Adversaria del villano (Asistente del villano 4) PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Esa pregunta era peligrosa, pero, justo después de formularla, el sol poniente se coló por la ventana e iluminó el lugar exacto donde ella estaba sentada, como si también suplicara un cambio de tema.

La luz que se reflejaba sobre su cabello oscuro hizo que el azul de sus ojos pasara de suave a penetrante.

Todos los pensamientos de Trystan se desvanecieron en un instante.

Ella no respondió a su pregunta, solo sonrió, entrecerrando ligeramente los ojos.

—Parece que la luz del sol ha querido unirse a la conversación para aportar un toque de alegría.

¿Alegría? No. Tal vez para alejar la oscuridad y aportar seguridad, para lograr que aquella interacción fuera más soportable, si bien era cierto que, al verla disfrutar, lo que sentía en el pecho era lo más parecido a la felicidad que había experimentado en mucho tiempo.

Haciéndose sombra con una mano sobre los ojos, Sage ladeó la cabeza.

—¿Por qué su ventana es una de las pocas que carecen de esas preciosas vidrieras?

—Porque representaba una escena demasiado feliz para mi gusto — murmuró él, recordando el día en que la había desmontado pieza a pieza antes de ordenar a sus guardias que se la entregaran a la persona que más lo había traicionado.

Sage se enderezó.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo de feliz?

Con una ceja enarcada, observó la ventana de reojo.

—Representaba a dos amantes en un campo de flores. Intentaban alcanzarse, pero no llegaban a tocarse.

Ella esbozó una sonrisa.

—¿Y eso le pareció que era feliz?

—Me pareció molesto y poco agradable a la vista. — Resopló. El sol seguía iluminando con saña el lugar donde ella estaba sentada, provocando que todo su cuerpo resplandeciera. Por un momento, deseó que ella también fuera… molesta y poco agradable a la vista.

Por desgracia, era encantadora.

¿Encantadora?

Maldita sea.

Carraspeó y volvió a centrar la conversación en el tema que los ocupaba.

—No se preocupe, Sage, me aseguraré de mandar un recordatorio a todo el personal acerca de nuestra estricta política antifraternización. Voy a pedirle a Keeley que la acompañe a casa. Disfrute del fin de semana.

Claramente desconcertada ante aquella abrupta despedida, se puso de pie y asintió. Tenía los ojos llenos de interrogantes mientras se alejaba de la luz del sol, que ahora que ella ya no estaba parecía más tenue. Trystan pensó que sin duda se le estaba yendo la pinza.

—Gracias, señor. Espero que disfrute de unos días de descanso.

Permítame que lo dude.

—Váyase antes de que revoque mi generosidad y le haga limpiar el suelo de la cámara de tortura.

Esbozó una mueca que, de no haber sido por su incapacidad para apreciar el humor, le habría parecido cómica. Lo cual era una prueba más de lo ridícula que era.

—¡Uf, no! — Puso cara de asco—. Señor, le ruego que la próxima vez utilice la lona que le compré.

—Váyase — le ordenó.

Y se fue, dejando atrás su aroma a vainilla para torturarlo. Cerró los ojos, inspiró y odió que aquel olor lo calmara.

Hizo ademán de volver a colocar la silla en la esquina para recuperar el control de la situación, pero entonces recordó cómo la luz le había iluminado el rostro ahí sentada. Se quedó mirando el objeto un momento, pensativo.

Después decidió dejarla donde estaba.

La batalla silenciosa entre ellos había llegado a su fin.

Y estaba claro quién había ondeado la bandera blanca.

Al salir con paso firme hacia la sala principal, vio a Rebecka Erring recogiendo sus cosas. Al acercarse, ella se enderezó.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle antes de irme, señor?

—¿Cuál es nuestra política sobre fraternización entre empleados?

Los enormes ojos de la mujer se agrandaron hasta sobrepasar el borde de sus gafas.

—No tenemos ninguna. En contra de mi recomendación, debo añadir. Sin embargo, los trabajadores no suelen socializar en la oficina, excepto si usted les da permiso.

—Yo nunca doy permiso — repuso él.

Ella arqueó una ceja.

—Exacto.

—Encárguese de redactar una, y de que quienes la incumplan se atengan a las consecuencias.

—¿Con consecuencias se refiere a un despido?

—Entre otras cosas — contestó con sequedad.

La señorita Erring no se lo pensó dos veces antes de responder:

—Me aseguraré de que los demás trabajadores estén al tanto, señor. Y también de que Thomas no vuelva a pedirle a la señorita Sage que se involucre sentimentalmente con él.

¿Thomas? ¿Ha sido Thomas? Ese enano escuálido…

—¿Usted lo sabía? — la acusó.

—Le ha hecho unos comentarios tan inapropiados que todo el mundo se ha enterado — dijo la señorita Erring cruzándose de brazos—. Si me hubiera hablado así a mí, le habría clavado mi abrecartas favorito en el corazón.

Tres pensamientos se manifestaron a la vez: el primero era que Sage había minimizado el encuentro; el segundo, que la señorita Erring era mucho más despiadada de lo que creía; y el último… Bueno.

Por primera vez, estaba deseando que llegara el fin de semana.

Salió de la sala con paso firme, oyendo cómo la señorita Erring le preguntaba a sus espaldas:

—¿Adónde va?

Dejó que su poder lo envolviera en oscuras oleadas. Al responder, su voz no era más que un susurro en el silencio de la oficina, ahora vacía.

—A colocar la lona.

Bajo ninguna circunstancia era recomendable adoptar el papel de adversario de El Villano.