CAPÍTULO 2
LYSSA
L yssa Sage era una traidora.
O, al menos, estaba a punto de serlo.
La menor de los hermanos Sage caminó de puntillas hacia los aposentos de Tatianna y empujó la puerta con cuidado.
Cuando estuvo entreabierta y comprobó que no había peligro, se escabulló dentro, pasando junto a la curandera, que estaba dormida.
La mujer exhalaba con la cara apoyada en la palma de la mano y el codo descansando sobre la cama de al lado, en la que yacía la madre de Lyssa, Nura.
Sin embargo, Lyssa no se encontraba allí por su madre.
—Señorita Erring — susurró Lyssa empujando el hombro de la mujer de Recursos para Humanos y Criaturas Mágicas.
Se despertó de un sobresalto tan brusco que las gafas apoyadas sobre su cabeza salieron volando y cayeron en las manos de Lyssa—.
Buenos días — la saludó en voz baja con una amplia sonrisa—. ¿Puedo hablar con usted afuera?
La señorita Erring refunfuñó, pero se levantó de la cama y siguió a Lyssa hasta que se encontraron al otro lado de la puerta, ahora cerrada.
—Lyssa, no deberías andar por ahí sin un adulto hasta que hayamos confirmado que la mansión es segura.
Lyssa se preguntó para sus adentros si a las personas se les confiscaba el sentido común al alcanzar la mayoría de edad.
—Lo sé, señorita Erring, pero ¿cómo voy a pedirle a un adulto que me acompañe fuera de la habitación si no hay ninguno conmigo?
— le preguntó Lyssa con delicadeza, recordando que la mujer acababa de despertarse y que Evie solía necesitar al menos treinta minutos por la mañana antes de decir algo coherente.
La señorita Erring se rascó la cabeza. Su suave cabello castaño, que en ese momento llevaba suelto, le llegaba justo por debajo de los hombros.
—Podrías practicar la paciencia y esperar a que uno de nosotros venga a por ti, como bien te dijimos que hicieras.
Lyssa frunció los labios.
—Odio esperar.
La señorita Erring suspiró.
—De ahí lo de practicar.
Lyssa se dio unos golpecitos en la barbilla antes de cruzar las manos a la espalda.
—Muy bien. La próxima vez que vea a un hombre desconocido deambulando por la mansión me limitaré a aguardar pacientemente a que alguien venga a buscarme.
La señorita Erring pasó de estar somnolienta y desaliñada a furiosa y presa del pánico con semejante velocidad que Lyssa deseó no haber parpadeado.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que un hombre?! ¡¿Por qué has tardado tanto en decírmelo?!
—Estaba practicando la paciencia.
—¡Lyssa! — gimió la señorita Erring con cara de irritación—. Cuéntamelo todo.
—¡A eso iba!
La mañana de Lyssa había comenzado con el suave giro de un pomo y el crujido de unas bisagras oxidadas.
Evie se había pasado la noche dando vueltas en la cama y al final se había levantado antes del amanecer.
Lyssa, lógicamente, se había hecho la dormida y había esperado a que los pasos se alejaran para saltar de la cama y correr hacia la puerta.
Había muchas preguntas que sabía que no debía plantear; por desgracia, era demasiado curiosa como para no darse cuenta de la niebla negra que se cernía sobre su hermana durante la noche.
Puede que en el pasado le hubiera dado miedo, pero Lyssa Sage era consciente de que, a menudo, bastaba con un «hola» para descubrir que las cosas más aterradoras eran en realidad amigables.
De hecho, la niebla le había devuelto el saludo antes de subirle las sábanas hasta la barbilla.
Le habría encantado darle un golpecito a Evie para que lo viera y pudieran reírse juntas de la situación, pero su hermana se había tapado la cabeza con la manta y se había quedado ahí escondida hasta su huida matutina.
Hay que reconocerle el mérito a Lyssa por no haberla seguido…, al menos durante los primeros quince minutos. ¡Pero es que ella era una narradora! ¡Y su protagonista se estaba yendo por la puerta!
—En resumen, que has ignorado todo lo que te dijimos anoche sobre seguridad, ¿correcto? — la reprendió la señorita Erring.
Lyssa asintió frunciendo el ceño.
—Sí, es lo que acabo de decir, ¿no me estaba escuchando?
—¡Aquí la que no escucha lo que le dicen eres tú! — gruñó la señorita Erring—. El desconocido, Lyssa, ¿en qué momento entra en escena?
—¡Ah, sí! — exclamó ella—. Vi a Clare caminando hacia su habitación con un hombre envuelto en una capa negra, y no sé muy bien por qué, pero me parecieron muy sospechosos.
La señorita Erring arqueó una ceja.
—¿Podría ser que ese hombre sospechoso fuera su hermano… El Villano? ¿El mismo que suele vestir de negro?
—No. — Lyssa arrugó el entrecejo con indignación y luego ladeó la cabeza—. Señorita Erring, sabe que a las demás personas también se les permite vestir de negro, ¿no?
Rebecka gimió y apoyó la frente contra la pared más cercana.
—No sé qué es mejor para el dolor de cabeza, si una taza de brebaje o una copa de vino.
—¿Tiene dolor de cabeza nada más levantarse? — inquirió Lyssa con curiosidad.
—Me pregunto por culpa de quién será — respondió la señorita Erring con total seriedad.
Lyssa se rio. Era muy divertido cuando la señorita Erring bromeaba, sobre todo porque nunca había visto a otro adulto hacerlo de forma tan torpe.
—Estoy segura de que solo era un guardia o un becario herido por el ataque de anoche, pero, si tanto te preocupa, podemos ir a ver a Clare.
Lyssa dejó de reír al recordar el susto cuando la cabeza del hombre, a la sombra de la capucha de la capa, se había girado hacia ella.
—¿De verdad podemos, señorita Erring? Es que no sé por qué, pero me ha dado la sensación de que había algo raro en él.
—¿Algo raro en quién? — intervino Tatianna, frotándose los ojos para quitarse el sueño mientras se asomaba por la puerta de sus aposentos, ahora abierta.
Lyssa miró con los ojos abiertos de par en par a la señorita Erring, tratando de indicarle que mintiera.
Rebecka le hizo un gesto con la mano.
—Al parecer ha visto a Clare con un hombre sospechoso.
Al final la traidora iba a ser la señorita Erring.
Tatianna palideció.
—¿Qué? ¿Está bien?
La señorita Erring levantó las manos en señal de rendición.
—Vamos a aclararlo, ¿os parece?
Cuando llegaron al dormitorio de Clare, esta se hallaba de pie junto a la puerta abierta, con expresión angustiada.
—¿Clare? — dijo Tatianna con ternura. Corrió hacia ella y tomó la mano de su antigua prometida—. ¿Te ocurre algo, cariño?
Clare salió de una especie de trance al oír ese término. Con los ojos muy abiertos, retiró la mano que Tatianna le había cogido.
Lyssa tuvo que contenerse para no abuchearla.
—Estoy bien — respondió con voz temblorosa—. Solo un poco desorientada. Tengo que organizar el funeral de mi padre y avisar a Malcolm. La situación me está resultando un tanto abrumadora.
—¿Nos puedes confirmar que no hay ningún desconocido encapuchado reteniéndote como rehén en tu dormitorio? — preguntó sin rodeos la señorita Erring, y Lyssa se tapó la boca con la mano.
A Clare se le salieron los ojos de las órbitas, pero solo por un instante. Después su rostro adoptó una expresión carente de toda emoción.
—No… ¿Qué os hace pensar lo contrario? — inquirió con tono seco.
Tatianna y la señorita Erring le lanzaron una mirada asesina tan intensa a Lyssa que le sorprendió que no le atravesara la piel.
—Vista la cantidad de gente que ha entrado y salido de un lugar al que se supone que es imposible acceder, ¿se me va a castigar por ser cautelosa? — Puso carita de inocente mientras contemplaba a las dos mujeres.
Ambas soltaron un profundo suspiro, lo que significaba que Lyssa había ganado gracias a su estrategia de agotamiento. Era uno de sus grandes talentos. Lo había perfeccionado tras años de práctica con su hermana mayor.
—Lyssa tiene razón — dijo Clare con la vista perdida en la lejanía.
—Lo sé — coincidió Lyssa de forma lacónica, juntando las manos delante de ella.
—La cautela es una virtud — añadió Clare con una sonrisa, pero se esfumó unos segundos después, al mirar hacia atrás—.
Tengo, eh…, mucho que hacer. Los entierros de los curanderos de la esencia son un poco más complejos que los de la gente corriente.
Así que… ¡adiós! — exclamó, avanzando por el pasillo y doblando la esquina a paso ligero.
Tatianna intentó detenerla en vano. Clare ya se había ido y a Lyssa le quedó una extraña sensación de incomodidad, como si alguien las hubiera estado observando.
—Venga, Lyssa. Vamos a comprobar cómo está tu madre — sugirió la señorita Erring, que ya se dirigía hacia las escaleras seguida por Tatianna.
Sí, era lo mejor. A Lyssa le encantaban las buenas historias, pero esta estaba tomando un aire demasiado terrorífico y, a pesar de su interés por la maldad, no era su género predilecto.
Al menos de momento. No obstante, antes de que pudiera seguirlas, vio un destello por el rabillo del ojo que la detuvo.
Al girar la cabeza en esa dirección, descubrió un jirón de tela blanca en el suelo. Miró a ambos lados y corrió a recogerlo.
Un pañuelo. Con tres palabras garabateadas en él.
Soy yo, tonta.
Lyssa reconoció la letra.
Dio un respingo al oír unos pasos al final del pasillo.
Intentó tranquilizarse recurriendo a la lógica.
Probablemente solo fuera Clare volviendo a sus aposentos y esa sensación de frío que le subía por los brazos hacia el cuello se debiera al aire matutino que entraba por la ventana.
Su imaginación a menudo la llevaba a lugares extravagantes y este no sería más que otro para el recuerdo.
Se guardó el pañuelo en el bolsillo de la falda. Aún sentía que alguien la observaba, lo que la obligó a preguntarse si algunas historias no podían evitar hacerse realidad.
Incluso las que daban miedo.