CAPÍTULO 5
EVIE
E vie estaba soñando despierta con la idea de estar sola para siempre.
Llevaba todo el día dándole vueltas a esa maravillosa posibilidad. Huir de todos los problemas de Rennedawn, del dolor. La tentación de mudarse a las montañas, de esconderse entre los árboles, donde no pudiera hacerle daño a nadie. Y nadie pudiera hacerle daño a ella.
Tras respirar hondo, dio un paso hacia el despacho de Trystan y levantó la mano para llamar a la puerta.
—Adelante — retumbó una voz grave desde dentro.
Se sobresaltó. El puño seguía alzado, pero no había llegado a tocar la madera.
¿Cómo sabía que estaba ahí? ¿Tanta sintonía tenían?
¿O era por la tinta dorada que llevaba en el meñique, la que lo avisaba cuando estaba en peligro?
En cualquier caso, la idea de huir era una tontería. No llegaría muy lejos.
Y, además, él nunca la perdonaría.
Ninguno de sus amigos lo haría.
Dioses… ¿me estoy volviendo una pesimista?
Se estremeció, pero acto seguido empujó la puerta y contempló la escena que tenía ante sí con un agradable desconcierto. Trystan se encontraba de pie frente a su escritorio y la silla en la que ella siempre se sentaba estaba ahora ocupada.
Por Marv.
—Vaya, ¿nos hemos reunido para tomar el té?
— preguntó ella con un tono alegre, tratando de evitar que le temblara la voz mientras cerraba la puerta.
La magia oscura la siguió, arremolinándose a su alrededor para jugar con su cabello—.
Hola, querido Marv. ¿Cómo has dormido? — No era su intención inquietarlo, pero la magia actuaba por su cuenta.
Marv se quedó mirándola a ella y a la magia que la rodeaba con cara de pánico, como si fuese un fantasma que lo estuviera paralizando de miedo.
—Bi-bien, señorita Sage. Gracias — respondió con un hilo de voz mientras Evie pasaba por su lado hasta colocarse frente a él, de pie junto a Trystan.
—Justo estábamos hablando de eso, Sage — dijo él con frialdad, observando a Marv con una mirada cargada de emociones.
Evie nunca lo había visto observar así a un prisionero.
Notaba que esta traición le había dolido más que ninguna otra.
Era la misma mirada que ella le había dedicado a su padre. Y a Gideon. Y a su madre.
Su madre.
Apartó los pensamientos sobre Nura, que en ese momento se veía incapaz de afrontar, y centró toda la atención en Trystan.
—¿De verdad ibas a interrogarlo sin mí?
—Te he dejado una nota en tu mesa para que vinieras a verme de inmediato — objetó Trystan frunciendo el ceño—. ¿Para qué creías que era?
Evie se permitió esbozar una media sonrisa ante aquella respuesta.
—No estaba segura. La explicación era vaga y además iba acompañada de un dibujito inapropiado al final.
Él abrió mucho los ojos y Marv entreabrió los labios, alternando la mirada entre uno y otro.
—Eso no es cierto. Solo era un dibujo de nosotros dos — hizo un gesto con la mano para señalarlos a ambos— torturando a Marv.
Marv se atragantó al oír aquello y Evie sacó el trozo de pergamino del bolsillo de su falda azul y miró a Trystan a los ojos.
—¿No se supone que esto eres tú encima de mí?
Marv se volvió a atragantar, pero con un sonido completamente diferente, mientras Trystan balbuceaba observando el dibujo.
—¡Somos tú y yo interrogando a un testigo! De ahí las cadenas y el…
Ella soltó una carcajada y Marv miró al techo, cruzando las manos esposadas sobre el regazo.
—Intentaba ser… — Trystan tragó saliva— gracioso. Para ti.
¡No te dejes engatusar, Evie!
Bueno, lo cierto es que no te pueden engatusar si ya te tienen en el bote.
—La verdad es que sí que parece un poco sugerente, señor — murmuró Marv.
—¿Acaso le he preguntado? — espetó Trystan—. ¡Está aquí para ser sometido a un interrogatorio tortuoso, no para dar su opinión!
—Claro, señor. — Marv levantó las manos atadas en señal de arrepentimiento—. Mis disculpas.
—Empecemos con una pregunta fácil: ¿por qué ha registrado mi despacho? — Trystan apoyó la mano en la empuñadura de su espada, listo para usarla.
Marv murmuró:
—Señor, llevo encerrado desde ayer. Ya se lo han confirmado otros tres guardias.
Trystan suspiró.
—Soy consciente, Marvin, pero ¿quién más querría sabotearme de esa manera?
—El rey Benedict, la Guardia Valerosa, numerosos ciudadanos, cualquier miembro de la nobleza, los becarios… — Evie enumeró las opciones levantando los dedos, tratando de mantener la compostura.
Marv volvió a objetar:
—Por favor, créame. No es mi intención causarle más daño y, por el que ya le he provocado, le pido perdón. — La voz del guardia de la puerta principal se quebró.
Evie contuvo el aliento. Le latía la cicatriz del hombro y su daga vibraba en el cinturón.
No estaba segura de por qué, pero sabía que esa horrible sensación que había tenido al darse cuenta de que su padre era un traidor no estaba en absoluto presente cuando miraba a Marvin.
Con Griffin, había sido una señal instintiva de que se enfrentaba a alguien que la había odiado desde siempre.
Era una sensación desoladora, de las que te alteran el alma.
Sin embargo, en ese momento no la sentía.
—Marv. ¿De verdad has participado en esto? — preguntó Evie en voz baja.
—¡Sage! — protestó Trystan—. El interrogatorio se supone que debe ser tortuoso.
Ella le dedicó una sonrisa burlona a su jefe.
—Creo que escucharte entrar en pánico por un dibujo lascivo ya ha sido tortura suficiente. ¿No crees?
Marv bajó la mirada. Tenía el pelo revuelto y manchado por la suciedad que cubría las mazmorras.
—Se lo diré, señorita Sage. Sí, fui yo quien le dio las notas a la señorita Lyssa para que fuera a ver a su padre. Pero es que… no sabía que aquello era para hacerle daño. Cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? — preguntó Evie con cautela—. Gideon mencionó que te habías inventado un cuento que nadie se creyó, ¿me equivoco? — Marv se estremeció y empezó a mover los pies con nerviosismo.
—Tengo una deuda — confesó con un grado de vergüenza palpable—.
No estaba en mis cabales aquella noche; había bebido demasiado en una taberna de los suburbios del este.
Era tarde. Apenas me fijé en el hombre. O en los hombres, supongo.
Se sentaron conmigo en la mesa de juego.
Me pareció una buena idea apostar dinero.
El primer hombre era malísimo, lo que me llevó a creer que tenía la victoria asegurada.
—Le timaron — afirmó Trystan sin compasión, pero tampoco con ira.
Marv asintió con la cabeza y suspiró con voz temblorosa.
—Al perder… me entró el pánico, y fue entonces cuando aparecieron los demás.
—¿Los demás? — Evie acercó la silla libre hacia Marv y se sentó a su lado—. ¿Quiénes más había?
—Un grupo de hombres. Miembros de la Guardia Valerosa sin uniforme.
Me dijeron que me perdonarían la deuda si les hacía un favor, y al principio no le vi ningún inconveniente, pero el juramento tenía que estar escrito con tinta indeleble.
Yo iba muy borracho y me di cuenta tarde de la tontería que había cometido.
La verdad era evidente en sus palabras, aunque Evie no estaba segura de si podía seguir confiando en su instinto, dado que su fe en la bondad de las personas se había visto traicionada demasiadas veces.
—¿Con tinta? ¿Como si fuera un acuerdo laboral?
—Más bien un acuerdo para hacerle llegar a Lyssa las notas de su padre.
Me las pasaban por debajo de la puerta del barracón.
Intenté hacer caso omiso, pero entonces la marca…
— Se señaló el brazo derecho con la cabeza y Evie lo tomó como una señal para ayudarlo a arremangarse.
Debajo había un horripilante entramado de venas negras que le trepaban hacia el cuello—.
Cada vez que me resistía, se expandía en dirección a mi corazón. Creo que es veneno.
Hubo un momento de silencio mientras ella y Trystan asimilaban aquellas palabras, tratando de entenderlas desde todos los ángulos. Sopesaron la decisión que había tomado y cada una de las alternativas que tenía a su alcance.
—¿Por qué no acudiste a nosotros, Marv? — preguntó Evie con tristeza.
Los ojos marrones del hombre se llenaron de lágrimas. Una terminó cayéndole por la mejilla mientras fruncía los labios, abrumado ante la avalancha de emociones.
—¡Ay, señorita Sage! Fui un cobarde y me convencí de que su padre no le haría daño a la señorita Lyssa porque, al fin y al cabo, ¡era su propia hija! Le juro que habría preferido morir antes que herirla.
—Pues lo hizo de todas formas — murmuró Trystan con una frialdad letal, mirando a Marv como a una cucaracha, con el asco distorsionando sus rasgos marcados—. Y aquí sigue, respirando. Así que dígame, Marvin. Si fuera yo…, ¿dejaría vivir a un hombre así?
—No, señor. — Marv enderezó la espalda y levantó la barbilla, dispuesto a afrontar su posible muerte con un atisbo de dignidad—. No lo haría.
Trystan asintió y desenvainó la espada.
—¡No! — exclamó Evie colocándose entre ambos y extendiendo una mano. La niebla oscura brotó de la punta de sus dedos y, antes de que pudiera comprender lo que sucedía, se arremolinó hacia arriba y agarró la espada, envolviendo el acero y doblando el metal hasta deformarlo.
El poder de la oscuridad era tan profundamente gratificante que la invadió una curiosa oleada de alivio. Del que solo se encuentra cuando te permites ser tú mismo, quizá por primera vez en la vida.
Trystan no reaccionó con tanto estupor como ella. De hecho, el que hasta hace poco se consideraba El Villano contempló el arma destrozada con una leve sonrisa y satisfacción en los ojos.
—Bien hecho, Sage. — Había orgullo y una sospechosa falta de sorpresa en sus palabras.
—¿Has… has puesto a prueba la magia a propósito? — Se le disparó el pulso y un calor se le extendió por la piel a medida que la niebla oscura se expandía.
A pesar de tener las manos aún atadas, Marv consiguió hacer retroceder la silla unos centímetros.
Trystan sonrió aún más, rozando con un dedo la niebla.
—Extraordinario.