CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
Liberty
Levanté a Brandon de su cama y apenas se movió. Mientras bajaba las escaleras, Maxim, su padre y su abuelo estaban en el vestíbulo.
Ni siquiera me había ido todavía, y ya me sentía muerta por dentro.
Estaba haciendo lo correcto, pero no me parecía correcto.
Quería sentir los brazos de Alexander rodeándome.
Quería que me abrazara, igual que cuando tuve mis pesadillas.
Dios, solo quería borrar el pasado feo, mas no podía.
Tenía que salir de aquí antes de que pudiera causar más daño.
—Tomaré un taxi —informé.
—No —objetó su abuelo—. Haré que mi chofer nos lleve a ambos a casa como prometí.
—Gracias. —Dios, me dolía hablar.
Nunca podría haber imaginado cuántos fantasmas rondaban entre Alexander y yo cuando me desperté esta mañana. Mis ojos recorrieron el vestíbulo, esperando ver una vez más a mi esposo. Estaba hecha un desastre. Esta tarde quería matarlo e irme. En este minuto quería verlo.
Me giré hacia Maxim y su padre con Brandon apretado en mis brazos.
—¿Así que este pequeño es mi nieto? —susurró suavemente el padre de Alexander y selló el trato. Me agradaría para siempre. Puso su mano suavemente en su cabeza.
—Me dijo que soy el mejor tío. —La voz de Maxim sonaba ahogada—. Me gustaría seguir viéndolo.
Asentí. Brandon los necesitaba tanto como a mí. Los quería tanto. Nunca le quitaría eso. Demonios, yo los necesitaba. Se habían vuelto importantes para mí.
—Gracias de nuevo —dije suavemente—. Por todo. —Crucé mi mirada con el padre de Alexander—. Gracias por cuidar de mamá.
Inclinó ligeramente la cabeza, y tuve que voltearme o arriesgarme a que vieran las lágrimas a punto de caer. Podría jurar que me dolía el corazón igual que el día que perdí a mi madre. Seguía perdiendo a todos.
En cuanto cerré la puerta principal, dejándolos a todos atrás, las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a correr por mi rostro. El abuelo de Alexander me esperó, y yo forcejeé por secarme las lágrimas mientras sostenía a Brandon. Llorar era inútil.
Me abrió la puerta del coche y me senté en el asiento. Miré por la ventana con la estúpida esperanza de ver a Alexander, pero no estaba. En cuestión de semanas, se había grabado en mi vida, mi alma y mi corazón. ¿Cómo era eso posible?
—No te rindas con esta familia. Y no te rindas con Alexander. —Su voz me sobresaltó.
—Señor Caldwell…
—¿Ya hemos vuelto al señor Caldwell? Por favor, llámame abuelo.
—Bien. —Estaba tan agotada. No había sido un buen día, por decir lo menos.
—Tú y Alexander son buenos el uno para el otro.
—¿Cómo puedes decir eso después de todo? —murmuré miserablemente—. Esto iba directo al desastre desde el momento…
—¿Lo amas? —me interrumpió. Era directo, demasiado directo.
—No es tan sencillo. —Nada con Alexander era sencillo.
—Cuando tienes mi edad, aprendes que en realidad es así de sencillo. ¿Amas a mi nieto, Liberty?
Lo amaba tanto que dolía. Incluso cuando me volvía loca con sus maneras dominantes, o cuando se comportaba como un imbécil protector, o cuando me veía fijamente con su fría mirada.
Me mordí el labio mientras debatía si ser honesta o no.
Debería mentirle. No necesitaba más desamores.
Y realmente no importaba si lo amaba o no.
Había tantas cosas que nos separaban. El pasado de mi madre con su padre, su editorial, lo que pasaba con Callen, todas las mentiras y engaños. Ya no sabía qué era real.
—No importa —contesté finalmente.
Él asintió, serio de nuevo.
—Por favor, mantén la mente abierta y prométeme que no te rendirás con nosotros.
—De acuerdo —murmuré solo para calmarlo.
—Bien —respondió, satisfecho—. Eso es todo lo que te pido, que mantengas la mente abierta. Si conozco a mi nieto, no se rendirá hasta conseguir lo que quiere.
«¿Por qué me quiere tan intensamente? Necesito que alguien me lo explique».
—¿A dónde quieres que te lleve el chofer? —preguntó.
—Déjame llamar a Layla. —Esperaba que siguiera despierta. La necesitaba. Marqué su número y dejé que sonara y sonara. Justo cuando estaba segura de que estaba dormida y no iba a contestar, contestó el teléfono.
—Hola. —Su voz sonaba somnolienta.
—Layla, soy yo.
—¿Está todo bien? —Oí movimientos en su cama.
—Sí. ¿Estás sola? —No quería ir a su casa si tenía un hombre allí. Le di un beso suave en la frente a Brandon. Lena me habría dado una paliza por arrastrar a su hijo a un desastre así.
—Sí, estoy sola.
—¿Podemos quedarnos Brandon y yo en tu casa?
—Por supuesto. ¿Estás segura de que estás bien?
—Sí. Estaremos allí en veinte minutos. Nos vemos entonces.
Colgué la llamada y le di la dirección al abuelo de Alexander. Podría haber ido a mi vieja casa, pero necesitaba compañía. Con Layla, resolviendo todo este asunto con nuestro padre, podríamos soportarlo juntas.
Brandon se movió en mis brazos, levantando la cabeza.
—¿A dónde vamos, Livy? —Su voz sonaba somnolienta.
—Nos quedaremos con Layla un tiempo.
—¿Alexander también viene? —La voz somnolienta de Brandon era esperanzada.
—No, esta vez no —susurré—. Está muy ocupado en el trabajo. Vuelve a dormir.
—¿Y Maxim? —preguntó mientras se quedaba dormido.
—Sí, lo veremos en un par de días.
Condujimos el resto del camino en silencio hasta que el chofer se detuvo delante de la casa de Layla.
—Liberty. —El abuelo de Alexander me detuvo antes de que saliera del vehículo—. No pasa un solo día en el que no deseara que mi hijo y tu madre hubieran tenido su felicidad. No descartes la posibilidad de tener la tuya. La gente comete errores. El perdón es la clave.
Al salir del coche, me preguntó:
—¿Nos veremos mañana en Caldwell Publishing House?
—No sé si sea buena idea —musité—. Me sorprende que aún quieras que esté allí.
—Sí, quiero.
—Alexander y Maxim quizás no sientan lo mismo.
Se rio, de verdad se rio.
—Querida, ahora eres de los nuestros. Nunca te van a abandonar.
Frunciendo el ceño, me pregunté a qué se refería.
Simplemente asentí y él añadió:
—Enviaré un coche a recogerte.
Debería haber dicho que no. Debería haberle dicho que quería cortar todos los lazos, pero la verdad es que no lo hice. Se sentía bien volver a pertenecer a una familia.