Adoración (El Amor No es lo que Parece nº 2) CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

Liberty

El lunes por la mañana, habría preferido cirugía sin anestesia en lugar de ver a Alexander en la oficina.

Los momentos embarazosos del sábado por la noche me habían perseguido todo el día anterior.

Layla tampoco estaba muy orgullosa de sí misma, pero al menos no estaba obligada a tocar el tema. En persona.

Aquí estaba yo, siendo adulta después de comportarme como una completa idiota. Debería jurar dejar el alcohol para siempre. Los hombres y el alcohol estaban ahora en una lista de no tocar.

Puse mi bolsa sobre el escritorio y decidí que era mejor armarme de valor y afrontarlo en vez de esperar a que Alexander me llamara la atención.

Vi mi reflejo en el separador de cristal.

Tenía puesta una falda negra con zapatos bajos negros y una blusa verde que hacía que mis ojos color avellana parecieran más claros de lo que realmente eran.

Mi cabello oscuro caía en ondas por la espalda y me coloqué los mechones sueltos detrás de la oreja.

Quería parecer profesional, aunque no sabía por qué me molestaba en hacerlo.

Fui hasta la puerta de su oficina, respiré profundamente y toqué.

—Pase.

Abrí la puerta, asomando la cabeza esperando que estuviera solo, pero no tuve suerte. Maxim también estaba allí.

—Oh, perdón —murmuré rápidamente—. Volveré después.

—Está bien. —Los ojos de Alexander me miraban—. Pase, señorita Smith. ¿Necesitaba algo?

Sentí un pequeño pinchazo porque no me llamó Livy.

«¡Maldita sea, Liberty! Contrólate».

Negué con la cabeza.

—No, no, para nada —hablé rápidamente—. Yo… Solo estaba…

¿Qué podía decir?: ¿Perdón por bailar encima de tu coche? ¿Perdón por habernos comportado como idiotas el sábado? No podía recordar cada detalle, pero habíamos dicho y hecho bastante.

—Vamos, Livy —bromeó Maxim—. No puede ser tan malo. Nunca te había visto trabarte tanto al hablar.

Dio una palmadita a la silla vacía a su lado, frente al escritorio ejecutivo de Alexander.

Le lancé una mirada molesta. Probablemente sabía lo que había pasado y no podía esperar para echármelo en cara.

Cerré la puerta detrás de mí, me acerqué y me senté en el borde del asiento vacío.

Carraspeé una vez, dos veces, intentando averiguar la mejor manera de empezar. Miré entre los hombres, maldiciendo mi mal juicio.

—Así que ¿qué pasa? —preguntó Maxim.

Carraspeé una vez más.

—Yo… Quería disculparme por lo del sábado. —Empecé, jugueteando nerviosamente con el botón de mi manga y evitando la mirada pesada de Alexander—. Nosotras nos pasamos de la raya.

—¿Qué pasó el sábado? —inquirió Maxim con curiosidad, mirando entre nosotros—. ¿Y quiénes son nosotras?

Le lancé una mirada sorprendida a Alexander. ¿No se lo había contado a su hermano? Mordisqueé mi labio inferior, intentando analizar las razones del porqué.

—No pasó nada —manifestó Alexander antes de que pudiera hacerlo.

—Oh, sí pasó algo. —Maxim se rio, observándome con atención—. Algo grande si Livy está actuando tan resignada. ¿Qué ocurrió?

Lo miré, molesta, y me encogí de hombros. Si su hermano no iba a decirlo, yo tampoco.

—Puedes decírmelo —insistió Maxim.

—No, y estoy actuando normal —solté, con los nervios a flor de piel.

Maxim se rio.

—Bien, ustedes dos. Guarden sus secretos. Me alegra ver que se están llevando mejor.

Ignorándolo y tratando de cubrir mis fallas, cambié de tema.

—¿En qué necesita que trabaje hoy?

Alexander me dio una tarea y dejé que hicieran lo suyo.

Durante toda la semana, Maxim me estuvo insistiendo sobre lo que había pasado.

Mantuve mi boca cerrada y su hermano también.

Y de alguna manera, con ese pequeño gesto, Alexander Caldwell hizo que me cayera un poco mejor.

Aunque seguía poniendo a prueba mi paciencia cada día.

Cuando mi sangre hervía, intentaba recordar que le debía una.

Con las constantes bromas de Maxim y las órdenes de Alexander, recé cada día por mi cordura.

Desgraciadamente, experimentar el cuerpo de Alexander cerca del mío durante mi estado de embriaguez también aumentó algunas de mis tensiones sexuales.

A niveles completamente nuevos. Después de todo, hacía mucho que no había estado con un hombre íntimamente.

No es como si pudiera simplemente tener una aventura de una noche.

Le daba a cada hombre que entraba en mi vida un periodo de prueba de seis meses y, si todo iba bien, daba el siguiente paso.

Pensando en cómo fueron las cosas con Callen, no estaba segura de que esa decisión sobre las relaciones me hubiera llevado a nada.

—Liberty —me llamó Callen. Ya pasaban las nueve de la noche y yo seguía hasta el cuello de manuscritos.

Levanté la cabeza y lo encontré sonriendo, apoyado contra la puerta de mi oficina.

A veces juraba que no tenía preocupaciones en el mundo, como si su empresa no se estuviera hundiendo y necesitara que la salvaran urgente y desesperadamente.

—Sí, Callen —repliqué, sintiéndome cansada.

—¿Por qué estás trabajando tan tarde?

—Hay muchas cosas por hacer. —¿Qué clase de pregunta era esa?

—¿Sabes qué día es hoy? —me preguntó con un pequeño brillo en sus ojos, y no pude evitar sonreír.

—¿Jueves? —reconocí, preguntándome a qué se refería.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿No es jueves?

Se rio.

—Sí, es jueves. Pero esa no es la parte más significativa de hoy.

Puse los ojos en blanco.

—Bien, me rindo. ¿Qué día es hoy?

Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.

—¿Te rindes tan fácil?

Era difícil adivinar qué se le ocurriría. Callen siempre estaba lleno de sorpresas. Me levanté y me acerqué a él, y él me rodeó con sus brazos.

—No lo llamaría rendirme —cuchicheé contra su pecho.

—Te extrañé esta semana. —Su voz era suave contra mi cabello.

Lo había evitado toda la semana. Había sido una semana dura tanto para Lena como para mí.

Mamá se había quitado la vida hacía un año y fue difícil aceptarlo.

Quería pasar tiempo con Lena o a solas. Todas las pequeñas cosas que daba por sentadas, ya no podía hacerlo porque ella ya no estaba.

—¿Tú también me extrañaste? —preguntó Callen, con voz ansiosa.

—Sí. —Supe que lo había dicho mal cuando vi que se formaba una hendidura entre sus cejas.

—¿Qué pasa, Livy?

—Nada. —Forcé una sonrisa feliz en mis labios—. Ahora dime, ¿qué día es hoy?

Le di un beso suave en los labios, el sabor y la suavidad familiares.

—Nos conocemos desde hace diez meses —pronunció con una sonrisa—. Y llevamos saliendo exactamente seis meses.

Parpadeé, confundida. ¿Ya había pasado tanto tiempo? ¿Cómo había pasado el tiempo tan rápido? Conocía la importancia de la marca de los seis meses. Hasta el momento, lo habíamos mantenido mayormente platónico, sin pasar de besarnos. Él era solo mi tercer novio serio.

El teléfono de mi escritorio sonó, sacándome de mis recuerdos, y rápidamente lo contesté.

—Hola —respondí.

—Señorita Smith. —La voz de Alexander me llegó por el altavoz—. Quiero verla en mi oficina. Ahora.

Juraría que mi temperatura subió instantáneamente a un grado peligroso ante la exigencia en su voz. Callen nunca provocó esa reacción en mí, ni siquiera cuando no estábamos de acuerdo.

Me levanté e irrumpí en su oficina.

Entré sin tocar la puerta. Estaba a punto de desatarme cuando vi al menos seis hombres mirándome. Inmediatamente cerré la boca y puse una sonrisa falsa en mi rostro.

«Le diré lo que pienso más tarde», me prometí a mí misma.

—Señorita Smith —expresó la voz alegre de Maxim, con un brillo en su mirada. Sabía exactamente lo que estaba a punto de hacer—. Qué gusto verla.

Rechiné los dientes, fulminándolo con la mirada.

—Siéntese, señorita Smith —ordenó Alexander—. Y tome notas de la junta.

Asentí, temiendo que si abría la boca pudiera soltar todas las maldiciones y anular el contrato de secretaria de Lena. Después de todo, me había hecho un gran favor al no mencionar nuestra noche de chicas. En realidad, era como si nunca hubiera pasado.

Después de dos horas de hombres de negocios hablando sobre bienes raíces, estaba a punto de arrancarme los pelos.

La reunión finalmente terminó y salí de la habitación.

Por desgracia, mi teléfono volvió a sonar en cuanto todos los hombres se fueron.

Quise fingir que no lo había oído, pero gemí y respondí.

—Señorita Smith. —Era Alexander otra vez—. Vuelva para que podamos repasar sus notas.

Quería gritarle y decirle que era un imbécil grosero; en cambio, respiré profundo, luego otra vez, y luego otra.

—¿Estás bien, querida? —La voz de Janet me llegó y levanté la vista para encontrarme con su mirada preocupada.

Janet supervisaba todas las tareas administrativas de Caldwell Enterprise y llevaba mucho tiempo en la empresa.

Después de que me ayudara el primer día, se tomó unos días libres, pero parecía que había vuelto.

—Ese hombre —siseé—, provocará que haga algo de lo que me arrepentiré.

Se rio.

—Te juro, Liberty —expuso con humor en su voz—. Eres la única que tiene esa reacción hacia él. Es refrescante.

Cerré los ojos, intentando reunir toda la paciencia que tenía, cuando mi teléfono volvió a sonar. Lo tomé.

—¿Qué?

—Estamos esperando. —Sonaba impaciente al colgar enseguida. Le lancé una mirada asesina a Janet.

—Quiero matarlo —murmuré, sin importarme si ella me había escuchado. Así fue y se rio aún más.

—Siéntate —decretó cuando abrí la puerta.

Solté un suspiro suave y me dejé caer rígida en la silla, con la espalda recta.

—Alexander —bromeó Maxim—. Sé amable. Estás poniendo nerviosa a Liberty.

Le lancé una mirada fulminante. Debería matarlos a ambos.

—Bueno, bien. —Maxim levantó las manos en señal de rendición—. No te molestaré más.

—¿Qué necesita? —pregunté.

Su fría mirada azul apenas se dirigió hacia mí.

—Resume las notas de la reunión —ordenó.

—¿Por qué necesita que lo resuma si conoce cada pequeño detalle que se discutió?

Se giró lentamente, y por un instante fugaz, vi algo destellar en sus ojos. Bien, quizás yo también lo estaba molestando. ¡La venganza era dulce!

—¿Por qué cree que sé cada pequeño detalle? —indagó con ese tono calmado suyo.

—Porque así es —concreté—. Es más probable que algo se me haya escapado a mí que a usted. Ni siquiera sé por qué necesita una secretaria.

—¿Está diciendo que debería cancelar el contrato con su agencia? —inquirió con calma, arqueando una ceja.

—¡Claro que no, demonios! —Casi me lanzo sobre él—. No es eso lo que digo en absoluto. No ponga palabras en mi boca.

La risa de Maxim resonó en la oficina.

Voltee hacia Alexander.

—Si quiere que resuma las notas, está bien. Aquí está el resumen.

Al terminar, añadí con tono seco.

—Fue la junta más aburrida en la que he estado, pero espero que esté encantado con mi resumen.

Lo miré, desafiándolo. Esta noche llamaría a Lena y le diría que ya no podía más. La combinación de su actitud fría y mi frustración sexual hacía que me costara cada vez más mantener la calma. Parecía poco impresionado.

—¿Eso es todo? —pregunté con el tono más dulce que pude reunir.

Simplemente asintió.

Mirando entre estos dos hombres, apenas podía creer que fueran hermanos. Aunque físicamente se parecían, eran polos opuestos en carácter.

Me levanté, lista para largarme de allí.

—Buenas noches, Maxim. —Ignoré a Alexander por completo a pesar del dolor punzante entre mis muslos mientras me alejaba con paso firme.

«¿Cómo puedo estar excitada y furiosa a la vez?» Esto no era bueno. Necesitaba alejarme de Alexander Caldwell, rápido.