Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

TRYSTAN

E ra arriesgado.

Y Trystan sabía que él era el único digno de atreverse a hacerlo.

—Ya casi hemos llegado — informó.

Él y Sage habían pedido ayuda a Roland para abrirse paso por la muralla de espinas que daba al bosque de Hickory.

El joven Fortis había probado un nuevo hechizo para alimentar las espinas, elaborado con una gota de la sangre de Trystan.

Era su último recurso, pero también la única forma de garantizar la seguridad total de sus empleados.

Ahora nadie entraría sin que él lo supiera.

Y, tal y como estaban las cosas, tampoco podría salir.

Esa era la única razón por la que Trystan consideraba que llevar a cabo su plan actual era mínimamente aconsejable.

—¿Cómo te hace sentir la magia ahora mismo?

—Como si estuviera teniendo una mala digestión — refunfuñó Sage a su lado, frotándose el pecho. Llevaba la daga atada a la cintura y la niebla oculta en lo más profundo de su cuerpo.

Qué envidia.

Pero debía mantener su deseo hacia ella a raya. No quería asustarla con tanta intensidad ni empujarla a caer rendida en sus brazos antes de que estuviese preparada para hacerlo con total certeza. Esto era un territorio nuevo para Trystan, en todos los sentidos.

Ya no podía recurrir a su magia para protegerla. Su supuesto papel en la profecía de La historia de Rennedawn se había reducido a ser un mero… príncipe. Su mente rechazaba la palabra como si se tratase de una maldición abominable.

Y, por si no fuera suficiente, tenían la presión añadida de saber que, si no cumplían pronto la profecía, Rennedawn probablemente perecería.

Que así sea, insistía su parte menos civilizada. Deja que se reduzca a cenizas. Cualquier cosa con tal de no perderla a ella.

—Eso es justo lo que pensaba de ti antes — soltó Trystan. Necesitaba calmarse antes de que sus ajustados pantalones delataran hacia dónde se había desviado su mente.

—¿Perdón? — Sage lo miró parpadeando, desconcertada, deteniéndose ante un gran roble.

—Cuando sonreías, me, eh… — Dioses, esto se le daba fatal—. Me dolía el pecho. Se me ocurrió que podía deberse a que tenía acidez. Incluso dejé de comer naranjas, y entonces me di cuenta de que, en realidad, era porque estaba enamorado de ti.

Evie se mordió su carnoso labio inferior para contener una sonrisa mientras seguía caminando, con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Estabas? — preguntó ella, tratando de sonar despreocupada y desinteresada para que la barrera entre ellos se mantuviera erguida.

Igual de erguida que ciertas partes de la anatomía de Trystan.

—Conque ya has cambiado de opinión, ¿eh? — añadió mirando al frente, en un intento por ignorarlo.

Pero él no pensaba permitírselo.

Sin pensárselo dos veces, la agarró de la mano y sintió una oleada de emoción en el punto donde su piel había entrado en contacto con la de ella. Cuando la miró a la cara, vio todo lo que esa mujer trataba de ocultar. Amor, respeto, deseo, aprecio, alegría y dolor. Eso era lo que él le provocaba.

Alentador.

Negó con la cabeza y, con un tono cargado de rabia, dijo:

—Nunca.

Ella abrió mucho los ojos y retrocedió un paso, llevándose la mano al pecho como si su contacto la hubiera lastimado.

—No estoy acostumbrada a que seas tan… tan…

—¿Sincero? — propuso él, y siguió avanzando por el bosque a grandes zancadas—. Puedo continuar, si lo deseas.

Por muy herida que estuviera Sage, la curiosidad superaba con creces al dolor, y sus ojos claros brillaron ante aquella posibilidad.

—¿Qué más tienes por ahí?

Trystan levantó una rama y le sujetó el codo con delicadeza para ayudarla a sortear una raíz, regocijándose al haber encontrado otra excusa para tocarla. Acto seguido, se reprendió por su evidente desesperación. Sus sentimientos se estaban desbordando por momentos.

Igual que uno de sus mayores secretos.

—La verdadera razón por la que tengo tantas almohadas en mi cama.

Sage se giró tan rápido que tropezó con la raíz. Él la sujetó y tiró de ella hacia su pecho, pero perdió el equilibrio y ambos cayeron, Trystan debajo y las suaves curvas de Evie presionadas contra su abdomen.

El calor de su cuerpo y el aroma a rosas lo asaltaron, poniéndolo en alerta. En todos los sentidos.

Cuando ella apoyó las manos a los lados de su cabeza, su melena rizada formó una cortina que los aislaba del mundo. Él la miró con expresión neutra, decidido a no delatar sus emociones. Sabía que ella se apartaría en cualquier momento.

Y entonces él podría morir en paz.

—Sage, estaba dispuesto a darte la información de buena gana; no hacía falta derribarme. — Su tono seco despertó ese rubor de enfado en las mejillas de Evie y una niebla oscura se arremolinó entre sus dedos, proporcionando una ráfaga de aire frío contra la piel de Trystan.

—Ya, claro. Ese bulto que noto debe de ser por lo poco que te está gustando — repuso con su maliciosa sonrisa burlona, y él pensó que un coxis magullado era un precio justo a cambio de verla tan de cerca.

Ella se percató enseguida de que había bajado la guardia y se apartó a toda prisa, y Trystan contuvo un gemido de frustración.

Sin soltarle la cintura, se incorporó y la ayudó a levantarse. Su cuerpo protestó al notar la ausencia cuando ella se alejó, pero lo reconfortó comprobar que sentía algo parecido. Tenía las mejillas sonrojadas y las pupilas dilatadas mientras lo analizaba.

—¿Qué decías de tus, eh…, almohadas?

—¿Mis qué? — preguntó aturdido. Luego sacudió la cabeza para volver a la realidad—: Ah, sí. No es nada del otro mundo, pero pensé que te gustaría saber que la cantidad de almohadas aumenta cada vez que sueño contigo.

Divisó el pozo a lo lejos. Se sentía sorprendentemente aliviado por haber compartido una verdad tan íntima con la única persona en la que confiaba.

El sonido de los pasos de Sage cesó y, cuando Trystan giró la cabeza, se la encontró moviendo los labios sin llegar a pronunciar nada, sujetándose las mejillas con ambas manos.

—¿Quieres decir que…?

—De pequeño me gustaba tener muchas, pero hacía tiempo que había superado esa necesidad. De adulto, solo tenía dos, hasta que dos se convirtieron en tres, y tres en cuatro, y así sucesivamente.

Sage parecía un poco consternada, como si esta conversación la estuviera sumiendo en un ataque de incredulidad.

Le resultaba de lo más entretenido.

—¿Qué…? — Respiró hondo, haciendo un gesto con la mano como si así pudiera deshacerse de esa información—. ¿Qué demonios pensabas que conseguirías comprando tantas almohadas?

Trystan se encogió de hombros.

—Acabar con los sueños. Y, si eso no funcionaba, morir asfixiado durmiendo me parecía una buena alternativa.

—¡Por todos los dioses! — exclamó pasando junto a él en dirección contraria mientras su magia oscura, aún descontrolada, salía a su encuentro—.

Insinuar que prefieres asfixiarte antes que soñar conmigo no es un halago, eres consciente, ¿no?

— concluyó con una risa ahogada que dejaba adivinar lo nerviosa que estaba.

Él levantó la mirada pensativo, asintiendo con la cabeza y apretando los labios.

—Visto así, supongo que no, pero me has pedido sinceridad. — Trystan sonrió para sus adentros, con la niebla arremolinándose a su alrededor. Ya entendía por qué a Sage le resultaba tan divertido provocarlo.

Se moría de ganas de descifrarla.

Ella tenía la respiración acelerada por la frustración y esa embriagadora oscuridad detrás de sus pupilas se desvaneció cuando se dio cuenta de que había dirigido su magia hacia él. Se le escapó un jadeo.

—Sinceridad, sí, no que me digas cosas que me lleven al borde de la histeria.

Trystan esbozó una media sonrisa mientras la miraba con ternura y diversión.

—Me pareces extraordinaria. ¿Qué opinas de eso?

Ella se quedó mirándolo, parpadeando y con la boca abierta, aunque no le salían las palabras. La había dejado muda.

Solo había hecho falta un merecido cumplido.

Qué gracia.

—El pozo — soltó ella, nerviosa, y dio media vuelta—. ¿Vamos?

Balanceándose sobre los talones, Trystan decidió cambiar su confusión por más entretenimiento. Qué divertido era llevarla al límite.

—Dime, Sage. ¿Has utilizado alguna vez un pozo de los deseos?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos y adoptó una expresión de desconcierto que le hizo querer meterla bajo su capa y protegerla del mundo.

—Por supuesto que sí, pero imagino que esa no será la razón por la que me has traído aquí, ¿no?

—Te he traído porque necesitas un lugar donde practicar con tu magia. — Apartó las largas ramas del sauce llorón con el que se había topado años atrás, echándolas a un lado para que ella pasara primero—. Un lugar en el que no tengas miedo de hacerle daño a nadie ni a nada.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Pedirle al pozo que lo haga realidad? — preguntó, mirando con desagrado la moneda que le había dado.

—Ah, no. De hecho, mi idea era que usaras esa moneda para desear que tu magia desapareciera — sugirió con humor seco, en un intento (fallido) de aligerar la tensión del ambiente.

Su precioso rostro se torció ante aquella sugerencia, aunque Trystan tenía la esperanza de que no se lo tomara muy a…

La moneda le dio de lleno en la frente.

—¿Me has hecho caminar dos horas para intentar usar la psicología inversa conmigo? — lo reprendió cruzando los brazos—. ¿No podrías haberlo intentado en la mansión?

Él se agachó para recoger la moneda con un movimiento fluido y sus dedos rozaron la palma de Evie cuando la dejó caer sobre su piel.

—No. No podía intentarlo en la mansión — contestó en voz baja—. Este pozo es especial. Tírala dentro. Te prometo que no te arrepentirás.

Sage era curiosa por naturaleza, así que no le sorprendió que se asomara al borde y arqueara una ceja.

—No pienso pedir ningún deseo.

Él esbozó una sonrisa burlona.

—Solo es un pozo. No concede deseos.

Por la forma en que frunció la nariz al lanzar la moneda, Trystan supo que en realidad sí que había pedido uno. Al cabo de un segundo, se escuchó el sonido de un chapoteo… y el sauce comenzó a cantar.

Un encantador tintineo de campanillas resonaba a su alrededor y se expandía entre las hojas y ramas que ahora brotaban con todo tipo de flores, emitiendo un placentero aroma que impregnaba el aire. Todo a su alrededor eran colores y sensaciones agradables.

En sus primeros días como poseedor de la magina negra, le fascinaba ir a ese lugar.

Se lo había recomendado Edwin al ver que le costaba controlar la niebla y no se terminaba de sentir cómodo.

Sage tenía los ojos muy abiertos y no pudo evitar soltar un gritito de emoción mientras se giraba en todas direcciones para contemplar el mural de belleza que los rodeaba.

—¿Cómo es posible?

—El pozo emite magia pura a su alrededor si recibe una ofrenda. Cuando sentía que no conseguía tomar el control de mi magia en las primeras semanas, venía aquí a menudo. Escucha.

Ella continuaba distraída por las rosas que brotaban del musgo que cubría el pozo.

—¿Que escuche qué?

Él se acercó por detrás con cuidado, le puso una mano en la cadera y se inclinó para susurrarle al oído.

—A tu magia. Aquí es más silenciosa, pero sigue presente.

Ella se estremeció y él tragó saliva, decidido a seguir adelante.

—Aquí puedes usarla sin peligro. Te lo prometo. Inténtalo.

Se giró lentamente con los ojos cerrados y él retrocedió para darle espacio. La magia, sin embargo, tenía otros planes.

La niebla brotó de sus dedos, envolviéndolo y levantándolo para después arrastrarlo hasta dejarlo a unos pocos centímetros de Evie, que tenía la boca abierta y una expresión alarmada.

Trystan notó una punzada de culpa. No debería haberla presionado.

—Evie, lo siento, no quería…

La magia los rodeó y lo empujó por detrás. Él tropezó hacia delante, pero no llegó a caer gracias a Sage.

Porque se había abalanzado a sus brazos.

Y lo estaba besando.