Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

reymundo

A lexander Reymundo Kingsley hacía mucho tiempo que había dejado de ser humano.

Tanto tiempo que ahora sus piernas le parecían demasiado grandes y su cabeza demasiado pesada. Los órganos se estaban expandiendo para volver a su tamaño natural con un doloroso retorcimiento. Dioses, iba a vomitar en cualquier momento.

Y así fue. Llegó por los pelos a la ventana y vació el contenido de su estómago en el alféizar. Había sobre todo moscas.

Vomitó de nuevo.

La última transformación de vuelta a rana había sucedido hacía apenas unos minutos y había sido repentina e inesperada. Solo había durado un instante, que había dedicado a deambular desesperado por la mansión hasta volver a convertirse, de forma bastante abrupta, en un hombre.

Decían que las ranas eran repugnantes, pero los humanos eran peores. En todos los aspectos, al parecer.

Se enderezó, ajustándose el cinturón de los pantalones que había cogido de la lavandería. Se pasó la mano por el estómago y notó los músculos abdominales donde antes había habido un vientre liso y regordete.

Dejó escapar un sonido ronco. Otro intento de pronunciar una palabra que fracasaba estrepitosamente.

Apartándose de la cara los mechones oscuros recién cortados, tiró las tijeras que había encontrado en el armario de la esquina del pasillo y luego se miró en el espejo para comprobar cómo le había quedado.

Siendo generoso, podía decir que el resultado era algo desigual, pero debía reconocer que le había sorprendido ser capaz de usar los dedos y tener la destreza necesaria para recortar aquella espesa maraña.

Al menos ahora ya se veía las arrugas de preocupación grabadas en la frente, la barbilla sombreada por un ligero indicio de barba y los ojos dorados enmarcados en un rostro humano bastante atractivo — si se le permitía decirlo—.

Humano. Volvía a ser humano. Nada de extremidades desgarbadas, nada de comer moscas, nada de desplazarse a hombros de otros. Tenía manos y pies y… Bajó la mirada.

Bueno, no había palabras para expresar lo feliz que se sentía de volver a ver eso.

—¡Reymundo! — masculló una voz desde el fondo del pasillo, y Alexander soltó un gemido. Lo cual, con su voz tan poco acostumbrada, sonó como una vaca moribunda—. ¡Sé que estás ahí!

La voz de Clare había sido fuente de diversión y alegría cuando eran pequeños.

Oírla significaba que estaba a punto de vivir una aventura junto con todos los demás.

Tatianna, Malcolm, Clare, Trystan y Alexander.

Hubo un tiempo en su juventud en que pensaba que sus amigos eran el centro del universo.

Y, cuando se convirtió en rana, pasó a ser un extra, un adorno, el observador del grupo.

Ser el sujeto observado era algo muy distinto.

Intentó pronunciar el nombre de Clare con un sonido áspero que sonó confuso incluso para él, pero fue suficiente para que ella doblara la esquina y lo encontrara con un chillido.

—¡Deja de escaparte! Te dije que te quedaras donde estabas.

Alexander deseaba que hubiera una forma de hacerle comprender a Clare que no podía quedarse quieto cuando por fin tenía unos dedos que no estaban palmeados, su línea de visión estaba unos dos metros por encima de lo que solía estar y era libre.

—Lo… lo siento — se disculpó con la garganta irritada y dolorida por la falta de uso.

Clare suspiró, frotándose las sienes.

—Quería entender lo que ha pasado antes de ir a ver a Trystan.

Antes de que todos se enteren y pierdan el norte.

Vuelves a ser humano, sí, pero ¿cómo? ¿Por qué?

¿Y quién lo ha hecho? — Ella contuvo el aliento y Alexander se preparó para lo que sabía que se avecinaba.

Clare se acercó con paso firme y luego le susurró algo asegurándose de que solo la oía él—: Alexander. ¿Cómo te atreves a hacerme esto?

Ahí estaba. Por fin iba a decirlo.

Iba a soltar lo que llevaba pensando desde que se habían encontrado en el patio.

Había llegado el momento.

—¿Por qué demonios te has cortado tu preciosa melena? — añadió Clare.

Él la miró atónito y se echó a reír. O más bien dejó escapar un sonido de puro alivio y sorpresa, con los ojos llenos de lágrimas y el pecho hinchado por la emoción. La expresión del rostro de Clare, aquella pregunta tan ridícula, el caos absoluto de la situación… Era verdaderamente increíble.

Clare se lo quedó mirando boquiabierta justo cuando Tatianna doblaba la esquina, con Becky y Blade siguiéndola de cerca.

—¡Tatianna! ¡Te dije que no fueras a buscar a nadie todavía!

Blade levantó una mano con cautela.

—Para ser justos, no nos ha venido a buscar; nos hemos encontrado por casualidad y una cosa ha llevado a la otra. ¿Quién es este?

Era un crimen contra la naturaleza que Alexander no tuviera voz para recordarle cuántas veces se había sentado en su hombro. Por todos los infiernos, hasta conocía las vistas desde lo alto de su cabeza.

En su lugar, se limitó a saludarlos con la mano, lo cual no era ni de lejos igual de divertido.

—Hola — consiguió decir—. Soy… soy…

—El príncipe Alexander Reymundo Kingsley — concluyó Rebecka Erring con los ojos muy abiertos y la mano aferrada al brazo de Blade, en busca de apoyo—. Por todos los dioses…

—¿Cómo? — rugió Blade—. ¿Este es…? ¿Cómo lo sabes?

—En la biblioteca de la familia Fortis hay retratos de todas las casas reales del continente mágico. — La señorita Erring aún no había recuperado del todo el aliento. Otra pausa—. Este hombre es su viva imagen.

Tatianna asintió, contemplándolo como había hecho hacía un rato en el lavadero, antes de que saliera corriendo.

—Eres tú de verdad, ¿a que sí? — Sus ojos marrones estaban llenos de esperanza.

Extendió la mano y le acarició el rostro con cuidado, pero entonces decidió dejar de guardar las distancias y lo abrazó con un sollozo de felicidad—.

¡Qué alegría verte! ¡Mírate! — Tatianna retrocedió, agarrándole las manos y sonriendo radiante en dirección a Clare—.

¿No es maravilloso? ¡Espera a que te vea Trystan!

—¡Aún no! — objetó Clare, rompiendo la ilusión del reencuentro—.

Trystan ya tiene bastante con lo que lidiar ahora mismo con todo lo de Evie.

Las transformaciones de Alexander son impredecibles.

No tengo ni idea de por qué ha vuelto a convertirse en humano ni cómo lograr que se mantenga así.

Quiero averiguarlo primero. Arreglar del todo lo que rompí.

—¿Con lo que rompiste te refieres a… Alexander? — preguntó Tatianna enarcando una ceja y con una leve sonrisa en los labios.

Alexander solo dijo dos palabras:

—Está feo.

Desde luego, decirlo era muchísimo más rápido que escribirlo.

Blade seguía mirándolo atónito y la señorita Erring estaba más o menos igual.

—¿Cómo ha pasado? ¿Acaso el intento de Winnie de devolverlo a su forma original ha funcionado?

Alexander levantó la cabeza de golpe y la palabra salió de su boca antes de que pudiera pensárselo mejor.

—Win-ni-fred.

—Llamarla «Winnie» también es una opción, amigo — dijo Blade con una mueca, y le dio una palmada en la espalda—. Quizá así te sea más fácil.

—Tenemos que llevárselo a Trystan cuanto antes — insistió Tatianna, haciendo girar a Alexander—. Estará… Ni me imagino lo feliz que se pondrá al verte.

Las palabras se le clavaron en el pecho, descendiendo hasta llegar al corazón, ahora desmesuradamente grande.

Su mejor amigo.

¿Qué he hecho?

Ese fue el último pensamiento de Alexander antes de doblarse de dolor, caer al suelo y sentir una oleada de náuseas mientras todo se oprimía.

Y se encogía.

Parpadeó una y otra vez mientras el mundo se agrandaba, hasta que Alexander Reymundo Kingsley… volvió a ser una rana.

Vaya.

Hay que joderse.