Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

gideon

D e niño, Gideon solía pensar a menudo en las repercusiones de decir algo inapropiado.

Evie siempre había sido más generosa con las palabras, sin importarle las consecuencias, lo que significaba que era una suerte que la mayoría de los comentarios que salían de la boca de su hermana fueran entrañables y, por lo tanto, se consideraran tonterías propias de una niña.

En cambio, Gideon gozaba de la admiración de sus padres por su prometedor futuro como caballero.

Nura y Griffin se habían pasado gran parte de su infancia animándolo a entrenar para conseguirlo, pero habían descuidado guiar a Evie de la misma manera.

A él lo habían impulsado, mientras que a ella la habían relegado a quedarse donde estaba.

«Quizá porque nadie se preocupa de ser amable conmigo».

En ese momento, Gideon cayó en que ni siquiera lo intentaban.

El sonido de la madera arrastrándose contra el suelo atrajo la atención hacia su hermana, que trataba de mantener las distancias con Maverine mientras se sentaba en la silla junto a él.

Maverine, por su parte, ya había tomado asiento en la mesa de reuniones y estaba absorto en un trozo de papel que tenía delante.

Sin apartar la vista ni un instante, se inclinó a un lado y arrastró la silla de Evie con poco esfuerzo hasta que esta chocó contra el lateral de la suya.

Ella abrió mucho los ojos y se agarró a los extremos con un chillido agudo, mirándolo atónita.

—Los jefes presiden la mesa, Sage.

Aquella explicación no pareció tranquilizarla, pero sus ojos se cerraron con astucia.

—En ese caso, me sentaré en el otro extremo.

Maverine levantó la cabeza de golpe con la mirada fija en Evie.

—Te animo a que lo intentes — repuso con voz grave.

Evie se sonrojó y Blade carraspeó con una sonrisa, acercándole una silla a la señorita Erring.

—¿Tenemos una reunión? ¿O acaso deberíamos irnos todos para que podáis proceder con vuestro próximo encuentro conyugal?

Gideon se echó hacia atrás. Aquella conversación le estaba provocando náuseas. La señorita Erring se llevó las manos a la cabeza y Keeley, que acababa de entrar, esbozó una sonrisa obscenamente complacida. Pudo disfrutarla unos instantes antes de que ella lo viera y la sonrisa se esfumara.

Halagador.

—Gushiken, yo de usted evitaría salir por ahí un rato — le aconsejó Maverine con frialdad, sin apartar la vista de los papeles.

Blade frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Podría caerle algo del cielo y matarlo.

—¿Como qué?

—Como un ladrillo — respondió con total seriedad.

Keeley intentó intervenir.

—Señor, me…

—¿Puede esperar un momento, capitana? — la interrumpió Maverine, poniéndose de pie para dirigirse a todos—. Lo primero es lo primero. ¿Están las mazmorras aseguradas?

Keeley asintió.

—Se han instalado cerraduras estándar en todas las puertas que dan a las mazmorras y hay varios Guardias Malévolos apostados allí.

—¿No hemos puesto cerraduras en las propias celdas? — preguntó Evie frunciendo el ceño.

—Me temo que no teníamos suficientes a mano.

— Keeley se dejó caer en el asiento frente a Gideon, que, aun en medio de aquella crisis, sintió que su corazón se aceleraba al tenerla tan cerca—.

Haré un pedido para que nos traigan más, pero imagino que la demanda se disparará ahora que todas las cerraduras encantadas están empezando a fallar.

—Sí, asegúrese de pedir más — la aconsejó Trystan y, a continuación, volviéndose hacia el resto de la mesa, señaló—: Tatianna y Clare no están. ¿Alguien sabe por qué?

—No las he visto en todo el día. — La señorita Erring frunció el ceño, jugueteando con sus gafas mientras ojeaba la sala—. Bueno, desde el incidente de esta mañana.

—¿Qué incidente? — preguntó Evie con recelo.

—No ha sido nada. Un simple malentendido.

— La señorita Erring se volvió a colocar las gafas sobre la nariz, claramente imperturbable ante lo que fuera que hubiera ocurrido—.

Clare estaba actuando un poco raro, pero yo también lo estaría si acabara de perder a mi padre.

— El recuerdo de Arthur Maverine barrió la sala como una ola y la pena hizo que todos bajasen los hombros y la mirada—.

Creo que será mejor empezar sin ellas — añadió—.

Puede que Tatianna esté trabajando en la cura para Marv.

—¿Qué? — espetó Keeley—. ¿Vais a curar al traidor?

Aquella pregunta encerraba más de lo que parecía. Gideon tomó nota de ello mientras esperaba la respuesta.

Maverine suspiró, señalando a Gideon y luego a Keeley.

—Fueron ustedes quienes lo descubrieron; ya han oído su triste historia. También saben que Marv no es ningún cerebrito; lo han utilizado como una marioneta. Además, no permitiré que ningún veneno acabe con él antes de saber quién es el responsable.

—Pero…

—Keeley. — La voz de Maverine era firme—. Pese a que respeto sus consejos, me temo que, en este asunto, ya he tomado una decisión.

La capitana quería añadir algo más, se notaba por cómo apretaba los labios, pero cedió y asintió.

—Entendido, señor. Ahora bien, ¿cómo desea que procedamos con los planes para robar el libro de La historia de Rennedawn?

Gideon se levantó tan rápido que su silla se volcó.

—¿Están planeando robar ese libro y no se les ha ocurrido consultarme? Pregúntenme a mí, que para algo soy el único que lo ha visto, ¿no?

—Lo crea o no, Gideon, me esfuerzo por no pensar en usted. Nunca — respondió Maverine con frialdad—. Algún depravado ha quemado las escasas páginas del libro que teníamos, aunque ya de por sí apenas eran suficientes.

Se frotó la sien y continuó:

—Presiento que no me equivoco al asumir que el libro de La historia de Rennedawn contiene mucho más de lo que la profecía por sí sola puede revelarnos.

— La cara de aburrimiento de Maverine no reflejaba la gravedad de las circunstancias—.

La magia de la mansión, o lo que queda de ella, podría desvanecerse en cualquier momento.

Debemos completar la profecía antes de que eso ocurra.

— Deslizó el papel que había estado examinando hacia el centro de la mesa.

Era el pergamino en el que estaba escrita la profecía del libro.

Gideon lo cogió primero.

Al principio de los tiempos, los dioses mágicos sabían

que todas las cosas un día el color perderían.

Para salvar lo que los humanos iban a destruir,

recurrieron a las herramientas del Destino y del Porvenir.

La belleza de las estrellas en el cielo abrumador,

las crías del Destino, nacidas en esplendor,

y la magia que aporta un equilibrio duradero

son la clave para rescatar al mundo con amor verdadero.

La persona que las tierras mágicas salve

del Destino tendrá la clave.

Y cuando se unan el Destino y la magia de luz estelar,

la tierra entera podrá controlar.

Mas debe tener cuidado

con El Villano desenmascarado,

pues nada es más peligroso

que un buen corazón tornado tenebroso.

Y cuando todo cambie sobre el tablero

el mundo volverá a su estado pasado

y el corazón del príncipe verdadero

salvará a su amor predestinado.

Donde la luz del sol brille sin impedimento,

la magia de Rennedawn iniciará su renacimiento.

El mal caerá, los reinos se alzarán.

Sigue esta profecía y todos tendrán

su final feliz en Rennedawn.

—Tenemos que descifrar el significado exacto, para asegurarnos de que no cometemos ninguna equivocación — dijo Maverine mientras Gideon le pasaba el papel a la señorita Erring, quien ojeó la página al doble de velocidad y luego se la tendió a Blade—. No hay margen de error.

—«Donde la luz del sol brille sin impedimento» — murmuró Blade, recorriendo las palabras a toda velocidad con sus ojos ámbar—. Esta frase la he oído antes.

—¿Cuando leímos la profecía por primera vez? — añadió Maverine con sequedad.

Blade se frotó la barbilla, frunciendo el ceño.

—No, no, me suena de otra cosa.

—«Y cuando todo cambie sobre el tablero, el mundo volverá a su estado pasado». — Evie repitió esos versos con expresión pensativa—. ¿Alguien tiene idea de cuándo será eso?

Keeley carraspeó.

—Puede que yo sí.

A Gideon no le gustó aquella inquietante afirmación y formó una mueca con los labios cuando ella se sacó un gran trozo de pergamino doblado del bolsillo, lo alisó con las manos y luego le dio la vuelta para que todos lo vieran.

Evie se llevó la mano a la boca mientras se levantaba de la silla con un grito ahogado y una niebla oscura se derramaba de sus dedos y le rodeaba las piernas.

—No.

El rostro de Keeley se suavizó para adoptar una expresión de compasión.

—Se están repartiendo por todo el reino. Algunos dicen que incluso más allá de las fronteras de Rennedawn.

—El rey va a morir esta noche — gruñó Maverine, dirigiéndose hacia la puerta.

—No.

Maverine se detuvo ante la orden de Evie.

La orden había sido firme, pero sus ojos…

Dioses, Gideon nunca había visto tanta tristeza como la que había en ese instante en los ojos de Evie mientras observaba su propio retrato.

Ese cartel de se busca no era como los demás.

No contenía una ilustración exagerada en la que se la representaba con una media sonrisa siniestra y que iba acompañada de la inscripción «L a M ujer M alvada ».

No. Este cartel de se busca era una declaración de intenciones.

S e busca

a la verdadera villana

por matar al curandero de la esencia

evangelina sage

Esta vez, el retrato no era una caricatura.

No era aterrador ni desproporcionado. En él solo se apreciaba la dulce sonrisa de Evie y sus ojos brillantes y redondos.

Tenía un aspecto amable y feliz. Y Gideon supo, por la forma en que su hermana lo miraba, que verse representada con tanta exactitud la había calado mucho más hondo.

—Lo que dice el cartel es cierto — susurró Evie—. ¿Por qué no iban a utilizarlo?

Gideon sabía que hablar de corazones rotos solo era una metáfora para referirse al dolor, pero una pequeña parte de él creyó de verdad que algo dentro de su pecho acababa de romperse.

Evie continuó:

—Ya es hora de que la gente deje de tomarla con la persona equivocada.

—¿Crees que me importa un comino lo que piensen de mí los ciudadanos de Rennedawn? — Maverine escupió las palabras con indignación—. Benedict no lo ha puesto porque sea la verdad, ha difundido este cartel para que nos resulte aún más difícil abandonar la mansión y cumplir la profecía.

—Nos contó que se había cometido un error hace veinticuatro años — repuso Evie. Trystan se dio cuenta de que se tambaleaba y se abalanzó en su dirección para sujetarla, pero ella se agarró antes al respaldo de la silla—. Simplemente lo está corrigiendo.

—Según tengo entendido, Benedict es quien lo orquestó todo, Evie.

— Becky se acercó a su amiga para ponerle una mano en el hombro con intención de tranquilizarla, y Evie se lo permitió—.

Espero que no quieras concederle el mérito por arreglar lo que él mismo estropeó.

Seguro que está intentando centrar la atención en esto para distraer a la gente de la atrocidad que haya decidido cometer esta semana.

—O tal vez… yo sea la atrocidad. — Evie asintió distraídamente, con los rizos de su melena formando patrones salvajes y oscuros que le enmarcaban el rostro—.

Estoy un poco cansada. Creo que voy a tumbarme un rato.

— Esbozó una leve sonrisa que, según sospechaba Gideon, le estaba costando mantener—. No os preocupéis por mí. Estoy bien.

Nadie la detuvo cuando pasó junto a ellos y salió por la puerta. Todos se quedaron paralizados tras ver cómo la persona más brillante de la sala… se apagaba.

Sí. Evie siempre había sido generosa con las palabras.

Y Gideon temía que las consecuencias hubieran llegado por fin.