CAPÍTULO 5 #2
Ella sintió la caricia como si alguien le rascara el cuero cabelludo con ternura.
—La luz del sol… — murmuró Trystan, aparentemente hipnotizado, y Evie tardó unos segundos en entender por qué.
Cuando la niebla entró en contacto con la luz solar, la magia con aspecto de humo no desapareció, sino que empezó a brillar.
—¿Es…? ¿Es normal que haga eso? — susurró Evie conforme la magia volvía a meterse dentro de ella. La luz provocaba que la niebla pareciera un diamante negro, esparciendo mil colores por la habitación.
—Conmigo no pasaba. — Trystan le tomó la mano mientras la niebla seguía retrocediendo.
No tenía ni idea de cómo había conseguido que hiciera ese efecto, era cosa de su mente.
Él le examinó los dedos con una mirada de indiferencia fingida—.
Aunque mentiría si dijera que me sorprende que la magia, estando en tus manos, parezca un cañón de purpurina — afirmó secamente.
Evie retiró la mano de un tirón y se le escapó una risita histérica, hasta que su pie chocó contra la silla de Marv. La vista del guardia de la puerta principal permaneció fija en el techo, si bien tenía una expresión forzada que la llevó a pensar que estaba sonriendo un segundo antes.
Trystan, por su parte, seguía anonadado, observando la magia oscura alejarse de la luz del sol para regresar a ella.
—Es fascinante. Refleja la luz como si fuera una piedra preciosa.
Evie se lo quedó mirando. La oleada de alegría que le había producido usar la magia se estaba desvaneciendo, y con ella, la calma.
—¿Y por qué crees que pasa? ¿O acaso no lo has tenido en cuenta cuando has decidido provocarme para que la empleara? — No hacía falta verbalizar el resentimiento; era evidente en sus ojos, en su voz.
—A ti te mueve tu instinto protector. — El rostro de Trystan se ensombreció antes de adoptar una expresión más severa—.
Sé que te gustaría fingir que esta magia no existe, que te resultaría más fácil, y los infiernos saben que te mereces un poco de tranquilidad después de todo lo que ha pasado, pero ignorarla no hará que desaparezca.
Y cada segundo que dediques a renegar de ella es un segundo perdido que podrías haber aprovechado para aprender a dominarla.
Su discurso había empezado con dureza, pero se fue suavizando a medida que avanzaba. Una preocupación sincera sustituyó la actitud defensiva de Trystan, que observaba el rostro de Evie como si quisiera memorizarlo.
—No quiero que te avergüences de esta parte de tu ser — concluyó en voz baja.
—Es la parte que está destinada a matarte — repuso ella, y se le quebró la voz. Se encogió sobre sí misma.
Él esbozó una sonrisa, mirándola con ternura.
—Moriría con gusto, te lo aseguro.
Ahora había decidido mostrar su lado más encantador.
Porque seguramente cometí un crimen atroz en una vida pasada y este es el castigo que me corresponde.
Marv carraspeó incómodo y el hechizo se rompió. El hilo que unía los ojos de Evie a los de Trystan se cortó.
Él se estremeció mientras daba un paso atrás, y ella entró en pánico al ver cómo se tiraba del cuello de la camisa. ¿Lo incomodaba su presencia? ¿Que poseyera ahora su magia? ¿Que esta pareciera un proyecto de arte vomitado por Lyssa?
En ese mismo instante, Trystan abrió la boca y soltó las palabras con furia y rapidez.
—Es lógico que la magia brille bajo los rayos del sol.
En ese momento le costaba procesar lo que él decía, por lo que solo logró balbucear:
—¿Cómo?
Trystan miró al suelo como si esperara que se abriera una trampilla que lo llevara al sótano. Cuando volvió a levantar la vista, tenía los hombros tensos.
—La magia es un reflejo de quien la usa.
¿Eso ha sido… un cumplido? ¿Me está dedicando un cumplido durante una sesión de tortura?
Evie se quedó boquiabierta, al igual que Marv. La sorpresa le paralizó los músculos y solo pudo arquear las cejas.
—Señor, ¿está…? ¿Está intentando coquetear conmigo?
—Creo que el hecho de que tengas que preguntarlo es una clara indicación de lo bien que lo hago — respondió él con tono seco, pellizcándose el puente de la nariz—. Y te ruego que no me llames «señor» nunca más. Me hace sentir como si fuera tu jefe.
—¿Y no lo es? — intervino Marv en voz baja, con cara de no entender nada.
Como respuesta, Trystan agarró el respaldo de la silla del prisionero con una rapidez letal y le apuntó al cuello con la espada desfigurada.
—Es mi aliada, Marvin — dijo con calma, como si estuvieran charlando mientras tomaban el té—. ¿Sabe lo que eso significa?
—¿Que es su co-compañera, señor? — tartamudeó Marvin.
—Es mi igual — lo corrigió Trystan con firmeza y una determinación que provocó que a Evie le fallaran un poco las rodillas.
Después se enderezó, lanzó la espada hacia la esquina de la habitación, como si fuera un trozo de papel arrugado, y cruzó los brazos—.
No me sirve de nada muerto, Marv. Le pediremos a Tatianna que averigüe si el veneno tiene cura y luego le haremos todas las preguntas que creamos pertinentes sin temor a que estire la pata demasiado pronto. ¿Entendido?
—¡Sí, señor! — El guardia de la puerta principal y presunto traidor asintió y su pelo rebelde se balanceó con el movimiento—. ¡Se lo agradezco con todo mi corazón!
Trystan asintió y se dirigió hacia la puerta.
—Sage, ven conmigo.
Evie se quedó paralizada. No le había gustado su tono.
—¿Adónde?
—Vamos a dar un paseo. — Se giró y siguió andando hacia atrás en dirección a la puerta. De pronto vio que le lanzaba una moneda de oro. Cuando ella la atrapó, una amplia sonrisa le transformó la expresión para volverla pícara—. Quédatela.
—¿Para qué? — preguntó, y empezó a seguirlo porque no tenía otro remedio.
Él soltó una risa sombría y una sensación de inquietud invadió el estómago de Evie al escuchar su impredecible respuesta.
—Para el pozo de los deseos, ¿qué otra cosa iba a ser?