CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO
Liberty
Tomó menos de veinticuatro horas recibir un correo electrónico del abogado de Alexander aconsejándome que no debía salir del país ni de la ciudad con Brandon sin consultar primero con Alexander o sus abogados.
Primero, la rabia surgió dentro de mí, seguida inmediatamente por una tristeza abrumadora.
Una parte ridícula de mí quería que viniera tras de mí, que me dijera que me quería, que nos quería a Brandon y a mí en su vida para siempre.
Debería haberlo agradecido, mas me decepcionó.
Pero entonces, ¿qué esperaba? Me pidió que me quedara y le dije que no.
Sí, definitivamente debería buscar un terapeuta.
¿Cómo podía un hombre enfurecerme tanto y al mismo tiempo hacerme amarlo?
Simplemente no podía aceptar todo. Sentí que mi mundo entero se derrumbó en un solo día. Mi madre fue abusada por mi padre de la peor manera posible. Ella lo mató, pero el papá de Alexander asumió la culpa…
—¿Por qué miras al vacío como una loca? —Hermana o no, Layla seguía siendo un dolor de cabeza y me volvía loca.
En las últimas veinticuatro horas, me había cachado perdida en mis pensamientos demasiadas veces.
—El abogado de Alexander envió un correo electrónico —manifesté en su lugar.
—¿Qué? —Su chillido hizo que me doliera la cabeza.
—Sí, pero no es para tanto —agregué, ya arrepintiéndome de haber dicho algo.
—¿En serio? —Me miró con desconfianza, sin creerse ni una palabra de lo que decía.
—Sí.
No debería sorprenderme. Al fin y al cabo, Alexander estaba acostumbrado a gobernar su empresa y a ocuparse de todos los asuntos, tanto familiares como personales. Se aseguraría de proteger los bienes de su familia en lo que respecta a Brandon y la disolución de este matrimonio.
Fiel a su palabra, el abuelo de Alexander envió un coche. Brandon fue a la guardería y yo fui a Caldwell Publishing House por la mañana hasta que Maxim finalmente me hizo irme a casa después de comer. Dijo que yo estaba fatal. Dios sabía que me sentía fatal.
—No te vas a enfermar mientras yo esté a cargo —afirmó mientras me empujaba suavemente al coche, diciéndole al chofer que me llevara a casa.
Quise decirle que no estaba bajo el cargo de nadie y que no deberían preocuparse por mí, pero cerró la puerta y sonrió con complicidad.
En ese momento, me recordó tanto a su hermano que sentí ganas de llorar.
Así que aquí estaba. A mitad del día, en casa de Layla, siendo criticada por mirar al vacío. No tenía sentido intentar dormir; no podía dormir sin Alexander.
—¿Vas a dejar que haga lo que quiera? —La pregunta de Layla me confundió un segundo, pero luego lo recordé. Ah, sí, estábamos hablando del correo electrónico de su abogado.
Me encogí de hombros.
—No, pero hoy no puedo lidiar con esto.
Después de todo, era mejor que mantuviera mi distancia. Necesitaba tiempo para olvidar sus caricias, su olor, su mirada azul que ardía de deseo.
Conociendo a Alexander, defenderme no haría más que alterarme más o hacerme enojar aún más. Aunque, quizás estar enojada era mejor.
Varios días después de la gala de beneficencia, el abuelo de Alexander llevó a mis abuelos a Caldwell Publishing House.
No debería haberme sorprendido. Su abuelo no paraba de insinuarme que los conociera oficialmente desde el fiasco del Palacio de Buckingham.
Cuando los trajo a mi oficina, nos mirábamos, los segundos silenciosos pasando mientras nos observábamos.
—Liberty. —La voz de mi abuela temblaba—. Soy la madre de Lily, tu abuela. —Las lágrimas brillaban en sus tristes ojos color avellana, y recordé las palabras de mi madre de que me parecía a ella y a su madre—. Sé que probablemente no quieras saber nada de nosotros, pero esperaba…
Un pequeño sollozo escapó de sus labios. Su marido, mi abuelo, la rodeó con el brazo y la atrajo hacia él. Solo ese pequeño gesto demostraba que eran buenas personas que se preocupan por los demás.
—Siempre había querido conocerlos —murmuré, y sus miradas se dirigieron a mí de golpe—. Me encantaría que pudiéramos conocernos.
Un gemido salió de mi abuela, pero ella se recompuso rápidamente.
—Sí… Sí, a nosotros también nos encantaría. Y a tu hijo.
Mis ojos viajaron hacia el abuelo de Alexander. Debió de haberles contado nuestra situación familiar, aunque me preguntaba cuánto les habría contado. Pero realmente no importaba, ¿verdad?
—Brandon… Sí, le encantaría conocerlos. En realidad, es mi sobrino —expliqué—. Mamá adoptó a Lena, mi hermana, cuando era pequeña.
—De igual manera es nuestro bisnieto, y lo querremos plenamente —dijo mi abuelo con voz áspera y ahogada, mientras sus ojos brillaban.
—Sí, lo haremos —concordó mi abuela—. No podemos esperar a conocerlo.
Algo tan sencillo, pero que los hacía felices a todos.
Quería sentir esa emoción que solía sentir cuando pensaba en tener abuelos.
En este momento, solo quería a Alexander.
Quería que cumpliera la promesa de que seríamos una familia.
Brandon preguntaba por él todos los días y me dolía muchísimo inventar excusas.
También me dolía ver que Brandon lo echaba tanto de menos.
—Es un niño feliz —pronuncié, apartando mis pensamientos—. Y le encanta conocer gente nueva.
—Puedo dar fe de ello —intervino el abuelo de Alexander, con la voz algo ronca. Parecía que cada uno de nosotros era un desastre emocional—. Es un gran chico y ama a Liberty.
—Y a Alexander. —Las palabras salieron antes de que lo pensara, pero era la verdad—. Y ama a su tío y a su abuelo Caldwell. —Él carraspeó, y juraría que sus ojos también brillaban—. Él también los amará —añadí, mirando a los padres de mi madre.
Ambos sonrieron cariñosamente.
Ella se acercó y extendió una mano temblorosa, deteniéndose a pocos centímetros de mi rostro. Como si tuviera miedo de tocarme. Tomé suavemente su palma y la presioné contra mi mejilla.
—Te pareces tanto a nuestra Lily. —Su voz era un quejido—. Gracias. —La miré a los ojos, preguntándome qué me estaba agradeciendo y añadió—: Por no odiarnos.
No podía odiarlos. Ya había habido mucho de eso en el pasado y solo había traído dolor.
—No —susurré, con la voz ahogada por todas las emociones—. No más odio.
Luego nos abrazamos y ella me sostuvo. Olía a peonías, igual que mi madre.
Los días pasaban volando y se sentían eternos a la vez.
Habían pasado dos semanas y me había quedado en casa de Layla todo ese tiempo.
Cada vez que hablaba de ir a mi casa, ella me convencía para quedarme, lo cual funcionaba porque me sentía más agotada.
Ni siquiera tenía sentido. Las noches eran duras.
Echaba de menos a Alexander con un dolor profundo.
Extrañaba su calor, sus brazos a mi alrededor mientras dormía, su olor.
¿Cómo era posible que mi breve tiempo con él tuviera tanto impacto?
Iba a trabajar agotada. Pasaba las noches dando vueltas, necesitándolo.
Sus brazos mientras dormía se habían convertido en una manta de seguridad, y no podía dormir profundamente sin él.
Me despertaba intentando encontrarlo solo para encontrar un sitio vacío a mi lado.
Entonces recordaba que estaba en casa de Layla.
Y las ruedas en mi cabeza empezaban a girar…
Reviviendo todos nuestros momentos juntos, cada beso y cada caricia, cada palabra pronunciada.
Trabajar solo me trajo un alivio temporal. Disfrutaba perderme en manuscritos, haciendo lo que amaba, pero ni siquiera eso me ayudaba a olvidar a Alexander.
No podría funcionar sin Alexander. A Lena y a mamá les habría hecho gracia.
La independiente Liberty Rain Smith, no, ya no era Smith.
Liberty Rain Caldwell necesitaba a alguien.
Con cada respiración que tomaba, Alexander era mi oxígeno.
Echaba de menos su mirada en mí. Extrañaba ver esos fríos ojos azules convertirse en brasas ardientes. Echaba de menos sus caricias ardientes.
—¡Dios, Livy! —exclamó Layla cuando entré a la cocina, tanto ella como Brandon estaban comiendo galletas con chispas de chocolate—. No te ves muy bien.
Como si no lo supiera. Estaba pálida como la muerte, mis ojos parecían amoratados, como si no hubiera dormido en semanas, aunque por una vez había dormido toda la noche. Me sentía completamente agotada.
—¿Crees que te estás enfermando? —La voz de Layla se volvió preocupada.
—No, no lo creo —murmuré—. Simplemente me siento terriblemente cansada.
—Voy a llamar a mi doctora. Deberías ir a que te revisen.
—No, estoy bien. Solo necesito dormir un poco. —Era como si ni siquiera hubiera dicho algo. Layla llamó a la oficina de su doctora. De verdad era un dolor de cabeza, aunque había ayudado muchísimo con Brandon ahora que yo me sentía cansada constantemente.
—Livy. —La voz de Brandon llamó mi atención—. ¿Quieres que vaya contigo al doctor? Para que no tengas miedo.
No pude evitar reírme de mi pequeño.
—No, está bien. Iré sola. Pero gracias por la oferta.
Me rodeó con sus brazos regordetes, haciéndome sentir cálida y relajada por dentro. Le devolví el abrazo, con lágrimas acumulándose en mis ojos ante su dulzura.
«¡Oh, Dios mío! ¿Ahora voy a empezar a llorar cuando esté feliz también? ¿Qué me pasa?»
—Bien, hice una cita. —Layla me hizo levantar la vista de Brandon.
—Tengo que ir a trabajar —me quejé entre dientes, sollozando. «¿Por qué me apetecía llorar ahora?».
—Eres la primera cita, así que haz que el chofer de los Caldwell te lleve allí primero. Luego, después de tu cita, podrá llevarte al trabajo. —Su razonamiento tenía sentido, mas no quería ir.
Abrí la boca para discutir cuando ella me interrumpió:
—Llevaré a Brandon a la guardería. Si no vas al médico, llamaré a los Caldwell y les diré que te estás enfermando porque te están haciendo trabajar hasta la muerte.
Me burlé.
—Esa es la amenaza más tonta de todas.
—Livy, ¿vas a morir? —La voz de Brandon tembló y le lancé una mirada fulminante a Layla.
—No, claro que no. Solo era una expresión —lo consolé—. Una mala expresión.