PRÓLOGO #2
—Uno de los chicos de contabilidad ha insinuado que este fin de semana estaría…, eh…, dispuesto a profundizar en nuestra relación fuera del ámbito laboral. Le he dicho que tenía que comprobar si eso rompía alguna regla.
Lo único que se iba a romper eran los huesos del condenado cerebrito de las matemáticas que se había atrevido a hacerle semejante propuesta.
Aquello era un lugar de trabajo, no una agencia matrimonial.
Reymundo se subió al escritorio de un salto, sosteniendo dos cartelitos que indicaban que sabía lo que estaba pensando Trystan.
Vaya tela.
Trystan agarró los cartelitos sin miramientos y los lanzó por la ventana.
Sage se lo quedó mirando con cara de incomprensión y luego le sonrió a Reymundo, quien se acurrucó en su palma.
—¿Qué quiere decir con «profundizar en nuestra relación»? — preguntó él, en apariencia impasible, pero con el corazón acelerado como si estuviese huyendo. En este caso, lo que lo perseguía era una emoción humana básica.
—Tener una cita — aclaró ella, mirándolo con la cara de preocupación que normalmente se pone al hablar con un anciano que siempre pierde las llaves de casa.
Después soltó un suspiro y se señaló el pecho—.
Admito que al principio a mí también me desconcertó, porque creía que todos los de la oficina me encontraban rara.
—Es que es rara — respondió él como acto reflejo, y tuvo que reprimir el impulso de darse un cabezazo contra la mesa de madera.
—Gracias por la confirmación — replicó Sage con sarcasmo, haciendo un gesto con la mano.
Era rara, sin duda, pero cualquier persona normal debía ser capaz de ver que también era un ser extraordinario y excepcional; alguien que no se inmutaba ante los informes de lenguas cortadas e incluso encontraba motivos para reírse mientras los redactaba; alguien que nunca parecía quedarse sin comentarios estrambóticos que soltar cuando la situación se ponía tensa, que era justo lo que debía de pensar que estaba pasando ahora.
Sage comenzó a divagar y sus palabras resonaron en los oídos de Trystan de la forma más terrible posible.
—La última vez que alguien me cortejó, la cosa acabó fatal — explicó desviando la mirada—.
Éramos totalmente incompatibles. Bueno, físicamente no, claro, aunque tampoco es que en ese aspecto fuera nada del otro mundo.
— Se tapó la boca con la mano—. Supongo que podría haberle ahorrado esa parte.
— Las palabras sonaron amortiguadas, pero denotaban vergüenza.
Sí, podría habérsela ahorrado, dado que la mera mención de esa escena lo obligaba a pensar en su asistente en términos físicos.
Lo cual no consiguió alterar la serenidad de su expresión facial, aunque, si a ella se le ocurría bajar la mirada, descubriría que tenía los nudillos blancos de tanto apretar el borde del escritorio.
Debería haberle dicho que aceptara. Pensó que, con un poco de suerte, se enamoraría de uno de sus empleados y lo dejaría en paz de una vez por todas.
No era relevante que el mero hecho de plantearlo le causara náuseas.
Quizá había comido pescado en mal estado y ahora la podredumbre le estaba contaminando la sangre, volviéndolo loco.
—Las relaciones sentimentales entre compañeros no están permitidas.
De hecho, están estrictamente prohibidas — soltó sin pensar, y de repente comprendió lo duro que era vivir como Sage: con una boca que se adelantaba al cerebro—.
Sin embargo — añadió tratando de contenerse—, si usted tiene muchas ganas de conocer mejor a ese individuo a pesar de la política de la empresa…
— se tragó las palabras como quien se traga un cuchillo de carnicero—…
podríamos hablar con la señorita Erring para barajar una posible excepción.
Ella agitó las manos mientras negaba con la cabeza. Trystan nunca había sido ni sería jamás un experto en emociones humanas, si bien habría jurado que los hombros de su asistente se relajaron por el alivio más que por la decepción.
—¡No, no! ¡No hace falta! Gracias por el ofrecimiento, pero debo admitir que esperaba que me dijera que no — contestó; después exhaló y se llevó una mano al pecho.
Él arqueó una ceja, esperando pacientemente a que continuara y preguntándose en qué punto se había perdido, dado que no entendía nada.
—Me lo ha propuesto delante de todo el mundo a la hora del almuerzo — explicó Sage en voz baja—. No me apetecía aceptar, pero tampoco quería avergonzarlo, así que le he dicho que primero tenía que consultarlo con usted.
¿El hombre se lo había pedido delante de más gente? Ni siquiera Trystan era tan torpe como para incomodar tanto a una mujer, y menos a una que parecía siempre tan dispuesta a complacer a los demás. Aquello era abusivo.
La ira volvió a expandirse por su interior, esta vez con una potencia insólita.
¿Desde cuándo me sorprende mi propia ira?
—Hágame el favor de decirle que, si insiste, habrá consecuencias — respondió Trystan con una frialdad que hizo temblar incluso a Reymundo.
Un atisbo de vulnerabilidad se reflejó en el rostro de Sage.
—Gracias, señor. Es un alivio. — Se le suavizó la mirada—. Aunque supongo que será un alivio mayor cuando se lo diga. Espero que no se sienta demasiado ofendido.
La idea de que alguien, especialmente un hombre que trabajaba para él, pudiese vejarla de cualquier forma ante aquella negativa le resultaba tan insoportable que se levantó de la silla.
—Puedo darle yo mismo la noticia, si eso la ayuda.
Quien dice darle la noticia dice empujarlo por el tejado.
—Ay, no hace falta. — Ella se rio y exhaló un suspiro que llevaba tiempo conteniendo—. Me siento un poco cobarde, la verdad. Debería haberlo rechazado en cuanto me lo pidió.
Era absurdo. No había nada ni remotamente parecido a la cobardía en esa mujer, a pesar de los denodados esfuerzos de Trystan por evocarla.
—¿Por qué no lo hizo? — preguntó él.
—Bueno… — Realizó una pausa, como si estuviera meditando sus siguientes palabras—. Creo que es bastante difícil decirle que no a alguien cuando no sabes cómo va a reaccionar.
Todos los músculos del cuerpo de El Villano se tensaron.
—¿Temía que le hiciera daño?