CAPÍTULO VEINTICUATRO
Liberty
Al día siguiente, Brandon y yo finalmente tuvimos un buen comienzo. Las cosas iban bien por primera vez desde que lo acogí. Fue sorprendente, teniendo en cuenta que me quedé despierta hasta tarde y debería haber tenido resaca, pero tal vez era justo lo que necesitaba para relajarme.
Ya habían pasado casi cinco semanas desde que empecé a trabajar para Alexander Caldwell.
Los días se convirtieron en una rutina. Pero ya no le hacía la vida de cuadritos, y la mayoría de las veces no me alteraba.
Incluso llevé a Brandon a trabajar conmigo una o dos veces.
Además, me llamaba Liberty, mientras yo seguía evitando llamarle de cualquier otra cosa que no fuera señor Caldwell.
Era mi forma de mantener las cosas profesionales a pesar de los sentimientos confusos que cada vez eran más difíciles de ignorar.
Alexander y yo parecíamos tener algún acuerdo tácito, no obstante, eso ciertamente no se aplicaba a Maxim. Se esforzaba por molestarme y, a veces, como hoy, cuando no había dormido lo suficiente, me afectaba.
Como en este instante.
—Vaya, Liberty —bromeó Maxim—. Debiste de haber tenido una cita bastante buena anoche para estar tan cansada hoy. Ese fue como tu quinto bostezo.
—En fin —continué, ignorando el último comentario de Maxim—. Como decía, noté algo extraño en la junta. El caballero italiano, no recuerdo su nombre, nunca confirmó que el título de propiedad estuviera a su nombre.
—Buena observación, Liberty —elogió Alexander, y me quedé tan impactada que podría haberme caído de la silla.
—Sí, yo también lo noté —añadió Maxim—. Deberíamos investigarlo.
—Sí —confirmé, y luego carraspeé—. Y parece que pertenece a su hermano. De nuevo, no recuerdo el nombre, pero está en las notas.
—Mírate, Liberty —bromeó Maxim—. Y conseguiste todo eso tras solo unas pocas horas de sueño. Realmente debe de haber sido una cita muy buena.
—¿Qué te pasa hoy? —escupí, irritada y molesta, mientras lo miraba con enojo. Le habría sacado la lengua si no fuera porque era totalmente inapropiado. Pero bueno, también lo fue su comentario.
—Solo tengo curiosidad —respondió tímidamente—. Te escuché hablando ayer en la cocina.
Lo miré con la boca abierta.
—Tú… ¿Escuchaste mi conversación? —inquirí sorprendida.
—No, no. —Levantó las manos en señal de defensa—. Salía de la cocina cuando entraste, hablando con Janet. Así que, ¿qué tal te fue?
—Te juro que eres de lo peor. —Evitaba sus miradas—. Pero si la curiosidad te está matando, él me dejó plantada.
—Qué imbécil —siseó Maxim, haciéndome sonrojar hasta la raíz del cabello. Sin embargo, el comentario me hizo sentir un poco mejor.
La puerta se abrió de golpe y agradecí la interrupción. Janet entró por la puerta con una expresión preocupada.
—Liberty —llamó—. Alguien quiere verte.
Alcé una ceja, sin estar segura de haberla escuchado bien. ¿Quién me visitaría en el trabajo? Me levanté y estaba a punto de preguntar quién era cuando Brandon pasó corriendo junto a ella y se lanzó a mis brazos.
—¡Brandon! —grité sorprendida, intentando procesarlo, mirando a Janet—. ¿Qué…? ¿Cómo llegaste aquí?
Me puse de rodillas, su pequeño cuerpo temblando en mis brazos.
—Me escapé.
—¿Qué? —Lo abracé fuerte contra mí, confundida, sin entender lo que estaba pasando; ambos hombres y Janet olvidados.
—Shhh. —Le froté la espalda.
Sus lágrimas empapaban mi blusa blanca, pero no me importaba. Estaba sufriendo y yo necesitaba arreglarlo.
—Cuéntame qué pasó —susurré contra su cabello rubio despeinado.
—Él dijo que me ibas a dejar —atinó a decir entre sollozos. No entendí las palabras de inmediato.
—¿Quién dijo eso?
—El señor Jackson. —La vocecita de Brandon me rompía el corazón.
Puse mi dedo suavemente bajo su barbilla.
—Oye, mírame —pedí suavemente, con el corazón roto. Intenté quitarme el nudo de la garganta—. Mírame, cariño.
Sus ojos azul claro se alzaron hacia mí.
—Nunca te voy a dejar. Nunca.
—Dijo que me llevarán.
—No, no lo harán —insistí con firmeza. Y lo decía en serio, nunca dejaría que se llevaran a Brandon—. Si lo intentan, moveré cielo y tierra para recuperarte. Pero no será necesario porque te prometo que no te van a llevar.
Podía ver que intentaba entenderlo todo.
—¿Por qué diría eso el señor Jackson? —preguntó su vocecita.
«Porque es un imbécil».
—Estoy segura de que fue un malentendido —expresé en su lugar—. ¿Ves? Tengo un trabajo normal. Y tenemos un lugar dónde quedarnos juntos. Pronto irás a la escuela. Todo está genial.
Lloriqueó un poco.
—Dijo que no me quieres.
«Oh, es hombre muerto».
—Por supuesto que te quiero. ¿Por qué crees que tengo un trabajo aburrido? —pregunté, bromeando con él.
Miró a todos como si los notara por primera vez. Estaba al tanto de que todos nos estaban observando, y tendría que dar un montón de explicaciones. Pero en este minuto, nadie importaba salvo Brandon.
—Hola —los saludó a todos—. Hola, señor Alexander.
—Hola, Brandon. —Alexander le sonrió con dulzura.
Brandon lo observaba pensativo, con la cara aún húmeda por las lágrimas.
—Livy dijo que la molestas y que ya no le gustas. —El comentario de Brandon casi me hizo atragantarme con el aire que respiraba.
Seguí la mirada de mi pequeño sobrino y esta se posó en Alexander. Tendría que cuidar lo que decía frente a Brandon a partir de ahora.
En su defensa, Alexander tenía una sonrisa en los labios. Maxim, en cambio, intentaba no estallar en carcajadas.
—No es que no me guste —refunfuñé, intentando salir rápido de la incómoda situación—. Simplemente no siempre estoy de acuerdo con él.
—Pero le dijiste a Layla que ibas a matarlo —argumentó, repitiendo exactamente mis palabras de la noche anterior. Maxim ya no pudo contenerse y su risa grave resonó en la oficina—. Porque él tiene una cita y tú no.
—Bien, amiguito. —Respiré profundamente, evitando la mirada de Alexander. ¡Qué incómodo!—. Eso era una broma —expliqué—. Una broma muy mala. Pero creo que ahora estás mejor. ¿Sí?
Asintió, sus ojos todavía estudiando a ambos hombres.
—¿Qué tal un poco de chocolate caliente? —pregunté, y él asintió con entusiasmo—. Puedes sentarte en mi escritorio y volveré cuando termine. Vamos a cenar solo tú y yo.
—¿Como una cita? —Su sonrisa era contagiosa.
—Como una cita —afirmé—. Excepto que yo pagaré.
Asintió.
—Cuando sea más grande, pagaré.
—Claro que sí, amiguito —dije—. No puedo esperar.
Me levanté, pero justo cuando me preparaba para abrir la boca, Janet intervino.
—¿Puedo enseñarle la máquina de snacks y hacerle chocolate caliente? Me aseguraré de tenerlo en tu escritorio y vigilarlo.
Miré a mi pequeño.
—¿Te parece bien ir con la señorita Janet? ¿O quieres que te lleve?
—¿Terminarás antes si voy con ella? —Mi hombrecito brillante. Asentí y él sonrió—. Sí, iré con ella.
Casi se iba y luego corrió hacia mí, dándome un gran abrazo.
—Te quiero, Livy.
—Yo te quiero más. —Le despeiné el cabello, que necesitaba urgentemente un corte—. Ahora ve.
Al marcharse ambos, con una última mirada atrás de Brandon, la puerta se cerró tras ellos.
«Ah, mierda. ¿Y ahora qué?»
Respiré profundamente y me giré lentamente para mirar a los dos hombres. Maxim tenía un brillo radiante en sus ojos y Alexander tenía algo en su expresión que no lograba descifrar. Estaba enfadado, divertido o simplemente distante… Ni idea.
Tomé un último respiro. ¿Quizá debería disculparme?
Abrí la boca para forzar la disculpa cuando Maxim me interrumpió:
—¿Cómo demonios acabaste con el niño?
Pasé mi mano por mi cabello oscuro.
—Créeme —murmuré—. Algunas noches, yo también me lo pregunto.
—¿No es él el hijo de tu hermana? ¿El que conocimos en el restaurante? —La pregunta de Maxim dejó claro que Alexander no compartía mucho con su hermano.
Me había preguntado si Alexander había puesto al tanto a Maxim después del funeral, y ya tenía mi respuesta. Ambos me observaban, probablemente por razones diferentes, y sabía que esperaban una explicación.
—Sí, era mi hermana la del restaurante. Mi hermana y su esposo murieron en un accidente de auto.
—Intenté decir con naturalidad, pero me atraganté con las palabras—.
Sabes, a veces te dejan algo de dinero, otras veces una casa, quizás un coche o un regalo sentimental.
A mí me dejaron un hijo. —Levanté mi mano cuando quedó claro que Maxim iba a decir algo más—.
Y no. No sé lo que hago. Por favor, no digas nada y te comportes como un imbécil porque me voy a enfadar. Te juro que lo haré.
Maxim se rio.
—Iba a decir que parece que lo estás haciendo bien.
—Oh. —Mis ojos se encontraron con los suyos, eran tan parecidos a los de Alexander, pero tan diferentes al mismo tiempo, en shock—. Gracias.
Desvié la mirada hacia Alexander.
—Siento lo del comentario sobre matar —musité, avergonzada—. Yo… No lo decía en serio.
No paraba de mirarme, lo que me ponía aún más nerviosa.
—Era el alcohol hablando —admití tímidamente—. Bien, lo dije en serio mientras lo mencioné, pero solo entonces. Y tú no estabas allí, así que no te habría matado de todas formas. Ese tipo estúpido cancelando al último minuto más el vino, fue la combinación equivocada.
—Jesucristo, Liberty. —Fue Maxim quien intervino, con humor en la voz—. Estás divagando. Deberías parar mientras llevas la ventaja.
Me puse la mano en la frente. Me dolía la cabeza, la tensión se colaba por todos los poros de mi cuerpo.
—Solo no me despidas —supliqué—. Al menos no todavía. Solo necesito superar este juicio.
—¿Tienes que ir a corte? —Alexander finalmente habló.
—Sí —contesté—. Para demostrar que puedo cuidarlo.
Me sobresalté cuando sonó mi teléfono y lo tomé rápidamente. Tuve que contener una maldición al ver quién era el que llamaba.
Miré a los dos hombres.
—Lo siento mucho. Denme dos minutos. —Ambos asintieron al mismo tiempo—. Dos minutos y luego soy toda suya.