Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

EVIE

L a Mansión Masacre estaba aparentemente tranquila cuando por fin la divisaron; la magia parecía estable por el momento.

Aun así, Evie se sentía tan nerviosa que su estómago parecía un pretzel.

¿Cuánto tiempo seguiría estando en calma su hogar?

Y, sin embargo, incluso mientras Fluffy descendía hacia la pacífica mansión, lo único en lo que Evie podía pensar era en las manos de Trystan aferrándose a ella, en la intensidad de su conexión…, en el bosque arrasado.

Por lo visto, era increíblemente egocéntrica, y su cuerpo era la prueba, porque, a pesar de estar en medio de una crisis, no podía evitar anhelar a Trystan.

Cuando aterrizaron, se bajó de la espalda de Fluffy, permitiendo que Trystan la sujetara por las caderas durante todo el descenso.

No rompieron el contacto visual hasta que sus pies tocaron el suelo.

Los tacones que llevaba resonaron sobre la piedra al entrar, y el eco de sus pasos era como un guardián, un protector que la resguardaba de todas las amenazas que no veía.

El espejo del pasillo solía mostrarle un reflejo de la mayor amenaza de todas.

Ese día pudo comprobar qué aspecto tenía tras haber sido empotrada contra el suelo del bosque.

Su vestido estaba abierto por la espalda, los cordones del corsé sueltos y atados de cualquier manera; sus labios carecían del color habitual y su corazón pesaba dos toneladas más que al marcharse.

El día estaba a punto de terminar, el sol comenzaba su descenso con lentos destellos de luz dorada a través de las ventanas.

El ambiente era cálido, y el calor se extendía también a su rostro. Por la vergüenza.

—¿Qué le ha pasado a tu vestido, Evie? — preguntó Blade con preocupación, fijándose en que estaba hecho jirones.

Ella se puso colorada y lo miró con los ojos abiertos como platos.

—Ah, nada. Ya sabes, cosas del bosque — dijo con la voz más aguda de lo habitual.

¡Huye de este pasillo antes de que tengas que huir del reino, Evie!

Trystan estaba tenso, evitando mirarla. Sabía tan bien como ella que, si sus miradas se cruzaban, se delatarían. Sin embargo, mientras todos subían las escaleras, con ella y Trystan al frente, quedó claro que tampoco había convencido a Blade ni a Becky.

—¿Cosas del bosque? — preguntó Becky como quien no quiere la cosa, tirando del candelabro. Cuando la puerta oculta que daba a las oficinas se abrió, el roce de la piedra contra el suelo fue el único ruido que rompió el silencio.

Evie tragó saliva, fijándose en lo vacío que estaba aquel espacio que normalmente bullía de actividad.

—Me… me he enganchado con algo.

Becky resopló.

—¿Con qué? ¿Los dientes del jefe?

—¡Rebecka! — La voz de Evie alcanzó un tono agudo que en general no es audible para el oído humano.

Blade chasqueó la lengua con aire preocupado antes de agarrar a Trystan por el brazo.

—¿Un granero? ¿El suelo? ¿Dónde piensa cortejarla la próxima vez? ¿En un cobertizo de herramientas?

Evie se quedó sin aliento al asimilar aquellas palabras.

—¿Se lo has contado a Blade?

—Gushiken — espetó Trystan, empujándolo con una mano contra la pared como si fuera un mosquito—. Le aconsejo que se guarde sus opiniones, no sea que pierda la capacidad de tenerlas.

Blade entrecerró los ojos.

—¿Cómo se pierde la capacidad de tener opiniones?

—Rebanándole los sesos a la persona en cuestión — gruñó Trystan, y luego se dirigió a Evie con la expresión de un hombre a punto de tumbarse en el potro de tortura—. No debería haberle dicho nada…

Ella lo calló poniéndole un dedo en los labios y la tensión abandonó los hombros de Trystan al ver su sonrisa.

—No, tranquilo. No… no pasa nada. Me alegro de que tengas a alguien con quien… hablar de, eh…, ese tema. Es bueno compartir con otras personas los grandes acontecimientos de la vida. En fin, tampoco es que fuera un gran acontecimiento, pero…

Trystan la miró fijamente a los ojos.

—Pasé un mes encarcelado sin ver la luz del sol. Y te prometo que ese suceso no me afectó tanto como este.

—Le he visto marcar el día con un corazón en su calendario — comentó Blade con alegría, y a continuación tuvo que apartarse de un salto para que Trystan no pudiera cogerlo, aunque fue gracias a Evie, que lo detuvo.

—Venga, chicos, portaos bien — les pidió Evie con una confianza fingida en la voz; luego sintió un alivio repentino y profundo al ver aparecer a Lyssa.

La niña corrió hacia ella para abrazarla—.

Hola, cariño. — Le acarició los rizos sueltos, tratando de transmitir calma—.

Siento no haber hablado casi nada contigo hoy. ¿Estás bien?

Lyssa estrechó su abrazo y le susurró al oído:

—No quiero hablar con ella.

Evie frunció el ceño, preocupada.

—¿Con quién?

—Supongo que se refiere a mí. — La voz de Nura Sage llegó desde el otro extremo de la habitación. Entró con el rostro demacrado y ensombrecido—. ¿Cómo estás, hasibsi?

Tenía sentido que lo preguntara. Evie no había visto a su madre desde que se reveló la verdad sobre las fechorías de sus padres. No había tenido tiempo ni ganas. Sin embargo, había conversaciones incómodas que no se podían evitar. Y esta, sin duda, era una de ellas.

—Le has contado a Lyssa… lo que tu padre y yo hicimos. — Nura parecía sentirse traicionada y Evie casi se echó a reír.

Las dos personas que más la querían habían conspirado para cambiar su identidad porque no podían aceptarla. Y muchos habían sufrido por culpa de su egoísmo.

—Le conté las decisiones que tomasteis y cómo nos afectaron.

No voy a disculparme por haber sido sincera con ella.

— Cuando dio un paso adelante para situarse frente a Lyssa, vio que su madre retrocedía y sintió una punzada de dolor—.

Ya no te voy a proteger más, mamá. Me temo que hay errores que no tienen arreglo.

—Sé que estás enfadada — dijo Nura con voz temblorosa—. Sé que te sientes traicionada. Y lo entiendo. Solo quiero que me des la oportunidad de explicarte…

—No estoy enfadada — la corrigió. Su umbral del dolor a manos de sus seres queridos se había superado hacía mucho.

No le quedaba nada más que ofrecerle a su madre.

Ni siquiera su enfado—. Estoy decepcionada, quizá, aunque no sorprendida.

Creo que por fin he aprendido la lección que has intentado inculcarme desde que nací.

Nura dio un paso adelante con esperanza, buscando las manos de Evie, y esta se lo permitió, mirándola a los ojos con un dolor sordo en el pecho. Era un dolor con el que podía vivir.

Entonces apartó bruscamente las manos de la mujer a la que había estado esperando desde que tenía trece años, quizá incluso menos, porque se dio cuenta de que la versión de ella que esperaba jamás llegaría.

—Ya no voy a contar contigo. No esperaré que te conviertas en lo que siempre he necesitado que fueras. Renuncio a la idea que tengo de ti, madre. Perdóname por aferrarme a ella durante tanto tiempo. — Su voz nunca había sonado más serena, pero sentía el cuerpo entumecido.

—Lo hice para salvarte, hasibsi. No fue lo correcto, ahora soy consciente de ello, pero era joven y estaba asustada. Confié en que tu padre sabía lo que era mejor para ti, y te pido perdón por ello.

Los pocos trabajadores que había en la oficina observaban la escena cuchicheando entre ellos. Evie notó un cosquilleo ardiente y desagradable detrás de la nuca.

—Que todo el mundo se vaya a comer — rugió Trystan.

—Son las cinco, señor — objetó uno de los hombres que estaban junto a las mesas de contabilidad.

—¡Fuera! — bramó de nuevo.

Las miradas de Evie y Trystan se encontraron. A él no parecía importarle lo más mínimo cómo los trabajadores se dispersaban tras recibir su orden ni lo rápido que se había vaciado la sala. Becky empujó a Lyssa hacia las cocinas y Blade las siguió.

De pronto, Evie sintió que, ahora que ya no tenía todas las miradas puestas en ella, podía volver a respirar.

—¿Cómo lo has sabido? — le susurró.

—He pasado una cantidad obscena de tiempo mirándote desde que empezaste a trabajar aquí. Lo sé todo.

Pronunció esas palabras con tranquilidad, pero eso no impidió que el corazón de Evie diera un vuelco. Era un miedo común, a mucha gente le preocupaba lo que los demás pudieran decir a sus espaldas. Sin embargo, los miedos comunes con los que había nacido no podían compararse con los nuevos.

Con todo lo que tenía que perder ahora.

Podría perderlo a él.

Por mi propia culpa. Se estremeció.

—¿De verdad no quieres escuchar mis motivos para entender lo que hice?

— suplicó Nura—. ¿No te conmueve en absoluto lo arrepentida que estoy?

— Su voz sonaba tensa y tenía una mirada desesperada mientras escudriñaba el rostro de Evie en busca de una señal de perdón.

Quería otra oportunidad para volver a entrar en su corazón.

No la iba a encontrar.

—Deberías ir a descansar — la instó Evie pasando junto a su madre—. Tu magia de luz estelar se ha desvanecido y aquí arriba no te necesitamos para nada.

Lo única respuesta que recibió fue el sonido de los pasos de Nura mientras se alejaba corriendo hacia las escaleras. Cuando por fin se atrevió a mirar, ya se había ido, pero alguien había ocupado su lugar.

Gideon tenía los labios apretados y una expresión seria.

—¿Tienes algo que decir? — preguntó Evie con frialdad, sintiendo cómo se le erizaba el vello.

—Tienes derecho a estar enfadada, hermanita — respondió Gideon levantando las manos—.

Llevo todo el día buscándote para decírtelo, aunque quizá…

Puedes mandarme al infierno si quieres, pero me preocupa el estado mental de nuestra madre después de haber perdido los poderes.

¿Podrías intentar ser un poco más amable?

Esta vez sí que se le escapó la risa. Era tan increíblemente irónico que no pudo contener ese sonido cínico ni la acumulación de lágrimas en los ojos, pese a que se negaba a dejarlas caer.

—Gideon. — Su risa se desvaneció hasta dejar una sonrisa afligida. Sentía tanta tensión en el pecho que le provocaba un dolor físico—. Es posible que me cueste un poco hacer eso. Quizá porque nadie se preocupa de ser amable conmigo.

Gideon se estremeció y abrió la boca, pero Trystan lo interrumpió interponiéndose entre ellos con el aspecto de un soldado dispuesto a morir luchando por su causa.

—Gideon, ¿por qué no vas a comprobar si han llegado todos? Nosotros iremos en un momento. — Su tono no admitía réplica. Era o marcharse o que le partieran la cabeza.

El hermano de Evie tomó la decisión acertada.

Mientras ella procesaba las palabras de Trystan, se agarró a su brazo, con los rizos aún húmedos rozándole la tela.

—¿Si han llegado todos? — preguntó, dejando que la pesadez de la discusión con su madre diera paso a la consternación.

Él esbozó una sonrisa y, aun a pesar de todo, Evie necesitó una voluntad de acero para resistirse a besar el hoyuelo que le asomó en la mejilla.

—¿Qué es lo que menos te apetece hacer ahora mismo?

Con un quejido dramático, Evie apoyó la frente en el brazo de Trystan.

Iban a tener una reunión.