CAPÍTULO 7
BECKY
R ebecka Erring no le quitaba el ojo de encima a Lyssa Sage. Esa niña tramaba algo.
Su trenza oscura se estaba deshaciendo por el extremo y tenía una expresión de concentración en el rostro. Movía la pluma con ímpetu y sin descanso. A Becky le dolía la muñeca solo de mirar.
—¿Cuánto tiempo lleva con esto? — le preguntó Becky a Edwin en voz baja. El ogro contemplaba a Lyssa con un cariño que aportaba mucha más calidez a la estancia que el horno.
Edwin se encogió de hombros, sin poder evitar sonreír.
—Unas cuantas horas, como mínimo. He conseguido que almorzara algo, pero no ha parado desde entonces.
La señorita Evie ha venido a comprobar cómo estaba antes de irse con Trystan.
Me ha dicho que cuando la señorita Lyssa se pone así, lo mejor es dejarla en paz.
— Se rio entre dientes, removiendo el caldero del brebaje, un líquido espeso y fragante.
Becky resopló antes de dirigirse con paso firme hacia la mesa donde estaba sentada la niña y asomarse descaradamente por encima de su hombro, aunque casi se le sale el corazón del pecho al oírla decir:
—Si quiere leerlo, señorita Erring, solo tiene que pedirlo.
Se sonrojó por haber recibido una burlona reprimenda de parte de una niña, pero de todas formas decidió sentarse en la silla de enfrente.
—Solo quería asegurarme de que no estuvieras tramando algo perverso.
—Siempre estoy tramando algo perverso. — Lyssa por fin levantó la vista con un brillo en los ojos y le dedicó una sonrisa—. Pero esto lo estoy escribiendo para divertirme.
—¿De qué trata la historia? — preguntó Becky, sin pararse a disimular ya su interés por las andanzas de la pequeña.
Edwin se acercó para darle un vaso de agua a Lyssa y una taza llena de brebaje a Becky.
Ella la aceptó de buen grado y dejó que le caldeara las manos mientras esperaba pacientemente la respuesta de Lyssa.
Los ojos de la niña se posaron en el papel y la confusión se reflejó en su rostro.
—Creo que trata sobre el destino.
—¿Sobre el porvenir? — preguntó Becky, dando un sorbo de brebaje y disfrutando de cómo el líquido la calentaba por dentro.
Lyssa palideció, titubeando al dar su respuesta.
—No. No son lo mismo en absoluto, señorita Erring. El porvenir es lo que se espera que suceda, mientras que el destino es lo que acaba sucediendo de forma natural.
A Becky aquello le hizo gracia.
—Eres consciente de que, si buscamos ambos términos en el diccionario, aparecen como sinónimos, ¿verdad?
Lyssa levantó la nariz con altivez.
—No estoy escribiendo un diccionario, estoy escribiendo una novela. Y, en mi novela, el Destino y el Porvenir son rivales acérrimos.
Es una maravilla lo que son capaces de imaginar las mentes de los niños.
—Entonces, ¿tu historia presenta al Destino y al Porvenir como personas?
Lyssa le tendió el papel a Becky con una solemnidad que no reconocía en ella.
—El nombre del Destino es Moira.
—¿Y cómo se llama el Porvenir? — se interesó Edwin, acercándose a ellas con un plato de bollos recién salidos del horno.
—Porvenir — respondió Lyssa, mirándolos a ambos como si le hubieran preguntado la primera letra del alfabeto—. ¿Cómo si no?
—Has empleado toda tu creatividad en dar con Moira, ¿eh? — comentó Becky mientras extendía la mano con determinación para coger un bollo y dejarlo frente a Lyssa.
La niña tuvo la reacción que se puede esperar de cualquier crío ante un dulce: soltó la pluma y se abalanzó sobre el bollo como un animal hambriento. Becky bajó la vista hacia la página y se detuvo a analizar las ilustraciones. Había algo en el dibujo del Porvenir que no le cuadraba.
No obstante, antes de que pudiera cuestionarlo, Blade entró a trompicones y respirando con dificultad por la puerta, como si hubiera venido corriendo a toda velocidad desde el patio.
—Roland está viniendo hacia aquí y trae una carta de tu madre, Rebecka. Dime que la queme y lo haré.
Había ido para advertirla y que tuviera tiempo de mentalizarse antes de que llegara su hermano y hubiese que tomar una decisión. ¿Cómo podía un hombre al que solo conocía desde hacía unos meses saber tanto sobre lo que necesitaba para sentirse segura?
Sin mediar palabra, Becky se levantó y dio dos pasos hacia él. Después se cruzó de brazos y enarcó una ceja.
—¿Y si quiero abrirla?
Blade se sacó del bolsillo su abrecartas favorito.
—También vengo preparado para esa posibilidad.
Ella sonrió; no pudo evitarlo. La dulzura de este hombre sacaba su lado más tierno.
Becky dio otro paso y le acarició la mejilla, se puso de puntillas y le dio un besito en los labios antes de volver a apoyar la planta de los pies en el suelo.
—¡Qué bonito! ¿Puedo usarlo para el próximo capítulo? — exclamó Lyssa, provocando una oleada de risas entre los presentes.
Duró solo un momento, dado que, segundos después, Roland entró por la puerta con las gafas justo por debajo de la cicatriz que le cruzaba la nariz. Se le veía perfectamente sereno y le entregó la carta con el sello de la familia Fortis con la mano firme, sin molestarse en explicar qué era.
Le hizo un movimiento de cabeza a Blade como muestra de agradecimiento. Ambos sabían que el adiestrador de dragones solamente le debía lealtad y fidelidad a ella, a diferencia de otros.
Becky se quedó mirando la carta como si fuera a darle un mordisco, y entonces un pensamiento indeseado la paralizó.
—No será… ¿Le ha pasado algo a la abuela?
Ramona Fortis padecía el mal místico, como muchos en Rennedawn.
Un castigo del Destino infligido a la Tierra en respuesta a que el rey Benedict hubiera encarcelado a algunas de sus criaturas: los gubres.
Desde que los habían liberado, la enfermedad había dejado de encontrar nuevas víctimas, pero las antiguas seguían sufriendo.
La hija de Ramona y madre de Rebecka, Renna, había hecho todo lo posible por descubrir una cura, incluso había tratado de robarle la magia a Becky con la misma flor de la memoria que se había llevado la luz estelar de Nura Sage.
En aquel momento, Becky había considerado aquel acto imperdonable, pero, con el paso de los días, algunas preguntas empezaban a acecharla.
¿Estaría ella dispuesta a hacer algo así por una persona a la que amaba? ¿Manipularía y mentiría a costa de una hija?
Unos deditos le agarraron la mano.
—No pasa nada, señorita Erring. Haga lo que sienta que debe hacer.
No, se respondió a sí misma, contemplando el rostro confiado de Lyssa. No, buscaría cualquier otra forma antes que hacerle daño a su propia hija. Ni siquiera soportaba la idea de herir a esta niña. Le dio un apretón de manos reconfortante y esbozó una sonrisa.
—¿Estás segura de que te ha criado Evie? Has salido muy bien.
Esas palabras suavizaron aún más la mirada de Lyssa.
—Creo que precisamente por eso he salido así, ¿no le parece, señorita Erring?
Qué forma más dulce y considerada de elogiar a Evie Sage.
—Desde luego que sí, Lyssa.
—Me parece que el estado de salud de la abuela se mantiene estable — confirmó Roland, y Becky relajó los hombros aliviada—.
De no ser así, también me habría escrito a mí.
La verdad es que desconozco qué información puede contener esta carta.
Cuando, meses atrás, te marchaste con El Villano, se negó a hablar de ti.
Cuando Rafael exigió que dejáramos de evitar el tema de conversación en la mesa, dejó de comer con nosotros.
Becky tragó saliva para hacer desaparecer el nudo que se le había formado en la garganta.
Su madre era una cobarde, alguien incapaz de hablar de una de sus hijas, pero capaz de rehuir a todos los demás para no ceder. Nada de lo que esa mujer pudiera escribir le haría daño.
Respirando hondo, rasgó el sobre y sacó el pergamino. Lo leyó con el corazón latiendo con fuerza ante cada palabra. El sudor comenzó a brotar y la sangre le retumbaba en los oídos.
De repente, su cara reflejó una expresión de horror y Blade la rodeó con los brazos.
—¿Rebecka? ¿Qué pasa, cariño? — Le tomó una mano y se la llevó a la barbilla hasta que los ojos angustiados de Becky se encontraron con los suyos, llenos de preocupación.
—Tenemos que ir a buscar a Evie y a Trystan. Ahora mismo.
—¿Por qué? — preguntó Lyssa, arrugando su manuscrito por los nervios.
Becky enderezó los hombros al recordar quién era.
Rebecka Eriania Fortis. Heredera de la fortaleza de la familia Fortis y de toda su magia. Necesitó la fuerza de sus antepasados para pronunciar las palabras que vinieron a continuación.
—Porque la mansión está a punto de venirse abajo desde dentro.