodillas—. ¿Qué acaba de…?

La interrumpió una luz que brillaba con intensidad, tan pura que todo se detuvo. El tiempo se ralentizó y su corazón se relajó hasta alcanzar un ritmo onírico. Sentía como si su piel estuviese viva y todo el sufrimiento desapareció. Ya no le dolía respirar ni recordar lo que había perdido.

La luz susurró su nombre con calma. Le agitó el pelo y tiró de sus muñecas, ayudándola a ponerse de pie para llevarla a un mundo donde nadie le haría daño, donde solo había amor.

Y, esta vez, una parte de ese amor iba a ser para ella.

Sus pies entraron en contacto con un suelo de piedra fría, gotas de agua le resbalaban por el rostro y el viento le revolvía el cabello. Los problemas se estaban desvaneciendo.

Pasó unas escaleras, pasó un cuadro, pasó una puerta, hasta que las paredes a su alrededor desaparecieron.

La casa de su familia. La que tenía antes de vivir en la Mansión Masacre.

Su familia se hallaba sentada a la mesa, comiendo, riendo.

Su padre, Griffin, estaba de pie a la cabecera de la mesa, besando a su madre en la mejilla antes de coger otro pan y lanzárselo a Gideon, quien lo partió por la mitad y le dio una a Lyssa. Eran felices.

Las lágrimas le anegaron los ojos. Eran felices.

Y había una silla vacía que era para ella.

—Ven, hasibsi. — Su madre le hizo señas con un cálido brillo en sus ojos delineados con kohl—. Se te va a enfriar la comida.

Evie se acercó con cautela, sintiendo cómo la esperanza le inundaba el pecho. ¿Había sido todo una pesadilla? Su vida anterior… A duras penas se acordaba de cómo era.

—Evie, querida — dijo su padre—. ¿Podrías hacerme un favor y subir a buscar la rueca? Quería arreglársela a tu madre después de comer. Ese maldito trasto se ha vuelto a romper.

¿Solo eso? ¿Ese era el único precio que tenía que pagar por vivir en esta realidad?

Al acercarse a las escaleras que había subido cada noche de su vida para ir a dormir, y bajado al día siguiente para comenzar su día, se detuvo, hipnotizada por las velas que adornaban la barandilla.

Se había subido al primer escalón, preparada para dar otro paso. Levantó el pie, estaba a punto.

Qué maravilloso sería poder…

No lo hagas, Evie, le ordenó esa voz silenciosa que siempre había llevado dentro. La única constante en la que podía confiar.

Griffin Sage se puso de pie, con el rostro aún amable, tan cercano como siempre, y fue hasta las escaleras.

—Adelante, cariño.

Evie sintió que algo tiraba de su mente, pero no lograba identificarlo. Todo a su alrededor flotaba y era confuso.

No vuelvas a caer en la trampa, Evie.

Se tambaleó. Sentía un extraño nudo en el estómago. Se inclinó hacia delante, parpadeando, hasta que una avalancha de pensamientos se amontonaron unos sobre otros.

No dudes de ti misma, Evie.

No les dejes ganar, Evie.

—¿Evie? La rueca, cariño. — Griffin Sage le sonrió jovialmente, colocándose a su lado para ayudarla a subir el siguiente escalón.

Ella le devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza mientras le cogía la mano.

Se quedaron así unos pocos segundos… antes de girarse y concentrar toda su ira y su tristeza en un golpe que asestó contra el estómago de Griffin Sage.

Su padre se tambaleó; el sentimiento de traición se reflejaba en sus ojos.

El hombre que tenía delante no era su padre, pero como el verdadero Griffin no estaba a mano, se conformó con darle otro puñetazo a este.

En esta ocasión, la máscara se desprendió del rostro de Griffin, revelando una luz cegadora que Evie ya había visto antes. Al parecer, no había lanzado aquel pisapapeles con suficiente fuerza. De lo contrario, la criatura del porvenir no estaría ahora ante ella.

—¡Cómo te atreves a agredirme, muchacha malvada! — La luz atravesó las paredes de la casa y el fondo se desvaneció hasta que su hogar familiar fue sustituido por el parapeto de la mansión. Y ella tenía un pie colgando sobre el vacío.

Tras el episodio con la bomba, la larga pasarela entre las torres se había reparado, salvo por el extremo final. El último tramo aún no estaba terminado, y ella se encontraba justo al borde.

Evie corrigió con educación:

— Mujer Malvada, si no le importa. — Volvió a apoyar el pie en la piedra con cuidado y continuó—: Pero le perdono el desliz. — Le dedicó una sonrisa jovial, recordando que, sin la contención de la familia Fortis, Evie no tenía ni idea de a qué se enfrentaba.

Un horrible chillido rasgó el aire y ella agitó los brazos, tratando de no perder el equilibrio. Cuando pensaba que iba a caer de espaldas al vacío, dos grandes manos la agarraron por la cintura y tiraron de ella hasta arroparla entre unos brazos.

—¿Me permites que te recomiende una ruta nocturna diferente, Sage? — le susurró Trystan al oído, y ella inhaló, absorbiendo su aroma.

No pasaba nada por dejarse llevar un instante por esa sensación. Había estado a punto de despeñarse desde una altura bastante considerable. Dadas las circunstancias, qué menos que hacer una excepción.

—Pero es que esta tiene unas vistas tan bonitas… — respondió con un hilo de voz, aferrándose a su camisa y a la felicidad de tenerlo cerca durante un segundo más antes de soltarlo y enfrentarse juntos a su enemigo—. ¿Qué ha sido eso? ¿Otra prueba de bondad?

La criatura del porvenir siseó y el rayo de luz se transformó, adoptando la forma de una mujer alta y bella, casi humana, con el cabello lustroso y unos penetrantes ojos plateados.

—Eso solo ha sido el comienzo de lo que tengo planeado para ti, señorita Sage.

Evie resopló y Trystan colocó un brazo protector frente a su pecho y se interpuso entre la criatura y ella.

¡Deja de comerte con los ojos los bíceps de tu jefe cuando te estás enfrentando a un enemigo mortífero, Evie!

Lo cual, a juzgar por esos últimos meses, vendría siendo siempre.

Procede, Evie.

—Se te ha concedido la libertad — razonó Trystan—. No deberías desperdiciarla confabulando con alguien como Benedict.

La figura femenina soltó una risa sombría.

—No tengo ningún deseo de cumplir la profecía de La historia de Rennedawn.

—¿Esperas que nos lo creamos? — La voz de Trystan era un murmullo grave.

Porvenir se encogió de hombros y una risa inquietante siguió al movimiento.

—No espero nada. Nada excepto la historia que yo quería que Rennedawn viviera. La historia que planeé.

—¿Qué significa eso? — preguntó Evie, levantando una ceja y cruzando los brazos.

—Significa que más vale que disfrutes de tu vida tal y como es ahora, Evie Sage, porque se está gestando una maldición no muy lejos de donde te encuentras. Una maldición que devolverá a Rennedawn a su curso original.

A Evie se le encogió el corazón.

Porvenir sonrió.

—Un mundo en el que Trystan Maverine nunca llegó a convertirse en El Villano.

—¡Eso es imposible! — espetó Trystan, desenvainando la espada y apuntando con ella a la bestia que escupía amenazas que parecían demasiado disparatadas para ser reales, pero también demasiado aterradoras como para ser inventadas—. Tales maldiciones no pueden llevarse a cabo.

La criatura del porvenir sonrió de nuevo.

—Cierto. Estas cosas llevan tiempo, por supuesto. Las tres puestas de sol antes del Día de los Muertos serán tú última oportunidad de ser libre. Hasta entonces, te recomiendo que te despidas. Pero volverás a verme, no te preocupes.

—Uy, menos mal que me lo dices, si no, estaría preocupadísima — espetó Evie con sarcasmo, y exhaló aliviada cuando la criatura del porvenir desapareció.

Dentro de dos meses todo cambiará, pensó Evie. Y será nuestra mayor victoria… o nuestra mayor derrota.

Trystan permaneció en silencio unos instantes antes de que sus ojos oscuros la miraran con una expresión de asombro, casi cómica.

—Un giro de los acontecimientos bastante inoportuno.

—¿Cuál? ¿La maldición acechante? — preguntó Evie—. ¿O el hecho de que su pelo pareciera sacado de un anuncio de champú?

Trystan hizo lo único que se podía hacer en tales circunstancias.

Se rio.

Fue tan encantador que ella sonrió, contemplándolo con atención.

—Daremos con la forma de detenerla, Sage — le aseguró Trystan, y la dulzura de su voz provocó que quisiera fundirse con él—. Siempre lo logramos.

Aunque Evie mantuvo la sonrisa, por dentro frunció el ceño mientras un pensamiento intrusivo se colaba en su mente.

Un pensamiento que le susurraba… que esta vez no lo lograrían.