Adversaria del villano (Asistente del villano 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

EVIE

E vie Sage apuntó con su daga a la garganta de Trystan Maverine.

—No me dejes en vilo, Evangelina.

Era sorprendente que aquella situación la hubiese pillado desprevenida.

Sobre todo teniendo en cuenta que la noche anterior le habían arrebatado su identidad y la habían sustituido por una nueva.

Si algo debía haberla dejado impactada eran las acciones de sus padres, los cerebros que la habían llevado a convertirse en villana.

O, más bien, la habían devuelto a su estado natural.

Su destino estaba escrito. La profecía de La historia de Ren nedawn le había asignado ese papel y sus padres habían utilizado la magia y la manipulación para pasárselo a otra persona.

La misma persona que estaba empujando su piel contra el filo de la daga.

Respirando con dificultad en aquel estudio a oscuras, en lo más profundo de la Mansión Masacre, Evie abrió los ojos a pesar del aturdimiento inducido por el sueño y vio a Trystan.

Su voz grave retumbaba en la penumbra de una habitación en la que nunca había estado; una en la que había entrado por error hacía unos instantes.

—Será más rápido si le das a la arteria. —Le agarró la muñeca y la atrajo hacia sí, sujetándole la mano con más firmeza contra la piel de su cuello.

Con el corazón acelerado, Evie tragó saliva.

Observó los ojos oscuros de Trystan a la tenue luz de las velas, con el resplandor del amanecer de fondo, y fijó la mirada en sus labios.

La enorme mano incrementó la presión en la muñeca sin intención de soltarla, mientras que la otra se aferró a su cadera, tirando de ella hasta que pudo distinguir la sonrisa dibujada en los labios de Trystan.

—No ha tenido ninguna gracia —susurró indignada, esperando que no percibiera el deseo en su voz, la innegable necesidad de dejarse caer en sus brazos como la princesa de uno de sus libros.

Sin embargo, Evie Sage no tenía nada de princesa.

De hecho, si había un miembro de la casa real en esa sala, técnicamente era el hombre que tenía delante. Se aguantó la risa ante la imagen de Trystan con una tiara.

—Suéltame —le ordenó, moviendo la muñeca e intentando retroceder, pero él la sujetaba con firmeza.

—Jamás —respondió con voz tranquila, y luego la soltó tan rápido que casi pierde el equilibrio, pero por suerte logró sujetarse a una de las estanterías polvorientas.

—Me has asustado —susurró a modo de explicación mientras guardaba la daga. La llevaba en un cinturón que se había puesto antes de escabullirse de su dormitorio.

No se atrevía a volver al despacho, y menos ahora, con el recuerdo de Benedict mancillando su único refugio, destruyendo su sentido de la identidad con total indiferencia.

«Sí, Trystan siempre estuvo destinado a ser el príncipe verdadero de la profecía. Y usted, querida, siempre ha estado destinada a ser La Villana».

La magia negra que antes estaba a las órdenes de él ahora se agitaba bajo la piel de Evie, acercándose a la superficie, pidiendo que la invocara, que la persona destinada a manejarla desde un principio la usara.

Se arremolinó a sus pies, jugando con los lazos de la parte superior de sus zapatillas, rozando el bajo de su camisón.

—Te pido disculpas —murmuró él, arrodillándose junto al fuego de la chimenea. Empujó los troncos con el atizador y las llamas le bailaron en el rostro—. No te he oído entrar.

—No podía dormir y he visto que había una luz encendida —contestó caminando hacia él y sentándose en el gran sillón acolchado. Dobló las piernas y se abrazó las rodillas contra el pecho—. ¿Para qué sirve esta habitación? ¿Es una biblioteca? ¿Un estudio?

Él no se volvió para mirarla, pero ella captó cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula y fruncía el ceño mientras se concentraba en empujar otro tronco.

—Ambas cosas, supongo. Cuando encontré la mansión, esta era una de las pocas habitaciones que el paso del tiempo había dejado intacta. Solo había algo de polvo y escombros que se limpiaron fácilmente. Venía aquí en busca de consuelo cuando mis pensamientos y mi ira se volvían demasiado turbulentos.

—¿Cómo es que nunca la había visto? —El corazón de Evie latió con fuerza al formular la pregunta. Detestó la vulnerabilidad que emanaba de sus palabras.

Trystan dejó el atizador sobre la mesa, flexionó el brazo a un lado del cuerpo mientras se ponía de pie y, por fin, se giró hacia ella.

Evie deseó que no lo hubiera hecho. Era devastador contemplar los rasgos marcados de su hermoso rostro.

Los ávidos ojos de Evie captaron cada sutil cambio de emoción cuando él señaló con un gesto la parte de la habitación que estaba separada por una cortina.

—Ha estado en reparación durante las últimas semanas. Los constructores mágicos acaban de terminarla.

Un recuerdo afloró en su mente y la alejó de esa estancia para llevarla a un día que no iba a olvidar fácilmente. El tictac. Ella corriendo. La bomba. Había explotado en esta torre. Por eso había visto libros tras las paredes derruidas.

Había lanzado el explosivo a la altura de su santuario.

«Nada de lo que había ahí era valioso, no tanto como… No había nada importante».

Trystan había utilizado esas palabras para tranquilizarla cuando ella lloraba por el daño que había causado.

—Me mentiste —lo acusó, levantándose sin más preámbulos y apuntándolo al pecho con un dedo a pesar de su mirada de advertencia.

—No —gruñó él, aparentemente enfadado por la acusación, y luego se pasó una mano por el pelo y se dirigió con paso firme hacia las cortinas para apartarlas y revelar los muebles recién reparados. También había libros chamuscados por las llamas en proceso de conservación.

—Dijiste que lo que había aquí dentro no era importante.

—Las lágrimas de ira que se le acumulaban en los ojos eran igual de indeseadas que de exasperantes.

La magia se replegó expectante, animada ante aquel destello de emoción, pero usarla era como agarrar una cinta de seda: se le escurría entre los dedos en cuanto la tocaba—.

Nunca me contaste que había destruido tu refugio sin querer.

—Es que no era importante —replicó él, analizándole el rostro con ojos sinceros—. Sobre todo si la alternativa era perderte.

—Quizá ese fue tu error. —Algo oscuro y desagradable se estaba soltando en su interior, sacando a la superficie miedos y ansiedades irracionales—.

A lo mejor el destino intentaba corregir lo que habían hecho nuestros padres y solo pospusimos lo inevitable.

—No era el exceso de emoción en su voz lo que la asustaba, sino la ausencia de la misma—.

Quizá La Villana está destinada a morir y el príncipe a vivir su final feliz.

Se acercó tan rápido que Evie no tuvo tiempo ni de jadear antes de que él la agarrara por ambos brazos y la sacudiera ligeramente.

—¡Basta! ¡No vuelvas a decir eso jamás! —Su mirada rebosaba rabia. La fría fachada que tanto le gustaba mostrar había desaparecido y lo que quedaba era…

Embriagador.

Él notó el cambio en la energía de Evie de inmediato y deslizó la mano por el costado de su cuerpo mientras se inclinaba hacia ella con los ojos cerrados.

¿Le resultaba dolorosa esa proximidad? Tampoco era tan descabellado pensar que sí.

Estaban predestinados a ser enemigos, eran arquetipos opuestos en la misma historia.

Ella había nacido para causarle dolor.

El valeroso príncipe, atormentado por la malvada villana.

Con la de veces que lo había incordiado e incomodado aproximándose a él… ¿Esos acercamientos eran inocentes o estaba alimentando un impulso grabado a fuego en su alma, el de hacerle daño?

Por los dioses, ¿y si se lo hacía? El pensamiento la invadió, dejando heridas abiertas a su paso.

No puedes ser feliz , espetó una voz insidiosa que se parecía demasiado a la suya. Lo dijo como si fuera un hecho. Por eso todo el mundo te deja siempre atrás. Por eso, por mucho que intentes mantenerte alegre y positiva, siempre acabas mal. Las cosas siempre te saldrán mal.

El bucle de pensamientos se volvió insoportable.

Entreabrió los labios y notó que el pecho se movía tan rápido como su respiración. Sintió un calor palpitante cuando los ojos de Trystan se posaron en su boca y se quedaron allí mientras volvía a hablar.

—Sé que estás sufriendo. Sé que estás confundida. Pero, por los dioses, no menosprecies el sacrificio de Arthur insinuando que deberías haber muerto ese día. Ni ningún otro.

Recordar la muerte de Arthur, cuyo cuerpo en ese momento iba de camino al pueblo natal de Trystan, la destrozó.

Él observó con horror cómo su rostro se desencajaba y caía de rodillas. La magia la rodeó y unos sollozos intensos la sacudieron al tiempo que balbuceaba:

—Lo siento. No quería… provocar esto, no sé cómo…

Antes de que pudiera soltar otra palabra, Evie estaba en sus brazos. Apoyó una mano en su nuca mientras ella lloraba contra su hombro, aferrándose a su camisa.

—Yo sí que lo siento. —El murmullo de su voz retumbándole en el pecho la hizo suspirar. Se acurrucó aún más contra él—. Cariño, mírame.

El término afectivo le resultó tan impactante que se apartó de repente, contemplándolo con desconcierto.

—¿Qué has…? ¿Me acabas de llamar «cariño»?

—Creo que, de todas las revelaciones que hemos tenido últimamente, esta debería ser la menos sorprendente —respondió él con tono seco.

Ella lo miró atónita y él cerró los ojos con fuerza, suspirando exasperado. Cuando por fin los abrió, estaban llenos de una diversión a regañadientes.

—Quiero mostrarte algo.

Sin previo aviso, la agarró por la cintura y la hizo girar. Su tacto fue superficial, pero, aun así, a Evie se le erizó la piel de los brazos. La sujetó por los codos y ella se dejó guiar más allá de las mesas tapadas con sábanas hasta una pila de libros desgastados y cubiertos de telarañas.

—¿Querías enseñarme que necesitas un plumero? —murmuró enarcando las cejas.

Él le lanzó una mirada burlona antes de coger un libro de la parte superior de la pila y colocarlo encima de una de las mesas cubiertas. Un tenue candil descansaba sobre la superficie, complementando la escasa luz del sol naciente.

—Dejé de venir a esta estancia poco después de que empezaras a trabajar aquí.

La mente de Evie iba a toda velocidad, tratando de seguir el hilo de la conversación.

—¿Porque la destruí con una bomba? —le recordó ella, preguntándose si, además de perder la magia, también estaba perdiendo la memoria.

—No, Sage —se rio con amargura. Cogió el candil y se dirigió hacia la puerta—. Lo que digo es que, mucho antes de que se produjeran los daños, ya había dejado de visitar este lugar cuando necesitaba encontrar paz. —Empujó para abrirla, con la mano apoyada en el pomo.

Ella negó con la cabeza.

—No lo entiendo. Entonces, ¿adónde ibas cuando querías estar en un lugar seguro?

—Te buscaba a ti.