Adversaria del villano (Asistente del villano 4)
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PRÓLOGO
Érase una vez…
N o era habitual que uno detestara que acabase la semana laboral, el último día de tortura antes del ansiado respiro del fin de semana. Sin embargo, tampoco lo era que una oficina estuviese dirigida por el villano más notorio del reino.
El caso es que ese villano aborrecía el fin de semana.
Trystan Maverine no estaba seguro de por qué motivo había empezado a sentir esa ira tan profunda y fulminante.
Quizá fuera el silencio opresivo con el que se despertaba a la salida del sol los sábados por la mañana.
O el hecho de que hubiera comenzado a evitar la cocina y los aposentos de Tatianna por miedo a que su antigua vida se colara en la nueva, la única que conocería hasta el día de su inevitable muerte.
Puede que fuera porque, durante los días libres de sus trabajadores, no podía ejercer el propósito de su vida actual: hacer el mal.
No obstante, últimamente, lo que más empezaba a odiar era la ausencia… , su ausencia. La de ella.
Evie Sage llevaba menos de cuatro semanas a su servicio.
¿De verdad solo había pasado un mes? Tenía la sensación de que eran años.
Años confusos, agotadores y también angustiosos.
Y aun así, en ese tiempo, su asistente había demostrado ser sorprendentemente capaz de satisfacer todos sus caprichos malignos, adaptándose a su forma de hacer las cosas con una sonrisa tan amplia y reluciente que le sorprendía que aún no se le hubiera desencajado la cara.
Al parecer, a quien había desencajado era a él.
El sonido de una risa melodiosa se coló por la rendija abierta de la puerta de su despacho.
Sabía quién era la culpable, ¿cómo no iba a saberlo?
Si el sonido en sí no la delataba, el mero hecho de estar riendo ya era indicio suficiente.
Nadie se había atrevido a reír en la oficina de El Villano antes que ella, al menos no lo bastante alto como para que él lo oyera.
Aquello bastó, en ese último y lúgubre día de la semana laboral, para colmar el vaso de su paciencia de tirano.
—¡Sage! — rugió, abriendo la puerta de un manotazo.
La risa cesó, gracias a los dioses, pero, cuando su asistente se volvió hacia él, vio que la sonrisa seguía en su sitio y eso le hizo sentir un poco como si la hubiera usado como un arma arrojadiza contra su cabeza.
A lo mejor por eso de repente se sentía mareado.
Carraspeó con la esperanza de que ella no se hubiese percatado de que casi se tropieza al verla, y en ese instante se dio cuenta de que Sage no estaba hablando con nadie.
¿Qué la había hecho reír tanto? Fue entonces cuando vio los papeles que tenía en las manos.
—Está catalogando mi sesión de tortura de esta mañana, ¿correcto?
Ella asintió enérgicamente y unos cuantos rizos que se habían soltado de las horquillas rebotaron siguiendo el movimiento.
—Sí, por supuesto, señor. ¡Lo tendré listo enseguida!
—¿Es en la que le he cortado la lengua a un hombre y lo he obligado a tragársela?
Ella parpadeó.
—Sí, señor. ¿Desea que catalogue algún otro incidente de la misma…? — Se quedó callada un segundo y arrugó la nariz mientras reflexionaba—. ¿Índole?
Si alguna vez en su vida Trystan se hubiera permitido soltar una carcajada, habría sido justo en ese instante.
—No, Sage. — Hizo una pausa y luego continuó—: Aunque admito que siento curiosidad por saber qué es lo que le parece tan divertido.
Ella se sonrojó tanto que casi podía sentir el calor que le emanaba de la piel a pesar de estar a una distancia prudencial.
—Ay, es una tontería.
Él se la quedó mirando fijamente.
Sage empezó a juguetear con la trenza, enrollándose el extremo alrededor del dedo.
—¡No me refiero al acto de tortura en sí, por supuesto!
Eso no es ninguna tontería. Es que estaba escribiendo los detalles sin prestar mucha atención y, al bajar la vista, me he fijado en que había escrito que el hombre se había…
trabado la lengua en vez de «tragado»… — Se le escapó otra risita y se tapó la boca con la mano.
Él siguió observándola y soltó un bufido de incredulidad.
—¿Que se había… trabado la lengua?
—¡Sí! Ya sabe, esa expresión que hace referencia a cuando nos equivocamos al hablar y balbuceamos algo sin sentido.
Y me ha entrado la risa porque el pobre hombre no podía haberse trabado la lengua.
Más que nada porque usted…, bueno, eh…, se la había cortado — concluyó con una mueca avergonzada, aunque sin darle tregua a esa amplia sonrisa.
Él notó que las comisuras de su boca se curvaban hacia arriba sin poder controlarlas y tuvo que apartar la mirada.
—Lo lamento, señor. No era mi intención ofenderlo con mis divagaciones.
—No me ha ofendido — respondió con brusquedad.
Detestaba que esta mujer tuviese semejante efecto sobre él.
Por suerte, había pocos testigos. Solo quedaban un par de trabajadores y, aparentemente, todos estaban recogiendo sus cosas.
Entre ellos, Rebecka Erring, que los observaba con unos ojos que percibían más de lo que resultaba conveniente.
—¿A usted alguna vez se le traba la lengua, señor?
Su inesperada pregunta lo devolvió a la realidad y lo dejó desconcertado, puesto que no recordaba la última vez que alguien le había preguntado algo de carácter personal.
Más aún cuando se dio cuenta de que no había ningún atisbo de miedo en ella; en esos ojos azules que lo miraban solo había curiosidad.
—¿A usted qué le parece, Sage? — inquirió arrastrando las palabras, enterrando el ansia de escuchar su respuesta a tanta profundidad que habría que partir la Tierra por la mitad para alcanzarla.
Ella lo miró de arriba abajo y él resistió el impulso de enderezar los hombros, preguntándose qué estaba observando.
—No estoy segura — contestó finalmente—. Lo que sí sé es que a mí nunca me pasa, pero porque mi boca no espera a que a mi cerebro se le ocurra qué decir, ella va por libre.
Algo había notado, sí. Y no solo lo había notado, sino que también le resultaba entrañable, aunque de la forma más repugnante posible — si es que algo podía resultarle entrañable a un hombre nacido para sembrar el mal—.
No obstante, esa falta de filtro le parecía refrescante…
y a menudo lo llevaba a preguntarse cómo esa mujer había llegado tan lejos en la vida sana y salva.
Aunque también es verdad que había terminado trabajando para él.
—Desde luego, es usted una persona involuntariamente honesta, Sage — dijo con total seriedad.
Ella sonrió radiante, como si acabara de decirle que tenía el pelo hecho de oro y los ojos salpicados de diamantes.
—Qué amable por su parte, señor.
En algún lugar del mundo, un duendecillo acaba de perder las alas , pensó con sarcasmo.
Se pellizcó la nariz y soltó un suspiro.
—No era mi intención ser amable.
Sin embargo, su gratitud bien podría haber sido una roca, dado que la sintió como un golpe en el pecho.
Por lo general, detestaba cualquier forma de alegría, pero este era un sentimiento completamente nuevo: la presencia de esa mujer le provocaba un malestar constante en el estómago.
Se preguntó qué pensaría ella si la comparara en voz alta con una intoxicación alimentaria.
—Termine con esto y váyase a casa — le ordenó para evitar hacer alguna tontería, como equiparar el efecto que ella le causaba al de un pescado en mal estado.
Lo cual habría sido igual de deshonesto que de ridículo, dado que aquella condenada mujer siempre olía a los caramelos de vainilla que comía a diario (sospechaba que iba a caramelo por hora).
Dio media vuelta para no verla más, con la esperanza de que esos dos días de ausencia le dieran tiempo suficiente para borrar de su memoria aquella horrible interacción.
Pero entonces ella se levantó de la silla, arrastrándola por el suelo de piedra, mientras lo llamaba.
—Señor, antes de irme… ¿puedo preguntarle cuál es la política de la empresa sobre las relaciones sentimentales entre compañeros de trabajo?
A la porra.
Esa interacción se iba a quedar grabada a fuego en su cerebro.
Se giró hacia ella despacio.
—A mi despacho — respondió con frialdad—. Ahora.
Ella se apresuró a seguirlo, entró tras él y se fue hacia la esquina para coger la silla en la que solía sentarse, la misma que se había convertido en el centro de una tácita guerra diaria.
El primer ataque había sido perpetrado por él al empujar el asiento lo más lejos posible del escritorio, seguido de ella ignorando por completo esa acción y acercándolo de nuevo.
Desde entonces, se había convertido en una especie de ritual y, a pesar de su evidente irritación, no le había dicho en ningún momento que parara.
Se limitaba a observarla con el rostro impasible.
No la ayudaba cuando la silla, inevitablemente, se atascaba en las baldosas irregulares del suelo; de hecho, encontraba un morboso entretenimiento en verla tropezar mientras la arrastraba y se deleitaba con su adorable ceño fruncido al sentirse traicionada por aquel objeto.
Debía arreglar las baldosas del suelo.
No lo iba a hacer.
Pero probablemente debía.
Cuando por fin soltó la silla y se sentó, él caminó con parsimonia hasta su asiento al otro lado de la mesa. El nerviosismo de Sage era palpable. Intentó disfrutarlo.
—¿Sería tan amable — preguntó con voz grave, cruzando las manos sobre el elegante escritorio negro y echando los hombros hacia atrás— de decirme por qué le interesan las normas de confraternización en la empresa?
No parecía intimidada, aunque, a decir verdad, nunca conseguía provocarle ese efecto por mucho que lo intentara.
Era un misterio por qué seguía probando suerte cuando cada vez estaba más claro que a ella le encantaba.
También era un misterio qué carajos le importaba a él si ella quería fraternizar con sus compañeros de trabajo.
Románticamente.
Sage no percibía su creciente ira. Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, frunció los labios y empezó a juguetear con las manos.