CAPÍTULO 3
TRYSTAN
E ra la hora del té de mediodía y Trystan Maverine estaba gritando… contra una almohada.
O más bien bramaba. Era difícil saberlo con el sonido amortiguado. Arrojó la almohada de vuelta a la cama.
—¿Se siente mejor? — preguntó Lyssa Sage ladeando la cabeza con una expresión de curiosidad—. ¿Eso le ayuda?
—Uy, sí. Estoy como nuevo — respondió con sarcasmo.
No ayudaba que la almohada que había cogido fuera de Sage y que el aroma a rosas de su cabello estuviera bombardeándole los sentidos.
Por suerte, no se podía inhalar y gritar al mismo tiempo, aunque la almohada parecía burlarse de él desde la cama.
No voy a olerla.
La pequeña villana lo sacó de su debate interior al soltar un bufido contra la taza de té. Tenía una mirada pícara en los ojos. Lyssa era una distracción bienvenida después de que él hubiera escapado del estudio como si la muerte le pisara los talones.
«Te buscaba a ti».
Había revelado demasiado. Se había precipitado. Tenía que ser paciente si quería demostrarle a Evie que ella era su verdadero amor. Que se merecían un final feliz juntos.
Mientras, su objetivo era ser una presencia constante. Un confidente. Un amigo.
Sí. Puedo ser su amigo.
Igual que puedo cortarme el pie si quiero.
—Pensé que hoy era un buen día para hacer una fiesta del té. Lo he visto tan triste sentado en su despacho… — Los grandes ojos marrones de Lyssa se posaron en la taza de té y arrugó el entrecejo con aprensión—. Lamento si lo he empeorado.
La punzada de determinación que sentía Trystan reclamaba su atención, pero nada podía compararse con la culpa de haber hecho fruncir el ceño a Lyssa Sage. Agachándose junto a la diminuta mesita de té en medio del dormitorio de las hermanas Sage, suavizó la voz y esbozó una sonrisa.
—Su presencia en mi mundo solo lo mejora, pequeña villana.
Lyssa sonrió radiante y luego se giró, dándose unos golpecitos en la barbilla, pensativa. Apretando los labios en una fina línea, cogió una galleta de la bandeja y se la entregó. Él le dio un mordisco y percibió el dulzor y un toque a agua de rosas.
—En ese caso, ¿puedo hacerle una pregunta, lord Trystan?
Trystan se sentó en la otra silla diminuta, frente a ella, y notó que crujía bajo su peso al recostarse.
—Puede preguntarme lo que quiera.
—¿Se va a casar con mi hermana?
La sillita se rompió.
De repente, Trystan estaba tumbado de espaldas, jadeando en busca de oxígeno. En ese preciso instante se abrió la puerta y Blade entró con aire despreocupado. La manzana que llevaba en la mano se detuvo justo antes de llegar a la boca al ver a Trystan en el suelo. Se le curvaron los labios.
—¿Qué hace ahí abajo, amigo? — Ladeó la cabeza con una sonrisa tan amistosa que a Trystan le entraron ganas de coger la manzana y matarlo a golpes.
Trystan esperaba que Lyssa se quedara callada, pero en el fondo sabía que eso no iba a suceder. Y así fue.
—Es que le he preguntado a lord Trystan si iba a casarse con Evie.
A Blade se le veía más que complacido ante aquella revelación. Se colocó las manos en la cintura con una expresión divertida.
—Y su respuesta ha sido… ¿empezar a romper muebles?
Desde el suelo, Trystan señaló la puerta.
—Fuera. Esta fiesta es solo para invitados.
La sonrisa de Blade se tornó en una mueca seria y dolorida.
—Me temo que vengo con malas noticias.
La habitación se quedó en silencio ante aquella declaración.
Trystan exhaló mientras se ponía en pie, con la mirada clavada en Lyssa, que parecía igual de temerosa frente a la perspectiva de otra oleada de problemas.
La muerte de Arthur seguía causándole un amargo aguijonazo de ira en las entrañas y el corazón se le encogía al pensar en las últimas palabras que su padre le había dirigido.
«Una vida sin amor es una vida vacía, Trystan. Puedes vivir sin mí, pero no sin ella».
No iba a permitir que el sacrificio llevado a cabo por el hombre que, sin engendrarlo, lo crio de todos modos, fuera en vano.
Armándose de valor y sintiéndose en paz con su propósito, Trystan prosiguió:
—¿Son noticias aptas para oídos jóvenes?
Lyssa hizo un gesto con la mano, a medio camino de la puerta.
—Tranquilo, ya me voy. Orejas que no escuchan, corazón que no siente. — Agitó los dedos con un ligero saltito y, justo antes de cerrar la puerta, añadió—: Volveré a hacerle la pregunta más tarde, lord Trystan. — Y entonces se marchó.
Blade negó con la cabeza, sonriendo.
—Hay que ver lo lista que es.
—¿Cuáles son las malas noticias? — insistió Trystan. Empezaba a estar agotado—. No lo ha podido encontrar, ¿verdad?
No hacía falta especificar de quién hablaba. Ambos lo sabían.
Blade cerró los ojos un momento y exhaló un suspiro, luego se sentó en la única silla que quedaba en pie. La proporción de su cuerpo con respecto a esta resultaba cómica, pero era difícil reírse justo después de perder no solo a su padre, sino también a su mejor amigo.
—He registrado todos los estanques en un radio de cinco kilómetros. No hay ni rastro de él. — Blade se frotó las sienes—. ¿Cree que es posible que siga en la mansión?
—He mirado en todos los sitios que solía frecuentar — suspiró Trystan, frotándose la barba incipiente de la barbilla—. Tampoco he tenido suerte. Dioses, ¿y si está…?
—No. — Blade negó enérgicamente con la cabeza—. No, he revisado el perímetro hasta donde una rana de su tamaño podría llegar. Apostaría todos mis chalecos a que sigue aquí, en algún lugar de la mansión.
—¿Está intentando convencerme de que no lo busque? — murmuró Trystan con sequedad, cruzando los brazos sobre el pecho y repasando de arriba abajo el llamativo atuendo amarillo del adiestrador de dragones.
Este sonrió, abriendo los brazos de par en par.
—Al menos con estos chalecos siempre se me ve a la legua.
—A diferencia de a una rana verde. En un bosque verde. — Trystan se frotó el puente de la nariz, sintiéndose bastante más viejo que los veintinueve años que tenía.
—El bosque está perdiendo poco a poco el color debido a que la magia se desvanece, si eso le consuela. — Blade ofreció aquella información justo antes de darle un mordisco a una galleta con forma de lirio.
Trystan se limitó a mirarlo con rabia. Luego tomó una decisión en silencio mientras Blade le daba otro bocado a la galleta.
—Evie y yo nos hemos acostado.
El entrenador de dragones se inclinó hacia delante del impacto, con la mandíbula tan desencajada que el trozo de galleta se le cayó de la boca. Tenía los ojos tan abiertos que Trystan se preguntó si se le saldrían de las cuencas.
—Usted… usted… Usted y Evie se han… O sea, ustedes dos han…
—Fornicado — terminó Trystan por él, avergonzado al darse cuenta de que se sentía un poco inseguro ante su confesión. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—¡NO DIGA «FORNICADO»! — Blade se llevó las manos a las orejas; parecía dispuesto a luchar contra esa palabra llegado el caso—. Tengo demasiados pensamientos a la vez. Me va a explotar la cabeza.
—Pruebe a verbalizar uno, a ver qué ocurre — espetó Trystan, ahora con más que un atisbo de vulnerabilidad, un sentimiento que quería aplastar como a un insecto.
Blade se pasó los dedos por el pelo y luego apoyó las manos en las rodillas. Se le notaba falto de aire.
—¿Dónde? ¿Cuándo? — balbuceó.
—En un granero — respondió Trystan de inmediato, sin entusiasmo, pero tampoco andándose con rodeos. Comprobó el reloj de bolsillo—. Hace treinta y cinco horas.
La sonrisa de Blade le indicó a Trystan que había revelado demasiado y que estaba a punto de ser castigado por ello.
—¿Lleva la cuenta de las horas?
—Es más fácil medir el tiempo por horas — protestó Trystan indignado.
Blade soltó una carcajada, aplaudiendo con alegría.
—¿En un granero? — repitió—. Jamás me los habría imaginado haciéndolo en un granero.
—Es que no debería imaginarnos haciéndolo en ningún sitio — espetó Trystan, sintiendo que la cabeza le iba a estallar.
Con los ojos muy abiertos, Blade se frotó las mejillas como si acabara de despertar de una pesadilla.
—¿Tiene mil almohadas en su cama y decide llevar a esa pobre mujer a un granero? — El domador de dragones soltó la frase agitando los brazos de una forma que hasta a Fluffy le habría parecido impresionante.
—Era lo que había disponible en ese momento — protestó Trystan, y es que en aquella situación le habría valido cualquier cosa. Una silla, una pared, una mazmorra…
Vaya. Interesante.
Aunque era muy posible que esos lugares le parecieran aptos solo por la idea de estar ahí con ella.
Antes nunca se había parado a pensar en esas cosas.
El sexo era un medio para obtener liberación física, para que pudiera continuar con sus labores de malvado sin que sus instintos más básicos lo entorpecieran. Pero con Evie era diferente.
Con ella, había perdido el control. Y ahora sus instintos básicos lo inundaban todo.
Ya no era una cuestión de liberación, sino de desatar fuerzas.
Una parte salvaje y latente en su interior cobraba vida con solo mencionar su nombre.
Era como un vino cuyo sabor no podía borrar, una tormenta a la que jamás podría hacer frente.
Ella eclipsaba todo lo que él creía entender y lo moldeaba con sus encantadores dedos para formar algo nuevo, para convertirlo a él en alguien nuevo.
En alguien mejor.
O peor.
Lo cierto es que le daba igual siempre y cuando fuera suya.
Hubo un momento de pausa. Un silencio cómodo y agradable.
Pero Blade lo arruinó abriendo la boca.
—Entonces, ustedes dos… ¿Estuvo…? Eh… — Se rascó la nuca—. ¿Qué se me permite preguntar sin riesgo a ser degollado?
—El tiempo.
Blade levantó los brazos y se dejó caer desde la diminuta silla al suelo.
—En ese caso, ¿para qué me lo cuenta?
Trystan no sabía por qué lo había hecho. Lo único que tenía claro era que su vida se había vuelto a poner patas arriba, que la mujer que ocupaba todos sus pensamientos estaba destinada a ser su enemiga y que la magia con la que había convivido durante años y años ya no lo acompañaba.
Y lo más sorprendente era que no la echaba de menos, quizá porque nunca había sido suya de verdad.
—Porque ha coincidido que pasaba por aquí, supongo — razonó Trystan alisándose la camisa, asegurándose de que su atuendo estuviera impecable. Cuando uno no podía controlar hacia dónde iba su vida, al menos podía asegurarse de no llevar nunca la ropa arrugada.
Para él ambas cosas estaban al mismo nivel.
—Me halaga, aunque creo que en realidad es porque soy su único amigo — soltó Blade con un resoplido, pero un segundo después se puso serio al darse cuenta de que había otro amigo.
El que en ese momento brillaba por su ausencia.
A Trystan se le formó un nudo en la garganta—.
Entonces, ¿por fin están juntos? — preguntó con aspecto de estar preparado para esquivar un puñetazo en caso de ser necesario.
Quizá por eso Trystan decidió responder con sinceridad.
—No.
Blade se llevó las manos a la cabeza.
—Por supuesto que no. Eso tendría demasiado sentido. Lo juro por los dioses, parece que disfrutan de hacerse la vida imposible mutuamente.
—Eso no es cierto — objetó Trystan, indignado, mientras se ponía de pie—.
Sage se está adaptando a un cambio de paradigma radical.
No pienso presionarla para que ceda ante mis deseos egoístas.
— Remarcó aquella declaración empujando el hombro de Blade antes de dirigirse con aire despreocupado hacia la puerta.
Salió al pasillo iluminado por el sol con Blade pisándole los talones.
—¿Son conscientes de que cada mala decisión que toman ustedes dos la sufrimos todos? — murmuró el adiestrador entre dientes, pero Trystan lo ignoró hasta que llegaron a las puertas de su despacho… que estaban entreabiertas.
Un escalofrío le recorrió la nuca. Sus temores se confirmaron cuando empujó la batiente hasta abrirla del todo y se encontró con la habitación patas arriba.
Blade silbó a su lado.
—¿Alguna vez se ha planteado usar una pelota antiestrés en lugar de destruir sus pertenencias? Me parece injusto para el Departamento de Limpieza.
—No he sido yo — contestó Trystan impasible—. Alguien estaba buscando algo.
El fuego crepitaba en la chimenea a pesar de que estaba apagado cuando se había ido.
¿Por qué iba alguien a saquearle el despacho para después dejarle la chimenea encendida?
Sin embargo, al acercarse, Trystan se dio cuenta de que todos los cajones de su escritorio estaban abiertos y que los papeles y objetos yacían tirados en el suelo o habían desaparecido.
Lo único que quedaba eran folios y pergaminos cubiertos de ceniza, doblándose entre las llamas.
No había ni rastro de las páginas que habían conseguido robar del libro de La historia de Rennedawn .
Trystan apretó los puños. La ira le corría por las venas. Solo había dos planteamientos posibles: o bien Marv había encontrado una forma de escapar de las mazmorras…
O no era el único traidor que había entre ellos.
Se abalanzó hacia la salida, pero se detuvo cuando algo le llamó la atención. Algo que le provocó otro escalofrío.
Se dio la vuelta lentamente y descubrió que faltaba una cosa más.
El objeto que había dejado sobre la cama de la rana para que estuviera a buen recaudo.
La corona de Reymundo.
Con los ojos entrecerrados, salió por la puerta con la voz de Blade de fondo:
—¿Adónde va?
—A las mazmorras — gruñó.
Allá donde los traidores acechaban en la oscuridad.