Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

EVIE

U na chica solo es capaz de aguantar hasta cierto punto.

Con la de veces que se había burlado de él, que había intentado hacerle perder la compostura que tanto apreciaba…

La realidad era que Evie tenía de todo menos compostura.

La suya se asemejaba más a la de un borracho que anda por las calles con los ojos vendados.

Solo unas pocas horas de esfuerzo por parte de Trystan Maverine habían bastado para que saltara a sus brazos y le rodeara la cintura con las piernas.

Se le había subido la falda y el sol que se colaba entre los árboles le acariciaba los muslos al descubierto.

Ella gemía contra su boca como si fuera a perecer en el momento en que se separasen, agarrándole la nuca y tirándole del pelo.

Un sonido áspero y gutural brotó del pecho de Trystan mientras se agachaba con cuidado hasta tumbarla de espaldas sobre la hierba.

Apoyó las grandes manos en las mejillas de Evie y le inclinó la cabeza, besándola con más intensidad. Luego se apartó, susurrando entre jadeos entrecortados:

—Puedo parar si me lo pides. — Le acarició el pómulo con reverencia—. Si no estás segura, podemos detenernos — murmuró, y procedió a cubrirle la cara de besitos: en los ojos, la nariz y la comisura de los labios.

Sin duda debían parar. Era imposible pensar con claridad si él la besaba así, no había forma de recordar el dolor, el sufrimiento o el miedo al futuro. Nada de eso importaba cuando sus bocas estaban en contacto.

Notó que le caía una gota de agua en la mejilla y, al abrir los ojos, vio unas nubes grises en el cielo y una ligera llovizna que le mojaba el pelo a Trystan. Su mirada oscura la buscaba y acabó fijándose en su boca. Evie decidió decirle que parara.

—Quiero más. Por favor. — Las palabras salieron a trompicones. Tragó saliva—. O sea, si tú quieres, claro; si no…

No tuvo oportunidad de terminar antes de que él la besara de nuevo con profundo alivio.

La urgencia se apoderó de cada uno de sus movimientos mientras él le deshacía los cordones del corsé.

En un momento dado, Evie notó cómo se rompían, dejándole al descubierto la espalda y uno de los hombros.

Sintió puro placer cuando los labios de Trystan se posaron en su cuello, asomando la lengua para saborearla.

Soltó un gemido cuando él le bajó y le quitó el resto del corsé, rasgando la tela del vestido que llevaba debajo. Al fin, percibió la caricia del aire fresco contra sus pechos.

Se encontraban en medio de la nada, solos en aquel bosque, a kilómetros de donde cualquier habitante del pueblo desprevenido se atrevería a vagar con un villano suelto; aun así, sentía que hacer aquello ahí era atrevido. Peligroso, incluso.

Y eso la hacía sentir poderosa, desesperada, viva.

Empujándole los hombros, hizo que Trystan se tumbara de espaldas y le quitó la camisa por la cabeza.

Luego le acarició los bíceps y los músculos tensos que se marcaban en la parte superior de su espalda.

Lentamente, su mano siguió bajando hasta llegar a un punto que arrancó un siseo de los labios de Trystan.

El riesgo que conllevaba aquello la envalentonaba.

Se inclinó hacia delante y empezó a dejar un rastro de besos por su pecho, alzando la vista para evaluar su reacción.

Se había quedado paralizado, mirándola como si no creyera que fuera real.

Ella continuó, hasta que de repente él la levantó y le dio un beso brusco en la boca antes de colocarse otra vez encima de ella, quitándole el resto de la falda y sacándose él también los pantalones.

Por un instante, ella se detuvo y fue consciente de lo que estaba sucediendo. El ansia se fue transformando en ternura al reconocer que aquella tenía que ser la última vez. Que no iba a volver a saborearlo así.

Esa amarga mentira le dio el valor para deslizar una mano por sus brazos musculados y recorrerle el pecho, tocando las partes que ya había explorado en sus fantasías más lascivas. Cuando rozó el tatuaje dorado que le rodeaba el bíceps, él se estremeció, observándola con atención.

—Te deseo — susurró ella.

Aquella afirmación lo encendió como el disparo de un cañón. La atrajo hacia sí con un beso feroz y se quedó quieto para contemplar el rubor que se extendía por el cuerpo de Evie. Sus ojos eran meros pozos negros cuando se encontraron con los de ella.

—Nunca… — comenzó a decir, mirándola como siempre la miraba, como si dudase de que aquello fuera un sueño. Ladeó la cabeza y ella le acarició la mejilla con cuidado. Sentía tantas cosas que creía que iba a estallar.

—¿Qué?

—Nunca he deseado nada — dijo Trystan con voz ronca, besándola en una lenta muestra de aprecio— como te deseo a ti.

La honestidad que rezumaba de aquella simple afirmación la conmovió. Nada de florituras, solo sus sentimientos claramente expuestos para que ella los viera. Y ya no pudo contenerse más.

Lo atrajo hacia sí con las piernas hasta que sus caderas y pechos quedaron pegados y la fricción de sus respiraciones aceleradas creaba oleadas de sensibilidad.

—No sé si voy a poder soportarlo — susurró Evie, jadeando contra sus labios.

—Estoy seguro de que sí — dijo él con voz grave, y deslizó los dedos entre sus piernas, capturando su gemido con la boca.

Al bajar la guardia, sintió que la magia respondía a su súplica de acercarlo más y tiraba de él, arremolinándose a su alrededor como una voluta de humo.

Se estremeció al ver que Trystan se percataba de lo que estaba pasando.

—No puedo controlarla, la magia…

—No hace falta que la controles. Soy capaz de lidiar con lo que sea que venga de ti — dijo antes de darle un beso apasionado.

Una lágrima resbaló por su mejilla hasta que los labios de Trystan la atraparon. Y entonces no tuvo más remedio que entregarse a él.

Empezaron a moverse con sintonía hasta que el placer los sobrevino.

Tal fue el grado de disfrute al alcanzar el culmen que Evie no pudo evitar arrancar la hierba del suelo.

Él gimió contra su hombro al llegar al clímax poco después, y se quedaron tumbados, recuperando el aliento mientras la llovizna los empapaba.

—¿Cómo es posible que haya sido mejor la segunda vez? — Trystan levantó la cabeza y la miró con asombro.

Era cierto. Maldita sea. ¿Iba a mejorar cada vez?

No, Evie. No. «Cada vez» implicaba que habría más veces.

Por los dioses, se había dejado llevar de tal manera que ni siquiera había pensado en evitar el embarazo. Había empezado a tomar las hierbas a los dieciséis años porque Lyssa en esa época tenía tres y sabía que no iba a ser capaz de ocuparse de otro bebé, pero dejó de tomarlas después de Rick.

—Deberíamos haber usado protección…

—Me tomo las hojas — soltó él, y las preocupaciones de Evie se desvanecieron de golpe, dejándola boquiabierta.

—¿Te refieres a… las hojas de esa planta que hace que la gente coma mucho y se ría sin motivo?

Ya estaba sonrojado, pero se ruborizó aún más cuando murmuró:

—Me refiero a las hojas que se usan para prevenir eso que te preocupa, así que puedes estar tranquila, no te vas a quedar embarazada.

Evie notó una opresión en el pecho.

—¿Cuándo empezaste a tomarlas?

Él apartó la mirada con el rostro impasible.

—No estoy seguro.

—¿Cuándo?

Al final cedió.

—Después de que nos besáramos por segunda vez… en tu casa.

—¿Así que dabas por hecho que esto iba a pasar? — lo acusó, señalándolo con el dedo mientras él los cubría a ambos con su capa.

El temido villano que había atormentado Rennedawn durante la última década se puso rojo como un tomate.

—No, no lo daba por hecho, pero aquello me dio un atisbo de esperanza. Y tratar de deshacerme de ella fue una auténtica pesadilla, así que al final simplemente me rendí ante la idea de que podía suceder y… La cuestión es que nunca te habría obligado a tomar esa decisión si no hubiese salido de ti.

Decir que no iba a obligarla a hacer algo que no quisiera no es que fuese el culmen del romanticismo.

Al fin y al cabo, era lo mínimo que cabría esperar.

Sin embargo, su preocupación hacia la posibilidad de que ella pudiera pensar lo contrario era sincera.

El respeto que le mostraba formaba parte de su manera de ser, no era algo que tuviese que fingir o practicar.

Trystan se acercó y le dio un beso en la coronilla, y todos los músculos cansados del cuerpo de Evie se relajaron. Podría haberse quedado dormida así. De hecho, no le habría importado dormir así todos los días durante el resto de su vida.

Pero eso no era posible.

Porque llegaría un día en que ya no podrían ignorar la tragedia que se avecinaba.

—Oigo cómo tu cerebro le está dando demasiadas vueltas al tema.

—No le estoy dando demasiadas vueltas — protestó ella con el ceño fruncido, y levantó la cabeza para mirarlo—. En todo caso, lo que acabamos de hacer es una muestra de que le hemos dado demasiadas pocas vueltas.

Él esbozó una sonrisa, y el absurdo corazón de Evie dio un vuelco.

—Siempre he sido partidario de darle pocas vueltas a las cosas. Las consecuencias son de lo más agradables.

Ella le dio un golpecito en el hombro.

—Ayúdeme a vestirme, amable caballero. — Intentó recomponer su vestido rasgado entre risas.

Tuvo que darle una palmada en la mano a Trystan por su insistencia en destapar las partes de su cuerpo en cuanto desaparecían bajo la tela.

Cuando por fin consiguieron juntar la tela de manera que formara algo remotamente parecido a lo que llevaba antes, se le escapó un pequeño estornudo.

El instinto de Trystan, por supuesto, lo llevó a entrar en pánico.

—Tenemos que resguardarte de la lluvia antes de que te mueras de frío.

—¿De verdad crees que estoy cerca de morir por un estornudo? — respondió con sarcasmo.

Él le echó la capa por encima de la cabeza antes de que pudiera decir nada más, protegiéndole la cara y los rizos empapados.

—Hemos venido aquí porque quería que tuvieras un respiro en un lugar donde tu magia estuviera a salvo y te sintieras segura. Como hacía yo cuando necesitaba aprender a controlar mis poderes. Volveremos siempre que quieras.