CAPÍTULO 13
blade
B lade Gushiken era una persona feliz por naturaleza.
Rebecka Erring Fortis era una persona feliz por obligación.
—Y luego lanzas la pelota a la cesta de pícnic — le indicó Blade con una sonrisa alentadora a la reticente responsable del Departamento de Recursos para Humanos y Criaturas Mágicas.
—Sé cómo se juega al Cesto Balón — refunfuñó Rebecka lanzando la pelota con precisión a la cesta fijada a una de las paredes del patio, varios metros por encima de su cabeza.
La pelota de goma blanca entró en el objetivo y se mantuvo ahí un instante, hasta que el fondo de la cesta de pícnic cedió y la pelota cayó y rebotó con fuerza.
Se habían tomado un descanso en medio de su jornada de planificación improvisada.
Tras muchos muchos muchos desacuerdos sobre cuál era la manera idónea de atrapar a los gubres, Blade había decidido que lo mejor era utilizar una cesta de mimbre gigante, muy parecida a la que estaban empleando para jugar al Cesto Balón.
Cuando él sugirió jugar una partida, ella se mostró indiferente. Como era de esperar, se le daba tan bien esto como todo lo demás.
¿Qué demonios hacía con él?
La sonrisa de victoria que le dedicó hizo que el corazón de Blade se disparara. Con un tono fingido de inocencia, mientras las gafas se le deslizaban por la nariz, Rebecka preguntó:
—¿Qué decías que sucede si la pelota entra? — La risa que siguió fue como el repique de unas campanas de lo más encantadoras y sus ojos brillaron con picardía cuando le pasó la pelota sin previo aviso.
Él la atrapó con un gruñido y una sonrisa.
—Sucede que tienes que besar a quienquiera que le pases la pelota a continuación. — Chasqueó la lengua—. Hay que respetar las reglas.
Ella le lanzó una mirada dubitativa y luego dio tres pasos hacia él, decidida.
Le agarró las mejillas, se puso lentamente de puntillas y presionó los labios contra los suyos.
Un beso, después dos. Blade tuvo que cerrar los ojos para suportar la dulzura de sus labios, la suavidad de sus suspiros, la sensación de sus dedos agarrándole el pelo.
Aquel momento acabó demasiado pronto, pero ella permaneció de puntillas, sujeta a su cuello, mirándolo con una expresión que era una mezcla entre alegría e incredulidad.
Probablemente igual que la suya. La agarró de las caderas y el calor empezó a expandirse bajo su piel.
—No pensé que funcionaría, la verdad — dijo Blade en voz baja.
Rebecka le dedicó una sonrisa de resignación, meneando la cabeza, y luego apoyó la frente contra la suya.
—Supongo que es porque tú y yo funcionamos de verdad.
Abrumado por lo mucho que la amaba, Blade la levantó sin previo aviso y la hizo girar en el aire, deleitándose con sus risitas mientras ella se aferraba a su cuello. Cuando la bajó, ambos estaban sin aliento y con las mejillas enrojecidas.
—Eres lo más bonito que he tenido en mis brazos.
Los ojos de Rebecka brillaron.
—Tranquilo, no se lo diré a Fluffy.
El dragón, que yacía a unos pasos de distancia, exhaló una bocanada de humo sospechosamente similar a una risita.
Blade fingió una mueca de dolor.
—Me temo que ya lo sabe.
El animal estaba a gusto, disfrutando de los últimos rayos de sol tras una copiosa cena. Se dio la vuelta sobre el lomo, soltó un suspiro y dejó la larga lengua colgando por un lado de la boca.
—Es un dragón muy peculiar, ¿no? — observó Rebecka con una sonrisa. Pero entonces Blade contempló con creciente angustia cómo la sonrisa se iba desvaneciendo y la preocupación se instalaba entre sus cejas—. ¿Crees que debería responder a la carta de mi madre?
Ah, no, ni se te ocurra, pillina.
—Rebecka, no pienso decidir eso por ti.
Ella se cruzó de brazos con un gruñido de frustración.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes perfectamente lo que vas a hacer.
Rebecka entrecerró los ojos.
—Odio que me conozcas tanto.
Blade se rio entre dientes y volvió a centrarse en construir la trampa de mimbre.
—No es verdad.
Con un gemido que a Blade le encantó escuchar, Rebecka se agachó a su lado para ayudarlo y ambos se pusieron manos a la obra sin decir nada más.
Tras unos minutos trabajando codo con codo, ella preguntó:
—¿Estás seguro de que esto es lo bastante grande como para atrapar a los gubres?
—No he tenido ocasión de sacar la regla, pero diría que esta vez podemos hacerlo a ojo.
— Blade se encogió de hombros y se apartó para esquivar la piedrecita que ella le lanzaba—.
Tiene que ser lo suficientemente pequeña como para que no la vean sobre el nido.
Solo tendremos unos segundos antes de que ella se dé cuenta y salga volando.
—Pero ¿qué vamos a hacer para que vuelvan donde están los huevos?
Esta era la parte complicada del plan.
—Tengo una idea, aunque no te va a gustar. Y a Evie tampoco, desde luego.
Rebecka ladeó la cabeza y lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué?
¡Peligro! ¡Peligro! ¡Peligro!
—Porque para ello tendremos que hacer que los huevos vuelvan a ser viables. — Estaban apagados y sin vida. Probablemente la hembra los puso hacía diez años, antes de que la encarcelaran. Hasta donde ellos sabían, no había puesto más, pero, en cualquier caso, necesitaban a una cría para la profecía.
«Y cuando se unan el Destino y la magia de luz estelar».
Se sabía que el veneno de la cría de gubre lo curaba todo, y seguro que Benedict también la estaba buscando. Blade nunca había sido una persona vengativa, así que le sorprendió sentir una intensa necesidad de darle una paliza a ese reverendo capullo.
El problema era que, para conseguirlo, tendría que enfurecer a todas las mujeres de su vida.
Pensó que igual era buena idea hacerse con un escudo.
Rebecka se rio ante su sugerencia.
—Eso es imposible. No hay magia que pueda revertir la viabilidad de la vida.
Blade suspiró.
Lanzarse al fuego habría sido más seguro.
—Nadie lo ha intentado nunca con magia de luz estelar.
Rebecka frunció los labios.
—¿Por qué iba alguien a…? — De repente abrió mucho los ojos y soltó un grito ahogado—. ¡No! ¿Te has vuelto loco? — Lo empujó de malas maneras y se dirigió hacia las puertas de la mansión.
Él salió corriendo para alcanzarla. Sabía que si se lo contaba ella primero a Evie, y más en ese estado, las posibilidades de convencerlas se reducirían a cero.
—¡La profecía dice que el Destino y la luz estelar se unen! Podría pasar si Lyssa usa su magia con los huevos. Y si funciona… — Trató de agarrarla del brazo, pero apartó la mano ante su mirada fulminante.
—¡Es una niña! — espetó Rebecka—. Ni siquiera sabe aún cómo usar sus poderes y tú quieres ponerla en peligro mientras intentamos atrapar a dos de los animales más mortíferos que existen. — Soltó un resoplido y se le marcó una vena de la frente por el esfuerzo.
Lo cierto es que estaba deslumbrante, pero Blade consideró que no era el momento de decírselo.
—Estaríamos nosotros ahí para protegerla — respondió él—. ¿De verdad crees que propondría algo así si pensara que hay la más mínima posibilidad de que salga herida?
—¡Te pasas la vida volando por el cielo montado en un dragón que escupe fuego! Tu criterio acerca de lo que es o no es seguro me parece poco fiable.
—Rebecka, no te cierres en banda — insistió Blade, arrepintiéndose de haberlo dicho nada más soltarlo, pero siguió adelante—. Lyssa deambula por la Mansión Masacre como si fuera el patio del recreo, y eso que este lugar ha estado bajo amenaza constante desde que llegó.
La determinación de Rebecka empezaba a resquebrajarse; lo sabía por cómo vacilaba al escucharlo.
—Aunque estuviera de acuerdo contigo — levantó un dedo para señalarlo—, y no digo que lo esté, Evie no lo permitiría.
—Quizá si tú y Tatianna hablaseis con ella… A vosotras dos os hace caso. — Blade le abrió la puerta y Rebecka entró en silencio en la mansión. El pasillo estaba alumbrado por la luz de las velas y los últimos rayos de sol del día, lo que hacía que la estancia resultara acogedora.
Curioso, porque a él le dio la sensación de que acababa de entrar en una tumba.
Inspeccionó la zona. Dos miembros de la Guardia Malévola se encontraban junto a la puerta principal y otros tantos apostados cerca de la entrada a las mazmorras.
No parecía haber nada fuera de lugar. Sin embargo, él seguía notando un cosquilleo en la nuca y tenía la abrumadora sensación de que algo lo observaba.
Algo… siniestro.
De repente, algo lo golpeó y una ráfaga de lazos rosas se precipitó a su lado en forma de una curandera muy agitada. Tatianna se puso en pie a toda prisa con cara de pánico.
—Se… se ha escapado. ¡No lo encontramos por ninguna parte!
Uno no estaba acostumbrado a ver a Tatianna con expresión de no saber qué hacer ni adónde ir, igual que no lo estaba a ver cómo le temblaban los dedos.
—Tatianna, ¿dónde estabas?
—¡En la lavandería! — Se echó la melena hacia atrás—. Él se… Y luego he… Pero entonces se ha… Y ahora…
—¡Tatianna! — Blade gritó su nombre como si intentara sacarla de una pesadilla—. Respira hondo. ¿A quién estás buscando?
Sus ojos marrones brillaban bajo un velo de lágrimas.
—A Reymundo.